ENTREVISTA CON SANTIAGO RAMÍREZ

Cuadernos de Comunicación (32-33)

Cristina Pacheco

En Ajuste de Cuentas 2ª edición, en In Memoriam.1978

Por una terrible paradoja, hoy, en el momento de mayor auge de los medios masivos, todos somos víctimas de la incomunicación. Sin que tengamos que desplazarnos de nuestra casa, podemos ser “testigos” de un fusilamiento, un parto, un desembarco en la luna y de esta manera compartir la sensación y la experiencia con los cientos de millones de personas que contemplaron esa misma imagen.

Es cierto que gracias a los avances de la electrónica ya no somos extranjeros en ninguna parte. El viejo sueño de ser “ciudadanos del mundo” parece haberse convertido en realidad. Lo curioso es que —enajenados y confusos— podemos ser extranjeros de nosotros mismos, ante quien comparte nuestro techo o pasa simplemente a nuestro lado.

¿Qué sucede con el individuo? ¿Cuál es el destino de la palabra? ¿Cómo explicará el hombre sus sentimientos cuando el lenguaje parece sólo atento a calificar o describir hechos concretos? ¿Es la incomunicación igual entre el hombre de campo y el de la ciudad?

La persona más idónea para enfrentar el problema y responder a una serie de preguntas que todos hemos formulado, es el doctor Santiago Ramírez, psiquiatra de amplísima reputación, maestro universitario y autor entre otros importantes libros, de El mexicano, psicología de sus motivaciones, uno de los más valiosos intentos por satisfacer nuestra creciente necesidad de pueblo colonizado y sometido por encontrar una fisonomía, una identidad.

Tras un cristal oscuro

Hablar con Santiago Ramírez no es fácil. Es uno de los emigrantes que decidieron abandonar la ciudad —salvo uno o dos días a la semana— y acogerse al buen clima y la generosidad de Cuernavaca. Después de una charla telefónica, decidimos encontrarnos un martes, a las dos de la tarde, en el comedor de un hotel decadente y nostálgico donde la vida, como por arte de magia, sigue teniendo la lentitud de un caracol.

Santiago Ramírez aparece puntual. En el teléfono, por su forma de hablar, pensé que era más alto; sin embargo, su voz sigue teniendo la misma nitidez y sobre todo el mismo vigor. Viste una chaqueta de pana café, tiene un gesto entre amable y condescendiente, que aprecio en su actitud general y no es su expresión, ya que porta lentes oscuros, enormes, que me cohíben más que sus prestigios: conocedor profundo de la psiquiatría, muy inteligente, algo sarcástico y muy hábil para manejar las palabras.

Así, pese al involuntario rechazo de esos lentes negros, que me impiden establecer un contacto más directo con mi entrevistado, comienza nuestra charla.

Cristina Pacheco: Doctor Ramírez, su libro sobre El mexicano, psicología de sus motivaciones acaba de alcanzar su décima edición. Reaparece en un momento crítico en que justamente se cuestiona la idea de si puede existir un prototipo del mexicano, al margen de las clases sociales.

Santiago Ramírez: Con frecuencia me preguntan si puedo generalizar y abstraer un concepto de “el” mexicano y “lo” mexicano —responde con un tono de voz más suave, lento, mientras observa cómo el viento mueve ramas y tallos en el jardín. Mire usted: existe ese prototipo en tanto que al hombre lo caracterizan su lengua, sus costumbres, conocimientos, sentimientos y, en fin, todas las dádivas de una historia prevalente, historia que se dio en un suceder continuo. Quiero decir que el mexicano es producto de una mestización de españoles con indígenas. Nunca se dio el caso opuesto o si se dio fue una situación enteramente casual.

Por el crecimiento de la población desde el siglo XVI hasta el fin de la Colonia, el grupo mestizo pasó de tener un valor porcentual casi nulo en la sociedad, a adquirir el principal tabulador dentro de los grupos étnicos; todo ello nos habla de ese  crecimiento de la población deriva fundamentalmente de apareamientos entre españoles o foráneos, sean peninsulares o españoles de América. El criollo no se ve dividido entre una doble identidad, ya que tanto el padre como la madre tienen igual sustrato cultural, mientras que el sustrato cultural del mestizo está escindido entre dos progenitores que tienen en sí valores propios y valores, diremos estimativos, de un momento histórico en particular —concluye el doctor Ramírez, para, después de unos segundos, retomar un discurso que tiene los matices de una exposición académica.

No hubo mestizaje en Norteamérica ni en el Cono Sur. Se trata fundamentalmente de culturas colonizadoras, de criollos, y ello en virtud de la escasa fuerza cultural y civilizadora de los grupos indígenas a los que tuvieron que enfrentarse. Hay mucha diferencia entre los indios pueblo, los patagones o los nahuas. No fue por bondad por lo que los conquistadores no destruyeron la cultura indígena. No acabaron con ella porque debido a su fuerza, a sus valores, a su cosmovisión, no pudo ser destruida.

En términos generales, el criollo ya sea en Argentina o en los Estados Unidos actúa por “reparación”, o sea, trata de brindar a sus hijos aquello de lo que históricamente careció; procura enmendar esas carencias de manera exagerada: da más alimento del que los hijos necesitan, de modo que no sólo satisface las necesidades del hijo sino también las carencias históricas del inmigrante y sus antepasados. El hijo del criollo tiende a ser suntuoso por educación y obeso por reparación.

CP: ¿Y el mestizo?

SR: En el siglo XVI habitualmente el mestizo es el resultado de una urgente necesidad del conquistador. Así, se apropia de la mujer indígena como de un objeto de satisfacción, más que como de un objeto de compañía, perenne o permanente. Un ejemplo esquemático: la relación de Hernán Cortés con la Malinche que, más allá de sus características particulares, es muy distinta de la que el propio Cortés tuvo con Catalina Juárez.

El mestizo “cortesiano” —empleo ese término tan chocante porque así es más claro— es un bastardo en el sentido más peyorativo de la palabra: dejó de ser indio pero no logra ser español. Su filiación está escindida. Esta escisión se sucede a lo largo de varios siglos y si inicialmente tiene características étnicas, con el tiempo adquiere características culturales.

CP: ¿Qué significa esto?

SR: Que termina equiparando la masculinidad con la hispanidad —conclusión que no es étnica— y la feminidad con lo indígena, aun cuando no necesariamente sea indio lo femenino. De esta manera, indio-mujer-trabajo forman una unidad mientras que español-hombre-ocio forman otra. Lo indígena es devaluado…

CP: Y consecuencia de eso es que para insultar a una persona se le diga todavía “indio tonto”, “más tonto que un indio”, etcétera…

SR: Sí, en aquella época a los indios se les decía “indio cuatroorejas”, por ejemplo, y de ese prejuicio surgió la americanización de refranes españoles: “No tiene la culpa el diablo sino el que lo hace compadre” se convirtió en “No tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre”.

CP: Aquella identificación de “indio-mujer-trabajo”, “español-hombre-ocio”, ¿se da por igual en todo el territorio?

SR: Es obvio que esta estructura de la pareja cobra más realce en las áreas en que los grupos indígenas tuvieron más relevancia: el altiplano, por ejemplo; y disminuye hacia el norte y el sur, y en las costas donde la fuerza del mundo náhuatl era limitada.

CP: Esto, ¿a qué nos conduce?

SR: A decir que es obvio que no es lo mismo un mexicano de Sonora que uno de Tabasco; pero también es evidente que el mexicano mestizo de Tlaxcala, Puebla, Michoacán, Hidalgo —el mestizo del centro y el altiplano— tienen características comunes. Desde luego, un francés de Marsella es distinto de un francés del norte y sin embargo hablamos “del francés” o “de lo francés”. Las diferencias específicas no quitan valor a las similitudes genéticas.

Se habla de cambio —continúa el doctor Ramírez en tono más enérgico—, pero de ninguna manera el cambio es estructural. La estructura se gestó y generó en varios siglos. El escenario en que se expresa puede cambiar, la estructura, no. Ésta es foránea y equivale a lo dominante. Lo circunstancial es español, francés o norteamericano. El mexicano, obviamente en un proceso de adaptación, baila al son que le tocan, pero siempre la misma melodía. Cambia el ritmo de pandereta a minuet o a jazz, de aceite de olivo a moda francesa o cigarros “de carita”.

CP: Y todo esto se debe a que siempre despreciamos lo nativo, lo mexicano.

SR: Es cierto que lo hemos despreciado siempre, ahora bajo la forma de exámenes médicos en Houston. Houston es el escenario en el cual se da la sobrevaloración de lo ajeno; pero este escenario no implica un cambio de estructura. Hay desde luego otros símbolos: el vestido americano, el coche armado en los Estados Unidos siguen siendo tan importantes para el mexicano del siglo XX como lo fue el aceite de olivo para el mexicano del siglo XVI.

CP: En una sociedad tan estratificada, donde lo nativo implica inferioridad y sumisión, mientras que lo extranjero representa el derecho y el poder, ¿cuáles son los canales de comunicación entre esos mundos? O mejor dicho, ¿hubo comunicación de mayor a menor, de poderoso a sometido, de amo a esclavo?

SR: Podríamos decir que la comunicación más importante o más significativa para el país —y es importante por defectuosa que sea— es la que se da entre la clase mestiza y la criolla. Vea cómo en el México de hoy los norteamericanos, los franceses, los españoles, tienen sus propios restoranes, colegios, cementerios y se encuentran en un gueto cultural respecto a los demás grupos. Su interés por los indígenas no deja de ser folclórico. El indígena no establece comunicación con estos grupos ni ellos con él. De aquí que la estructura de la familia indígena siga siendo similar a la del siglo XVI. En gran parte la incorporación de los grupos indígenas y criollos al gran grupo mestizo ha sido por establecimiento de relaciones frecuentes abruptas —como ocurrió en el siglo XVI—, que van a dar nuevos mestizos con las características ya señaladas. Este mestizo —hijo de una mujer muy poco satisfecha en su vida genital, dado que el hombre es ausente, eventual, variable— va a traer aparejada como consecuencia a una mujer que tiene que realizarse más en la vida procreativa que en la genital. Como desconoce la satisfacción sexual, busca un equilibrio en su vida entre o con sus hijos.

CP: Las formas “corteses”, que se supone son tan características del mexicano, ¿son consecuencia de esta situación? El “para servir a usted”, el “mande usted” y otros giros que hoy resultan más que amables irritantes, ¿nacen de ese constante sometimiento frente al poderoso, al conquistador, y la necesidad de sobrevivir?

SR: No, al contrario. Este mestizo —hijo de la madre insatisfecha— que tiene una pobre imagen del padre siente, a ese respecto, la necesidad de afirmar su masculinidad. De allí vienen expresiones como: “Yo soy muy hombre”. Frente a esta actitud se da también un miedo del hombre hacia todo lo femenino. Esta urgencia de afirmar la masculinidad crea una característica de comunicación que hace al mexicano bronco, agresivo, dispuesto a destruir todos los valores identificados con lo foráneo, es capaz de rayar un coche europeo que ve estacionado en la calle, por ejemplo. Por esa misma razón, atenta contra los objetos suntuarios y tiende, por todos los medios, de afirmarse con un grito: “Yo soy puro mexicano”.

La agresividad tan intensa del mexicano a veces se puede expresar abiertamente —es el caso que citaba del hombre bronco— pero esto no siempre ocurre. Una de las formas más intensas de agresión —que se da en algunos enfermos, como por ejemplo en los epilépticos— es transferir la agresión a lo contrario y de aquí surge el lenguaje empalagoso, el uso de diminutivos, la aparente sumisión que encubre una rebeldía pronta a estallar.

CP: Doctor, leí en Newsweek (30 de enero de 1978) que los cambios en la sociedad desarrollada han provocado en algunos sectores un nuevo narcisismo. Desde hace más de un siglo, el capitalismo transfirió a la fábrica la producción que antes se hacia en familia, y luego, “colectivizó” las vidas privadas. La educación de los hijos gradualmente pasó a ser asunto de profesores, médicos, psiquiatras y otros expertos. Como resultado de esta “invasión social” de la familia, los padres perdieron su autoridad y sus cruciales funciones edípicas. Los hijos ya no internalizan ninguna autoridad, entran en el mundo adulto como narcisistas sólo preocupados por su propia sobrevivencia y sin ningún interés en los otros que no sea manipularlos o explotarlos.

SR: Mire usted —noto cómo mi entrevistado disimula una sonrisa, piadosa y burlona frente a la timidez con que expongo una teoría que me llamó la atención—, no voy a usar la jerga de la psicología y además aquí, cuando usted me habla de la “función edípica”, lo mejor sería hablar de relación triangular: padre-madre-hijo. La televisión, la escuela, etcétera, son instituciones secundarias, escenarios diversos que ciertamente influyen en la cuantía de la comunicación pero no modifican su calidad. Estas influencias externas siempre han existido: hoy es la televisión, antes fue la radio, antes el fonógrafo y así. Las “fayuqueras” siguen teniendo gran éxito, y continúa siendo importante, codiciable, tener un traje de casimir inglés o un apellido doble que si suena un poquito extranjero, es mejor. Los valores telúricos que han cobrado cierta relevancia y hegemonía (por ejemplo el vidrio de Carretones frente al vaso de plástico, o las estatutillas del Tlatilco) se han convertido en formas civilizadas en virtud del valor que les dan los extranjeros. Antes de que el vidrio de Carretones fuese aceptado por los foráneos, se pensaba que eran vasos de pulquería. Esto también ocurrió en el terreno del arte: la pintura de Diego Rivera, antes de contar con la aceptación extranjera, se veía como simples “monotes”.

CP: Y todo esto, doctor, ¿qué relación tiene con mi pregunta? —inquiero, algo preocupada de no poder seguir el hilo de la exposición. Cuando le formulé esta pregunta pensé relacionarla con la obvia falta de comunicación entre hijos y padres surgida no sólo del “abismo generacional”, sino de que los padres, al no tener contacto con sus hijos, no pueden heredarles un lenguaje, unas formas de vida y unas costumbres “mexicanas”. Por su parte, los hijos hablan en un lenguaje electrónico que tiene que ver con seres poderosísimos, ya sea mujeres biónicas, mujeres maravilla, superhéroes espaciales.

SR: Ésa no es ninguna novedad —asegura el doctor Ramírez, siempre con una sonrisa levemente condescendiente. No dé tanta importancia a esas figuras biónicas porque ésas han tenido sus antecedentes, ya haya sido en el radio o en la literatura. Hay muchos ejemplos de “niveles lingüísticos” cámbieles pero lo único que hacen es apoderarse de formas extranjeras, norteamericanas o francesas. Nuestro lenguaje nunca ha estado unificado. El cambio social ha sido brutal desde el punto de vista cuantitativo, pero escaso desde el punto de vista cualitativo.

Para aclarar más este punto le diré lo siguiente: piense que nuestra cultura se ha caracterizado siempre por un exceso de madre y una carencia de padre, cosa que en otras culturas es completamente opuesta. Las madres solteras, para satisfacer su soledad, tienen una relación muy estrecha con su hijo. Se da el caso de que muchas madres solteras amamanten a sus hijos once meses. Esto tiene sus beneficios y perjuicios, naturalmente. Donde prevalece el valor genital de la mujer, la lactancia casi se ha excluido. Piense que en México, las únicas fechas significativas en realidad son el 10 de mayo (Día de la Madre) y el 12 de diciembre (Día de la Virgen de Guadalupe). Frente a eso, el 14 de febrero (Día de los Novios), no ha tenido casi ningún éxito. Ya mayor, la mujer mexicana se satisface con una actitud de “abuelita”, que se pone a cuidar a sus nietos sacrificando, en cierta forma, su vida. Pero vea cómo la cosa es distinta en los Estados Unidos: las ancianas se visten de rosa y azul. ¿Usted podría imaginarse un camping de abuelitas mexicanas disfrazadas con esos colores o en shorts? Pues simplemente no. Todos estos signos, como ve, nos comunican cosas, expresiones de nuestra cultura o nuestra historia.

CP: Hay algo más que deseo preguntarle, volviendo a la relación triangular de la que hablábamos antes. Se dice que para estos hijos, inmersos en un agudo narcisismo, la experiencia de “los viejos” significa bien poco, pero al no asimilar sus tradiciones, tiene dificultades para ver hacia el futuro. A esto, según leí, se le llama precisamente “crisis narcisista”.

SR: A la postre, la drogadicción de los jóvenes no es telúrica, es foránea. Los jovenzuelos se drogan y se “ponen en onda” —como ellos dicen— para identificarse con un personaje que se anunció por ahí de los cuarenta: “el rebelde sin causa”.

CP: Doctor, ¿qué el personaje no surgió a mediados de los cincuenta? La primera película de James Dean es precisamente de 1955.

SR: Supongo que fue antes. Con ese personaje empezó a surgir en el mundo americano, quiero decir norteamericano, una sobrevaloración de los valores que cuestionaban la cultura americana. A la Bette Davis, que es todo un prototipo femenino, y a Clark Gable, el prototipo masculino, los sustituyeron un Kirk Douglas o una Raquel Welch. Todo esto se dio como protesta contra la cultura dominante. Fíjese que las figuras que surgieron entonces corresponden al champion, al que “destruye” y pone en jaque todas las instituciones americanas. Resultado: que nos apropiamos de los blue jeans no como de una cosa nativa, sino por un simple deseo de imitación.

CP: Pero entre los padres que heredaron el “con permiso” y el “para servir a usted” y los jóvenes que se ponen esos blue jeans, ¿hay una posibilidad de comunicación profunda? De otra manera, ¿la habrá entre clases tan diversas como las que integran la sociedad mexicana?

SR: El que es perico, dondequiera es verde —afirma mi entrevistado, ansioso por desplazar cualquier expresión que pueda parecer pedante o especializada. Cada uno va a ver el mundo desde el ángulo de su historia personal y desde la perspectiva de la Historia. Un mexicano de ciudad Nezahualcóyotl —es decir un mestizo— no verá la figura de Somoza de la misma manera que un habitante de Tecamachalco, barrio donde predominan criollos y judíos.

Lo que ocurre es que las ideologías secundarias siempre son resultado de instituciones primarias. Ya casi no hay pulquerías, hoy la gente toma cerveza. ¿Qué significa esto? Que cambió el escenario, pero no la costumbre. Podríamos decir que quien condiciona y estructura a la familia es la madre, porque es la que está más presente. Pero es la madre, como dice Octavio Paz, que fue hendida: la chingada, término que proviene del vocablo indígena “chinguixtle”, la parte del pulque que se echó a perder. De esta manera, los “chingones” son los franceses, o los españoles, o los norteamericanos y los nativos son siempre los “chingados”.

CP: Entre estos dos estratos, que implican dos formas de lenguaje: uno poderoso y dominante, el otro subordinado, ¿cuál es la posibilidad de comunicación?

SR: Piense en las personas que asisten a la Beneficencia Española y los mestizos de Narvarte. ¿Usted cree que puede haber comunicación entre ellos? ¿Qué los identifica? ¿Puede haber comunicación entre los alumnos del Colegio Americano y los muchachos que asisten a un CCH?

CP: Volviendo a la familia, donde la falta de comunicación es evidente, ¿cree usted que la televisión haya determinado esa brecha?

SR: Eso es muy simple de ver: la comunidad familiar que antes formaba un círculo “en torno al fuego”, digamos, ha cambiado de estructura y hoy forma un semicírculo cuyo centro es la televisión. El deterioro es evidente. Y en consecuencia el lenguaje se empobrece. Por otra parte, puede haber un lenguaje verbalmente pobre, pero la comunicación de una comunidad otomí del Mezquital es más intensa que en Nezahualcóyotl por el simple hecho de que los otomíes, aparte de ese lenguaje fonético, comparten un mundo que constituye las otras formas de lenguaje a que aludí.

CP: ¿Puede entonces decirse, en términos generales, que la comunicación tiende a empobrecerse en razón directa del avance tecnológico?

SR: En términos generales, sí. En la cultura norteamericana, y siguiendo el pensamiento de McLuhan, la comunicación —por falta de intimidad— se ha transformado en una comunicación epidérmica, de masaje. Es de masaje porque con los medios masivos se pierden los rasgos individuales. De la misma manera estamos unificados por la música que escuchamos, por las imágenes, por el vestido, por todo lo que esos medios nos transmiten.

CP: Entonces, ¿la comunicación no sólo es más constante, sino más profunda, en el mundo subdesarrollado?

SR: A grandes rasgos, sí.

CP: Ya que abordamos el tema de los medios masivos, quisiera referirme a un hecho evidente: se dice que la televisión estupidiza y enajena a los niños; sin embargo, también se ha concluido que esos niños tienen un lenguaje mucho más amplio que el de aquéllos crecidos antes de la televisión.

SR: A usted parecen impresionarla mucho esas figuras de la televisión —dice Ramírez, que, acodado en la mesa, aguarda con paciencia mis preguntas. La televisión uniforma la comunicación, pero esta uniformación se va a dar en cada niño dentro de la estructura previa que la familia ha condicionado. El escenario se ha masificado cada vez más, no los individuos. Cada quien vive “su” Cepillín con su propia historicidad y ese personaje lógicamente tendrá connotaciones diversas entre los indígenas, los mestizos o en la cultura norteamericana.

CP: Doctor ¿el machismo opera también en el lenguaje? Con frecuencia he escuchado a mujeres que dicen: “No puedo decir lo que me pasa. No hay palabras para expresarlo”. ¿Esto tiene que ver con las situaciones de poder de los hombres y las mujeres?

SR: La mujer tiene mayor capacidad de lenguaje interno que el hombre.

CP: ¿Por qué motivos?

SR: Porque tiene una conciencia más temprana de su diferencia. Vivimos en un mundo androcéntrico. De la misma manera que el judío o el negro se identifican plenamente y actúan en función de su diferencia frente al mundo, así actúa la mujer. Por otra parte, la mujer tiene esa capacidad porque vive periódicamente un ciclo que no tiene el hombre. Esto la hace tener una conciencia de deseo de recibir endócrinamente y expulsar. En el hombre también hay un ciclo, pero es menos importante. Culturalmente, es cierto que se da más valor a las expresiones masculinas porque el poder del hombre es mayor y, si lo vemos históricamente, quizá todas las sociedades fueron ginecocéntricas. Quizá las sociedades se hayan transformado en androcéntricas precisamente como una defensa ante la prevalencia inicial de la mujer.

CP: Entonces el lenguaje sí tiene que ver con el poder.

SR: El lenguaje del “poderoso” existe en cierto nivel, pero no en el sustantivo. Hay más poder en un pecho que amamanta que en un presidente… pero formalmente nunca ha habido presidentas…

CP: Quisiera que antes de concluir nuestra charla pasáramos a enfocar el aspecto de la comunicación entre médico y paciente…

SR: Desde ahora le advierto que es prácticamente nula. La relación médico-paciente, a partir del incremento de la técnica, se ha convertido en algo cada vez más impersonal. Los diagnósticos radiológicos, electrónicos y demás, han hecho de los enfermos “cosas” y empobrecido la relación personal.

CP: Imagino que esta situación perjudica al enfermo y limita la efectividad del tratamiento médico.

SR: Tanto que hay una tendencia muy fuerte para recrear el tipo de médico general, familiar, que se usó en otras épocas. Claro que esto es un problema para un médico que sea, por ejemplo del Seguro Social, porque debido a una serie de circunstancias, no puede darse abasto o no alcanza a llegar hasta el domicilio de una familia que esté bajo su cuidado. La intención institucional es buena, no así las consecuencias. Imagínese usted cómo va a establecer contacto directo, personal con sus pacientes, un médico que tiene que ver a cientos de ellos.

En los Estados Unidos, donde la medicina está más tecnificada, hay una clara tendencia a la general practice, para que aumente así la comunicación entre médico y paciente.

CP: ¿En este aislamiento de médicos y enfermos también tiene que ver la especialización?

SR: Claro. Hemos fraccionado al ser humano y lo vemos por partes, por aparatos y órganos, pero no como un todo. Puede verse que la especialización es mucho más negativa —en cuanto a la comunicación entre médico y enfermo— que la tecnificación de la medicina.

CP: Doctor, como psiquiatra, ¿podría decirme quiénes acuden con más frecuencia al psicoanálisis?

SR: Mujeres y muy frecuentemente judíos. Después viene la clase media alta —“los riquillos”, dice el doctor, que ya comienza a preocuparse por el tiempo.

CP: Se dice que sólo la gente rica acude al psicoanálisis, ¿es cierto?

SR: No. Insisto, los muy ricos no necesitan ese tipo de tratamiento. Solucionan sus problemas yéndose a la Riviera, comprando un yate, un auto de carreras… —concluye, con cierta ironía.

CP: También se dice que, dado lo caro que es un tratamiento, lo único que hace es sobrecargar al individuo con un nuevo problema: encontrar el medio de conseguir más dinero para pagar el tratamiento. Inclusive, hay un montón de chistes en este sentido.

SR: Desde luego, el psicoanálisis es un tratamiento largo, costoso, con pocos rendimientos terapéuticos personales. La psicología puede dar fórmulas para que la educación sea más efectiva, sistemas para que la enseñanza sea más adecuada…

CP: Doctor, como tantas otras cosas, el psicoanálisis está en crisis. Se le impugna desde varias posiciones, se le acusa de elitista e inaccesible, se dice que prepara a los hombres para adaptarse a una sociedad desequilibrada, irracional, y que de esta manera fomenta el conformismo y la enajenación.

SR: El término “adaptarse” ha sido interpretado por el vulgo como sinónimo de “sumisión”. No se trata tampoco de inhibir las tendencias de cada individuo. Un marxista que protesta contra el sistema capitalista logrará —con el psicoanálisis— hacer más efectiva y fácil su protesta, adaptarse a las posibilidades que le ofrece el mundo en que vive. Un anarquista que hace estallar una bomba puede ir a la cárcel; pero ese anarquista, cuando logra poner sus inclinaciones al servicio de la sociedad, tal vez logre el equilibrio y la posibilidad de realizar el cambio social que desea. A esto es a lo que el psicoanálisis tiende: a la armonía, a la adaptación en el mejor sentido de la palabra.

CP: También se acusa al psicoanálisis de unificar, de uniformar a los hombres.

SR: No. El psicoanálisis no pretende convertir a todos los hombres en robots, pero tampoco vamos a poder cambiar su ser. Lo que vamos a enseñarle son las opciones, las posibilidades de elegir. Un ejemplo: si elijo este hotel es porque me gusta. Lo importante de haberlo elegido y de estar aquí es que en él encontré “el hotel” que imaginé o buscaba.

CP: Me decía usted que sus clientes son por lo general judíos y mujeres. ¿Existe entre ellos algún denominador común?

SR: Un proceso básicamente de falta de comunicación. Lo que se da en la situación terapéutica del psicoanálisis es la posibilidad de comunicación, de ser oído. En la medida en que la mujer, y los grupos minoritarios, son poco escuchados tienen poca repercusión en el mundo, mayor es su necesidad de buscar quien los escuche.

CP: Pero si lo que estas personas buscan es la comunicación, ¿cómo reaccionan frente al lenguaje especializado del psicoanálisis?

SR: En lo personal trato de no emplear la jerga. Por eso, cuando al principio de la charla usted me habló de crisis del edipismo y del narcisismo y no sé cuantos, le dije que no era así. Lo importante para mí es usar el lenguaje de mi paciente.

CP: Las clases menos poderosas económicamente, ¿tienen acceso al psicoanálisis?

SR: No. Reconozco que terapéuticamente es un lujo. Los mestizos, dados sus antecedentes históricos, tienen una necesidad básica de él y sin embargo no tienen tiempo para pensar en algo que es un lujo porque tiene que solucionar sus problemas de supervivencia. Sufren por igual la necesidad de conocerse, aunque en otros niveles.

CP: ¿Y cómo, si existe esta necesidad, la medicina socializada no ha tratado de satisfacerla?

SR: Se pueden diseñar métodos para que los estudiantes se hagan cargo de las familias que viven en una cuadra y que las atiendan un día a la semana. De esta manera, ese estudiante va a satisfacer necesidades que el médico no cubre, oír problemas humanos que las instituciones no tocan. Mire, uno de los tabúes de la medicina dice que “el médico puede tocarlo todo sin sentir nada”. Respecto al psicoanalista podría decirse todo lo contrario: “el médico puede sentirlo todo, sin tocar nada”. Una de las características del analista es buscar todo tipo de afectos a sabiendas de que no los usará en beneficio propio.

CP: Pero esto suscita una profunda dependencia entre paciente y psicoanalista.

SR: Pero el analista no crea ni provoca afectos; da margen a que cuanto esté en el sujeto salga a flote, se exhiba. Lo que uno hace es nada más permitirle que se exprese. En cuanto a la dependencia que puede suscitarse, el individuo, al analizar esa dependencia, verá que eso no depende del médico, sino de sí mismo.

CP: Los problemas que le plantean hombres y mujeres, ¿tienen similitud? Se lo pregunto porque es obvio que sus posibilidades de realización y satisfacción son muy distintos.

SR: Yo creo que los afectan los mismos problemas: la soledad, el temor a la separación, la dificultad de acercamiento, los problemas de contacto en un sentido más amplio.

CP: Doctor, ahora que la vida se ha prolongado y tiende a prolongarse cada vez más, ¿el tema de la muerte sigue siendo un motivo de angustia para sus pacientes?

SR: Ése es un temor que siempre ha existido, pero no es un objeto central de nuestro trabajo. El temor a la muerte en una persona joven puede ser una manera de sacarle el bulto a la vida. Hay gentes que tienen más miedo a vivir y entonces viven como en un cementerio: si miran una flor no aprecian sus tonos o su aroma, la imaginan ya muerta, desaparecida.

CP: ¿Podría decir lo mismo respecto al miedo a envejecer?

SR: Una de las grandes afluencias al psicoanálisis y la psicología son las mujeres involutivas en quienes la pérdida de juventud es más grave que en el hombre. Por lo que respecta a la mujer mexicana, compensa ese miedo con una especie de “complejo de abuelez”; las norteamericanas, como ya dijimos la solucionan con vestidos de tonos muy chillones… Y —ahora si me disculpa dice el doctor Ramírez poniéndose de pie— pero tengo que irme… Podríamos seguir hablando muchas horas…

El tema es apasionante, doctor, y creo que interesa a todo el mundo. Le agradezco mucho sus palabras y le prometo no usar nunca más la jerga del psicoanálisis, ¿de acuerdo?

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