Conferencia. Coloquio Nacional de Filosofía. Morelia, Michoacán. Ponencia “Psicoanálisis y marxismo” (trabajo en colaboración con Santiago Ramírez Castañeda).
En Obras Escogidas. Realmente no hay conjunción entre ambos autores sino al final, cuando se rescatan las conclusiones de SRR sobre el psicoanálisis.
1975
¿Acaso por segunda vez hemos de vivir?
tu corazón lo sabe:
¡sólo una vez hemos venido a vivir!
Cantares mexicanos.
Ha sido Nerval quien en Aurelia ha podido establecer, en un nivel poético, el problema al que el hombre se ha enfrentado ancestralmente: “El sueño es una segunda vida.”
Ya desde José, el sueño es la vida en la cual el hombre entra en contacto con los dioses o el mundo implacable e inmisericorde que condena a Edipo. En ambos casos el sueño sirve como clave para descifrar otros tiempos: en el primero es premonición del porvenir mientras que en el segundo es una clave donde se encuentra el sentido del pasado. Empero, en ambos hallamos una escisión, en ambos el sueño es una función que escapa al control del hombre y, como en Nerval, el sueño es ajeno y extraño, es otra vida.
En términos más generales, el problema que plantea Nerval no es sino una manifestación distinta de un viejo problema que en otros ámbitos ha sido resuelto antes de Freud con mayor o menor fortuna, al descubrir la unidad de lo múltiple; pensar al hombre de un modo unitario a la vez que se mantiene la multivocidad de su aparecer.
Escribe Nerval en Aurelia “el sueño es una segunda vida” y tal parece ser el drama del hombre: drama doble en el que, por un lado, el hombre se halla escindido entre dos vidas, la vida de vigilia y la vida de los sueños; drama que, por otro lado, coloca a este hombre escindido en una posición desde la cual le resulta imposible comprender aquel mundo donde transcurre gran parte de su vida, el mundo de los sueños, mundo divino como el de José o implacable e inmisericorde como el que condena a Edipo. Se trata, en efecto, de una segunda vida que no sólo no coincide con la primera sino que trasciende al hombre mismo.
Esta duplicidad ha sido resuelta antes de Freud, en otros niveles. Así en la Fenomenología del espíritu Hegel llega a la muerte de Dios. Muerte con la que reconcilia el mundo de los hombres con el mundo de los dioses; muerte de Dios de doble significación: humaniza a la divinidad —Cristo— y diviniza al hombre. Marx, por su parte, logra superar la aparente dualidad entre la vida y la conciencia mostrando, al mismo tiempo, que no es la conciencia la que determina la vida sino a la inversa.
La primer tarea de Freud consiste, por lo tanto, en mostrar que la separación entre el mundo onírico y el mundo “real”, el divorcio entre percepción e imaginación, la diferencia entre “consciente” e “inconsciente” son ficticias y aparentes. Freud trata de recuperar la unidad primaria que se manifiesta como esta dualidad y permite al hombre apropiarse de aquello que originalmente se le mostró como un otro.
Si Hegel ha espiritualizado al hombre permitiéndole recuperar su divinidad y Marx le ha mostrado el camino por el cual ha de transcurrir para recuperar la vida, Freud ha dado al hombre la clave para la apropiación de la “segunda vida”.
Nos encontramos así en Freud, con un descubrimiento y por lo tanto con nuevas posibilidades de apropiación del mundo en general y de la “esencia” humana en particular.
Y este des-cubrimiento es además un descubrimiento científico y no, como en algunos casos se ha pretendido, un en-cubrimiento dogmático o ideológico. Si con frecuencia el psicoanálisis se presenta como un dogma, como una entidad cerrada y rígida, como una “ortodoxia”, debemos dejar claro que si bien se trata de un cuerpo de doctrina, no se trata de una “proposición que se asienta por firme y cierta, como innegable”; que ortodoxia no quiere o no debe querer decir “rectitud dogmática o conformidad con el dogma”. Más bien se trata de una teoría flexible, dinámica y cambiante. Pretender lo contrario sería pretender que la medicina, por ejemplo, carece de una evolución; es claro que una es la medicina hipocrática realizada bajo los auspicios del Juramento y el oráculo délfico y otra la medicina alquimista medieval; una la renacentista preñada de anatomismo que descubre con Harvey y la circulación de la sangre y otra más la bacteriana de Pasteur, la de Fleming y los antibióticos y la radioactiva actual.
La ortodoxia —y sobre ello hemos de volver— es, en palabras de Lukaçs, una cuestión referida exclusivamente al método.
Y el método de Freud —a pesar de su aparente inconsistencia— es definitivamente un método científico.
Ello requiere una aclaración: ¿qué es la ciencia?
Para nosotros ciencia es ante todo, historia.
Por supuesto este descubrimiento no es de Freud; ni siquiera es de Marx: el mérito es primordialmente de Hegel.
Y así tanto en Freud como en Marx, tanto en Freud como en Darwin, la historia es el instrumento que permite des-cubrir y es al mismo tiempo el des-cubrimiento mismo: es evolución en Darwin, lucha de clases en Marx y en Freud, la infancia: Infancia es Destino.
Y la historia que funciona como elemento explicativo en Freud, en Marx y en Darwin no es una historia lineal o continua, no es la crónica de una acumulación ininterrumpida. Al contrario, se trata de una historia que se hace a jalones, a saltos o, mejor aún, dialéctica. Se trata del movimiento, del desarrollo de la contradicción entre lo múltiple y lo único: es la historia desdoblamiento de la unidad en sus diferentes aspectos y la recuperación de la unidad de esos diferentes aspectos. En Darwin se trata de una “evolución a saltos” que se genera entre las diferencias entre “la función y el órgano”; en Marx es la historia de las pugnas que se desarrollan entre las diversas clases y los saltos son las revoluciones. En Freud el eje es la contraposición entre el principio de realidad y el principio del placer, entre el proceso primario y el proceso secundario, entre el sueño y la vigilia.
La conducta es lo múltiple y su significado es multívoco. La tarea de Freud consiste, pues, en encontrar, des-cubrir la unidad esencial que subyace a la conducta.
En segundo lugar, ciencia es transformación y así lo expresa Marx en su Tesis número once sobre Feuerbach cuando afirma que de lo que se trata ahora no es ya de interpretar el mundo sino de transformarlo.
Negativamente, la ciencia no es interpretación de lo real, reconocimiento de la existencia o explicación de lo dado. La teoría freudiana de los sueños a pesar de su título, Interpretación de los sueños, no es en el sentido anotado, propiamente, una “interpretación” de los sueños. Es más bien una transformación, un reproducir, un hacer otro “lo dado” y se trata de una re-producción, una vuelta a producir en el siguiente sentido:
Marx afirma —como antes Kant y Hegel— que debe distinguirse entre el objeto de la contemplación, el objeto ante el cual el sujeto, arrobado se maravilla; la realidad como todo caótico y el objeto “en la objetividad”, como resultado de una actividad humana; la realidad efectiva, como “síntesis de múltiples determinaciones”.
Ello se desprende de la propia etimología de la palabra Wirklichkeit cuya raíz es wirk: obrar y, de este modo, la realidad efectiva, la “síntesis de múltiples determinaciones”; es lo elaborado. Lo producido a partir de la materia prima, la realidad presente, por la acción del sujeto; acción que por cierto produce, simultáneamente al sujeto que no es ahora un supuesto sino un producto.
La ciencia es el momento teórico, el momento pensado de este obrar, de esta re-producción de lo real: es la reproducción de lo real por la vía del pensamiento. Detengámonos, como Heidegger, en el concepto teoría.
Teoría, en su acepción más original quiere decir “tomar altura para contemplar”, “permanecer cabe el objeto”, ponerlo a disposición del sujeto. Así no hay apropiación sino de aquello que ha sido puesto a disposición del sujeto.
Y ciencia es también apertura. Apertura de un nuevo dominio de entes, apertura que ha de querer decir “poner en posición de ser apropiado”.
De esa forma la ciencia marxista, pone los medios de producción en posición de ser apropiados y al mismo tiempo re-produce al sujeto que ha de apropiárselos: el proletariado.
Y eso es también la ciencia freudiana.
La ciencia freudiana, lejos de “abrir un continente” cuyo contenido es un misterio, lejos de proponer una nueva “irracionalidad” para el hombre contornea, lentamente, un incontorneable y lo pone a disposición del hombre. Este incontorneable cuya nominación nada resuelve, el “alma”, aparece en la teoría freudiana con un contenido: historia, pasado, infancia, situación binaria o triangular, nudo pletórico de contradicciones. De esta manera, la ciencia freudiana es la apertura de un dominio del ente en el que penetra para contornear el llamado “inconsciente”.
Freud no sólo pone el “alma” en la objetividad transformándola en el inconsciente, sino que coloca al sujeto, al hombre en posibilidad de apropiarse de él y de apropiarse de su historia, ya no como una sucesión caótica de episodios sino como síntesis de las diversas determinaciones del sujeto.
Freud no sólo abre un “nuevo continente” sino que le brinda al hombre la posibilidad de conquistarlo.
Su concepción es profundamente dialéctica. Así como en Marx cada momento histórico es en su determinación universal lucha de clases, y el momento particular es un nudo de contradicciones que pueden reducirse en última instancia a esta lucha y a su ubicación de las mismas en el proceso productivo, en Freud el sujeto particular no es sino un nudo de contradicciones que pueden agruparse, a grosso modo, en tres núcleos que no son sino momentos, manifestaciones escindidas de una unidad originaria: ello, superyo y yo.
Estas determinaciones no son pues el resultado de la teoría freudiana sino su punto, abstracto, de partida. A partir de estas tres determinaciones unilaterales, abstractas, Freud puede llevar a cabo la síntesis que le permite re-producir aquel concreto caótico que es el sujeto.
Así Freud ha llevado a cabo una apertura del hombre hacia su inconsciente y su pasado personal. Ha tomado altura para poder contemplar esta historia y puesto al inconsciente cabe el hombre.
Pero la teoría freudiana —si se detuviera aquí— no sería sino un procedimiento terapéutico, un método de curación. El objeto de Freud, el “contenido” de su continente no puede reducirse al de algún otro. La teoría freudiana, su ciencia, no es adlátere o apéndice de la medicina del mismo modo como sus interpretaciones sobre Leonardo o el Moisés de Miguel Ángel no pretenden ser continuación de la estética; la ciencia de Freud tampoco es antropología ni sociología como pretenden hacernos creer quienes aún no han entendido a Freud; como se lo hizo ver Reich a Fromm. No puede ser nada de esto porque su objeto es radicalmente novedoso. Freud no es un médico brujo ni un brujo metido a médico. Tales concepciones no son sino la carga que ha tenido que sobrellevar el psicoanálisis al transformarse en un elemento de la ideología dominante de lo cual no es culpable Freud o su teoría sino aquellos epígonos que han transformado al psicoanálisis en modus vivendi.
Por ello afirmamos que el objeto de Freud es irreductible y por ello la ciencia freudiana, el psicoanálisis, tiene el derecho a ser considerada como algo irreductible también. Freud intenta, a partir del conocimiento de las historias individuales re-producir la cultura. Así los individuos son los elementos de una totalidad concreta y sin embargo la suma de ellos no es la totalidad concreta de la que forma parte. La sociedad no es la reunión de sus elementos sino la síntesis de ellos. Para Freud no va a ser el individuo quien explique la cultura sino la cultura quien dé cuenta del individuo, el cual no puede existir como un Robinson psíquico. El hombre es —como lo había afirmado Hegel— relaciones. Más tarde Fairbairn explicará las “estructuras endopsíquicas en términos de relaciones de objeto”. Freud intenta explicar —y su éxito nos tiene sin cuidado— las formaciones culturales a partir de la historia de los individuos. Pero esta explicación no es ni una explicación metafísica que busque aquello que es común a todos, ni tampoco pretende inducir a partir del inconsciente de un individuo particular las determinaciones de la cultura. Freud pretende, al contrario y como acabamos de afirmar, dar cuenta de los individuos a partir de la cultura para luego recorrer el camino en sentido inverso y re-producir la cultura misma. Esto es partiendo de esta cultura-realität, pasar por las abstracciones —en este caso los individuos— para llegar nuevamente al punto de partida, pero ahora con un conocimiento de este punto de partida; arribar, en fin, a la cultura como gegenstand, como wirkliche. En este sentido, la teoría freudiana no es una interpretación de la cultura sino una transformación de la misma para ser puesta a disposición del hombre.
De este modo Freud lleva a cabo la superación del inconsciente; con Freud el inconsciente desaparece como tal. Con Freud el inconsciente no es interpretado de un modo nuevo o distinto sino transformado en su contrario, el hombre adquiere conciencia de su inconciencia, recupera aquello que se le había ocultado tanto tiempo y lo domina.
Pero la historia no aparece en el seno de la ciencia solamente como elemento explicativo, como eje de una teoría científica, sino también como explicación misma de la ciencia en cuestión; de otro modo no tendríamos manera de distinguir entre la ciencia y la poesía; entre Freud y Rimbaud, no tendríamos modo de explicar las diferencias entre las abstracciones científicas de Freud y las abstracciones ideológicas, precientíficas de los manuales de “interpretación” de los sueños (onirocríticos).
La diferencia sustancial entre el pensamiento poético y el pensamiento científico —cuyas similitudes son mucho más profundas que las que de manera subjetiva se pretenden dar— es la historia particular de cada uno de ellos. El arte, la poesía, desde un cierto punto de vista son inmunes al paso del tiempo. La ciencia, por el contrario, está profundamente vinculada a la historia de las sociedades humanas. Comprender, pues, una teoría científica, no puede ser algo que soslaye la historia particular de esa ciencia y del contexto en que se desarrolla. Sin embargo no pretendemos hacer esta historia del psicoanálisis sino, de momento, apuntar algunos elementos que serían de utilidad en esta tarea.
Concebimos la historia de 1a ciencia a partir de dos hechos básicos:
Primero, que la ciencia no se constituye mediante un proceso lento de acumulación sino mediante un proceso de grandes revoluciones en las que, a partir de las ruinas de lo que se destruye, surge una nueva explicación que niega todas las anteriores. Creemos que resulta claro que con Freud nos encontramos ante una destrucción sistemática de todas las teorías previas sobre “el alma”.
Segundo, creemos que las teorías científicas no aparecen, en un primer momento, como teorías sino como conceptos en torno de los cuales y a partir de los cuales se estructura una teoría científica. Estos conceptos, a su vez, no son productos arbitrarios sino que deben explicarse a partir de problemas que la propia cultura del momento permite que sean planteados y resueltos. Así, la historia de las ciencias debe reducirse a la historia de las coyunturas culturales —o ideológicas, si se quiere— que posibilitan la aparición del concepto como respuesta a un problema.
Intentaremos, a continuación, dar cuenta de algunos de los conceptos que propone Freud y del modo como, a partir de ellos, puede construirse la teoría psicoanalítica. No pretendemos, por ahora, establecer las coyunturas que han posibilitado estos conceptos ni tampoco el significado que tienen como superación de explicaciones previas.
Así debemos ser conscientes de que el pensamiento, ya no digamos del psicoanálisis, sino de Freud, sufre un momento de cambios impresionantes en lo que va de la octava década del siglo xix a la tercera del siglo xx: entre Psicoterapia de la histeria, Proyecto para una psicología científica para neurólogos, la correspondencia a Fliess y las últimas obras epistolares de Freud media un abismo aparentemente cargado de contradicciones. Pocas personas conocen en forma analítica y sintética la obra de Freud. En el medio mexicano, el número es aún más reducido, incluyendo a los técnicos del modus vivendi, los psicoanalistas. Freud, por fortuna, no tuvo tiempo de hacer una revisión exegética de su obra, que limara sus aparentes contradicciones. Afortunadamente, puesto que ello permitió que, desde el exilio en Londres, recibiéramos algunas de sus obras más acabadas: Análisis terminable e interminable, Las construcciones en el análisis y el Moisés la religión monoteísta. En una síntesis muy breve, trataremos de bosquejar los momentos fundamentales de la obra de Freud.
Imbuido, apasionado e impactado por el caso de Ana O. de Breuer, publica sus primeros historiales clínicos: Emmy, Isabel, Lucy y Katy. En ese entonces manejaba un lenguaje icónico. Se suponía que un trauma único era susceptible de producir un síntoma. Un sapo que asustaba a Emmy, cuando saltaba al levantar ésta una piedra, le producía un tartamudeo. Hasta entonces y hasta mucho tiempo después, se ignoraba que el trauma no era tal sino simplemente un episodio que se podía analogizar como signo de un significado complejo y permanente. En forma sistemática, durante muchos años, se confundieron los signos con los significados y se pensó que desentrañando el signo, sin tocar el significado, la enfermedad desaparecía. En gran medida este descubrimiento, exacto, pero particularmente parcial, acuñó la frase de que la curación podía definirse como “hacer consciente lo inconsciente”. No se había tomado en cuenta un imponderable que se daba en la relación médico-paciente: la relación misma; por otra parte este defecto, no solamente se da en la relación psicoanalítica sino también en la médica, en la pedagógica y en la política.
En 1905, y a partir de la huida del tratamiento de Dora y del análisis del “cigarro puro del señor K”, Freud se da cuenta de cómo él mismo puede ser representado por la coincidencia del hábito de fumar con un personaje real de la vida de Dora: el señor K. Descubrimiento sustantivo y eje del método terapéutico y de concepciones teóricas ulteriores: la transferencia. Alrededor de ese tema, surgen La transferencia, Sobre el amor de transferencia y otros.
Nuevo momento sustantivo: hay sujetos que recuerdan para no repetir (obsesivos), otros que repiten para no recordar (maniacos e histéricos). Recuerdo, repetición y elaboración es columna teórica y práctica del ejercicio práctico y teórico del psicoanálisis. La última repetición, la vivida en la relación interpersonal es la que se da en la transferencia, el modo de saludar, de despedirse, de seducir y de alegrarse no son sino reiteraciones y repeticiones de pasados remotos. La conducta es un trozo de historia. Frase perogrullesca que nos ha costado tanto trabajo aceptar en materia psicológica, no así en lingüística ni en culinaria. No tenemos idea de la fuerza que aún tiene, en nuestras deformaciones conceptuales el “libre albedrío”.
El cuarto, último y más discutible momento de la concepción freudiana, es el de la “compulsión a la repetición”. No explicándose el vienés la inercia al cambio prospectivo, se ve precisado a introducir justamente eso, un principio de inercia regresivo “el instinto de muerte”. El cuestionamiento a este instinto deriva de lo siguiente: ¿Realmente existe? o más bien podríamos afirmar lo que sigue: el niño se encontró con objetos frustrantes y dañinos; pero al fin y al cabo, objetos. Prefiere a estos objetos y los busca porque lo opuesto, no aprendido, sería la soledad aniquilante.
Muy brevemente, quizá parcialmente, a nuestra manera de ver, estos son los momentos determinantes. No sólo se repiten episodios y significados sino también el ritmo y el tiempo, la melodía y las disonancias con que y en que acontecieron.
Esquemáticamente, enumeraremos lo que consideramos son los postulados sustantivos de la obra de Freud:
La conducta está motivada. No queremos abundar en ejemplos derivados de la psicología experimental, la antropología y la sociología. Las ratas de Hunt, La adolescencia y cultura en Samoa de Margaret Mead y La marca de la opresión de Kardiner son escasos ejemplos a los cuales el auditorio puede recurrir.
La mayor parte de las motivaciones conductuales son inconscientes. Desde los experimentos de Charcot hasta los estudios actuales la afirmación anterior puede ser cabalmente corroborada.
La mayor parte de las motivaciones inconscientes determinantes de la conducta se gestaron en la infancia. Conducta lingüística, genital, procreativa, alimenticia. Una vez más “la conducta es un trozo de historia”.
Las motivaciones de conducta generadas en la infancia tienden a repetirse. “Compulsión a la repetición”, “tinto de muerte”. En lenguaje coloquial se puede expresar “cada quien se busca su cada cual”, o más aún, cada quien le pone a su leche el café que puede. Quisiéramos agregar una idea, que parece ser original: “Cuando la vida no le brinda a cada quien su cada cual, el sujeto se encarga asidua y minuciosamente de modificar las condiciones que le rodean para adecuarlas a sus necesidades internas.
De estos postulados, a nuestra manera de ver básicos y cuyas implicaciones son ilimitadas, deriva la dificultad del cambio. Es preciso la transformación prolongada y permanente del mundo externo para lograr modificaciones en el mundo interno, tanto en lo individual como en lo social.
Hemos por fin de concluir pidiendo disculpas al auditorio, por sobrellevar con nosotros y ser testigos de un diálogo complicado, no sólo por las dificultades derivadas de él sino por nuestra pretensión de establecer nexos entre psicoanálisis y marxismo, complicado también por las dificultades históricas a que los autores nos enfrentan. Trataremos de dar un bosquejo, no sólo de una posible reconciliación entre psicoanálisis y filosofía, sino también de una reconciliación entre generaciones. En ello, en este pergeñamiento hay todavía, y de ello nos declaramos absolutamente culpables, mucho de incompleto.
Sin embargo creemos que solamente a partir de una comprensión del psicoanálisis que tome en cuenta la multiplicidad de factores que en él confluyen, solamente superando la curiosidad natural que sólo quiere ver, hemos de comprender al psicoanálisis como respuesta al problema de la unidad esencial de la conducta humana, la unidad esencial de la vida del hombre.
