UNAM: HOMENAJE A SANTIAGO RAMÍREZ

José Cueli

La Jornada, 28 de abril, 1989

Santiago Ramírez, mi maestro, se retiró a Cuernavaca, la ciudad en la que el aire flota mezclado con dejos tropicales y pastosidad de ciudad grande y comiéndose por detrás la dilatada claridad de la estepa morelense. O como él decía, Cuernavaca no es una ciudad, es un estado de ánimo. Y así es: un aire delgado, unas formas y colores precisos y el concurso de un color incomparable al sol, a tierra viva, pero también a vejez, bajo una comba azul eternamente dichosa y primaveral, fueron su paisaje final.

La última vez que lo vi hace un año, con motivo de un trabajo que se me encargó y que tenía por objeto proponerlo para el premio Gabriela Mistral, de la oea, había adelgazado mucho y le tenían sin cuidado los premios. Conservaba la natural presencia del señor, con su timbre de voz gruesa, muy articulada, de barítono, que todo lo llenaba y lo había distinguido siempre. Sentado ese día frente a él, me fijaba en sus manos, masculinas y delicadas, que tanto movía al hablar y acompañaban sus discursos. Estaban trazadas con maestría, pero a la vez con elegante desdibujamiento, con intención que llamaría temblorosa, en las falangetas, que movía como si tocara una sinfonía de Bach, y que iban de esa curva que parte de los nudillos hasta las uñas y se acentuaban sensiblemente atrayendo con suavidad los dedos hacia afuera y hacia arriba, como se abren las hojas, quitándole a la mano todo resabio de agresión.

Sus manos acariciaron suavemente las mías al despedirse, al tiempo que me decía: Medita. Manos que lo acompañaron en forma de regla para dar clases y conferencias, las que eran siempre revelaciones, que dejaban a sus alumnos seducidos, y que se dejaban llevar, cautivados.

Santiago fue infinitud y a su vez salvación angustiosa del límite. Así vivió con la impresión opresora de estar en un lugar limitado, difícil, escabroso, que transmitía a sus alumnos. Había llegado a aquella infranqueable desolación humana, en que ya había recorrido el mundo y todo estaba sabido y al mismo tiempo nada se sabía, abriéndose un abismo. Santiago manos y voz, fue auténtico. En sus clases, amenas, fue un actor, en la que con sus dichos resumía temas complicados. Bajito de estatura se paraba de puntas en el pizarrón, tomaba el gis y escribía, y luego borraba dejando huella interna. Y es que su voz se escucha en las múltiples aulas de la universidad y los institutos psicoanalíticos

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