Un paciente me relata, y esto lo registro después de mucho escucharlo, que es hijo de inmigrantes italianos en un país sudamericano; a los pocos años de nacido retorna a la patria de los padres, en ella la madre se suicida. El padre, después de unos cuantos años vuelve a emigrar; de nuevo tierras americanas, fracasos económicos y retorno del padre a su país de origen. Cambio de lenguas, de sistemas, de estructuras, de paisajes, de horizontes y de tapices. El signo infantil de este hombre es el cambio traumático. Su anhelo es la persistencia. Su quiebra surge a raíz del desequilibrio, provocado por la Segunda Guerra Mundial, en los poseedores de industrias del eje nazi-fascista en México. De nuevo aquello tan anhelado, la estabilidad, y tan sufrido, la inestabilidad, amenazan el escenario. Este hombre, al cual he observado y acerca de cuya conducta he meditado, me muestra rasgos actuales y, a pesar de la frase “infancia es destino”, lo que me hace, tal y como tú me lo has observado, es ir a la infancia. No es esta infancia sino el destino quien, dolorosamente, busca mi ayuda. A este hombre le complacían los negocios permanentes, definitivos, y a largo plazo. Se solazaba cuando podía encontrar largas series literarias, las obras completas de Balzac, las de Anatole France, las de Proust. A diferencia de otros pacientes, buscaba el contrato largo y el pago por anticipado: ambos le garantizaban no erradicarse; a toda costa trataba, y con frecuencia lo lograba, inmiscuirme en sus inversiones y asentamientos. Su reclamo era “déme perennidad”; mi investigación me llevaba a su temprana y efímera temporalidad. Partía del hecho observado: “arráigueme”, para caer en la cuenta, después de meditar, investigar y, ulteriormente, de nuevo observar, que su anhelo y compulsión actuales, que lo llevaban a actos tan aparentemente grotescos como fundar fabulosos fraccionamientos, con nombres de calles de países efímeros, no eran sino el resultado de su caricaturesca infancia a salto de mata.
