INFANCIA ES DESTINO

Teresa del Conde

La Jornada, 22 de abril, 1989

Así se titula el que quizá sea uno de los libros más importantes de Santiago Ramírez a cuya memoria están dedicadas estas líneas, ya que él fue uno de los maestros que mayor impronta dejó en mí en lo que vendría a ser con el tiempo un aspecto importante de mi desarrollo profesional: a él se debe también, entre otros ensayos, uno de los primeros estudios de autoría mexicana sobre la psicología de la función creadora y un libro que ha alcanzado número elevado de ediciones: El mexicano, psicología de sus motivaciones.

Curiosamente, el libro que sirve de título a esta nota no trata ampliamente de la infancia, ese troquel que según las teorías psicoanalíticas de raíz freudiana imprime su sello indeleble a todos los modos de comportamiento tardío. Salvo los poetas y algunos escritores y artistas, pocos son los que recuerdan los años infantiles, que a pesar de ello se conservan como en las ciudades perdidas a través de restos aislados, disgregados, permitiendo en algunos casos reconstruir su arquitectura.

En un pequeño volumen titulado Ajuste de cuentas que Santiago Ramírez escribió bajo el incentivo de su hijo, el filósofo del mismo nombre, el maestro habla de su constelación familiar con la claridad meridiana de aquéllos que se enfrentan poéticamente a su propia historia, pero sin idealizarla, sin hacer de los progenitores ídolos ni de los avatares virtudes. Dice que sus primeros años transcurrieron en un “mundo poblado de mujeres asexuadas… Los hijos no eran concebidos, sino traídos, la vida sexual estaba proscrita de conversaciones, alusiones y pensamientos…” Pero junto al contacto cotidiano, cercano, cálido y sin sexo de esas vírgenes prudentes (entre las que queda incluida la madre), se encontraba la idealización del padre, así como “la terrible responsabilidad y miedo por llegar a su altura”.

El padre de Santiago Ramírez, afecto a las mitologías familiares, decía ser descendiente directo del Nigromante, cosa no comprobada; en cambio, por vía materna el autor de Infancia es destino viene siendo bisnieto de uno de los directores del Colegio Militar. Familia castrense por lo tanto, ya que Santiago Ramírez padre (1885-1945), autor de un Manual de patología nerviosa, fue médico militar, hijo a su vez del notable matemático mexicano Manuel Ramírez.

El Santiago que nos ocupa fue el hijo menor de tres vástagos; sus hermanas, cuatro y ocho años mayores que él, formaban parte de ese especie de harem regido por la madre en todos los aspectos cotidianos de la educación, incluido el religioso, pero sancionado muy desde arriba por un varón librepensador, profesionista de alcurnia que dotó al núcleo familiar de esa duplicidad, doble moral sexual, doble identidad, que muchos mexicanos conocemos por haberla vivido en carne propia. Anota Ramírez que ante cualquier equivocación suya como niño, ante cualquier acción que redundaba en supuesto fracaso, el padre lo fulminaba con estas lapidarias palabras: “mi único hijo, cretino y andrógino”. El cretinismo y la androginia están relacionados con el yodo proteico y las glándulas de secreción internas y ambas cosas funcionaban normalmente en el vástago, quizá un poco taciturno, de aquel aguerrido médico militar. El chico no entendía bien por entonces el verdadero significado de los términos; sin embargo, bastaron las palabras —que dotan de ser a las cosas— para que perfilara inconscientemente uno de sus llamados “troqueles”, la idea de ser “un cretino castrado”. Como sucede con todos los temperamentos creativos, sobrecompensó su “cretinismo”. A partir de sus estudios preparatorianos fue sobresaliente alumno y en la Facultad de Medicina obtuvo el mejor promedio de su generación, realizando su tesis profesional sobre el psicodiagnóstico de Rorschach.

Santiago Ramírez fue uno de los primeros en aplicar pruebas proyectivas en México y tanto su especialización en el Rorschach como en el Thematic Aperception Test (tat) de Murray, le proporcionaron sus primeros empleos. Sobrevino después la inevitable rebelión contra las figuras paternas de la psiquiatría: Raúl González Enríquez, autor de un libro casi desconocido sobre Pensamiento mágico, Mario Fuentes y Manuel Guevara Oropeza eran en la década de los cuarenta los representantes en México de la psiquiatría clásica. José Luis González, Ramón Parres, Avelino González y Santiago Ramírez empezaron a adentrarse en la psiquiatría dinámica y psicoanálisis, según mis cálculos más o menos durante los tiempos en que se configuró el grupo de los llamados “apóstoles” de Erich Fromm, quien llegó a México hacia 1950, congregando en su torno a psiquiatras que siguieron por lo menos durante un tiempo largo su misma postura. Algunos de ellos, Guillermo Dávila, Abraham Fortes y Armando Hinojosa, fueron los maestros más comprometidos del Colegio de Psicología, entonces dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras, durante mis años de estudiante.

El maestro Santiago Ramírez nació el año de 1921 y desarrolló a lo largo de su vida dos pasiones: México (con visión de antropólogo y de psicólogo) y Freud. Fue uno de los representantes radicales de la llamada “corriente ortodoxa” e hizo sus estudios de especialización en psicoanálisis, como muchos otros médicos mexicanos, en Argentina.

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