ADIÓS SANTIAGO

José Cueli

La Jornada, 21 de abril de 1989

Santiago Ramírez, fundador del psicoanálisis y sus varias instituciones en México, se había ido desde hace años al silencio, al retiro, a esa región donde sólo se oían las pisadas de los caballos y el ulular del viento, en espera de la muerte, que por fin le llegó este viernes pasado, calladamente, sin espectacularidades. Santiago había aceptado (psicología del mexicano) con serenidad las canas, las arrugas, las enfermedades y el silencio, sabedor que de él se había apoderado esa contratación de lo perecedero, lo que constituía un consuelo rayano en la desesperación: el mundo no cambia y únicamente yo desaparezco.

Santiago, maestro de vocación, hijo de maestra, era por encima de todo, al morir, maestro; y, además, maestro emérito de la unam. Dueño de una inteligencia excepcional, estaba marcado por el duende de García Lorca, poeta al que estudió intensamente, por lo que sabía que el duende no llegaba si no estaba presente la muerte, si no tenía la seguridad de mecer las ramas, que todos llevamos adentro, sin consuelo. Duende que hiere en las heridas que no cierran nunca, esto es, lo insólito, lo creado por el hombre; por eso se fue al retiro, a buscarlo en una mezcla andaluza-indígena, razas selladas por lo mágico. Santiago, que era el dolor mismo, la conciencia rezagada y no resignada del mal o la desgracia. La revelación de la realidad y las causas esenciales que se conocían en su propio espejo, se tuvo que aislar del mundo; y de todo lo que no fuera Freud, en quien profundizó hipnotizado, enamorado de la búsqueda del silencio, esperando que apareciera misteriosamente la palabra integradora, con la que fuera más fácil amar y comprender. Por eso, al final, Santiago aparecía como el amor: muy de cuando en cuando

El que escribe, lo había dejado de ver los últimos años. Si es que lo había entendido bien, lo respetó en su retiro, que hablaba de algo fuerte, grave, serio y hondo; de la marca de una distancia en la que se decía la vivencia del otro, para desde él, conjurar lo oscuro, provocar el misterio, la magia, la muerte, en una borrachera de sí mismo, en lucha con su adentro, que le quemaba la sangre como la fiebre de amor que agota, aparece y desaparece, enfrascado en su tragedia sexual, íntima, inintegrable.

Santiago, como dice Juan Carlos Pla, hablaba desde el lugar del analizado, desde su falta, desde su posición de vencido, desde el lugar en que sólo la escucha del otro ideal puede darle nueva vida y significado al deseo. Hablaba con su palabra y su silencio —lejanos o cercanos— buscando la distancia óptima del encuentro, desde ese bullicio subterráneo de segundos, que se pliegan en espacios inimaginables, y son melodía interna, repetitiva, como Bolero de Ravel.

Santiago Ramírez se aventuró fuera del mundo académico, y se arriesgó a buscar las palabras del uno al otro, con la piel-sangre y nervios calentados, a buscar el rostro de su cabeza; Narciso del tacto, sin ojos y mirada fundida en músculos, pechos y colores pesados, lisos y apacibles, en voz gruesa y bien timbrada —terciopelo para sonar la palabra—, la visible, para marcar el estruendo de un silencio que le dolía por todas partes, en sombras que se acumulaban en sus sueños, sin claridades, hasta que alguna se destacaba y se perfilaba, para otra vez regresar a la oscuridad.

Santiago que vivió entre mujeres, aprendió que la comunidad de mujeres es una comunidad que no es superable. A pesar de que trató de arrancarlas de su ritmo e instalarlas en el espíritu, en donde la palabra dejara transparentar su biología, en el momento de la enfermedad, de la pasión sexual intelectual y física de la muerte, sin conseguirlo. Su troquel, que se impuso de niño, no pudo desaparecer, infancia era destino, rematada en un ajuste de cuentas filial.

Con las mismas tres de alto pecho y larga cola, las de Granada, calle Doña Elvira, donde viven las manolas, las que van a la Alhambra, las tres y las cuatro solas. Alhambra lorquiana, que en el decir en su obra, quedaron solteras, estériles e infecundas; soledad española que es mexicana. Santiago soñaba con el duende de negros sonidos en un encuentro con la muerte y el deseo que no halla la satisfacción. Pasión que requería de poder para llegar a lo inalcanzable. La búsqueda interminable de la mujer en cada mujer, o la posesión total en una sola. Intensa culpa, soledad y muerte, en el retiro voluntario, internalizadas, expresadas en la mujer, sus alumnos, su obra y su rostro interior.

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