TRES CASOS EN INFANCIA ES DESTINO

A. P. es un sujeto de treinta años, hijo de una familia destruida por el alcoholismo del padre, tan sólo vivió en compañía de la madre. Ella trabajaba duramente para obtener lo necesario a la subsistencia. Cuando salía a trabajar lo dejaba en casa, amarrado en la cama. Recuerda que ante la ausencia de su madre, objeto anhelado y necesitado, empezaba a llorar. Al poco tiempo de hacerlo y ante el fracaso propositivo de su llanto, el grito se empezaba a hacer más rítmico, adquiriendo las características y la tonalidad melódica del arrullo, paulatinamente las lágrimas cesaban y una de ellas se quedaba adherida a su párpado. Jugueteando con la lágrima y los dedos, el paciente empieza a hacer que la luz al reflejarse en la esfera cristalina de su llanto transforme y dé policromía a los objetos de alrededor. La imagen visual lograda, al unirse con el cambio de modulación de la voz, de pronto hacen que el niño se tranquilice. La voz poco a poco deja de ser la de él y a ser percibida como de sí mismo; sus tonalidades se mimetizan con el canto que hubiera deseado que la madre usara para dormirle. Las imágenes de múltiples y fragmentadas se condensan en una sola, la del objeto anhelado y ausente. Este recuerdo, encubridor, es pantalla de toda la temática de una infancia solitaria, en el que la privación y ausencia de la madre es uno de los hechos característicos. También en este recuerdo el paciente nos muestra cuál es la modalidad con la que se acerca a su trauma y qué pautas y normas usó para elaborarlo. Efectivamente en la edad adulta sus relaciones con los demás siempre estuvieron precedidas de una lejanía y de un tipo de elección narcisista, que bien hubiera podido traducirse en la siguiente frase: «no necesito de los demás, por mí mismo soy capaz de recrear a la persona que me tranquilice y calme, tanto en la privación como en la ausencia. Tampoco necesito de usted ni de la terapia, es inútil que se esfuerce, hace tiempo que aprendí a pasármela solo». Es más, este sujeto va a elegir, con una atención bien dirigida, todas aquellas de mis características y las de la situación terapéutica que le permitan justificar su modelo. A la vez va a prescindir selectivamente, de cualquiera de mis cualidades susceptibles de rectificar la vieja pauta.

Z. M. es hija de una madre violenta, dominante, poco cercana a los hijos y particularmente restrictiva; el padre es una figura débil que actúa tan sólo como proveedor pero que no erige los modos, pautas y valores del hogar. La madre, particularmente temerosa de la sexualidad de sus hijas vive sistemáticamente amenazándolas con los peligros de la misma. Por otra parte, una y otra vez pone como ejemplo su deterioro físico para hacer notar los inconvenientes de la vida marital. Esta atmósfera tan particularmente lesiva, cotidiana y constante, se va a precipitar en el siguiente acuerdo encubridor: «Mi hermano y yo estábamos jugando sexualmente en la azotea, oímos ruido y nos asustamos, al bajar las escaleras de caracol sin fijarme me tomé de uno de los alambres de la luz, me di un toque terrible». El recuerdo anterior es en rigor dos cosas: una experiencia concreta, pero al mismo tiempo, y ello es lo más importante, un precipitado simbólico de toda la atmósfera infantilmente vivida. Como recuerdo aislado, no hace verano, como experiencia que forma parte de un todo simboliza una estación particularmente cálida. Esta paciente se acercó al tratamiento con fuertes edemas angioneuróticos que la afeaban y estigmatizaban, los que habían emergido a raíz de una experiencia sexual con un compañero particularmente traumatizante. De todos los posibles objetos actuales, había elegido a aquel que más podía acoplarse a su infancia, dándole por lo tanto más validez a su destino. En su última experiencia, la analítica, sólo detectaba, cuando emergían en ella impulsos sexuales, los aspectos derogatorios, sucios y poco placenteros de mi persona. Toda su vida estaba llena de alambradas eléctricas que amenazaban la emergencia de sus impulsos, cualquiera que fuese el nivel de integración y adaptación en que emergiesen.

El material de A. S. me es brindado como caso de supervisión; son conjuntas las observaciones al caso. A. S. es hija de una familia desintegrada, el padre intelectual y diplomático, ave de paso; casa con la madre de la paciente, mujer rica, arraigada, conservadora; rápidamente las hostilidades se rompen y la niña, ansiosamente es vectora e instrumento de la inminente ruptura de los padres. En ocasiones, sigue al padre a diferentes países en el curso de su vida diplomática, en otras, la acapara la madre, la retiene y la hace su aliada. Frente a los dos padres, la paciente se sintió partida y en verdadero conflicto con los problemas de lealtad. Sus primeros recuerdos la hacen verse como una niña solitaria y abandonada.

Recuerda estar con su padre en una ocasión durmiendo la siesta, él, seductoramente, detiene y retiene su mano. La niña se siente ansiosa, quisiera irse, pero el padre la retiene; también quisiera quedarse, más cerca aún, pero también el padre, y el recuerdo de la madre lo impiden. Cuando asiste a tratamiento siente que no se liga a las cosas, que es ave de paso, tanto de intereses como de objetos.  Todas las características de relación de objeto, como señala Lutteroth, se modelan sobre una misma temática «que es la de aproximación a sus objetos con técnicas destinadas a preservar una distancia económicamente placentera en la que evita la posesión y la pérdida simultáneamente. Dichas técnicas las lleva a cabo mediante el pago adelantado de un precio ante el disfrute, al través de la fuga «voluntaria» frente a la posibilidad de encuentro con el objeto valorado, o más frecuentemente en la elección simultánea de varios objetos, con cuyo manejo alternante mantiene un equilibrio equidistante de todos. El núcleo conflictivo continúa apareciendo y se encuentra representado en el recuerdo encubridor de la siesta del padre con todos sus elementos: la madre ausente, el padre dormido, pero al mismo tiempo impidiendo cualquier intento de separación y ella propendiendo a objetos diferentes. En toda su historia existe, como destino, la desgraciada unión con el hombre extraño, o pasajero, cosmopolita o encumbrado que hace imposible la permanencia.

Los cortes psicodinámicos aparecen definidos por sucesivas situaciones ejemplares:

A los cuatro años de edad se recuerda junto a su madre en la borda de un barco, al intentar abrazarla, recibe una mirada airada de aquélla.

A los ocho años duerme la siesta junto a su padre y asida por su mano, infructuosamente intenta desprenderse de él para salir a jugar.

 A los catorce besa a un joven frente a la casa de su
padre y éste la increpa llamándola «ave de paso».

Cuando tenía 23 años despide a su amado que parte
 a la guerra y un mes más tarde entrega su virginidad a un hombre desconocido.

Teniendo 25, se siente obligada a abandonar a un hombre que ama en Europa, para seguir a su padre solitario a una misión diplomática.

A los 29 se embaraza pero tiene que casarse con un amigo protector encubridor del problema.

Cuando empieza a acercarse afectivamente  al terapeuta, cita amigos ocasionales a la salida de la hora analítica.

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