Lya Gutiérrez Quintanilla
El sol de Cuernavaca / LUNES 20 DE JULIO DE 2020
Entrevista
La última entrevista
Ocurrió a partir de una inolvidable tarde de pláticas con el antropólogo y navegante Santiago Genovés. De pronto, sentados frente a frente en su escritorio, me preguntó: “¿No te gustaría entrevistar al Doctor Santiago Ramírez? Está próximo a fallecer y desde hace más de una década no concede ninguna entrevista”. Respondí: ¿Cuándo? “Ahora” —contestó. Marcó a su casa, habló con él un par de minutos, colgó y me dijo: “Te espera en su casa”. Me dio la dirección y salí de volada. Llegué en 10 minutos. Al entrar ya me esperaba el famoso psicoanalista autor del libro Infancia es Destino y de diez libros más. Sentado sobre un sofá con pantuflas de piel café, pijama color claro, bata roja a cuadros estilo escocés, su cabello largo en coleta, más bien ralo, manchado de plata y gris y todo hacia atrás, iniciamos una larga y singular entrevista que al publicarla me ocasionó un amable reproche de don Julio Scherer, presidente de la Revista Proceso, pues ese medio —acababa de morir Santiago Ramírez— difundió en la edición del domingo de la semana de su fallecimiento ocurrido el 14 de abril de 1989, lo que según Proceso era la última entrevista concedida a un medio, a ellos, hacía 14 años y un día después, el lunes, sale la mía en el periódico El Universal con fotos que yo misma le tomé de pijama como estaba, una de frente y otra de perfil. Eso no lo olvidó don Julio ya que siete años después, cuando lo vi circunstancialmente en su casa ubicada al sur de la CDMX por los rumbos de San Jerónimo y Contreras, no recuerdo bien, le pregunté: ¿Don Julio, se acuerda de mí? “Quisiera no acordarme de usted doña Lya”, me respondió el gran periodista con una sonrisa y un ligero y amable roce de su mano en mi mejilla. En fin, ya de vuelta a mi plática con Santiago Ramírez, lo recuerdo serio, con voz parca un tanto rasposa y pausada, pero lúcido a plenitud como si estuviera agradecido de salir del fondo de un oscuro pasadizo en el que él mismo se recluyó de manera voluntaria una década atrás y así fue como me dio a conocer que deja como herencia al ámbito psicoanalítico el haber descubierto la conducta unitaria del ser humano y haber encontrado la unidad fundamental dentro de lo disperso: “Esa es la función primordial de la investigación psicoanalítica”.
En esas dos horas que pasé con él, a veces de pie, otras caminando lentamente por su casa hasta llegar a la planta alta a su despacho-consultorio, le pregunto si dentro de esa conducta unitaria hay esperanzas de un cambio en el ser humano: “No, no”, hace un además con la mano como afirmando sus palabras. “Del ser humano cambiará lo circunstancial, pero de hecho, la conducta es la misma en todas partes y en todas las épocas de la vida. Poniendo un ejemplo general en palabras sencillas, dice el dicho: El que es gordo aunque lo fajen; esa es la conducta unitaria”, ejemplificó. Mientras hablaba, los ojos del viejo y sabio maestro, como si estuvieran cansados ya de combatir espectros, miran en ocasiones desorbitados, siempre dando en el blanco a medida que avanzan las preguntas. Su mirada, aunque llena de luz, taladra pese a estar siempre detrás de sus lentes de carey y su voz aunque tolerante atrae al vuelo las preguntas. Responde pero siempre guarda para sí mismo el misterio de lo impalpable. Él sabe lo que debe revelar y lo que no. Vuelvo a cuestionarlo, se queda un momento en silencio, breve, luego dispara sin dejar de fumar un cigarrillo tras otro: “Todo el mundo porta máscaras. La normalidad consiste en portar las de cada quien lo más adecuadamente posible. Al sicótico no se le enseñó a portar una. Por lo que no sólo es necesario, sino indispensable ponerse una careta al enfrentarse a la cotidiana realidad. De otra manera, no podríamos convivir entre nosotros mismos, nos haríamos pedazos”. Mientras avanzamos, quien esto escribe siempre con la grabadora de por medio, Santiago Ramírez estudia cada pregunta, son segundos que me permiten mirar en torno. Valiosas obras de arte adornan las paredes. Allí, “El Encuentro” de Rodríguez Lozano. Más allá, cerámica y obras de Juan Soriano y Francisco Toledo, “mi yerno —Toledo—: estuvo casado con mi hija Elisa”, dice. De pronto se levanta. Subimos la escalera y llegamos a su consultorio. El se tiende en el diván, siempre fumando. Me siento frente a su escritorio. Así, envueltos en la semi penumbra, prosigue dándome la oportunidad de sentir que en ese momento el psicoanalizado es él. “Las máscaras más adecuadas son las circunstanciales, las que son adaptativas tanto al mundo externo como al mundo interno. Son las que entran en menor conflicto con ambos mundos. Pero no confundamos hipocresía con máscara. Esta última, aunque resulte difícil de entender, no es mentira, puede ser veraz, adecuada, en cambio la hipocresía, no”. ¿Y Toledo, su ex yerno, maestro —pregunto con simpatía—, ni siquiera en París cambió de vestimentas oaxaqueñas de manta blanca al intentar entrar en un restaurante de la Avenida Champs Elysees con otras personas, ¿qué acaso con esa actitud portaba una mas…? “ ¡Esa es su máscara! —me interrumpe con vehemencia. Le repito, nadie, sino los sicóticos, podrían convivir en sociedad sin máscara”. El gran psicoanalista Santiago Ramírez deja toda una herencia a la profesión. Es autor también de El Mexicano: sicología de sus motivaciones; Esterilidad y fruto; Ajuste de cuentas (escrito en colaboración con su hijo Santiago Ramírez Castañeda y Roberto Escudero; Psicoanálisis: la técnica (escrito conjuntamente con Gregorio Valner); Antropología cultural (con Ricardo Díaz Conti), entre otros libros e Impartió las cátedras de «Expresiones psicológicas en la el Mexicano: cultura, historia y personalidad». Y la cátedra: «Cultura, Psicoanálisis y Filosofía» (con Ricardo Guerra). Asimismo impartió seminarios de «Técnica psicoanalítica» y de lecturas de Freud. Profesor emérito de la Facultad de Psicología de la UNAM. Se recibió en 1945 como psiquiatra. Nació en la ciudad de México en 1921 y murió de 68 años de edad. Titubeo antes de hacer la siguiente pregunta y doy en el blanco. Es acerca de ia importancia del legado que deja a las nuevas generaciones. Tranquilo, me mira como si su interlocutor —o sea yo— fuera transparente. Me atrevo a opinar que esa pregunta fue como si la fama fuera una manifestación de la estupidez humana. Aguanto. Espero su respuesta. La expresión de su cara no refleja amargura, sino una altiva, lejana y rabiosa certeza de que él es sin preocuparse por convencer a nadie más ni siquiera a quien le escucha en ese momento. Para mí, esa fue su repuesta. Antes de morir, me demostró que él ya era. Apago mi grabadora. Queda en mi tintero el resto de esta entrevista que me brindó en el ocaso de su vida y gracias a mi querido y recordado amigo Santiago Genovés. Antes de retirarme busca en un álbum, una gráfica para mostrarme una foto que le permita burlarse de sí mismo. Pero en vano, no encuentra ninguna donde él aparezca. Me felicito por haber podido tomarle las últimas fotos de su vida. A manera de despedida farfulla algo que sólo él entiende con la misma voz seca con la que me recibió. Y hasta el próximo lunes.
