SANTIAGO RAMÍREZ, PSICOANALISTA

Juan Carlos Pla

En Obras Escogidas, en Ajuste de Cuentas 2ª edición, en In Memoriam

1

Santiago Ramírez es el más representativo de los psicoanalistas mexicanos. Sus acciones fundantes, sus pasiones por Freud y por México, la trama de los discursos que a él y a nosotros nos traspasan, lo constituyen mítica y simbólicamente en ese lugar primero del padre que abre surcos. Su nombre es también el de un destino trágico: el de un maestro que guarda desde hace ya demasiados años un terrible silencio, un maestro cuya vida desemboca en una cruel y honda soledad. Como si hubiera llegado a Comala, a la región del padre muerto, esa región donde no es seguro que existan los que hablan y donde acaso puedan ser oídos los muertos. Y que él mismo enfatizaba como lector: “[…] la soledad, la ausencia, el polvo, la futilidad”, de la que con maestría nos hablaba Juan Rulfo, ese otro gran silenciado. Dolor, duelo, silencio, que no habrán sorprendido del todo a quien tanto se ha dejado decir por la historia de los Vencidos por la Conquista. Por ese luto de casi cinco siglos que no podía dejar de marcar la lengua, la práctica, la existencia del psicoanalista mexicano que Santiago Ramírez ha sido y quiere ser.

2.

Habló de su oficio con palabras bellamente freudianas: “[…] escuchar, escuchar, volver a escuchar cómo se pide ante la ausencia, para qué se pide, a quién se pide, con qué se pide”. Tres veces escuchar cómo se pide. Número tres de lo simbólico-edípico. De la tercera vuelta que la lógica de la repetición exige de un significante de la demanda de amor, para que sea el deseo interpretable.

Lo vuelve a decir Santiago cuando nos solicita que oigamos a León Felipe, al poeta (al otro Santiago):

todas las jaurías del rey,

amaestradas por el cuerno

del mayoral, van a salir otra vez…

Otra vez señor arcipreste…

otra vez a perseguir al ciervo

«En tus palabras pescaré», dijo Simón Pedro, el mismo que aún había de negarlo tres veces.

Tres veces será perseguido el ciervo que a Santiago Ramírez representa en su demanda de amor. ¿Será por fin escuchado su deseo de analista? Su deseo de que en México, tan cercano a los Estados Unidos de Norteamérica, dejemos de proponernos como psicólogos de la adaptación, y leamos, oigamos freudianamente, en nuestra plural lengua, la dialéctica del inconsciente.

3.

Primera y más larga vuelta. Santiago Ramírez, que se inicia como investigador en la histología del sistema nervioso, siendo alumno del doctor Costero, eminente médico español exiliado, forma parte, como él lo designa, del pequeño grupo de “emigrantes” que fueron a psicoanalizarse, a formarse analíticamente a Buenos Aires en 1948. Enriquecedor análisis practicado en y desde el encuentro de diversas lenguas, de diversas culturas hispanoamericanas. Llevado a cabo con una analista judía vienesa que el fascismo había expulsado de Europa, así como treinta y cinco años más tarde la arrojaría también de Buenos Aires: Marie Langer.

Luego de unos años de formación, regresa a su México, a reinterrogar con pasión exasperada al ser invadido, al ser de múltiples fronteras, que es el mexicano. Funda instituciones psicoanalíticas. Es el primer director de la Escuela de Psicología. Maestro aparentemente indiscutido durante casi veinte años. De pronto una crisis institucional lo deja aislado, solo, cercado, atravesado por un silencio creciente, devorador. Destino del que no dan cuenta suficientemente las anécdotas interpersonales, ni las fundadas razones de un mal funcionamiento grupal que pudieron motivar dicha crisis. Destino del que tampoco dan cuenta suficiente algunos rasgos de carácter de Santiago Ramírez. El que habla de análisis, han dicho Freud y Lacan, lo hace siempre desde el lugar del analizado. Así ha hablado, así enseña Santiago Ramírez desde su falta, desde su posición de vencido, desde el lugar en que sólo la escucha del Otro-Ideal puede darle nueva vida y significado al deseo. Al deseo de analista, al deseo de que haya análisis en México y que tan apasionadamente ha representado Santiago. Cuando alguien habla como Santiago, con su palabra y con su silencio, el peligro enorme es que los demás analistas, ya en exceso habituados y entrenados en desconocer los textos freudianos, lo ignoremos. E ignorándolo nos esforcemos para que este deseo calle para siempre. Segunda vuelta. Este ígneo deseo de analista intenta hablarse a través de la escucha de su hijo. Fue Ajuste de cuentas, leído con gran ofuscación, que impidió a unos y a otros discernir lo sustantivo del mensaje. Santiago, quizá sin saberlo, se había anticipado a este retorno del pasado, a esta permanencia del pasado, y con León Felipe, otra vez, pudo expresar el más óntico de sus odios.

Si “aquello que ha sido es lo que será,

y lo que se ha hecho, lo que se volverá a hacer”…

Señor del Génesis y el Viento, te lo devuelvo todo: la arcilla y el soplo que me diste…

Vuélveme al silencio y a la sombra,

al sueño sin retorno, a la Nada infinita…

No me despiertes más.

4.

Tercera vuelta. Le acaba de nacer un nieto varón, quinto Santiago Ramírez en descendencia directa. Lo nombrarán profesor universitario emérito. Inadvertida ironía tal vez, cuando la escuela que él dirigió se aleja cada vez más del pensamiento freudiano. Es el tercer gran momento, aquél en el que Edipo se aproxima a Colona. Santiago quería, quiere escribir un libro que haga serie con Al filo del agua, La sombra del caudillo, Los de abajo, El gesticulador. Un futuro libro que él o quienes continúen deberán llamar: “Inicio, sorpresa, derrota y gesticulación en la Revolución mexicana”.

Ojalá que la tercera sea la primera y que Santiago pueda gritar, y le oigamos, otros versos de León Felipe:

Quiero, ¡quiero!… sueño… ¡sueño!

Soy gusano que sueña… y sueño

¡verme un día volando en el viento!

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