Adolfo Sánchez Rebolledo
La Jornada 1989
En el año de 1959, apareció en forma de libro un ensayo que ya antes de su publicación había despertado el interés científico y la curiosidad intelectual entre los asistentes a los cursos de invierno de la Facultad de Filosofía y Letras, seis o siete años atrás: Las motivaciones psicológicas del mexicano, un pionero estudio del doctor Santiago Ramírez, padre fundador del psicoanálisis en México y, justo título, uno de los grandes mexicanistas contemporáneos.
Santiago Ramírez intentaba una aportación original desde un campo nuevo y con un método propio, a una polémica que se había convertido, acaso por causas ajenas al mismo pensamiento teórico, en una “preocupación sustancial del propio mexicano” y en el esfuerzo reflexivo “de lo mejor de nuestra intelectualidad”, la cual seguía de cerca los primeros pasos de Samuel Ramos, pero ahora escudriñaba lo mexicano desde la fenomenología y el existencialismo.
El grupo Hyperion, asistido por las enseñanzas de José Gaos y Octavio Paz desde El laberinto de la soledad, adelantaban una visión que ya contradecía el nacionalismo vulgar y de autoconsumo en que se había convertido la ideología oficiante, pero aún seguía ausente, en ese debate sobre la “esencia” un punto de vista que asumiera “los matices de nuestra caracterología”, una primera distinción rigurosa de “lo mexicano” en la historia y a partir de la pertenencia a estratos sociales diferenciados. “Cabría suponer —escribe Ramírez— que el psicólogo, en contacto cotidiano con las formas de expresión del mexicano, y en labor permanente con el material que aportan tanto los datos clínicos, como las manifestaciones inconscientes, sería el más indicado para orientarnos acerca de las motivaciones profundas, explicativas de la conducta y de la manera de ser de lo nuestro.” Por un periodo, él mismo fue casi el único que se atrevió a navegar en ese mar interior en busca del carácter esencial del mexicano. Gracias al método psicoanalítico y a una visión general de la cultura mexicana pudo trazar un nuevo mapa en el que se ubicaban coordenadas y rasgos básicos de la conducta forjada a través de diversas formas de vida en la historia nacional. Ramírez está consciente de que su estudio se inscribe en una renovada pasión por lo mexicano que se origina en una situación particular: la condición en la que se halla el mexicano moderno hacia la mitad del siglo xx, quien “ha tomado” contacto con otras culturas y ha tenido que establecer comparaciones y contrastes.
Ramírez indaga las consecuencias de lo que llama “situación de diferencia” en la conducta, pero también en la cultura, y traza un cuadro magistral o, tal vez, una instantánea luminosa del mundo interior, ese juego de valores contradictorios e inasibles de inmediato que definen, acaso no al mexicano esencial que se buscaba, pero sí el perfil psicológico, la “espiritualidad” o la condición humana del mexicano de su tiempo, con su historia peculiar cargada de recuerdos decisivos, al igual que la infancia que define el destino.
Aunque Ramírez al final de su vida cancelaba con terrible pesimismo autocrítico el valor de varias de sus obras de juventud, junto con el método que las guiaba, hoy serían impensables, teórica o críticamente, afirmaciones consagradas como lugares comunes sin ese primer desgarramiento que fue el intento por comprender al mexicano en su situación de vida. Ramírez nos propone observarlo como a través de un espejo que nos devuelve reflejos deformados, en un acto que mucho tiene de vivisección pública, tanto o más cruel porque es una autovivisección, practicada en un momento especialmente incómodo para la nueva burguesía, complacida por el éxito singular del inicial despegue hacia “el milagro mexicano”, capaz de generar riqueza irrepartible y, al mismo tiempo, siempre concentrable en una espiral sin límite. El estudio de Ramírez tenía el efecto de un puño de sal en los ojos de sus triunfalistas mexicanos que “juegan al americano o al francés”, los mismos personajes que Fuentes recrearía luego en su dimensión literaria.
Con el tiempo, Santiago Ramírez buscaría aproximarse más y más a una perspectiva histórica de la cultura y quedaron atrás las búsquedas “esenciales”. Sorprendido por la gran conmoción que sacudió el espíritu universitario en 1968, Santiago Ramírez deja por un momento la cátedra formal y se transfigura en el predicador libertario, auténtico y generoso que los estudiantes conocieron. En cierta forma, esa magnífica colectividad juvenil en movimiento, que tensaba a su capacidad las potencialidades de libertad, era la concreción práctica de la utopía psicoanalítica, lejos del diván o los sueños.
Ramírez dijo palabras conmovedoras y alucinantes a los estudiantes, a sus propios alumnos; alertó conciencias contra esa amenazante represión interior acumulada en la costumbre y la moral. Allí también estaba el maestro y el médico y supo dar consejo o ayuda profesional oportuna luego de la matanza que sacrificó la ilusión o venció las juveniles resistencias psicológicas de muchos a quienes asistió, siempre cordial, amistoso, jovial. Él mismo parecía y hablaba como un joven. Tenía la frescura y la vivacidad de un carácter adolescente, pero nunca creó esos lazos de complacencia o complicidad que disculpan la crítica o justifican la ignorancia. Jamás dejó de ser, cualquiera que fuese la situación, el maestro universitario; fue con orgullo toda una vida dedicada a la investigación, la clínica y la academia.
No podía olvidar ahora aquella mañana en Culiacán, luego de una visita al paraninfo universitario donde menudeaban las consignas en los muros y se respiraba el temor, la amenaza, entre escándalos y ruidos provenientes como de ninguna y de todas partes.
“Oye —me comentó ofreciéndome un whisky tempranero— ¿y tú crees que éstos son mexicanos?” Desde el altiplano, aún podía descubrirse otro México. Era el primero de mayo de 1973, cuando la violencia ocupó el campus —unos días antes del asesinato de Carlos Guevara…
Ramírez nos deja una obra precursora. Baste advertir esa nueva pasión por descubrir y describir la conducta y el instante, la cotidianeidad, nuestra vida de todos los días, que ocupa hoy la atención de jóvenes cronistas y escritores, antropólogos y psicólogos.
Valga, por último, esta reflexión de Santiago Ramírez en recuerdo a su memoria: “Creo —escribió en El mexicano— que ningún país en América ha afrontado su ‘adquirir conciencia’ como el nuestro, en ningún otro país existe un movimiento de introspección que tenga alcances paralelos al que en México se ha desarrollado. Es evidente que es pauta e índice de madurez que esperemos nos sirva, como dijera Alfonso Reyes, a llevar la ‘x en la frente’”. Así sea, doctor.
