» La relación madre-hija y su expresión en el ciclo sexual»
Caso 1: Se trata de una paciente con una relación muy negativa con la madre, con fuerte hostilidad, intensos sentimientos de culpa, fuertes temores a la sexualidad y graves crisis de ansiedad. Fenomenológicamente su personalidad premórbida se caracterizaba por fuertes formaciones reactivas y por un nivel de adaptación de tipo obsesivo; sus mecanismos defensivos se habían centralizado alrededor del cuidado muy compulsivo de los animales, alternando con fuertes crisis de angustia ante el temor de que algo les pudiera pasar, en particular a los perros; la Sociedad Protectora de Animales la conocía por llevarle con frecuencia a los animales que encontraba en la calle. A partir de la iniciación de su vida sexual, los temores y las ansiedades se incrementaron fuertemente y su yo debilitado se empezó a ver presa de una angustia generalizada. Empezaron a presentarse síntomas somáticos consistentes en edemas, particularmente localizados en la cara, motivo por el cual fue referida a tratamiento psiquiátrico por el internista. En particular nos interesan aquellos aspectos de su sintomatología relacionados obvia y manifiestamente con su ciclo glandular. Después de casada, y pese a sus deseos conscientes de tener un hijo, la paciente fue estéril. Los estudios realizados por el ginecólogo no revelaban ninguna circunstancia orgánica susceptible de justificar el problema procreativo. Al lado de los síntomas y temores obsesivos ya descritos, empezaron a aparecer temores intensos hacia los insectos; temía sistemáticamente la presencia de cucarachas, en particular en su cocina y en su casa.
Voy a transcribir algunas de las sesiones de la paciente suficientemente ilustrativas en relación al material que venimos describiendo:
Precisamente los días de ovulación son terribles para mí; le diré como es la cosa: empecemos desde el primer día de la regla, ya usted sabe, me siento mareada y tengo edemas muy marcados, sueño y mucha angustia. Por el día doce, trece o catorce más o menos me pongo muy irritada, llorona, susceptible, angustiada e hinchada. En estos días intermedios entre una y otra menstruación es cuando me empeoro. Me pasaba por ejemplo, que un día amanecía con una inquietud espantosa, brincaba toda, es decir me sobresaltaba, de todo lloraba y tenía una tensión tremenda. Si esto me pasaba y yo no me acordaba que estaba en los días en que se ovula, le decía a mi marido: estoy muy desanimada de verme así, sin razón aparente ninguna he amanecido muy nerviosa. Cuando él me preguntaba cuándo había tenido la regla yo sacaba la cuenta y estaba en el treceavo día.
En aquel libro, El Matrimonio Perfecto, yo leía que para quedar encinta había que aprovechar esos días trece, catorce y quince; que el coito debía ser estando la mujer boca arriba y que después de él debía permanecer acostada. En esos días siempre estoy cansada. Si el coito es estando yo boca arriba siento que mi marido me aprisiona, tengo la sensación de estar encarcelada y dominada, en tal forma que siento una desesperación terrible… muy lejos de gozar el coito lo que siento son ganas de empujar a mi marido. Siempre encuentro alguna razón para levantarme y cuando forzándome, de plano me quedo acostada, me entran unas ganas de orinar imposibles de contener y de todos modos termino por levantarme después del coito. Otra cosa, siempre tengo que pelear con mi marido esos días; lo tengo muy presente porque yo misma me digo: estoy en el treceavo día y suceda lo que suceda no pelearé con él. Pero peleaba, ¡y en qué forma! Nos dejamos de hablar dos o tres días y a veces cojo mis sábanas y me voy a dormir al sofá. Me doy cuenta de que en el fondo tengo pánico de tener hijos y por eso hago todo esto. Sin embargo, cada vez que me viene la menstruación es una nueva desilusión y un desengaño. Entre una y otra menstruación mis síntomas son peores, la misma inquietud me hace estar en una actividad tremenda, es decir puedo pasarme el día entero trabajando sin descanso, pero en tareas pesadas: lavar, limpiar y mover muebles. En los días cercanos a la menstruación o cuando acaba de pasar me pongo excitada sexualmente. En cambio cuando estoy a la mitad me pasa que en pleno coito estoy pensando que una alimaña me va a saltar encima y si no es eso, tengo miedo a no se qué. No puedo tener el orgasmo (en el intermenstruo) por tantos temores que se presentan en mi mente.
Resulta particularmente claro que en los días intermenstruales el temor y la posibilidad de reproducir, la relación madre-hija en forma auto-plástica se incrementa notablemente. La capacidad de identificarse introyectivamente con la madre y proyectivamente con el óvulo, potencialmente huevo, la hacen temer desde ambas identificaciones, las cuales por lo demás no son rígidas sino cambiantes. Por eso, en un primer intento elude al marido en tanto puede ser el vector que haga posible a través de la fecundación dicha identificación. Cuando los deseos de reparar y recrear se incrementan en función de la terapia, la ansiedad aumenta, los deseos de expulsar y eludir la relación la hacen evitar toda actitud receptiva; compensa con una hiperactividad toda posibilidad pasivo receptiva, cuando su yo la fuerza a ello equipara la posible ecuación con sus excretas y se ve compulsada a arrojarlas al exterior en forma de orina.
Oigámosla en un onceavo día del ciclo, el día 24 de enero; la menstruación se había presentado el día trece del mismo mes:
Hoy no tengo ánimo, tengo una inquietud horrorosa que no me deja hacer nada. Anoche fue una noche de pánico; como a las tres de la mañana tenía ganar de salirme del cuarto porque no soportaba el miedo. A esa hora, a las tres, encendí la luz del cuarto, porque con la del baño me parecía ver que atrás de la puerta había un animal; lo veía claramente pero creo que el tal bicho no existía sino en mi cabeza. De todos modos, como yo tenía la seguridad de haberlo visto y de que estaba detrás de la puerta, aquello fue horroroso; no sabía cómo bajarme de la cama, me imaginaba que si bajaba podría salir y morderme o hacerme algo. Toda la noche se me fue en oír ruidos y en estar muerta de pánico. Cuando empezaba a dormirme alguna cosa fea que soñaba me despertaba.
Es claro como el huevo es percibido como una alimaña, los calificativos que le da a ésta, son expresiones con las cuales se designa a sí misma, en tanto percibe su inconsciente agresión oral, por eso teme que en la identificación introyectiva con su madre, la alimaña, ella misma, la muerda. Por otra parte en un nivel más profundo alude a como la madre la devoró y la mutiló en su capacidad hedónica y procreativa.
El día veintiséis, treceavo del ciclo, me dice:
Hoy me he sentido muy molesta con esos dolores de espalda y vientre y con pesadez en la cabeza todo el día. En estas noches pasadas estaba soñando que veía una gran cucaracha; le tiraba escobazos y en una de esas, la escoba me daba en la pierna en donde quedaban untados los pedazos del animal. En ese mismo sueño recuerdo que había tratado de matar a un puerco, le había quitado los ojos, un pedazo de cada oreja y el hocico, a pesar de eso no se había muerto sino que chillaba de dolor de un modo terrible. Yo sufría mucha desesperación y angustia al ver como se sentía el animal incapaz de morirse. El asunto del cerdo me trae a la mente un perro que encontré una vez en la carretera, tenía la espina rota y andaba ayudándose con las patas delanteras, el animal no estaba recién herido, se notaba que había quedado así desde tiempo atrás. Traté de darle cloroformo pero el animal huyó gritando. Aun hoy al describirle ésto siento una terrible angustia. Debe haber pasado sed, le debo haber quemado el hocico; me acuerdo de lo confiado que se me acercó; siento que merezco me quemen en leña verde.
Una vez más emergen los fuertes deseos destructivos de la relación madre-hija; en ocasiones ella identifica a la madre con la cucaracha, el perro y el puerco, en otras ella es la que se identifica con los animales y relata las terribles ansiedades orales que le hizo sufrir su madre; la terrible hostilidad que le despertaron y los sentimientos de culpa a ella vinculada. El perro con sed y las mutilaciones al hocico del puerco hablan de todo lo que sufrió en su primitiva relación con su madre y de los temores y ansiedades de que esta situación pueda repetirse.
A continuación presento una síntesis de los días intermenstruales de la menstruación correspondiente al trece de enero:
Viernes 22: temor a las relaciones sexuales.
Sábado 23: gran inquietud, estuvo despierta hasta las tres de la mañana, con pánico a los animales y oyendo ruidos extraños.
Domingo 24: la misma inquietud y ansiedades.
Lunes 25: acto sexual con mucho miedo y sin orgasmo.
Martes 26: más tranquila.
Miércoles 27: la situación va mejorando.
El jueves 4 de febrero, con seis días de adelanto se presentó la menstruación, oigámosla:
Poco después se me presentó la regla, se me adelantó un montón de días, en la noche tuve sueños muy raros: entraba a un cuarto de baño en compañía de una tipa, no sé quién sería, pero vomitaba en una forma horrible. Cerca del lavabo donde ella volvía el estómago yo había colocado mi sombrilla; veía que en uno de los esfuerzos que hacía para vomitar iba a bañar mi sombrilla con toda esa porquería. Yo le decía: ¡espérate, espérate!, déjame quitar mi sombrilla, pero era tarde, todo aquel vómito inmundo caía. Yo tenía diarrea y había que ver como quedaba aquel baño. También esa misma noche soñé que me encontraba un ratón y un perro chiquititos, eran recién nacidos, yo los guardaba en una bolsa y los dejaba protegidos.
Durante la menstruación, al haber desaparecido cabalmente la posibilidad de repetir la relación madre-hija, siente que todos sus contenidos son expulsados, se siente aliviada y aparece la posibilidad de adquisición de un nivel de integración con formaciones reactivas en el que cuida y mima a ratones y perritos. Durante los días menstruales la paciente es particularmente coprolálica durante sus sesiones, también en esos días, su excitación y fantasías sexuales son intensas. Se ve en casas de prostitución en plena orgía con hombres y mujeres. Los síntomas presentes en la menstruación se estructuran en la identificación con un pariente intensamente alcohólico con el que tuvo juegos sexuales en su infancia. En estos días se siente mareada y particularmente hinchada, tal y como veía al pariente a quien cuidaba cuando se emborrachaba.
Sus hermanos, también alcohólicos, en las únicas ocasiones en las que se atrevían a rebelarse contra la madre era cuando estaban borrachos. Durante la menstruación no existe el peligro de jugar sexualmente, de excitarse, de afrontar a los demás, a la madre, pelear con ella, porque la posibilidad de que la relación con su madre se repita —en ella con el hijo— es nula. Por eso se siente capaz de insultar, de decir malas palabras etc. Tanto los días que preceden a la menstruación como durante ella, el miedo a las alimañas desaparece.
La hostilidad que sintió hacia la madre por las ofensas y agravios que de ella recibió, se encuentran dinámicamente presentes y operan auto-plásticamente a través de las vicisitudes del ciclo sexual:
…me sigue pareciendo injusto lo que hicieron de mí y necesito descargarlo con alguien. Soy muy rencorosa, siempre recuerdo a mi mamá con resentimiento y hago comparaciones acerca de como son otras madres, de cómo me hubiera gustado que ella fuera conmigo. Siempre tengo en mente los malos recuerdos de ella.
Con anterioridad a la aparición de la enfermedad, sus ocupaciones básicas, además del arreglo de la casa, eran el cuidado de sus animales, pollos, perros, etc. También hasta antes de su enfermedad gustaba de coquetear, maquillarse, usar vestidos elegantes, etc. No fue sino hasta la aparición del cuadro clínico cuando cualquier manifestación de arreglo personal y uso de cosméticos empezó a ser capaz de condicionar los edemas. En su largo peregrinaje médico, frecuentemente se diagnosticaron sus edemas como alérgicos a los cosméticos y cremas faciales. Ahora bien, la madre les decía permanentemente, ya cuando se arreglaban, ya cuando coqueteaban o cuando se hablaba de una persona coqueta, que todo eso y todas esas manifestaciones eran características de putas. Por eso ella no puede concebir coquetear sin sentirse prostituida y promiscua.
Simultáneamente a los edemas, la paciente presentó propulsión ocular; la madre tenía igual síntoma ya que durante una época padeció bocio. Cuando la paciente tiene los globos oculares saltados, se sienta frente del espejo y se jala el pelo insultando su deformidad. Paulatinamente comprendió que ese rasgo físico y su conducta subsecuente eran formas de agredir y de ofender a la madre que llevaba adentro, así como identificaciones masoquistas con la misma.
Oigámosla:
Con mi madre, he seguido paso a paso todas sus desdichas, me he parecido en todo a ella pero tan solo en lo desagradable. Si tuviese su cutis, tan hermoso, lo que haría sería sentarme enfrente del espejo para decirme: bendita sea mi madre ya que pude heredar su cutis.
En un lenguaje meridiano la paciente nos está diciendo que muy otra hubiera sido su situación y destino, si hubiera logrado introyectar los aspectos buenos de la madre.
En otro de sus intermenstruos días 12 y 13 tiene los siguientes sueños:
Estábamos en casa de unos amigos, donde habíamos pasado la noche; mi marido abría el cajón de un mueble y se robaba 10 pesos, al darme cuenta le decía que los devolviera, sin embargo, no se por qué motivos, era imposible volver a ponerlos en su lugar sin que los dueños de la casa se dieran cuenta. Yo muy angustiada me pasaba ideando maneras de devolver el dinero a su dueño.
Con este sueño están vinculadas las siguientes ideas: a) la casa de los amigos en que se encuentran es la de unas personas que les han ayudado económicamente, b) el día del sueño la situación financiera de la paciente era difícil, c) la persona a quien robaba es una figura admirada, la soñante hubiese deseado que su madre fuera como ella con las mismas características e ideas de vida, optimistas y alegres. Ese día se presentó la ovulación. El cajón alude simbólicamente a sus genitales; el robo realizado por el marido, a la posibilidad de embarazarse. En el sueño hace lo imposible para anular este embarazo ideando maneras de devolver el dinero. La amenaza de preñez es lo que da matiz angustioso al sueño.
Estaba en una fiesta, en ella había una muchacha con unos ojos y una nariz muy bonitos; sabía que todos la miraban, yo por el contrario, veía mi cara hinchada y con surcos en las mejillas. Pensaba: yo no puedo competir con ella, con esta cara hinchada y horrible. En el mismo sueño veía las calles inundadas, todo estaba arrasado; le advertí a la muchacha bonita que estábamos en peligro, ella no me hacía caso. El agua llegaba hasta la propia casa, ella y otras personas entre las que iba mi marido subíamos contra la corriente en una lancha de motor; la fuerza de la corriente era terrible, desperté con la angustia de que la lancha se pudiera voltear.
Ese día me habla de que hace años sus conocidos discutían, antes de su enfermedad, quien sería la de más bellos ojos en la familia, si la paciente o su hermana. Unos se inclinaban por los ojos de una y otros por los de la otra. Cuando se inició su enfermedad (inicio vinculado a su primer noviazgo) los ojos se le saltaron, la cara se le hinchó y empezaron a aparecer arrugas en las mejillas. La cara de inalterable belleza de la hermana era para la paciente un signo de virtud. En un plan profundo, las dos personas del sueño son tanto ella como su hermana, así como dos aspectos distintos de la misma paciente: una que niega el peligro del embarazo y de la vida sexual tumultosa (un torrente) y la otra que ha sufrido sus inclemencias. Para la paciente, embarazarse es afearse y sufrir deformaciones físicas. Así pues, hay dos aspectos en la enferma, una que no teme el torrente o que por lo menos trata de negar el miedo manteniéndose incólume y bonita, y la otra que responde con ansiedad y temor ante los peligros de la corriente que puede inundarla. En un nivel simbólico el agua que inunda su casa es el esperma que puede fecundar su vientre.
En el análisis de sus temores, descubrimos que no fue sino hasta su matrimonio cuando apareció el pánico a las cucarachas; lo explicaba diciendo que en su casa de soltera no había esos insectos. Paulatinamente recordó que antes de casarse a pesar de ver cucarachas su reacción no era desproporcionada. Los edemas se iniciaron con bastante anterioridad al matrimonio; la cronología de ellos seguía la siguiente línea: su primer novio, frío, seco, poco cariñoso, era un hombre cuyo temperamento la mantenía a salvo de sus propios instintos; con él nunca tuvo edema. Se hicieron extraordinariamente intensos cuando con un segundo novio el acercamiento sexual fue mayor, aun cuando sin llegar a las relaciones sexuales. La enferma se sentía extraordinariamente culpable y cuando rompió con él la mejoría se hizo ostensible. Meses después fue de vacaciones a provincia, allí tuvo una relación amorosa que culminó con el acto sexual, el cual se llevó a cabo en circunstancias por demás traumáticas: fuga, hotel, etc. A los pocos días presentaba una quiebra casi psicótica en su personalidad. En esa época fue cuando entablé contacto con ella. Bien pronto se presentó una pseudociesis, la hinchazón del vientre era marcada y la aparición de mareos y otros trastornos simulaban un embarazo. Rápidamente se recluyó en casa, dejó de coquetear, de arreglarse y de lucir; los edemas empezaron a disminuir. Más adelante tuvo otro novio ex-seminarista, totalmente reprimido, incapaz de ninguna iniciativa sexual y que al decir de la enferma era «su ángel de la guarda». Fue la época de casi total ausencia de sintomatología somática. Meses después, cuando inició una nueva relación con el que después sería su esposo, los edemas se intensificaron. A partir del matrimonio se iniciaron simultáneamente el temor al embarazo y el pánico a las cucarachas.
La enferma nos explica lo que para ella significa el embarazo en los siguientes términos:
En realidad el embarazo era para mí, usted ya lo sabe, perder por completo mi atractivo físico (identificarse con la madre odiada) no me puedo imaginar a una actriz de madre modelo. Quizá todos los rasgos físicos feos de mi madre los haya atribuido a los embarazos y a la maternidad. Ella nos decía que los hijos la habían acabado y descompuesto. Me acuerdo que decía que era preciosa con un pelo y unos ojos tan hermosos que no se explicaba como se le podían haber vuelto tan feos.
Las palabras de la madre objetivaban las fantasías inconscientes de la paciente, según las cuales en su condición de hija, la dañaba y destruía.
Conforme la terapia prosiguió, los sueños angustiosos durante el intermenstruo se fueron limitando, por ejemplo, he aquí uno soñado con posterioridad en un día 13:
Estoy encinta, veo mi panza ya bien grande pero eso no me produce ninguna intranquilidad. Más adelante estoy sentada enfrente de usted, estamos en análisis. Al rato me veo besándolo y pienso que los besos que usted da son muy sabrosos. Después estoy en un excusado y usted me dice con mucha ternura: anda, anda, haz tu caquita.
Hay hechos que es importante señalar, parece que por primera vez, después de cinco años de terapia, está excitada sexualmente en el intermenstruo. También en esta ocasión el temor a las alimañas ha desaparecido. Coincidiendo con su ovulación tiene el sueño de embarazo antes descrito; siguiendo sus concepciones infantiles, yo la beso y al besarla la embarazo; con ternura, la ayudo a parir pidiéndole que eche la caquita.
En el determinismo simbólico de las alimañas, como recurso utilizado para expresar un temor inconsciente, se encuentran varios factores, a saber: para ella, los espermatozoides son como las sabandijas, abundantes, microscópicos y se meten por los genitales. La cucaracha, en este contexto, le produce pánico por una doble conexión asociativa que ia lleva a identificarla con el espermatozoide y que por otra parte le hace pensar que se trata ce un insecto particularmente fértil.
En los momentos fértiles del ciclo, el temor a los insectos aumenta, vaginalmente se cierra y ante el pánico que la penetren los espermatozoides no puede permanecer en situación pasiva; tiene que expulsarlos con su actividad o simbólicamente a través de la micción.
Corroborando lo anteriormente expresado nos encontramos con las asociaciones de la enferma en ocasión de retrasarse la menstruación en forma prolongada:
Mi temor es cada vez mayor, ya no solamente temo que se metan cucarachas sino también ratas y culebras. Hace unos días había un ratón en mi cuarto, cuando yo lo oía roer, pensé que se comería hasta las paredes, me daba mucho miedo levantarme a oscuras, en estos días no he pensado sino en el ratón.
Cuando poco después apareció la menstruación la obsesión del ratón desapareció.
En el caso anterior hemos presentado muy esquemáticamente las representaciones psíquicas del ciclo sexual, a través de los sueños y de los síntomas en una mujer estéril; la esterilidad era un índice del intenso temor subyacente, psicótico, de repetir una relación con la madre a través de la cual destruiría y sería destruida. La magnitud de los componentes hostiles en relación a la madre son particularmente difíciles de describir dada su intensidad. La capacidad de reparación y rectificación en identificaciones múltiples, ya introyectivas, ya proyectivas, es nula. Lo que nos interesa del caso en relación al tema tratado, es señalar la estrecha conexión existente entre las relaciones de objeto madre-hijo y su manifiesta expresión a través del ciclo gonadal.
En beneficio de la brevedad únicamente presentaremos un caso más, el cual puede ser ilustrativo por exhibir aspectos extremos y antagónicos del problema.
Caso 2: La paciente se acerca al análisis por trastornos caracterológicos; los encubre con racionalizaciones intelectuales, desea mejorar, aprender y superarse en su condición profesional.
Desde las primeras sesiones señala que es frígida, lo que le hace sentirse humillada y desesperada. Siempre ha tenido trastornos menstruales, sus retrasos son tan intensos que en ocasiones solamente menstrua cada tres o cuatro meses. Ha consultado a diferentes ginecólogos los cuales mediante medicación glandular, logran que sintomáticamente aparezca el sangrado; sin embargo, poco tiempo después se instala de nuevo el cuadro descrito. Cuando la paciente inició su tratamiento tenía tres hijos; al poco tiempo de terapia, la frigidez dejó de ser un fenómeno permanente, empezando a presentarse el orgasmo en determinadas circunstancias. Las bases de su frigidez que no presentaremos ahora, estaban vinculadas a su relación oral con la madre. El acto sexual era vivido como un acercamiento oral a la madre, en el que el pene del marido era el substituto del pecho y la vagina sustitución de una boca ávida, rechazantemente reactiva. Ante situaciones de frustración sexual leía ávidamente un libro o se dirigía al refrigerador con voracidada para ingerir cualquier alimento. Siempre respondía con apetito voraz ante cualquier frustración afectiva.
Enfrente de sus hijos reparaba permanentemente aquello de lo que se sentía desprovista en su relación con la madre. Sin embargo, su reparación fracasaba; identificada con la madre mala, necesitaba del exterior permanentes confrontaciones acerca de su bondad. Cuando sus necesidades de reparar no encontraban eco o aplauso en el exterior, se deprimía terriblemente; se sentía envidiosa del cariño de los hijos al padre, para su inconciente, este cariño era tanto como el que los hijos le dijeran: «tú eres mala, papá es bueno». También se sentía celosa con las sirvientas cuando los hijos se vinculaban a ellas. Era feliz cuando tenía que realizar labores agotadoras tales como cambiar a los niños, transportarlos de un lado a otro, llevarles a pasear, etc. Toda ocupación que la separaba de sus hijos la vivía con culpa; todo halago por parte de ellos con los cuales jugaba, paseaba y mimaba le producía honda satisfacción; por el contrario, cualquier rechazo la sumía en depresión.
La madre siempre la había impulsado, al igual que a sus seis restantes hermanas, a actividades a través de las cuales ella, la madre, se realizaba vicariantemente. Por ejemplo, fomentaba la independencia, el arreglo, el bien vestir y el estudio en sus hijas a pesar de que en su conducta mostraba todo lo contrario de lo que fomentaba; era dependiente, sometida, abnegada, poco arreglada y nada instruida. Cuando sus hijas expresaban actitudes femeninas, o socialmente consideradas como tales, mostraba desagrado. No las dejaba coser, tampoco cocinar ni ocuparse de la casa. La paciente se había forjado una imagen negativa de la maternidad; esa imagen se estructuró en el hogar e influyó en todas las hijas, tan es así que otra de las hermanas fue estéril con fuertes trastornos menstruales.
La conducta de la madre condicionó que la paciente se sintiera torpe y tonta en las labores domésticas o en las culinarias; le impuso severos temores acerca de la sexualidad. Cuando se embarazó por tercera vez le sugirió la conveniencia de abortar. La paciente siempre tuvo la idea de ser un error en las técnicas anticonceptivas de sus padres. Pensó que sus características femeninas no se toleraban y que la madre solamente deseaba y estaba contenta cuando la enferma realizaba lo que a la madre le había sido vedado hacer. Todo, menos ser madre.
Esta actitud primitivamente externa, ulteriormente se internalizó y era la responsable de movimientos defensivos en todas aquellas ocasiones en que la paciente deseaba ser mujer. En el curso de sus sesiones sus movimientos defensivos eran claramente ostensibles. Cuando en ocasiones el deseo de tener un hijo se hacía muy intenso, hijo que en su fantasía era mujer, se defendía de mí —que en la relación transferencial la apoyaba en su femineidad—- hablándome de aspectos de su trabajo y de situaciones puramente intelectuales.
Al poco tiempo de iniciarse su análisis, también defensivamente, la menstruación fue siendo más frecuente, el lapso entre una y otra fue cada vez más breve hasta llegar a ser de veintiocho días. Curarse transitoriamente de su trastorno tenía como finalidad eludir el análisis y la investigación profunda del síntoma.
El material intelectual que presentaba en sus sesiones se interpretó en forma sistemática como una defensa, para eludir situaciones emocionales más profundas que la pudieran poner en contacto conmigo. Temía vincularse afectivamente a mí y expresar sus necesidades: ser apoyada, cargada y mimada; los vínculos que establecía eran intelectuales y desprovistos de afecto. Cuando los sentimientos básicos de la paciente se hicieron evidentes empezamos a analizar los componentes emocionales que hacían irrupción a través de la situación defensiva. En este momento, la menstruación una vez más se empezó a retrasar y con-comitantemente apareció una grave crisis de depresión acompañada de llanto. Fantaseaba un embarazo a pesar de que durante todo el mes había usado medidas anticonceptivas. Más tarde empezó a olvidar su diafragma, siendo el marido quien le recordaba la ausencia de él o le indicaba el sitio donde lo había dejado. El matiz de la depresión era similar al que tenía en la relación con sus hijos, en particular cuando estos la rechazaban. Compulsivamente, a pesar de los antecedentes señalados, la paciente no descartaba la posibilidad de estar embarazada; se mandó hacer reacciones de laboratorio y no fue sino hasta que recibió la negatividad de las mismas cuando apareció la menstruación.
En el intermenstruo, y sin que por ese entonces lo ligáramos a la ovulación, tuvo un pleito con el marido en el que la motivación no era clara; él le dio una cita a la que ella llegó tarde, sin gran enojo se lo hizo notar. La reacción de ella fue desproporcionada; la situación era para mí tanto más extraña cuando que en general no presentaba ese tipo de respuestas.
En el siguiente intermenstruo tuvo un sueño en el que me veía muerto en Veracruz, a la orilla del mar. Lloraba intensa y desesperadamente. La gente le hacía ver que en realidad no había perdido sino un analista y que bien podría conseguir otro. En el curso de su sueño pensó que no volvería con un analista hombre y decidió ver a mi esposa. Supuso que sería buena analista ya que se había llevado bien conmigo durante tantos años; además pensaba que a las mujeres les importa la parte de abajo del cuerpo y no la de arriba.
En la sesión anterior me había traído material de naturaleza intelectual, al cual le había prestado atención sin darme cuenta de la intensa naturaleza defensiva del mismo. Salió descontenta y muy deprimida. Al analizar el contenido manifiesto del sueño me sorprendía que emergieran tan fácilmente la hostilidad hacia mí y la sensación de ser abandonada. Me daba cuenta que atrás de dicho material existían contenidos más profundos. Diversas circunstancias me habían hecho seguir la pista de sus trastornos menstruales y de su ciclo; durante las sesiones correspondientes a su última menstruación una y otra vez había cometido el lapsus de decir trastornos de mi embarazo en lugar de trastornos de mi menstruación. Parecía que al retrasar su menstruación el mes anterior, negaba en forma maníaca la falta de un embarazo «reparativo»; lo fantaseaba, hacía un esbozo de pseudociesis, retrasaba la regla, iba al laboratorio y a pesar de la inyección de fuertes dosis de preparados glandulares, la menstruación no aparecía. Empezábamos a darnos cuenta que estaba profundamente enojada con el marido porque éste le negaba la posibilidad de embarazarse. Ella estaba en ovulación y él no hacía posible la utilización del óvulo para formar una hija.
En el intermenstruo en el que aparece el sueño de referencia los reproches están dirigidos hacia mí que no comprendo sus necesidades. Profundamente, más que llorar mi muerte, llora la muerte e inutilidad de su óvulo, así como el de sus posibilidades maternales (el mar). Por eso se dirige a una mujer con la cual pueda reparar su condición de hija, rechazada en sus aspectos femeninos. Busca una analista interesada en los aspectos femeninos (de abajo) y no como yo, en las defensas intelectuales (de arriba).
Al día siguiente de interpretarle en el sentido antes aludido nos aporta material confirmatorio en el siguiente sueño: «Veía las manchas que habían dejado en la pared dos taquetes que sostenían una cortina que se había caído». Aludía al desprendimiento de sus óvulos que habían dejado manchas en la pared. Un día después tiene un sueño en el cual tiene relaciones sexuales con su esposo, lleva el diafragma puesto, pero este tiene una gran perforación por la cual pasa el pene del esposo.
Nos encontramos enfrente de un caso estrictamente opuesto al anterior, su antagonismo es particularmente ilustrativo. Conforme la terapia avanzaba nos dábamos cuenta de las profundas necesidades afectivas, presentes en los días intermenstruales las cuales, al no ser satisfechas en su nivel, condicionaban enojo, a veces expresado en la transferencia y a veces en la relación marital.
En un momento dado de su evolución terapéutica, aproximadamente dos años después de iniciado el tratamiento, tuve la impresión de que sus necesidades emocionales empezaban a desvincularse del ciclo gonadal. Su yo no se encontraba tan fijado a las vicisitudes hormonales, empezaba a establecer relaciones de objeto menos regresivas, en base a una situación terapéutica sustancialmente mutativa, en que la función endógena deja de actuar, para prevalecer la relación externa con el terapeuta.
En un momento de su tratamiento las necesidades regresivas, vivenciadas autoplásticamente en el síntoma de retraso menstrual, se empezaron a expresar aloplásticamente en la relación transferencial. El óvulo (con el cual estaba identificada proyectivamente) había dejado de ser ella misma; yo asumía los papeles maternales que ella se asignaba con anterioridad en la pantalla del ciclo. Empezó a madurar desde esta posición, donde existían grandes deseos de ser tratada como a una niña, mimada y cuidada, pidiéndome que la acariciara pasando mi mano por su frente. El tratamiento de la paciente se interrumpió un año después; el trastorno sintomático por el cual se había acercado, había desaparecido; la caracterología solamente había mutado en grado leve. En el último mes de análisis, en la ovulación correspondiente a ese intermenstruo, se embarazó. Ya sabía que existía una fecha fija para la terminación de la terapia. Nueve meses después tuvo una niña, primera hija mujer, después tres hijos varones. Muy posiblemente el significado del embarazo tuvo una connotación maníaca; con él elaboraba la depresión, consecuente a la interrupción precoz y no consolidada de la terapia.
Caso 3.—Diana, mujer joven, judía, se analizó durante tres años con una mujer con la que se identificó intensamente. Su terapeuta se ve precisada a dejar el país y el tratamiento se interrumpe. Pensándose en la conveniencia de que la terapia continúe me es referida a tratamiento. Es preciso señalar algunos precedentes: Diana me conocía por referencias, hacía tiempo que se analizaban conmigo algunos de sus amigos; inicialmente había pensado terminar su análisis al mismo tiempo que su anterior analista iniciaba el viaje antes señalado, pero, un motivo calificado por ella como actual determinó que buscara mi ayuda.
El problema actual que preocupaba intensamente a Diana, era su preñez; ya antes se había embarazado en múltiples ocasiones, pero todos sus embarazos culminaron en abortos espontáneos o provocados. En esta ocasión su actitud era ambivalente, deseaba conservar el producto y al mismo tiempo temía que el embarazo prosiguiera. Una muestra de su ambivalencia se manifestó en el deseo de negar su preñez a pesar de haber transcurrido casi un mes desde la suspensión de su menstruación. Negaba la realidad y se oponía a cualquier examen confirmatorio que pudiera sacarla de su incertidumbre.
Diana era la segunda hija de una familia de inmigrantes judíos compuesta de tres vástagos: la mayor, mujer como ella y el menor varón tres años más joven. Cuando Diana llegó al país tenía seis años de edad, ignoraba el idioma y las condiciones de la familia eran precarias. Su adaptación fue muy difícil, tuvo que luchar contra tres sentimientos muy intensos: su temor de ser judía, su condición de extranjera ignorante del idioma y su inferioridad económica. La situación financiera mejoró paulatinamente a pesar de lo cual ella seguía sintiéndose pobre; llegó a dominar el castellano pero también temía que no la comprendieran y que su nacionalidad se expresara a través de su acento. Cuando las condiciones económicas de la familia mejoraron y pudieron cambiarse a una casa más confortable la experiencia no la enriqueció, sentía que el nuevo hogar era un préstamo del cual podría ser despojada en cualquier circunstancia. Particularmente depresiva se hacía reproches en forma sistemática los cuales trataba de compensar con merecimientos intelectuales. Sentía que fuera de su círculo judío sería rechazada; con respecto a mí, reflexionaba que siendo cristiano y rico terminaría por dejar de interesarme en ella.
Uno de sus mecanismos de compensación con el cual anulaba núcleos depresivos más profundos, era su participación en el movimiento sionista. Durante su adolescencia perteneció a un grupo en el cual sobresalió opacando con su actuación a sus hermanos. Más tarde, cuando al pasar los años estos problemas dejaron de interesarle, su ocupación fundamental se orientó a la cooperación en el tratamiento de niños anormales.
La posición de Diana en su familia fue particularmente desventajosa; la mayor parte de las reacciones hacia su hermana mayor eran de intensa competencia y de hostilidad profunda hacia el hermano menor.
En el análisis llevado a cabo con la terapeuta que me precedió, rechazó conscientemente todos sus embarazos; culminaron en abortos, espontáneos o provocados que la aliviaban y tranquilizaban. Para ella, cada hijo representaba el nacimiento de un hermano menor, de modo tal que la destrucción del producto lograba diversos fines: por una parte, daba margen a la expresión de los sentimientos hostiles sentidos hacia el hermano cuando pequeño, por otra, restituía la relación con la madre, eludiendo la presencia de un tercero que pudiera interferirla. Desde su primer análisis se observó con claridad la tendencia a negar todas las situaciones depresivas consecuentes al abandono. En una ocasión, superó la reacción de duelo, por las vacaciones del analista, casándose en forma impulsiva. En esta última ocasión, ante la separación definitiva, la paciente evita la depresión en un doble juego de identificaciones. Identificada introyectivamente con la analista (madre ausente) cuida de sí misma, identificada proyectivamente en el feto (hijo abandonado). Es como si el diálogo de Diana fuera: “Mentira que mi mamá, mi analista me ha abandonado a mí, Diana. Yo soy mi mamá, no necesito de ella y Diana es la hija que llevó en el vientre”.
Como vemos, Diana trata narcisistamente su embarazo; destruir al producto en estas circunstancias, sería como destruirse a sí misma y si bien es cierto que en otras ocasiones el legrado significaba la muerte del hermano, ahora su connotación era suicida. Ante la ausencia de un aborto espontáneo expresaba: “Una raspa en esta ocasión sería como desgarrarme”.
Anteriormente su condición de hija intermedia, la había elaborado mediante mecanismos de negación, al negar al hermano lo destruía simbólicamente. En está ocasión ante la intensificación cuantitativa de la situación depresiva, por pérdida de la madre, apeló a mecanismos más primarios de identificación introyectiva. Tanto la negación, base de su condición maníaca, como la identificación, son primitivamente orales; sin embargo, en este caso vemos claramente cómo la segunda es bastante más arcaica que la primera.
El desagrado hacia los embarazos era una evocación, recuerdo y repetición de su primitiva reacción hostil al hermano. Ese allá (su historia infantil) fue la que la hizo abortar aquí (edad adulta) una y otra vez, y en parte el determinante más importante de la actual ambivalencia hacia el embarazo.
Cuando Diana vino en busca de mi ayuda, su embarazo era de un mes, para su inconsciente era un significativo intento de superar y restituir la pérdida de la madre mediante la identificación. La identificación no se habría logrado plenamente por estar revestida de fuertes sentimientos de culpabilidad, por ello presentó vómitos intensos hasta que no se sintió apoyada y aliviada por mí de su culpa. No fue sino hasta que encontró mi apoyo cuando se atrevió a comunicar a sus familiares el embarazo.
Cuando el embarazo de Diana llega al tercer mes, su anterior analista regresa al país en un viaje transitorio por motivos familiares. Diana la visita y le pregunta en forma insistente por los embarazos. También le preguntó si había engrosado excesivamente. Cuando la terapeuta manifestó que “no se veía demasiado gruesa”, la paciente sintió que sospechaba de su embarazo; es decir, que por una parte le roba el hijo y por la otra le prohibía la identificación maternal. En esta época, se incrementan los temores a dañar el producto, pensaba que fumar o tener relaciones sexuales dañaba al feto. Este material estuvo ligado a una serie de chistes que nos permitieron comprender el significado de sus temores.
La elección de su esposo se basó en la identificación inconsciente que hizo entre éste y el hermano, con el cual de pequeña tuvo juegos eróticos; en tanto permaneció sin embarazos, o los negó al través de las raspas, sus relaciones sexuales no tuvieron sino el significado de los juegos eróticos que mantienen dos hermanos entre sí. En la medida en que Diana se transformó en madre por el embarazo, consecuencia de su identificación con la analista perdida, el esposo adquirió en forma paulatina características paternales. El triángulo incestuoso así planteado, en una nueva dimensión, se transforma en peligroso y dañino. Le teme desde sus dos identificaciones: introyectiva con la madre y proyectiva con el producto. Cuando confrontó este problema fue frígida en las relaciones con su esposo. En esta misma época la excitaban los recuerdos de antiguas relaciones y objetos sexuales. Le resultaba menos penoso excitarse con objetos sexuales ajenos a la concepción de su hijo que con su esposo, transformado en su propio padre a raíz del embarazo.
Las relaciones de objeto de Diana siempre estuvieron matizadas por el intenso temor de ser abandonada; ante este temor utilizaba técnicas de aseguramiento, por ejemplo, guardaba las cartas en que sus novios se declaraban o las fotografías en que estaba bonita.
La vida infantil de Diana osciló entre la rivalidad a su hermana mayor y los deseos hostiles y de muerte dirigidos al hermano menor. Por su rivalidad, competía impulsivamente con la hermana, le quitaba los novios, adoptaba una conducta de tipo erotomaníaco y exageraba sus condiciones intelectuales. Todos estos movimientos le producían culpa, pero ésta era menor que la experimentada por los deseos de muerte al hermano. Cuando me sorprendía tomando notas en sus sesiones, temía que pudieran ser leídas por una persona ajena, de la misma manera que temía leyesen su diario; su temor no era tanto porque se descubriesen sus relaciones sexuales ilícitas cuanto por la ansiedad de que alguien descubriera sus abortos. Es decir, a Diana le resultaba más tolerable la rivalidad con la hermana que los deseos de muerte hacia el hermano. En el sueño que a continuación transcribimos están presentes la hostilidad, los deseos de muerte y la consiguiente necesidad de reparar al hermano:
Soñé que había salvado a un chico que estaba a punto de ahogarse. Era de la edad de mi sobrino, pero parecido a mi hermano. Me sentía muy importante”.
Sus asociaciones fueron las siguientes: “entre mi hermano y yo hubo mellizos, nacieron muertos, ahogados de asfixia. Yo pensaba que en la barriga de mi mamá había mucha agua y se habían ahogado. En estos días he peleado con mi marido; cuando lloro me siento culpable, pienso que debo esforzarme, no llorar, y no sufrir para evitar cualquier dolor a mi hijo.
Resulta claro que teme y a la vez desea identificarse con la madre que ahoga, repitiendo el esquema biográfico de los mellizos muertos.
En una de sus sesiones se pudo ver claramente el desarrollo histórico de su embarazo:
A mí me abandonó mi mamá cuando nació mi hermano; mi abuela se ocupaba de mí y mi madre de mi hermano; le llevo un año nueve meses. Cuando tenía tres años mi papá emigró, no fue sino mucho después cuando lo hicimos nosotros. Siempre que empiezo a querer me abandonan: primero quiero a mi mamá y me deja por mi hermano; me vuelco en mi papá y emigra; cuando de nuevo me ligo a ella se inicia el viaje que la hará juntarse con mi padre. Yo sé que usted se puede ir, tan sólo quisiera que no fuera antes de dar a luz, esa posibilidad me aterra. Cuando X, mi anterior analista, se iba a ir, tuve una congestión pulmonar, eso fue entre la menstruación que debí tener el veintiséis de noviembre y la que ya no tuve que me tocaba para el veinticuatro de diciembre.El médico me dijo que la concepción debe haber sido el siete de diciembre, es decir, exactamente un poco después de la congestión pulmonar. Cuando estuve enferma del pulmón el médico que me atendió me puso el estetoscopio en los oídos para que yo misma oyera mi pulmón. Lo que oí me sonó a lamento de niño, casi humano, yo no lloraba pero algo lloraba dentro de mí. Pronto me curé. Era una preparación para algo. Mi pulmón lloraba porque se iba mi analista, yo aceptaba fácilmente su partida, no estaba ni enojada ni a disgusto, pero eso no era sincero.
Thomas S. Szass,[1] basándose en las ideas de Ferenczi expresa que: “los síntomas con frecuencia son sustituciones autoplásticas inadecuadas de una acción aloplástica adecuada”. La congestión pulmonar de Diana es una realización autoplástica, un lenguaje expresado en nivel orgánico que, más adelante, al redescubrir la posibilidad de identificarse introyectivamente con la madre, sustituirá por un embarazo reparador y restitutivo.
También cuando el viaje de la analista anterior —de regreso al país en forma transitoria— las reacciones de Diana confirmaron el problema genético de su preñez:
Me parece que su llegada perturba mi embarazo; si está lejos me puedo parecer a ella, al volver siento que me impide ocupar su lugar, como si me quitara a mi bebé.
Meses más adelante y en el mismo contexto asociativo me expresa:
En toda la noche no pude dormir, al no sentir movimientos en mi vientre, sentí que mi niño había muerto; interrumpir mi análisis con usted sería lo mismo que interrumpir mi embarazo; aun cuando mi mamá no me trata en forma distinta, ayer me dio el lugar en el camión.
La paciente nos está expresando que al tratarse conmigo puede ocupar el lugar de su madre, embarazarse y concebir; no quiere interrumpir su terapia porque a mi lado puede ocupar el sitio de su madre; con su anterior analista (mujer) se volvía niña y desde esa identificación la imagen internalizada era mala y prohibidora, incapaz de tolerar la gestación.
En la sesión anterior a su internamiento al hospital para ser atendida de su parto, me expresó:
…he pensado cómo despedirme de usted. Es un poco como si también me despidiera de mí; después de que nazca mi hija ya no habrá en mí la antigua Diana. De pronto es como si dejara de ser hija y fuera a ser madre, me da pena. Como si tan sólo estuviera preparada para ser hija y no para ser madre.
[1] Szasz, Thomas S. El enfoque psicosomático en medicina. Psiquiatría dinámica. Editorial Paidos. Buenos Aires.
Caso 4.—Desde el principio de su embarazo Rebeca estableció relaciones y comunicaciones que me hicieron posible definir la forma en que visualizaba el proceso procreativo. La actividad onírica de Rebeca se hizo particularmente rica. Los sueños del comienzo de su embarazo siguen este tenor:
Sueño 1. Voy caminando con una amiga, ella necesita unos vestidos, le digo de un lugar donde los venden. En la tienda hay unos maniquíes y entramos, uno de ellos resulta ser una mujer de carne y hueso que muestra sus piernas. Mi marido toma la pierna de ella con un propósito sexual; me enfurezco, riño con la mujer, la sacudo de los hombros y los cabellos y le digo que si pudiera le sacaría los ojos”.
La paciente, particularmente dependiente de las figuras a las que se encuentra ligada afectivamente, las cela y necesita en forma intensa. Cualquier persona que se interponga entre ella y su objeto la hacen revivir la situación traumática, en la cual, siendo hermana mayor, tuvo que interrumpir una relación de dos, con su madre, para acoger en un triángulo a un hermano tres años y medio menor. Hasta esta altura del embarazo, casi tres meses, Rebeca no había tenido náuseas, pero éstas se presentaron en ocasión de asistir a la sesión y de sentir que su embarazo dejaba de ser una identificación narcisista para convertirse en un objeto extraño, que transformaba la relación idílica de dos, con el terapeuta, en una relación atormentada de tres. Estábamos en la oficina ella, yo y su hermano; sus vómitos y náuseas representaban un intento de reestructurar la relación binaria perdida.
Sueño 2. Estoy entre dos hombres, uno es tosco y burdo y juega conmigo bruscamente; lucha conmigo en broma, me coge un brazo y lo dobla hacia atrás; con desesperación le grito que deje de jugar ya que estoy embarazada; él no me hace caso; me veo sangrando y lloro con angustia. Pienso que me van a llevar al hospital, a poner cloroformo y todo sin ninguna utilidad. Al segundo hombre le decía que por favor me cargara hasta la cama. Él me cogía de los pies y me colocaba en sus hombros. Le gritaba que no lo hiciera así porque estaba sangrando. Él me dejaba caer y mi desesperación aumentaba. Este segundo hombre no tomaba en cuenta lo que le decía y adoptaba la misma actitud que el primero”.
El deseo de perder el embarazo expresado en el sueño anterior y en el material transferencial sigue presionando desde el inconsciente, movilizando angustia, culpa y defensas proyectivas. Una y otra vez proyecta, en cada uno de los hombres, su deseo irrestricto de perder al hijo, hermano inconsciente simbolizado por la tosquedad y el sangrado. La intensidad de sus deseos sigue elaborándose oníricamente:
Sueño 3. Empezaba a sangrar como señal de aborto. Estaba desesperada, sangraba por la boca y me decía: ya ves, estás abortando. Algo sólido salía de mi boca y yo sentía que hasta mi corazón había salido. Todo me pasaba con un sentimiento de reproche para mí misma”.
El embarazo que nos ocupa es el segundo que tiene Rebeca; la primera primogénita, como ella, fue una niña, Esther. Las posibilidades de identificación proyectiva con Esther fueron totales; su liga con ella, de una magnitud e intensidad poco comunes. Prácticamente había una ausencia total entre los límites de su hija y sus propios límites. La historia de la relación de Rebeca con Esther era una réplica de la que tuvo Rebeca, cuando niña, con su propia madre. Como Edoardo Weiss señala[2] (18), todo el destino de la energía libidinosa de Rebeca fue absorbida por su madre; muy poca le quedó para el aprendizaje y el juego, así como para desarrollar sistemas yoicos sustitutivos, autónomos e independientes de la figura maternal. Cuando los objetos primarios no permiten que la energía sobrante del acto de ejecución mismo, en el nivel de integración correspondiente, sea utilizada en el juego o en el aprendizaje, la conducta se vuelve automática y dependiente. Por esto, más que por el nacimiento de un hermano, las reacciones de Rebeca y de Diana movilizan actitudes de emergencia, pánico y desintegración. Rebeca, identificada con Esther, se siente lastimada por el nacimiento del segundo hijo (su futuro hermano). Desearía retornar a la época en que su Esther, ahora de tres años, era una recién nacida:
Sueño 4. Me encuentro en una especie de campo de batalla, todos me atacan y yo me tengo que defender; uso una espada con la cual descuartizo a todos los que se me ponen enfrente; por desgracia, en este cuarto también está mi gente querida; sólo distingo a Esther; todos han muerto menos ella. Al lanzar un hachazo sobre una persona la hiero y se tambalea; de pronto me doy cuenta de que a quien he herido es a Esther. Pienso que va a morir, pero ella sigue caminando, me doy cuenta de que sólo está lastimada, grito loca de contento, considerándome la persona más feliz del mundo.
Como en el caso de Diana, Rebeca en ocasiones intenta negar la existencia de la procreación al través de fantasías promiscuas que tienen el valor de una negación de tipo maníaco. En los sueños en los que elige objetos diferentes al marido, retorna históricamente a épocas en que aún no estaba casada; por otra parte, afirmando una relación heterosexual, múltiple y variable en su fantasía, niega la relación maternal unívoca y estable de su realidad infantil.
Conforme el embarazo progresa, el sentimiento de abandono se incrementa independientemente de los motivos que en la realidad lo sustenten, y aparece un retorno a actividades autoeróticas como intento desesperado de elaborar la situación depresiva. En estas circunstancias sueña:
Sueño 5. Estaba acostada con mi marido, él dormía y yo me masturbaba. Cuando despertaba me preguntaba por los movimientos, yo no le decía nada pero pensaba que ya que no me satisfacía, lo hacía yo.
También como en el caso de Diana, la regresión toma formas de expresión homosexual, en la cual hay una identificación introyectiva con la hija que fue y proyectiva con la madre que tuvo. Tal es el siguiente sueño:
Sueño 6. Una conocida me relataba un beso que había visto y me decía en forma plástica cómo había sido dado. Tratando de esquivarla la empujaba, pero al fin cedía. Me besaba y me producía mucho placer. Pensaba que era el verdadero placer.
En un sueño largo reconstruye históricamente, superponiendo situaciones del pasado y del presente, las múltiples connotaciones psicológicas que para ella va cobrando el embarazo.
Sueño 7. Llegaba mi marido con una jovencita gordita, de nariz respingada. A esta joven la conocía hace tiempo; es tres años menor que yo. Mi marido me decía que se acababa de casar, y yo a partir de ese momento me transformaba en su amante. Al principio aceptaba, pero como a la media hora empezaba a tomar consciencia de lo que había sucedido. Sentía una indignación y desesperación máximas. En otra escena veía desamparada y triste a mi hija Esther. Todo lo que hasta ese momento había tenido lo había perdido. Debía empezar a trabajar.
En ocasiones los sentimientos de destrucción hacia el embarazo, alternan con intensos sentimientos de culpa y la agresión dirigida al producto, hermano, es vuelta contra sí misma como en el siguiente sueño.
Sueño 8. Unaseñora estaba loca y tenía que apalearla. Al estar apaleándola me daba cuenta de que era Esther.
La escena del drama infantil cambia sus personajes, pero los afectos se repiten. Tiene celos de la relación de su hermano con sus amigas, así como en el pasado lo tuvo de la relación del hermano con la madre. Tal cosa nos la expresa en este otro sueño:
Sueño 9. Mi hermano me decía que al fin se había enamorado; yo le decía que no me dijera el nombre de la muchacha; adivinaba que era mi amiga.
De la misma manera que el material regresivo se orientó en ocasiones hacia niveles de comunicación homosexual, en otras nos habla de ideas infantiles acerca del nacimiento, su connotación destructiva y los intentos que mágicamente hace por reparar. Así lo vemos en este sueño:
Sueño 10. Unmayordomo muy viejo, dirigido por mi mamá, perforaba en la puerta del baño un cuadro y un círculo. Yo me sentía afligida y decía que en esa forma se iba a ver todo lo que pasaba en el interior; más adelante se me ocurrió, para solucionar el problema, colocar en esos huecos un retrato de mi marido y uno de Esther.
Cuando la intimidad de la madre, la de ella y la común a ambas es destruida con la ayuda del padre que embaraza (mayordomo que perfora el círculo y el cuadrado) intenta negarlo y retornar a la primitiva situación idílica en la que no se encuentran presentes sino ella y su madre (el retrato del marido y de Esther).
Creo que la defensa erotomaníaca común a Rebeca y a Diana lo es también a ciertas mujeres para las cuales la preñez significa soledad y abandono y no compañía y contacto.
Sueño 11. En un hotel; yo en un cuarto con mi papá, en el otro mi marido. Debía tener relaciones sexuales con alguien que no fuera mi marido; así pues, me acostaba con mi papá. Al principio tenía ansiedad y pensaba que traicionaba a mi esposo, pero después me tranquilizaba diciéndome que no era traición puesto que se trataba de papá. Tenía muchas relaciones con mi padre; su pene era grande; siempre se iniciaban los coitos sin llegar al orgasmo, pues algo los interrumpía. Yo deseaba que mi padre me masturbara. Él se oponía. Expresaba haberlo visto hacer en lugares feos y sucios. Yo le decía que el sexo no tenía nada de malo y que todo en él era natural. Más tarde, deseaba que besara sus órganos sexuales; me empujaba, me forzaba a hacerlo. Yo le decía que eso de ninguna manera. Le expresaba que ese tipo de relación sólo la llevaba a cabo con mi esposo. Volvíamos a iniciar las relaciones y de pronto entraba mi hermano. Me indignaba y desesperaba tanto de su presencia como de su imprudencia. La urgencia por continuar mis relaciones era creciente; le exigía a mi padre que se diera prisa. Yo seguía excitada y él poco a poco dejaba de estarlo. Antes de que yo me satisficiera mi padre terminaba. Despertaba muy excitada.
En el contenido manifiesto el marido representa a la madre; la búsqueda de satisfacción erótica con el padre, una pobre sustitución orgástica de la relación con la madre. El objeto que interrumpe la relación con la madre, el hermano, se introduce en la pantalla del sueño. La excitación creciente, como en toda situación erotomaníaca, no va a ser satisfecha en los niveles de ejecución genital; en tanto el desplazamiento es oral y el interés de ejecución dirigido a niveles de comunicación e integración orales, que de ninguna manera van a encontrar satisfacción en otras integraciones estructurales.
Por otra parte, la alusión al orgasmo breve, a la eyaculación rápida del padre, connotan una lactancia breve y un diálogo afectivo interrumpido por la presencia del hermano.
Al transcurrir el embarazo las amenazas de desintegración aumentan:
Sueño 12. Se caía la pared de mi casa, entraba en verdadero pánico.
Gran parte de la problemática emocional vivenciada con el marido tuvo que actuarla en un momento dado con la niñera de la primogénita. Se sentía crecientemente perseguida por ésta y alucinaba abandonos y faltas de cuidado a la hija. La fachada de engaño y de abandono eran heterosexuales, tanto en sus sentimientos reales como en el contenido manifiesto de sus sueños.
Sueño 13. Ve a la niñera manteniendo relaciones con un extraño. Más adelante tiene que correr por un pasillo. Teme que su hija se percate de las relaciones entre la niñera y el extraño.
A este sueño asocia un recuerdo encubridor en el cual realmente ve a una sirvienta a quien quiso mucho, acostada con un hombre. Este recuerdo no le produce ninguna impresión, encubre las relaciones íntimas (lactancia) entre la madre y el hermano.
Recuerda que de chica había un pasillo largo en su casa, daba acceso a las habitaciones. Cuando pasaba por él tenía que correr, pues temía que pasaba por él tenía que correr, pues temía que alguien la alcanzara. En el contexto asociativo este recuerdo y la parte del sueño a él enlazada, significan su deseo de correr, para no ser alcanzada, para que no nazca el hermano. Cuando pequeña y probablemente en la misma época de los recuerdos anteriores, efectuaba ceremoniales obsesivos consistentes en la necesidad compulsiva de tragar cuando alguien tosía. Mediante este acto evitaba que algo, no preciso, pudiera acontecer. A partir de este momento, cuatro meses y medio, la paciente nos está comunicando que el embarazo empieza a ser aceptado, como en su historia fue su hermano, por diferentes caminos: a) formaciones reactivas y anulaciones mágicas, y b) iniciación de identificaciones introyectivas con el producto como veremos en el siguiente sueño:
Sueño 14. Platico con un alumno al cual quiero mucho. Para tener oportunidad de verlo, no le doy su pase. Él nada dice, pero interpreta mi actitud en forma errónea.
No se han logrado aún, ni en el sueño ni en su vivencia procreativa, la renuncia altruística y la identificación con el alumno (su hijo). Por eso se malinterpreta su actitud.
En la situación transferencial, desde su posición regresiva me siente como a una madre:
Sueño 15. Soñé que lo quería mucho, ese cariño me llevaba a acercarme cada vez más; el acercamiento era físico pero carente de sexualidad; apoyaba mi cabeza en la de usted y me sentía envuelta por algo sumamente placentero.
En el sueño anterior está negando maníacamente dos sentimientos que aparecen en el curso asociativo: a) piensa que cada vez trabajo menos y que abandono a mis pacientes sustituyéndolos por la enseñanza o la investigación; b) me habla de la compra de vestidos, de un tamaño intermedio, ni de ingrávida porque no le vendrían, ni de embarazada porque le quedarían grandes. Me comunica a través de sus asociaciones que en cuanto se siente madre se siente rechazada por mí en el nivel de hija. Niega maníacamente el abandono en el contenido manifiesto del sueño, por eso me ve cariñoso y cercano. Al hablarme de la elección de vestidos me comunica que está aceptando a medias un embarazo que antes rechazaba.
En Rebeca, toda persona o situación que se interponga entre ella y el objeto amado se reviste y adquiere las catexis con las que estuvo primitivamente revestido su hermano; por ello las identidades de objeto son cambiables; así, cuando quien se interpone entre ella y el marido es la primogénita, ésta pierde sus valores previos de identificación para transformarse en el intruso a quien se dirige la hostilidad:
Sueño 16. Golpeaba a Esther con mucha hostilidad; le pegaba en la cabeza, en el cuerpo, en la cara, creo que no me dejaba dormir o me disgustaba por algo determinado. Me molestaba mucho.
Este sueño se presentó cuando Rebeca tuvo que quedarse en casa con la hija al participar su esposo en un torneo de golf. En este nuevo contexto Esther, al separarla del objeto amado, adquiere las identidades de objeto del hermano. Por eso la destruye reiteradamente en el sueño.
Conforme transcurre el embarazo, Rebeca empieza a utilizar técnicas menos regresivas en la elaboración y aceptación de su preñez; una de ellas es la transformación en lo contrario, tal y como se percibe en el sueño que a continuación relato. La identificación con el anterior empieza a aparecer en la escena, así como la rectificación de la verdadera identidad de los objetos:
Sueño 17. Mi marido y yo estamos acostados en la cama, alguien parado a mi lado, al que le digo: si él me engaña yo también le engaño, a la primera que me haga le seré infiel. Mi esposo se voltea y me dice: ¿porqué tienes que hablar siempre de engaños?
Cuando en el sexto mes los movimientos del producto le son claramente perceptibles, empiezan a emerger en la pantalla del sueño núcleos fóbicos bien claros:
Sueño 18. Unas personas me dicen que mi mamá es como una araña; de repente de la nada fabrica algo; una araña en medio del cuarto y sin apoyo alguno forma un hilo que se prende al techo. Mi marido me dice que mi mamá es como las arañas. En ese momento me echaban una araña entre la .espalda y la nuca; gritaba que la quitaran, con pánico y desesperación. A poco me veía en el cuarto de mi infancia, el techo estaba lleno de alacranes amarillos. Mi mamá lo confirmaba con indiferencia. Más adelante mi esposo aparecía con un animal largo, horrible y peludo, suponía que era un alacrán. Me lo pasaba por muchas partes.
El ligamen erótico al pene, como en todos los casos de erotomanía que hemos observado, embarazados o no, es el primitivo ligamen al pecho. La madre embarazada que abandona es sustituida con muy pocos encubrimientos por el padre. Veamos este sueño:
Los múltiples elementos zoofóbicos representan al hermano, el embarazo y el vientre lleno de objetos móviles. En ocasiones la araña es única y crea una “tela” de la nada; en otras, los alacranes múltiples. En la última representación zoofóbica el marido-madre le acerca al hijo-hermano hacia el cual estructura una fobia con la distancia correspondiente.
En el capítulo anterior hemos señalado que la ovulación del ciclo sexual puede representarse en la pantalla del sueño o en la conducta como temor a las alimañas, cucarachas, insectos o cualesquier otro tipo de animales, cuya característica sobresaliente es su condición prolífica.
Al pasar el tiempo Rebeca se familiarizó con los movimientos del producto que en un principio la habían sorprendido. La energía sobrante de la catexis que el yo ha puesto en el descubrimiento del movimiento fetal, es utilizada en actos de aprendizaje y maestría, lo cual supone un creciente autodominio del yo ante la situación traumática.[3]
Poco a poco se va familiarizando con el animal peligroso que lleva dentro de sí:
Sueño 19. Llegaba a mi casa y en la entrada estaba un perro bulldog; me cogía con sus dientes la mano, levemente y sin hacerme daño.
La identificación proyectiva con su primogénita Esther es tan intensa, que en realidad le ha brindado poco margen para un desarrollo autónomo del yo, integrador e independiente. Veámoslo en el siguiente sueño:
Sueño 20. Nosé por qué causa, cada vez más, me iba haciendo pequeña hasta que mi estatura era la de mi hija; me calzaba unos huaraches y estos también eran muy chicos; sentía que tal fenómeno se debía a alguna enfermedad. Me sentía mal; acomplejada y excluida del medio adulto.
A pesar de que el embarazo se fue elaborando paulatinamente, en ocasiones aparecían, en forma transitoria, sesiones plenas de depresión, vacío e irrealidad.
A continuación transcribo parte de una de éstas en el curso del séptimo mes de embarazo:
Siento cosas inexplicables, es imposible que pueda explicarlas; siento una nada absoluta, un vacío que definitivamente no encuentro cómo llenar. Temo regresar a mi casa cuando no me encuentro en ella, porque siento que al llegar todo lo voy a hallar hueco. Cualquier movimiento que hago lo siento hueco; nada en mícontesta. Cuando llega alguien siento como si me fuera a salvar de algo, su presencia me hace estar terriblemente agradecida, pero al cabo de algunos minutos de plática se reanudan todos mis vacíos, toda mi soledad, mi alivio es momentáneo. De pronto me encuentro que no tengo qué decir, que lo que me cuentan ya no me llena, pero a la vez tengo miedo de quedarme sola por sentirme tan sin nada.
No hay nadie con quien me relacione; mi casa no me gusta, la veo alejada y sola. Todo esto ya se lo he dicho mil veces, pero tengo necesidad de preguntarle: ¿por qué estoy como una niña abandonada?
Sus objetos internos, frustrantes, al ser colocados circunstancialmente en el exterior la defraudan. En sus sueños y en sus fantasías tiene relaciones sexuales de carácter negativo.
En el que a continuación relato asume la identificación de Esther y en forma clara y obvia establece los dos niveles de integración erótica a través de los cuales maneja su problemática:
Sueño 21. Mi hija está en su cama abrazando un muñeco al que le hace felacio.
En los últimos meses del embarazo los moldes y modelos oníricos antes descritos, se hacen particularmente intensos; por ejemplo, medio mes antes de parir tiene los siguientes sueños:
Sueño 22. Iba con mi marido, veía a una mujer muy guapa y con buen cuerpo. Él la chuleaba, yo me enojaba y la golpeaba. A pesar de mi estado la dejaba tirada y maltrecha.
Este sueño se presentó apareado en la misma noche con el que sigue:
Sueño 23. Tenía que desquitarme de algo con mi hermano, una buena revancha sería quitarle la novia; me acercaba en forma insinuante y ella se sentía muy mal.
La atmósfera de ambos sueños es de agresión, pleitos y pistolas. En dos niveles de integración le quita la novia-madre al hermano, de la misma manera que ella fue despojada por éste de su marido-madre.
Los mecanismos de negación y erotomaníacos, genuinos pobladores de su mundo onírico y su fantasía, se van incrementando al final del embarazo. Días antes de parir sueña:
Sueño 24. Mihijo ya ha nacido, se va achicando, achicando y achicando; lo beso en forma sexual.
En sus asociaciones me habla de su abstinencia sexual en las últimas semanas y me pregunta sobre la razón de sus acercamientos irrestrictamente sexuales hacia el hijo por nacer. Ella misma se contesta expresando que no se quiere colocar en plan de madre, que no quiere satisfacer necesidades sino que se las satisfagan a ella.
En forma antagónica Rebeca maneja la situación tierna y la erótica. La primera está dirigida al hijo, y de triunfar, su condición de madre sería aceptada; la segunda pulsión erótica está dirigida al objeto sexual con el que establece relaciones de dependencia y funciona en niveles muy regresivos (felacio, chupeteo, etc.). Aceptar la pulsión tierna es reconocer la presencia del hijo; sintiendo deseos niega al hijo (achicamiento del niño en el sueño) y restituye la relación erótica con el marido-madre.
La necesidad de negar el embarazo a estas alturas es permanente, de la misma manera que la presencia biológica del embarazo es una afirmación también permanente.
Tanto en la historia de Rebeca como en la de Diana, la ausencia del padre impidió la estructuración de una situación edípica, lo cual fortaleció la liga a la madre y la peculiar connotación del embarazo.
La incapacidad de Rebeca para aceptar su embarazo, muy similar a la que en un principio tuvo Diana y cuyo destino en la segunda modificaron las circunstancias, no sólo deriva del episodio traumático consistente en el nacimiento de un hermano, respectivamente tres años y medio y año ocho meses menores que ellas. Este episodio en sí no hubiera adquirido las magnitudes traumáticas ni se hubiera utilizado en forma sistemática como símbolo, de no ser la peculiar relación anterior y posterior de ambas para con su madre. Efectivamente, las madres de ambas no toleraron el desarrollo de posibilidades susceptibles de estructurar un yo autónomo con aptitudes de aprendizaje, seguridad y suficiencia. Solamente un yo autónomo, bien estructurado en la interacción de la madre con su hijo, puede evitar la condición traumática del nacimiento de un hermano. La inmadurez de ambas madres las hacía depender de sus propias hijas y de los aportes nutritivos que en el nivel afectivo les brindasen. Por ello, todo acto de independencia, aprendizaje y autonomía yoica era visualizado como abandono y rechazo. En estas circunstancias ninguna de ambas pacientes pudo estructurar un yo fuerte que las protegiera del nacimiento de los hermanos menores.
Rebeca tuvo con éxito, después de las vicisitudes emocionales descritas, un niño.
