EL CASO BERTHA

1952

Este trabajo fue presentado en la Asociación Psicoanalítica Argentina en 1952; es el que hizo para ser admitido como miembro de la APA.  

Al margen tiene notas que distinguen Buenos Aires Capital y BA ciudad, algunas correcciones ortográficas y algunos párrafos señalados no, que al parecer deberían ser eliminados. En el trabajo vemos una serie de palabras y términos que corresponden a la manera argentina de hablar coloquialmente y que hemos conservado: hornalla, bombachas y otras.

En la parte posterior de la última hoja, hay notas sobre los comentarios y subrayados que recibió de quienes lo escuchan, algunos indescifrables, hechos por analistas didácticos y condiscípulo

Cesio: Proyección en el análisis. En qué medida seduzco a la paciente colocado en el papel de tío. Excitación del analista muestra culpa por mostrarla.

Liberman. Sueños que anunciaban la situación. Actúa para eludir una situación paranoide ante una imagen distitiva xxx  transformación de la imagen mala.

Grinberg. Repetición en la situación transferencial de situaciones traumáticas xxx de la araña. Está relacionado con xxx xxx.

Bety. Exceso de actuación como en análisis de niño. Interpretación para xxx la ansiedad y en forma profunda. Una intervención adecuada lleva a limitar la ansiedad. Paciente psicótico no se ve.

Barangeri. xxx

Nollman. ¿Cómo cortar la actuación? Interpretación de la hostilidad. La actuación producía ansiedad.

Amici. Ceguera ojo derecho. ¿Qué clase de lesión hubo? Explicación.

José Luis González xxxx las figuras frustantes xxx. Ella se identifica con el tío y me seduce como a la tía. Homosexualidad (perseguidor).

Langer. ¿Relación con la madre? Planteo en la contra-transferencia. Aceparla o ¿no? Acting intrasesión. No los psicóticos. Int. sin frustrar.

Racker. Clara exposición. ¿Actuación?, accidente de trabajo (erección) Dep- paranoia R- R-tío y tía que lo matan.

Al fracasar, la masturbación no toca el xxx. Retiene xxxx Proyección ulterior . Manía de ser madre.

En una clase de 1978, en La Facultad de Psicología narra:

Dos casos míos de suicidio: …El otro caso, una chica muy bella con una obsesión de contacto, una obsesión masturbatoria. También la dejé de ver. Tenía el problema de la mancha, tipo Macbeth: lavarse y lavarse y lavarse las manos como si la culpa desapareciera con esto. Tuvo tres terapeutas y los tres somos muy distintos caracterológicamente. Tanto el que me precedió como el que me siguió, los conozco muy de cerca [a los dos] y sé cuál es la estructura de su carácter. Con el primero comienza esta chica a querer actuar: coqueteos, masturbación durante la sesión, etcétera, etcétera. Por X razones el terapeuta cambia de situación geográfica y se va de su lugar de origen a Nueva York. Y se salvó. Me la pasaron a mí: igual, empieza a incrementarse la cosa, esto y aquello y lo de más allá. Este fue mi trabajo de graduación como psicoanalista. No es publicable porque si ahora echan tantas pestes contra nuestro tipo de trabajo, imagínense antes, algo así publicado. La chica empieza a hacer su actuación de desnudarse, de masturbarse y demás. Y también yo tuve que salir del país y me salvé. Entra con un tercer analista y con él se casa. Imagínense la fuerza de la reiteración, con él se le hizo. El que persevera alcanza. 
Era una chica hija de un matrimonio de relativos escasos recursos; tenían muchos hijos y era sobrina de una tía sin hijos y con muchos recursos. Esta hija fue regalada a la tía. El tío político funciona casi desde su nacimiento como su padre. Esta chica duerme con los tíos y todas las noches hay una masturbación recíproca del tío a la niña y de la niña al tío. Para que vean ustedes en qué medida la neurosis es repetida, en términos de muerte. En estos casos estamos hablando de culpa, de mancha, de la paciente que se iba a suicidar. La relación entre la mancha y la culpa está muy trabajada por Ricoeur en un escrito que se llama «La Culpa».
En los casos que yo he tenido de incesto real siempre hay trastornos que llevan a la falta de represión. Si estas mujeres han tenido relaciones sexuales sistemáticas, reiteradas con su padre o su hermano, que debían haber sido objetos represores y frustrantes, lo mas seguro es que, al no haber aprendido esta norma que hacen factibles las relaciones humanas, vayan a actuar este impulso en la situación terapéutico. La mutante sería no realizarlo, en tanto que tendrían que aprender un factor represivo que debió haber existido en su historicidad y que por desgracia no hubo, y que uno debe incorporar a un aprendizaje nuevo.
Lo que protege de la psicosis es justamente la actuación. Se empieza a psicotizar cuando la actuación no es permitida; cuando la actuación no es permitida el sujeto entra en lo que subyace atrás de eso, que es un cuadro depresivo de la fregada. Atrás de esta situación hay otra, depresiva, habitualmente esquizo-depresiva. Se considera que un padre que tiene relaciones con su hija no es precisamente un padre que quiere a su hija, sino que está utilizando un mecanismo perverso que no representa cariño. Lo que puede haber detrás de un caso de erotomanía es una depresión suicida.

Análisis de una situación transferencial erotomaniaca

Es frecuente que el analista tenga que enfrentar tormentas transferenciales ante las cuales se mantiene perplejo en tanto no le es posible comprender el significado de las mismas. Es evidente que la erupción de afectos que dificulta la prosecución del tratamiento analítico y que la reducción de lo actual a lo infantil ha de ser considerado como defensivo y resistencial. En sentido estricto, la transferencia es considerada clásicamente como el instrumento más eficaz de la terapia a la vez que un recurso de naturaleza resistencial. Freud señaló en el año de 1912:[1] que la transferencia que surgía en la cura analítica se mostraba siempre como el arma más poderosa de la resistencia. También en su trabajo Recuerdo, repetición y elaboración[2] señaló con toda claridad un concepto básico y fecundo en el tratamiento analítico: el de que ciertos pacientes, si no recordaban, repetían en cambio en la transferencia, fragmentos de su vida psíquica. En los primeros tiempos de la técnica analítica se hizo mucho hincapié en el valor del recuerdo, llegándose a los conocidos extremos de la intelectualización. La reacción no se hizo esperar y en ocasiones fue exagerada y pecando del extremo opuesto al combatido. Ferenczi y Rank[3] plantearon el tema insistiendo en que el proceso analítico era algo vivo y actual. Fenichel[4] señala que los autores citados, en su énfasis por la vivencia, se hicieron admiradores de la abreacción y de la acción, pasando la elaboración a segundo plano. Posteriormente Reich[5] también se mantuvo aliado a las «erupciones y afectos teatrales», tal y como considera Fenichel muchas de sus actuaciones tendientes a la ruptura de la «coraza caracterológica». Un punto de vista intermedio y acorde con lo primitivamente señalado por Freud, es el que tienen Sterba y Fenichel. Considerando que el recuerdo puede ser una defensa contra la evidencia y que viceversa, la vivencia puede serlo contra el recuerdo, adoptan una posición intermedia y carente de los extremismos anteriores. Depende de la valoración del analista, el saber cuando la vivencia y el recuerdo son específicamente defensivos y cuando no.

La paciente, motivo del trabajo presentado a continuación, se caracterizó por una intensa actuación en el curso de la transferencia. Solamente a través del análisis de sus actitudes transferenciales pudo reducirse el núcleo resistencial de su conducta. Es interesante que señalemos que la vivacidad del caso y la intensa necesidad de actuación, eran evidentemente el resultado de actitudes transferidas de su historia individual y actualizadas en la terapia.

Posiblemente el intenso grado de actuación y la discusión sobre el manejo técnico de las resistencias y defensas en casos de ésta índole, son los motivos que me han hecho pensar que la presente comunicación podría ser de interés.

Cuando Bertha se presentó al análisis era una muchacha soltera de 27 años y hacía un año y meses que había empezado su primer análisis. En aquel entonces, padeciendo de un trastorno auditivo, se dirigió al especialista de oídos, nariz y garganta que era un destacado profesional que estaba abandonando su profesión para dedicarse al análisis. Cuando más tarde le recomendó el análisis después de algunos intentos de tratamiento orgánico, la paciente se había enamorado muy intensamente del profesional y aceptó el tratamiento como un medio de acercarse al objeto querido. Todo el tratamiento se desarrolló en un marco de intensísima transferencia erótica. Cuando en un principio la paciente era invitada a que expresara sus afectos, mal interpretaba la situación viviendo las invitaciones del analista como un medio de fomentar las relaciones entre ambos. La situación se agudizó y llegaron a plantearse momentos muy cargados de emoción en los que la paciente se levantaba del diván y se acercaba al médico a quien acariciaba, recibiendo la frustración consiguiente por su pasividad. En esta situación, el analista anuncia a Bertha que para una fecha determinada tendrá que dejarla por trasladarse al extranjero. La paciente vive con gran depresión la partida y su estado se intensifica cuando sabe que el analista, además de irse al extranjero, se ha comprometido para casarse en un futuro cercano. En estas condiciones Bertha, por recomendación de su antiguo analista, se acercó a pedirme ayuda.

Durante la mayor parte de sus primeras sesiones me habló de la situación analítica que la precedió; del afecto que tuvo por el anterior analista y de las grandes dotes físicas de éste; en otras ocasiones le reprochaba su egoísmo y el que hubiese alimentado una situación imposible.

El primer sueño que Bertha trajo al análisis es el siguiente:

Me encuentro acostada en una camilla (similar a la analítica), cerca de ella se encuentra un hombre morocho, le acerco la cara y me doy cuenta de que el hombre responde a mi excitación, él es médico y me dice que mi taquicardia se debe a las personas que vi durante el día; se acerca cada vez más, me acaricia y me va a tomar mis genitales; en ese momento aparecen dos chicos que son los hijos del médico. ¿Cómo, le pregunto, usted es viudo? Él me contesta que no, que son hijos naturales. Yo, airada ante su actitud cínica, le rechazo del todo.

Con este sueño asocia que el día anterior salió con un muchacho griego que intentó besarla inmediatamente después de conocerla. Ella le rechazó con frialdad.

Esa misma noche Bertha tuvo otro sueño, que nos será comprensible con algunos antecedentes: Bertha desde muy pequeña toca el piano; en su familia, siempre han sido aficionados a la música y su padre toca el violín. La futura esposa del anterior analista es una pianista de gran prestigio. El contenido del segundo sueño es así:

Estaba revisando unas carpetas; en una de ellas encuentra un precioso cuadro hecho por mí, es bellísimo, pienso enviárselo a X (el anterior analista) pero sin expresarle de quién es, para intrigarle. El cuadro es muy bello, parece una fotografía estereoscópica. Se trata de un bosque y en el fondo se encuentra el «sol». Más adelante el sueño se desarrolla con una escena en la que veo a la novia de mi analista ensayando para un concierto. Entre las personas del sueño se encuentra mi papá y un primo (que tiene el mismo nombre que el ex-analista). Papá toca el violín y mi primo el chelo. Cuando empieza a ensayar la pianista, tanto el uno como el otro se retiran expresando despectivamente, «Se nos quebraría la espalda mientras esperamos a esta mujer». La pianista tiene que leer la música y comete frecuentes equivocaciones. Yo oigo alegremente: «También yo lo podría hacer». En ese momento llegan dos amigas y me dicen que nunca me habían escuchado. La pianista se acerca y sonríe en forma fea y sarcástica, burlándose de la ignorancia de mis compañeras. Tenía los dedos vendados y encima de la venda se le veía un anillo, a su lado se encontraba mi ex-analista escuchándola pacientemente.

Eran las primeras sesiones que tenía conmigo y no se le hizo ninguna interpretación de los sueños que traía; nos encontrábamos ante problemas que de momento nos hacían dejar a un lado sus sueños; no obstante al revisar el material de la sesión tratamos de ver la significación de ellos. El análisis que en aquel entonces hicimos iba a mostrar su exactitud en el curso ulterior del tratamiento.

En el primer sueño, era evidente que el médico morocho era yo, a quien se acercaba en un intento de seducción. El médico tiene dos hijos naturales que se hacen presentes cuando la excitación empieza a aumentar. Ella sabía que yo tenía dos hijos pero trataba de negar la ilegitimidad de su acercamiento a mí, preguntándome si era viudo. Yo le contestaba que no era viudo y que los hijos que veía eran naturales. Bertha, en su sueño, me atribuye a mí sus propios deseos que califica de vergonzosos y cínicos. El médico que se ocupa de su taquicardia y su pasión es un extranjero, como el griego con el que ulteriormente asoció. La verdadera situación afectiva hacia mí era de frialdad, la misma que tuvo para con el muchacho que trato de besarla. Con este sueño se enlazó toda una situación vivida en los días que siguieron al viaje de su analista anterior. En ese tiempo, Bertha trató a toda costa de encontrar un objeto nuevo, para olvidar al perdido; en una situación verdaderamente maníaca, iba de casa en casa y de fiesta en fiesta para olvidar la depresión en que se encontraba. En su conducta había una doble finalidad: quería olvidar su depresión y superarla con una defensa maniaca y trataba de demostrarle a su analista que no tenía interés en él. Con el sueño que me traía quería eludir el análisis de la situación depresiva diciéndome: «¿Ve como también me puedo vincular amorosamente a usted?». En su sueño tiene que reconocer que no se puede vincular fácilmente conmigo, pues sería una cínica (proyección en el sueño) si se dedicara a seducirme a mí, que tengo dos hijos. Ante esta imposibilidad, inicialmente trata de hacerme viudo, pero cuando esta negación de la realidad fracasa recurre a la proyección, atribuyéndome a mí los calificativos que ella misma se da.

En el segundo sueño se ve una formula distinta para elaborar la situación depresiva. Primero le envía al analista un cuadro en el que están unos árboles al frente y al fondo el sol.Con el sol, asocia lo caliente y ardiente, el fuego de su pasión. Ella misma se da cuenta de que simbólicamente está aludiendo a sus genitales, hermosos calientes y colocados atrás de los árboles, el vello púbico. En la parte siguiente del sueño, se ve en el contenido manifiesto a la verdadera novia del analista, pero hay una serie de hechos que llaman la atención: tanto el padre como el primo, éste con el mismo nombre que el ex-analista, se retiran diciendo: «se nos quebraría la espalda mientras esperamos a esta mujer». La música que toca la pianista es en crescendo, pero lo hace y ensaya mal; ella piensa en el sueño que podría hacer lo mismo. Es decir que tanto su padre como el ex-analista de pene potente (chelo) la han dejado porque aún ensaya mal; es decir, aún no es competente para tener relaciones sexuales. Bertha alude a su falta de experiencia en sus relaciones sexuales y expresa que sólo es capaz de excitarse en simples ensayos masturbatorios. Al respecto recuerda la ocasión en que se masturbó pensando en su analista con el propósito consciente de relatarlo en su sesión para excitarse aún más.

La masturbación la carga de culpa y por ello ve a la pianista, ella misma, con los dedos vendados. En otros momentos del sueño se ve que la identificación con la novia del analista fracasa y la figura alucinada se transforma en la real; por eso se dirige con sonrisa sarcástica a las amigas, que son ella misma, y les dice: «¿Pero cómo, nunca han ido a un concierto?» El análisis del sueño expresa su incapacidad para mantener relaciones sexuales. En ambos se plantea la desilusión por la pérdida del objeto y la defensa ante la misma. En el primero de sus sueños utiliza mecanismos de proyección y negación de tipo erotomaniaco, en el segundo se identifica con el agresor, la novia del analista, y ocupa su lugar. En ambos retorna lo reprimido y en realidad es ella la lisiada e inepta sexualmente.

Más adelante, en el curso del análisis, nos dimos cuenta de la veracidad de los contenidos sospechados en los sueños referidos.

La sintomatología de Bertha se fue precisando paulatinamente, sus sesiones se fueron aclarando y si bien es cierto que la mayor parte de ellas las pasaba en silencio, éste fue cobrando poco a poco un sentido definido.

En casi todas sus sesiones luchaba en forma monótona contra su excitación sexual, al principio con suaves alusiones, después en forma más manifiesta pero con movimientos que nos indicaba claramente una situación de desesperación. Pudimos penetrar a los contenidos presentes en el cuadro actual a través del relato que nos hizo acerca de toda una época de su vida donde se apreciaron con claridad determinados tipos de conducta. Durante varios años Bertha se veía precisada a lavarse compulsivamente las manos y empezó a verse asediada por la idea de los microbios; por ejemplo, si tocaba un libro que se había caído al suelo no lo podía poner en contacto con los otros libros, ni tampoco podía tomar nada con sus manos, que cargadas de microbios contagiarían todo aquello con lo que entraran en contacto. Estos temores llegaron a un clímax para después decrecer, persistiendo hasta el momento del tratamiento aunque con menor intensidad.En la actualidad la hacían lavarse las manos innecesariamente y múltiples veces al día. De la época en que apareció su temor a los microbios y la compulsión a lavarse las manos procede también su flujo vaginal. Éste le manchaba abundantemente las bombachas y se veía obligada a llevar a cabo una serie de ceremoniales con el objeto de que sus manos no entrasen en contacto con ellas. Mas tarde se pudo precisar que lo primero en aparecer fue el flujo y ulteriormente el temor a la contaminación microbiana. Bertha recuerda haber iniciado su masturbación a los cinco años, en esa época fue descubierta por su madre en los momentos en que se introducía el dedo. Recuerda el «porquería» pronunciado por su progenitora. Años después, y ya en el período de latencia, se deslizaba en la casa de la tía por un barandal y eso le producía sensaciones voluptuosas. Tanto la tía como la mucama consideraban que el flujo se debía al juego señalado.

Bertha había nacido en la provincia, pero desde muy chica pasaba temporadas en la casa que tenían los tíos en la capital, Buenos Aires. En estos períodos que duraban en ocasiones varios meses dormía en la misma habitación de los tíos. A veces en la misma cama y en otras ocasiones en una cama que colocaban al lado de la de los mayores; Bertha se mantenía despierta en las noches para contemplar el acto sexual de los tíos. La visión la excitaba, a la vez que temía ser descubierta. Recordaba con precisión el ruido que hacía la cama durante el acto sexual. En todas estas ocasiones, siempre tuvo enormes deseos de masturbarse y en sus fantasías ocupaba invariablemente el lugar de la tía e imaginaba que era penetrada suavemente por el tío. El flujo apareció a raíz de la contemplación de estos coitos y fue 
entonces cuando apareció también el temor a los microbios y la compulsión de lavarse las manos.

En ésa época Bertha era muy católica; permanentemente se iba a confesar por la excitación que le producían estas escenas y hacía el propósito formal de no volver a hacerlo. Sin embargo una y otra vez contemplaba las relaciones de los tíos para después sentirse culpable y avergonzada.

En Bertha existían recuerdos de sus primeros años anteriores a los descritos, uno de ellos cuando tenía cuatro o cinco años, es el de oír la relación sexual de sus padres. En esa ocasión la madre calificaba el padre de bruto y lo retaba porque ya no quería tener mas hijos. Bertha pensó que su papá era muy cruel. Vinculado a este recuerdo trae uno más a la sesión; parece tratarse de un recuerdo encubridor que no acierta a explicarse: ve al hermano mayor (10 años mayor) persiguiendo a su madre con un cuchillo.

Más tarde veremos el significado de estos recuerdos.

Cuando los tíos iban de la capital a la provincia de Buenos Aires se hospedaban en la casa de la abuela de Bertha y entonces dormía en la misma cama que ellos, frecuentemente entre ambos. Se excitaba muchísimo, colocando disimuladamente su pierna encima de la del tío o poniendo la mano de este encima de su seno. Estas escenas también se repetían en la ciudad de Buenos Aires cuando por las mañanas Bertha se iba a la cama de los tíos después de haberlos visto realizar el acto sexual la noche anterior. El seno que en alguna ocasión puso al descubierto para que el tío lo tocase, fue el izquierdo. Posteriormente estuvo obsesionada por temores de padecer cáncer en ese seno. Su ansiedad estaba vinculada con la escena descrita y reforzada por la muerte de una tía de cáncer del seno. El tío de la paciente era médico, en diversas ocasiones en que Bertha tuvo molestias en los muslos fue a consultarlo; este después de interrogarla, la palpaba, determinando una intensa excitación en Bertha y aumentando la abundancia de su flujo y la intensidad del temor microbiano. Una temporada en que los tíos estuvieron viviendo en la provincia durmió todas las noches en la misma cama.

Cuando al término de esta temporada se despidieron, Bertha tuvo una crisis convulsiva. Más tarde, cuando empezó a salir con muchachos se mostraba muy temerosa del pene, y se empezó a desarrollar en ella el temor de embarazarse al simple contacto durante el baile. La erección de un compañero a través de las ropas, la hacía pensar de inmediato en un muro que interponiéndose entre ambos, impidiera la concepción.

La relación entre Bertha y su tío no era unilateral, éste aceptaba complacido las seducciones de su sobrina; así por ejemplo, en el cine, estando de un lado la esposa y del otro la sobrina, le tendía la mano a Bertha y se la apretaba con pasión. El matiz de las relaciones entre los dos llegó a hacerse tan sospechoso que las amigas de la tía empezaron a murmurar; fue entonces cuando ésta empezó a oponerse a que salieran juntos.

Los hermanos de Bertha son los siguientes: Juan de 37 años, Amalia de 34, Irene de 33, Ofelia de 31, Bernardo de 29, Ana de 26, Saúl de 24 y Luisa de 21.

El mayor, Juan, es el que aparecía en el recuerdo encubridor como perseguidor de la madre. La reacción que Bertha tiene para con Ana es extraordinariamente ambivalente. Siempre se sintió desplazada por ella (es la que le sigue en edad) y pensaba que le había quitado el afecto de sus padres. En cambio se sentía culpable de haber acaparado el afecto de los tíos, quienes no teniendo hijos trataban a la paciente como tal. Bertha recibía valiosos regalos de sus tíos, pero pensaba que eso era una injusticia para su hermana. No obstante, cuando los regalos hechos por los tíos eran iguales para ambas, sentía un gran temor de perder el afecto de sus padres sustitutos. También temía ser desplazada por la hermana, de la misma manera que había acontecido cuando pequeña con los padres. Cuando se presentaba cualquier indicio de que el tío y la tía pudiesen darle afecto a la hermana, Bertha intensificaba sus seducciones al tío. Pensaba que así como ella era físicamente fuerte, Ana era débil. Este era uno de los motivos de la ansiedad de Bertha, pues pensaba que a medida que ella se fortalecía su hermana se debilitaba. Cuando Bertha tenía seis años, se encontraba en la capital con sus tíos, súbitamente se tuvieron que trasladar a la Provincia porque había nacido el menor de los hermanos. Cuando Bertha estaba saltando en una de las camas de su casa, se tapó los ojos y sorpresivamente se dio cuenta de que no veía con uno de ellos, rápidamente fue trasladada a Buenos Aires capital donde le hicieron una iridectomía y a partir de entonces quedó ciega del lado derecho. Oculistas de prestigio consultados en la edad adulta no aciertan a explicarse el motivo de la intervención, considerándola un grave acto quirúrgico inmotivamente determinado.

El significado de la ceguera temprana lo pudimos suponer en el curso ulterior del análisis. Más adelante nos referiremos a él.

Ya señalaba que cuando Bertha inició su análisis su situación era de naturaleza depresiva; extrañaba muy intensamente a su antiguo analista, posteriormente empezó a tener conmigo la misma conducta que tuvo con él.

Durante sus sesiones se mostraba muy excitada sexualmente y con un gran temor de revelarlo; además el referirse a su excitación en forma verbal le excitaba aún más. Luchaba intensamente contra ella y desarrollaba toda una dramatización de los conflictos que le ocasionaba.

Luchaba para sofocar las sensaciones genitales que experimentaba; con ese fin llevaba a cabo una serie de ceremoniales y utilizaba múltiples mecanismos. Cuando estaba excitada se sentaba y desplazaba las sensaciones de calor experimentadas en la vagina, al cuello. Una vez semitranquilizada se volvía a acostar. También se veía una lucha alterna en sus manos en momentos las colocaba sobre los muslos, como para acariciarlos; poco después las ponía debajo de su cuerpo, como para detener y ocultar sus sensaciones y deseos de tocar sus genitales. También luchaba con su pollera, la que alternativamente trataba de bajar o subir; al sentarse y darme la espalda ocultaba toda la excitación que tenía. Se apretaba las manos desesperadamente y mantenía las piernas ya fuertemente unidas o bien relajadas, de acuerdo a los dos impulsos antagónicos presentes. Esta lucha era realmente dolorosa para la paciente, quien desesperada, trataba de mantener silenciados los contenidos expresados en sus actitudes. Sus sensaciones también seguían una alternancia peculiar; primero sentía un calor vaginal creciente que al llegar a un clímax desaparecía de esa localización para extenderse al resto del cuerpo, en tanto que la vagina era sentida como algo frío e inexistente. Cuando la intensidad de su excitación superaba a sus deseos por frenarla, se retorcía voluptuosamente y se acariciaba levantando su pollera. Entonces decía: «Cójame, cójame». En estos momentos la respiración de Bertha se hacía jadeante y lo que con anterioridad había sido un fenómeno placentero se transformaba en culpa y castigo. Así, la hiperpnea de la excitación se transformaba en sensación de ahogo, su calor en frío intenso que la hacía tiritar y si antes me había dicho «cójame», ahora expresaba «no me deje excitar». Todo ello con la misma desesperación con la que momentos antes me había solicitado lo contrario. Pensaba que su seno izquierdo, motivo de sus coqueteos durante su excitación, ahora era objeto de un temido cáncer. Deseaba excitarme y temía hacerlo en demasía. Cuando sus deseos de seducirme se incrementaban, inmediatamente después aparecía temor y la fórmula «no lo vaya a hacer».

Comprendía que las sensaciones que tenía en su sesión analítica nada tenían que ver con el afecto que conscientemente experimentaba hacia mí. En realidad empezábamos a ver que dramatizaba todo aquello que había experimentado en la vinculación con su tío. Bertha abría las piernas y deseaba que la penetrara, tal y como pensaba que había sido penetrada su tía por su tío. Sin embargo trataba de ocultarme su excitación y de que no la sorprendiera, de la misma manera que infantilmente deseó que sus tíos no la sorprendieran espiando el acto sexual.

Cualquier tolerancia instintiva era inmediatamente seguida por una intensa necesidad de castigo. Era así como las expresiones funcionales de placer se transformaban después en expresiones de castigo.

Poco a poco fue comprendiendo que todas las reacciones que experimentaba en la sesión eran una réplica de las experimentadas en la relación con el tío. Fue entonces cuando trajo el siguiente sueño:

Usted se transformaba durante la sesión en mi tío, eso pasaba de golpe. Usted estaba como dormido, de pronto me quería ahorcar. Después se despertaba y extrañado me decía: «¿Cómo es posible que sea así?»

En la actualidad Bertha se sentía completamente indiferente para con el tío y expresaba que no era su «tipo sexual»; sin embargo en el sueño me veía transformado en el tío de su época infantil. El recuerdo de esta serie de hechos la llevó a masturbarse con fantasías que hacía mucho tiempo que había reprimido, «se imaginaba que era su tía poseída por su tío».

Los temores que experimenta ante el posible daño que puede recibir de mí, se ven muy claramente en este sueño.

Soñé que un perro negro que tuve, que me quería y me odiaba, me atacaba. Hay una escena en la que se me echa encima. Después estoy en una pieza de estar y entra una chica lastimada por un perro. Al perro lo van a matar y si bien es cierto que quería librarme de él, también es cierto que me da lástima que lo mataran.

En el curso de sus asociaciones, el perro negro le hace pensar que el animal y yo teníamos iguales los ojos.

De chica vi a papa desnudo y tenía entre sus piernas una cosa negra. Ayer fui a ver la película Sangre Negra, allí una chica seduce a un negro, él teme que lo descubran y ahoga a la chica. Después matan al negro. Era una pesadilla horrible, ahora pienso que está en relación con el otro sueño o que usted me ahorcaba.

Conforme los deseos de Bertha se fueron incrementando y la situación transferencial se hizo más intensa, aparecieron la siguiente serie de tres sueños, que citaré detalladamente por la ulterior importancia que tuvieron en su neurosis:

Estoy tocando el piano, se trata de arpegios crecientes cada vez más intensos. De pronto, al llegar a la nota Re, esta no toca, volteo y me encuentro aterrorizada enfrente de un hombre frío, como de cera, con la cara toda cortada y la boca muy lastimada me levanto llena de pánico.

Este sueño, la lleva a recordar otro, tenido en la época de su anterior análisis.

Soñaba que su analista, tal y como los chicos estiran con las manos el chicle, tenía en el extremo de su mano una araña; ésta se acercaba a la boca del analista siguiendo el hilo de la telaraña. Bertha alarmada lo decía al médico: «Cuidado, que le puede picar la lengua». Sin embargo, cuando la araña se acercaba a la boca el medico la llevaba a su lugar de origen, como si jugara; finalmente en una de estas ocasiones, la araña le pica la lengua con un veneno mortal.

Ya desde que había tenido aquel sueño, Bertha había visto que se acercaba al analista como la araña. En su sueño expresaba activamente lo que temía sufrir pasivamente, desplazando hacia arriba sus intensos temores de ser dañada y penetrada vaginalmente.

El sueño de los arpegios lo tuvo después de haberse masturbado fantaseando con la idea de que yo la penetrara. Había esperado que sus familiares fueron a acostarse y sentada en el banquillo del piano, se había masturbado intensamente, abriendo con violencia sus piernas e imaginando el coito conmigo. Había llevado a cabo en su acto, las fantasías que en el curso de la sesión correspondiente al día del sueño no se había atrevido a expresar. En la masturbación anterior al sueño, había llegado al orgasmo en tanto que en el sueño no. Su piano en la realidad carecía de la nota re en una determinada escala, pero también aludía con ello al sonido de la primera letra de mi apellido. Proyecta sobre mí, hombre frío y de cera, el peligro;me ve lastimado en la cabeza y en la boca de la misma manera que teme ser dañada en su vagina si mantiene relaciones sexuales. Sus sesiones analíticas habían transcurrido con intensos deseos de masturbación, la cual llevaba acabo parcialmente al toquetear sus genitales a través de las ropas. Estos toqueteos iban seguidos del temor de que yo la dejara de querer y de que le dijera «porquería» tal y como lo hizo la madre cuando la descubrió masturbándose. Por eso me imploraba vivamente después de sus toqueteos: «Ramírez, verdad que no meva a dejar de querer?

Aquí se presenta el segundo de sus sueños con material masturbatorio:

Tía llevaba el piano a la decoradora; le cortaban la cola y le quitaban las teclas; todas estas modificaciones las hacían para que el piano cupiera en la casa.

En la sesión anterior al sueño fue en la que pensó que la llamaba porquería por masturbarse. Pensaba que para obtener el amor de su tía, el analista en la situación transferencial, era necesario renunciar a las manos (teclado) con que se masturbaba, y a su vagina (la cola del piano). En sus sesiones me pedía que no la dejara de querer y se sentía muy sola y deprimida.

Cuando su culpa por la masturbación va disminuyendo, presenta el tercero de esta serie de sueños:

La cocinera le echa brasas al piano, yo le digo: «¿Pero está usted loca?» Después me daba cuenta de que en realidad el piano tenía una hornalla. Me agachaba, la veía y me tranquilizaba.

El sueño se encuentra vinculado con el hecho de que sus sensaciones vaginales experimentadas en el curso de la sesión y según ella fomentadas por mí, le resultaba menos angustiosas cuando volteada en el diván, podía ocultar de mis ojos la vagina caliente (la hornalla).

Ya aparece en este sueño una rectificación curativa. Si en los primeros temía ser dañada, en cambio en éste se encuentra la posibilidad de que el piano, aunque disimuladamente, tenga una hornalla que hace posible que reciba fuego sin destruirse.

Ya señalamos que otra de las técnicas usadas por Bertha para calmar su excitación era el sentarse en el diván, colocaba sus manos abajo de la nuca, la cual le resultaba anatómicamente parecida a la vagina y, al sentarse, como en el sueño de la araña, alejaba mi figura deseada y temida. También recuerda que durante la adolescencia hubo largas temporadas en que le resultaba imposible dormir acostada, teniendo necesidad de permanecer sentada toda la noche.

En su ligamen transferencial, Bertha repetía conmigo situaciones específicas de la vinculación con sus tíos. En una ocasión en que llegó antes de la hora me vio salir con la enferma anterior. Tuvo una fuerte crisis de celos y su excitación se vio muy intensamente aumentada. A partir de ésta ocasión era frecuente que llegara antes para «espiar» a la enferma anterior y después sentirse excitada. Esto no acontecía cuando el paciente precedente era varón.

En su sesión repetía lo que infantilmente le había acontecido, cuando vivía con los tíos. Contemplaba el coito de los tíos (la paciente anterior y yo) lo cual la excitaba, deseando ocupar el lugar de la tía. Sentía agresión y rabia hacia mí y la paciente (los tíos) que la excitábamos y la hacíamos sufrir pasivamente lo que deseaba realizar activamente. En estas ocasiones se colocaba encima el saco que llevaba puesto, introduciéndolo entre sus piernas y fantaseando que era yo mismo quien se introducía produciéndole el orgasmo deseado.

Además de realizar activamente el coito de los tíos me colocaba a mí en el papel pasivo que a ella le había tocado asumir; vengándose y frustrándome en esta forma, tal y como había sido frustrada por ellos. Por otra parte transformaba en lo contrario el contenido y la expresión de su instinto, se exhibía en lugar de espiar y hacia que yo la espiara en lugar de exhibirme. Por ultimo, con toda su conducta se sometía masoquísticamente a las situaciones sufridas infantilmente.

Todo hecho que le hiciera recordar su antigua vinculación con su tío, la llevaba a una intensa excitación. Así, un día va al cine con un amigo, éste toma la mano de Bertha durante la función; la situación le hace recordar otra análoga vivida con el tío, al pensar en el placer que sintió cuando era adolescente, tiene orgasmo.

En el curso del análisis de Bertha, también se nos fueron aclarando algunas de sus manifestaciones conversivas. Era frecuente que experimentara un tipo de mareo que la hacía desviarse hacia el lado derecho, intelectualmente me decía: “Marañón dice que la sexualidad está del lado derecho». Más adelante vimos que era el tío el que estaba al lado derecho de ella en todas las ocasiones en que cohabitaba con la tía. También eran el ojo derecho y el oído del mismo lado los que padecían manifestaciones conversivas. El ojo derecho era el carente de visión y el oído derecho la hacía sufrir; de tanto en tanto tenía la sensación de que «un velo de opacidad lo cubría». Todas estas manifestaciones se encontraban relacionadas con la visión y audición de la escena primaria realizada por los tíos.

Con respecto a su ceguera pudimos ver algunas cosas más. Un día le amaneció muy inyectado su ojo ciego, después de dar algunas racionalizaciones de una y otra índole me relata que la noche anterior se masturbó sintiendo una gran irritación sexual. Fantaseó tener relaciones sexuales conmigo y se excitó tanto que temió que su masturbación le pudiera haber roto el himen. Parece que la inyección de su ojo era un desplazamiento hacia arriba de su congestión vaginal. Además nos hizo recordar su iridectomía y la relación posible entre la ruptura del himen y la ruptura del iris.

El desplazamiento hacia arriba de sus sensaciones vaginales, lo percibió ulteriormente Bertha con mucha claridad, oigámosla: «Es notable el parecido entre la sensación de picazón que siento dentro de la cabeza y los ojos, con la que siento en la vagina cuando estoy excitada». Además en las sesiones se alternaban las unas con las otras; es decir, en cuanto su excitación vaginal le producía un exceso de ansiedad, desplazaba las sensaciones a la cabeza; ambas sensaciones, la de picazón en la cabeza y la de picazón en la vagina, se acompañaban de un estado que Bertha calificaba de «embotamiento».

Poco a poco, Bertha fue verbalizando el enorme temor que por el pene sentía. Después de algunos meses de tratamiento me relata el siguiente sueño:

Veía a una sobrinita mía que en la actualidad tiene seis años, me decía que no quería hablar con un primo mío que ahora tiene 28 años y que es divorciado, me decía que no lo quería ver más porque tenía, otras intenciones.

Sus asociaciones son las siguientes: «Me da la impresión de que alguien me hubiera hecho algo a esa edad, yo era chiquita y mis hermanos ya eran grandes. Yo tenía miedo de que mi hermano mayor pudiera matar a mamá, ya le he contado ese recuerdo en que mi hermano perseguía con un cuchillo a mamá. Cuando eso pasó debía tener la edad que mi sobrinita tenía en el sueño. Me pica todo, a la mejor considero el pene como un objeto capaz de traspasarme y picarme como un cuchillo. Tengo muchas ganas de tocarme».

Cuando le pregunto qué será lo que teme, me respondes: «Temo que mamá me descubra tocándome, me arrancaría los ojos, para que me dejaran de picar». Bertha proyectaba en el pene sus deseos agresivos hacia la tía y madre introyectadas.

En este momento de su análisis empezó a referirme los temores que ha experimentado hacia los penes de los muchachos con quienes bailaba. Temía la posibilidad de ser embarazada y también temía morir de una hemorragia. Este último temor se encuentra vinculado al hecho de que una mucama muy querida había muerto poco después de casada en el curso de un embarazo.

Conforme su excitación se incrementaba en el curso de las sesiones, Bertha se masturbó en ellas con mucha ansiedad. Todas las maniobras previas, como levantarse la pollera y bajarse la bombacha estaban acompañadas de una gran cantidad de temores. Tenía mucho miedo de que yopudiera ver su bombacha, tal y como había temido que la tía viera y descubriera el flujo, índice de sus actividades masturbatorias. Enuna de sus sesiones se masturbó vaginalmente aunque sin lograr el orgasmo, en el curso de sus frotamientos vaginales temía morir de una hemorragia, infectarse y por último manchar el diván analítico o mis manos haciéndome víctima a mí o a ella de una infección microbiana mortal. Se repetía en la transferencia la situación compulsiva de sentir sus manos sucias y mortíferas. Ahora percibíamos con claridad la génesis del síntoma, que después señalaremos. Después de la sesión en que se masturbó directamente pensó que si yo lo toleraba y no le decía «porquería» como la madre, no era sino circunstancial y que en el fondo se trataba de un truco para después despreciarla y echarla. Entonces expresaba una vez más: «No me deje, no me desprecie, no crea que soy una porquería».

Cuando llevaba siete meses de análisis conmigo, apareció la noticia del próximo casamiento de su anterior analista y ello determinó la emergencia de un material extraordinario interesante, en forma sintética, trataré de relatarlo:

«Ay…, se casa, se casa… a ella le da la vida y a mí… Si pudiera gritar, ella se lo lleva para toda
la vida… No sé más nada, no puedo más… A él no le importó
mi cariño. Estoy tan sola que me mataría, es una cobardía pero no puedo más. ¿Como voy a hacer para soportar hasta el día
que se casa? (dos días después). ¿Qué puedo hacer? ¿Que tomaré para no…? Tengo miedo, pienso en no sé qué… Quisiera desaparecer… Estoy ida… Se me ha muerto algo… Me han matado… No quiero vivir. No, no puedo… Me iría caminando y que me matara cualquier cosa. Estoy como un animal que ni siquiera puede hablar… no me deje…, la ventana… me quiero matar…»

El curso asociativo anterior fue el expresado en la totalidad de la sesión, al principio me parecía que en su dolor había una excesiva dramatización; sin embargo, por abajo de eso y ante una manifestación aparentemente histérica había situaciones más profundas. Efectivamente conforme la sesión avanzaba todo su cuerpo mostraba una gran laxitud y al intentar sentarse, ante la gran ansiedad que presentaba, caía sin ningún tono muscular, como un polichinela, golpeándose en la pared. Al terminar su sesión y cuando me expresaba su temor de tirarse por la ventana, su cabeza había caído del diván y carente de tono, se inició una apnea intensa, prologándose.

El material más profundo de toda esta conducta no nos fue posible reconocerlo sino hasta la siguiente sesión. Es interesante que a pesar de plantearse toda la situación descrita, había simultáneamente movimientos de tipo voluptuoso. Eran los movimientos que tan bien conocíamos en Bertha; se encontraban presentes en su abdomen y en sus piernas. En la sesión siguiente se planteó la misma situación; pero tanto la excitación sexual como la apnea fueron más intensas, más prolongadas y mas dramáticas. Justo en el momento en que la apnea llegaba a su clímax, coincidente con intensos movimientos de sus piernas, le expresé a Bertha: «Que ella no quería matarse a sí misma sino a la novia de su analista que le había quitado el objeto amado». La interpretación anterior, llevaba al plano transferencial, expresándolo sus temores de que la acusara por sus deseos asesinos, tuvo un efecto inmediato y el carácter de la depresión ulterior fue de una índole bien distinta. Al salir de su estado depresivo repitió sus temores obsesivos ya con anterioridad superados, muy en particular el temor de que yo pudiera morir en el caso de que se tocara la vagina y me diera le mano.

Sus mecanismos melancólicos, expresados tan dramáticamente en las sesiones antes referidas, nos llevaron a descubrir una situación que hasta ese momento no había percibido: «Su excitación vaginal se incrementaba en todas aquellas ocasiones en que recordaba a la novia de su ex-analista o cuando hablaba de la tía. Esto nos llevó a dirigir nuestra atención hacia el aspecto compulsivo de la masturbación. Bertha temía masturbarse salvajemente y destruirse, pensaba en la posibilidad de que pudiera tener una hemorragia. No fue sino hasta que analizamos que su intensa masturbación era la expresión de la agresión que deseaba hacerle a la tía, cuando la situación pudo reducirse. Era frecuente que en su sesión los hechos acontecieran de la siguiente manera: empezaba a introducirse el dedo en la vagina, en ese momento se iniciaba una lucha entre su deseo de hacerlo y sus temores; en caso de que apareciera una asociación que aludiera a la novia del analista o a la tía, se incrementaba terriblemente el deseo de introducirse el dedo. Sus deseos la llenaban de sentimientos de culpa frente a mí. Lo que trajo consigo la posibilidad de destruir el carácter compulsivo de su conducta fue el análisis de su agresión y de sus sentimientos de culpa. Efectivamente en ésta época Bertha ya no tuvo temor de tomar el desayuno con las mismas manos con las que anteriormente se había masturbado, tampoco temía más el darme las manos en la sesión. Hubo sesiones en las que lo enunciado se desarrolló en forma dramáticas: «Tengo deseos de masturbarme y de destruir y de gozar, pero las manos no me bastarían, necesitaría un cuchillo. Ellos gozan su luna de miel…». Esta asociación incrementa su impulso y se empieza a masturbar expresando: «la voy a matar, la voy a matar».

En la sesión misma el orgasmo le era prohibido, lo equiparaba a la consumición total del delitos dejar manchadas sus manos, significaba mojarlas con la sangre del objeto odiado y asesinado. Por eso se las lavaba con tanta intensidad. Enotros momentos decía: «Cuando introduzco el dedo en mi vagina siento algo duro, como si fuera un cáncer todo lo que allí tengo».

Al referirá Bertha su situación actual a la vivida infantilmente en la habitación de los tíos expresa: «Yo estaba sola, temblaba de deseos y me gustaba verlos, pero después me tapaba la cara; así pasaba una noche y otra. Ay,me haría pedazos, mataría a mi tía, por eso me estoy haciendo daño con el dedo».

Siempre que Bertha se sentía poco querida por mí y con el temor de que la echara, trataba de excitarme; pero esto de nuevo traía y producía intensos sentimientos de culpa. Cuando temía que su tía la abandonara y la dejara al lado de sus padres que no le daban cariño, trató de excitar al tío; de inmediato esa situación la hizo temer los reproches de la tía. Por eso en la transferencia, en un primer tiempo me excitaba como al tío, pero después me veía como a la tía que le reprochaba el ser tan perversa.

El análisis de todos los contenidos y temores antes citados, así como el análisis de la situación defensiva hizo que Bertha tuviera relaciones sexuales por primera vez con un muchacho que por entonces se le acercó. Al principio temió morir durante la desflorada; pensaba que podía tener una hemorragia mortal, por eso la primera vez que se acostó con el muchacho sus intensos temores le impidieron llegar a una relación. Conforme fue analizando la situación, pudo mantener satisfactorias relaciones y obtener un orgasmo vaginal adecuado. Bertha tiene el siguiente sueño la noche que intento tener relaciones sexuales por primera vez:

Vi a una mujer muerta, era la novia de mi analista; después vi a un hombre, tal vez tío, pensé que así como deseé la muerte de la novia ahora desearía que él le quitara el ojo a tía.

A partir de este momento, la vida sexual de Bertha se regularizó. Tenía relaciones sexuales periódicas con su compañero; no obstante aparecieron nuevas situaciones con motivo de las vacaciones de éste.

Cuando el compañero se fue, reapareció la excitación pero no en el aspecto referido. Todo el ciclo se repitió pero apareciendo un nuevo aspecto; el deseo de desnudarse enfrente de mí. La mayor parte de su sesión luchaba entre el deseo y el temor a hacerlo.

Como en el caso de la masturbación predominó el impulso a hacerlo y después de una intensa lucha entre las fuerzas antagónicas se desnudó totalmente en dos sesiones. Ya desde antes había traído sueños en que era evidente su fuerte tendencia exhibicionista:

En la playa había una mujer desnuda con las piernas abiertas, pero sus genitales eran de niña. Todos se reían de ella. Yo iba con mi tía que se burlaba y escandalizaba.

Con este sueño asoció que a los catorce años tuvo su primera menstruación, la tía se lo dijo al tío. Ellos se rieron y ella sintió que no la dejaban ser mujer: «Mis tíos no querían creer que yo fuera mujer, se reían de mí y creían que era mentira». Este sueño lo trajo cuando estaba menstruando; su propósito era mostrarme cuan mujer era, también quería probar si mi actuación era igual o diferente a la de los tíos.

En relación con el mostrar sus genitales, recordó un cuento en que una mujer que se ha desnudado para la noche de bodas, recibe del esposo un balde de agua cuando al verla desnuda se asusta pensando que el vello público de su esposa es una araña.

La noche anterior al día en que se desnudó en la sesión tuvo un sueño, en el que veía reparada la casa en que había vivido en su provincia, toda estaba revocada y pintada, con muebles y adornos nuevos. Todas las arañas de la casa las habían quitado. La actuación ulterior de Bertha en esa sesión nos mostró cómo temía que yo considerara su cuerpo como algo feo y monstruoso, por eso una vez desnuda tapaba ansiosamente los genitales con sus manos. En su sueño trató de negar la sensación de tener un cuerpo feo y monstruoso (la casa) también se ve que su mayor temor es el de enseñar su araña, por eso quitaba todas las arañas de la casa. Bertha en su actuación se identificaba con la tía agresiva que tantas veces se habla mostrado desnuda al cohabitar con el tío y me hacía objeto de las excitaciones y frustraciones que ella había tenido que soportar pasivamente. Además trataba de ver si, como la tía, la rechazaba o si toleraba sus impulsos. Temía una vez más que la pudiera calificar de «porquería» y echarla. Pensaba que a través de la ventana del consultorio la podrían ver desnuda. En una ocasión al voltear hacia ella, creyó percibir una máscara y se asustó. Su alucinación era una repetición de una situación infantilmente vivida en que la madre las asustó colocándose una máscara y asomándose a través de una ventana.

En la segunda sesión en que se desnudó le pregunto: «¿cual creía pudiera ser mi reacción ante su desnudez?» Dijo que yo debía quedarme frío e impasible. Cuando le hice analizar la posibilidad contraria, es decir que me excitara, se sintió aparentemente tranquilizada. Efectivamente, pensando que yo me excitaba, calmaba sus sentimientos de culpa, pues al colocarme en una situación análoga a la que tuvo que sufrir y al excitarme, le demostraba que consideraba natural su respuesta a las escenas sobreestimulantes que le habla tocado contemplar.

Bertha no cree en lo que le digo; piensa que lo hagopor lástima y para evitar que se sienta fea; se considera incapaz de producir ninguna excitación en ningún hombre. Sin embargo, la posibilidad de excitarme la hace desear tocar mi pene para corroborar si estoy o no excitado. Primero empieza a manifestar en forma desplazada y dramatizada su deseo; toca el pie de una mesa que está al lado del diván y lo acaricia con todo el amor con que desearle tocar mis genitales. A raíz de la emergencia de este material recordó que en su análisis anterior, tuvo igual deseo con su otro análisis. Trató de tocarle los genitales y él se los protegió impidiéndole llevar a cabo el impulso deseado. Pensó que si él se protegía era porque no le quería mostrar ni hacerle palpar su pene carente de erección e índice de la falta de interés hacia ella y de la monstruosidad de su conducta.

Después de una intensa lucha de las mismas características a las antes descritas en el caso de la masturbación y del desnudarse, Bertha acerca tímidamente su mano a mis genitales, encuentra mi pene en erección y retira rápidamente su mano, después de haber pensado que es capaz de excitar a un hombre. Este pensamiento la tranquiliza. Después de este primer contacto piensa que se ha engañado y con la misma timidez, toca una vez más mis genitales.

Los sentimientos de culpa de Bertha se calmaron después de haber llevado a cabo un acto tan temido y tan deseado. Comprobaba a pesar de encontrarse mi pene en erección que mi conducta era natural y carente de angustia.

Sin embargo, como en el caso de la masturbación, la situación no se redujo hasta tanto no se analizó el componente agresivo y masoquista de su conducta.

Efectivamente, sesiones más adelante, al analizar la reacción que ella experimentaría en el caso de estar colocada en las situaciones en que me colocaba, pensó que tendría mucha rabia de que se le excitara para después frustrarla. En el momento en que ve con claridad que le puedo tener rabia, se siente calmada, pues acepta como natural el odio que le pudo tener al pene del tío, al que tuvo que renunciar.

Cuando le expreso que con el aparente amor que siente por mi pene reprime la hostilidad hacia el mismo, por no ser de ella, aprieta con violencia el brazo de mi sillón en tanto que la mano que ha colocado sobre mis genitales se queda flácida.

Le hago ver que aprieta y quiere destrozar el brazo del sillón por no atreverle a apretar y destruir mi pene. La interpretación le hace expresar muy levemente su pulsión haciendo una ligera presión sobre mis genitales.

Cuando Bertha reconoció la posibilidad de mi rabia y excitación contratransferencial como una reacción natural, sus sentimientos de culpa se calmaron y comprendió sus impulsos amorosos y agresivos hacia el pene del tío y la vagina de la tía.

Ulteriormente las situaciones se volvieron a repetir aunque con menor intensidad. Trataba de corroborar si lo que se le había interpretado era exacto.

Haciendo interpretaciones consecuentes con la labor analítica hasta entonces desarrollada pudimos comprobar como la actitud erotomaniaca iba cediendo paulatinamente hasta reducirse al tipo de conducta habitual en cualquier análisis.

El último sueño, correspondiente al periodo de análisis motivo de esta comunicación fue el siguiente:

Una persona desconocida y yo, tomamos sin ningún temor una araña que está sobre un asiento. Lo hacemos sin temor y con cariño.

Síntesis

Bertha, en el curso de sus dos análisis, presentó actitudes erotomaniacas que consideradas en su totalidad, se mostraron como defensivas ante situaciones depresivas más profundas.

En un primer plano, Bertha presentaba una sintomatología múltiple en la que alternaban elementos de naturaleza conversiva y obsesiva. Los síntomas conversivos eran el resultado de erotización y desplazamiento; la mayor parte de ellos se encontraban vinculados con la contemplación de la escena primaria y con juegos de naturaleza sexual con el padre substituto. Efectivamente, sus mareos, su hipoacusia derecha y las cenestesias experimentadas en su cuerpo eran consecuencia de lo señalado. Muy posiblemente la pérdida de visión de su ojo derecho fue inicialmente un trastorno conversivo. Ulteriormente lo utilizó con fines autoagresivos con las características del proceso melancólico. Es interesante señalar que en su historia, los primeros en aparecer fueron los síntomas histéricos.

Al fracasar el papel defensivo de los síntomas histéricos aparecieron los elementos obsesivos. Parece que la intensa sobrestimulación a la que fue sometida Bertha fue la que hizo emerger a éstos últimos.

En un plano superficial tanto los síntomas histéricos como los obsesivos le defendían de situaciones pseudogenitales. Efectivamente la prohibición de la masturbación y la censura ante la excitación producida por la escena primaria, le llevaron a desarrollar con respecto a la primera un síntoma compulsivo: el lavado de las manos. Primero ante su flujo y ulteriormente al reprimirse, se desplazó hacia los microbios. La excitación vaginal la hizo recurrir a ceremoniales defensivos tales como el tener que sentarse durante su sueño y ulteriormente en la situación transferencia durante sus sesiones. En las defensas histéricas y obsesiva se veía claramente el intenso retorno de lo reprimido.

Por debajo de las actitudes defensivas señaladas había una aparente progresión hacia situaciones genitales. En su erotomanía considerada como totalidad, nos encontramos ante una defensa. Analizada en sus partes se encuentran en ella diferentes estratos. Tal y como emergieron en la situación transferencial dichos estratos hemos de considerar tres momentos:

a) los deseos masturbatorios: A primera vista parecía que en el deseo de masturbarse se encontraba una actitud erótica imposible de realizar por las prohibiciones hechas por la madre y por la tía. En un primer plano esto era exacto, pero la naturaleza compulsiva de la masturbación se encontraba mucho más intensamente determinada por los deseos agresivos presentes en Bertha y vueltos contra sí misma. Aparentemente, en sus fantasías masturbatorias únicamente se encontraba el deseo de identificarse con la tía y ser poseída por el tío. Más profundamente, la frustración sistemática a que se vio sometida en la contemplación de la escena primaria determinó el incremento de sus deseos hostiles. La represión de su hostilidad y la vuelta contra sí hicieron que deseara y realizara el crimen en el acto masturbatorio. Los temores al pene provenían de la proyección al órgano sexual masculino de sus tendencias hostiles y criminales contra la tía introyectada. En los momentos de su análisis en que la hostilidad se incrementaba, la compulsión hacia la masturbación corría un destino paralelo.

El flujo en un primer plano era la expresión de su excitacíón erótica y de sus deseos incestuosos prohibidos, pero más profundamente era la sangre de su delito. En su lavar compulsivo, defensa contra la masturbación, aparece el retorno de lo reprimido ya que las manos pueden ser el vehículo de una infección microbiana mortal y aunque el lavarse tendría como finalidad el borrar el delito, la mancha acusadora necesitaría ser lavada y expiada una y otra vez, siguiendo el mecanismo de repetición de la neurosis obsesiva.

La reducción del carácter compulsivo de la masturbación no se logró en tanto no se observaron y analizaron los componentes destructivos dirigidos hacia el objeto introyectado.

b) Los deseos exhibicionistas. También en el caso del impulso exhibicionista de Bertha se encontraban superpuestos diferentes mecanismos. En primer término parecía que quería llevar a cabo aquello tan deseado eróticamente, a saber: asumir el papel de la tía y, como ella, desnudarse para ser poseída. Fuertes sentimientos de culpa le impedían llevar a cabo sus deseos eróticos. Siendo recatada en la adolescencia, se sometía a los mandatos de su tía y de su superyo. Se recriminaba muy fuertemente no sólo asumir el papel deseado sino inclusive espiar la escena primaria. Posiblemente en un primer plano, su deseo de espiar fuertemente censurado, había determinado la ceguera de su ojo derecho.

Más profundamente Bertha me agredía al someterme a lo que ella había tenido que sufrir. En la situación transferencial, me hacía objeto de las agresiones y frustraciones que, primitivamente dirigidas hacia sus imagos infantiles, habían tenido que ser reprimidas y vueltas contra sí y contra el objeto introyectado. Sus deseos agresivos son los que la hacen pensar que su cuerpo es monstruoso e indigno de excitar al objeto.

Como en el caso de la masturbación, la superposición del deseo erótico y agresivo es lo que matiza la culpa de Bertha y la naturaleza compulsiva de su actuación.

c) Los deseos de seducción erótica y agresiva hacia el genital masculino. Antes de su análisis Bertha había presentado como síntoma el temor obsesivo de ser embarazada por el pene. La percepción de la erección la hacía temer el ser embarazada. Había elaborado toda una teoría según la cual el semen pasaría de las ropas de los muchachos a las propias para finalmente embarazarla. Con el embarazo estaban ligadas fuertes ideas de muerte, hemorragia y destrucción. Ya señalábamos que gran parte de los temores al pene eran consecuencia de la proyección de sus propios deseos agresivos al genital masculino. Los temores al pene y el castigo derivado del contacto con el mismo planteaban análoga situación estratigráfica. En un primer plano el síntoma, por abajo de él, el reproche por sus deseos al genital masculino prohibido en la relación edípica y en última instancia el reproche por sus deseos agresivos proyectado en el genital del substituto paterno.

Además, sus pulsiones con respecto al pene eran en primer término el deseo de acariciarlo y darle amor, pero todo ello con el fin de eludir la gran angustia que le producía su hostilidad. Efectivamente el pene frustrador, que no era para ella, era objeto de intensa rabia y deseos de destrucción mucho más censurados por su superyo que los deseos eróticos.

El análisis consecuente de los diferentes planos de la defensa de Bertha nos hizo posible llegar a reducir su actitud y ver las situaciones profundamente depresivas de las que se defendía. La falta de amor de los padres, el abandono en que quedó colocada al ser dejada primero en casa de la abuela y después en casa de los tíos, eran situaciones contra las que Bertha se defendía elaborando una estructura maniaca y aparentemente erótica.

La revisión general del caso hace que surjan múltiples interrogantes. El fundamental es la medida en que hubiese sido posible evitar en el curso de su análisis, una actuación tan intensa de la paciente. Es evidente que tal problema sólo puede valorarse en términos especulativos ya que carecemos de la posibilidad de una contraprueba. Sin embargo, un examen crítico y objetivo de la situación nos puede hacer pensar que una comprensión más cabal de la situación quizás hubiera podido reducir la actuación. Vale decir que si precozmente se hubieran visto los componentes agresivos de la conducta erótica y las tendencias vinculadas con la hostilidad, tal vez la actuación hubiese sido innecesaria. Es interesante señalar que hasta un momento determinado del análisis, únicamente vimos los componentes eróticos y gratificantes de Bertha y las inhibiciones relacionadas con este aspecto. Tal vez una actitud de escotomización contratransferencial de esta índole era el resultado de una negación en el analista análoga a la presente en Bertha. Es decir, tanto ella como yo tratábamos de negar la situación agresiva complacidos con los elementos gratificantes.

No obstante, cabe pensar que es lo que en Bertha daba tal fuerza a la necesidad de dramatizar y actuar eludiendo la derivación verbal. Es claro que en todas sus experiencias infantiles se vio sometida a una intensa represión verbal de sus afectos. Es decir, la contemplación de la escena primaria y los juegos con el tío eran llevados a cabo en silencio. Por otra parte cabe preguntarse si para determinados montantes de excitación muy elevados la derivación verbal se vuelve insuficiente y es necesario apelar a formas de expresión en la actuación. Existen casos en los que evidentemente percibimos una imposibilidad en la verbalización y en los que el impulso a actuar está tan cargado, que el paciente se ve obligado a dramatizar en la situación analítica o a abandonar el tratamiento ante la percepción imperiosa de su necesidad de actuación.

Expresar que la actuación en sí y genéricamente considerada es una resistencia me parece una generalización demasiado amplia. Existen en ella elementos de franco matiz resistencial, pero se puede pensar que para determinados tipos de vivencias infantiles y estructuras, la actuación es la única forma de hacer consciente lo inconsciente.


[1] Freud S , La Dinámica de la Transferencia. Obras Completas, Editorial Biblioteca Nueva, Tomo II, 1948.

[2] Freud,S., Recuerdo, Repetición y Elaboración. Obras completas, Editorial Biblioteca Nueva, Tomo II, 1948.

[3] Ferenczi, Sándor y Rank 0tto: The Development of Psychoanalysis, New York and Washington, Nervous and Mental Diseases Publishing Co., 1925.

[4] Fenichel, 0. Problemas de Técnica Psicoanalítica, Buenos Aires, 1950. Traducción de E. Blum.

[5] Reich W., Análisis del Carácter, Buenos Aires, 1951. Traducción de E. Blum.

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