se acercó al consultorio del que suscribe, motivado aparentemente por el deseo de ser psicoanalista. Conocedor de que uno de los requisitos para adquirir entrenamiento en la especialidad es psicoanalizarse uno mismo, asiste en mi demanda con el objeto de llevar a cabo su propósito. Esta era la razón primera y superficial. En realidad se trataba de un hombre de cuarenta y cinco años, bastante entrado en edad para que pensáramos, a primera vista, que algo había en su personalidad que le llevaba a una edad tan tardía a la elección de una especialidad. Se trataba de un hombre obeso, con un fuerte retraimiento social, que había trabajado en su profesión con poco éxito económico; era soltero y no había podido resolver, en realidad, casi ninguna de sus áreas vitales. Durante muchos años había trabajado sin aspiraciones mayores en un servicio de obstetricia, conformando sus escasos ingresos y éxitos a sus pocas exigencias y aspiraciones, que le habían mantenido en un nivel subliminal. Sin embargo nada de lo anterior era la verdadera motivación que le impulsaba a buscar una ayuda, por lo demás costosa y muy por encima de lo que el sujeto había estado acostumbrado a pagar en su vida. Lo anterior me hizo pensar que por abajo de lo que me relataba, había una situación de emergencia que estaría adecuada a los esfuerzos realizados. Efectivamente, el paciente, pocas sesiones después de haber iniciado su tratamiento, relataba que aproximadamente dos meses antes, cuando estaba realizando un desprendimiento manual de placenta, sintió un impulso irrefrenable de golpear el fondo de la matriz. Percibió que el impulso, que de pronto había invadido su conciencia, era superior a sus fuerzas y que en realidad había estado a punto de hacer una perforación de útero. Alarmado y presa de angustia, sudando copiosamente, salió de la sala de partos con la firme decisión de no volver a intervenir en ninguna situación que le colocara ante peligro semejante. La historia infantil del sujeto era particularmente sugestiva de la posible motivación de sus conflictos actuales. Se trataba del hijo mayor de un matrimonio de inmigrantes, la madre particularmente sobreprotectora, siempre lo había halagado con la comida y con sus magníficas cualidades de cocinera y repostera. Fue amamantado hasta los tres años de edad y, en realidad, se acercaba a la madre después de andar correteando y demandaba el pecho. Su progenitora se lo daba y poco después el chico continuaba los juegos interrumpidos; ésta situación aparentemente paradisíaca persistió hasta que nació un hermano. En ese momento la relación con la madre se vio interrumpida y fue suplantado por el hermano. No vamos a entrar en los detalles fascinantes de esta historia, sino solamente a tocar aquellos datos útiles a nuestros fines.
Sin establecer ninguna conexión con su sintomatología actual, el paciente contaba algunos de sus juegos infantiles. Relató que cuando tenía la edad de cinco años, la madre se dedicaba a la crianza de pollos. “M” estuvo preocupado durante mucho tiempo acerca de la forma en que nacían los pollos, una vez investigada ésta, procuraba “ayudar a bien nacer” a los animalitos; con sus pequeños dedos desprendía la cáscara del huevo, facilitando —a su manera de decir— por dicho procedimiento la salida del animal; sin embargo, en ciertas ocasiones, al quitar la cáscara no solamente desprendía ésta, sino también una alita del animal, dejándolo mutilado. En otras ocasiones jugaba con los pollitos, los acariciaba, los lanzaba delicadamente al aire, pero también frecuentemente sin saber por qué, el lanzamiento dejaba de ser delicado y el pollo era lanzado violentamente como un proyectil al techo del corral, lastimándose y ocasionalmente muriendo. Pasados éstos años del juego relatado, el paciente no volvió a tener ninguna actividad que pudiéramos calificar de perversa o de sádica, no fue sino hasta la edad adulta cuando se acercó al consultorio a raíz de haber tenido un impulso que por sus características podíamos equiparar a los impulsos infantiles. Efectivamente un afecto de signo contrario, a pesar de sus propósitos, hacia irrupción en su conciencia, este impulso era totalmente antagónico al fin concientemente deseado, ayudar “a bien parir” a la mujer y ayudar a “bien nacer” a los pollitos, además venía a anular por así decir el resultado de su acción. La emergencia del impulso a la conciencia se veía acompañado de un fuerte sentimiento de culpa y de una ansiedad extrema.
Lo que había acontecido en el paciente lo podría enunciar así: una sublimación (su actividad profesional) de fuertes impulsos hostiles, que el sujeto anulaba mediante una conducta opuesta a la inconscientemente deseada, había fracasado. Los deseos infantiles de excluir a un huésped indeseable que le privaba de satisfacciones paradisíacas, la cercanía, el calor y el pecho de la madre, hacían emergencia pese a sus deseos y propósitos de mantener fuera de la conciencia el conflicto. Cabe suponer que este niño al sentirse rechazado por el nacimiento del hermano, expresó abierta y manifiestamente su descontento; culturalmente, sus deseos de muerte hacia la madre y el hermano fueron reprimidos, pero no por ello dejaron de ser activos. Efectivamente fueron más tarde desplazados sobre objetos ajenos, a través de los cuales podía expresar su hostilidad: los pollos. El impulso reprimido fue el motor dinámico responsable de su elección de especialidad, tratando de cubrir una culpa se había dedicado a ser “bueno” justamente en la misma área en donde su culpa se encontraba. Aquí podríamos usar el proverbio de “explicación no pedida, acusación manifiesta”, es decir que su elección venía a constituir para él una manera de “disculparse” y explicarle a su propia “conciencia”, que él no era malo, que no quería destruir ni a su madre ni a su hermano, que deseaba reparar esos intensos deseos por una conducta de signo contrario. Sin embargo, en un momento de su vida, la posibilidad de reparar una culpa “inconsciente”, la eventualidad de sublimar un impulso hostil, fracasan. En este momento se presenta en el yo del sujeto, como algo extraño y ajeno, un impulso que yacía hundido y latente. El yo al recibir este impulso es presa de angustia y limita su actividad (abandona la profesión) para aliviarse de la emergencia.
