1983
El texto fue originalmente escrito para Obras Escogidas, de 1983, editado en ocasión de su nombramiento como profesor emérito de la Facultad de Psicología de la UNAM.
Incluido en la segunda edición de Ajuste de Cuentas, 1996.
A MANERA DE EPÍLOGO
Pero,
de haber sido otra mi historia
sería siempre la misma.
Pídeme que desande lo andado
y en mí renacerán
los sueños que mi madre tejía
cuando apenas me gestaba.
Elisa Ramírez
1. Punto
Dos han sido, nuevamente, las pasiones intelectuales de mi vida: Freud y México, el mexicano y el psicoanálisis.
Treinta años después, la figura de Freud se agiganta. Examinar su obra durante varios años, en la Facultad de Psicología, me hizo engrandecerlo. Llegué incluso a pensar en una trilogía —a la manera de El profeta armado, el desarmado y el desterrado de Deutscher— cuyas partes se nominasen Freud, el joven; Freud, el hombre y Freud, el cáncer.
Treinta años después tras el estudio exegético de la obra de Freud, fuente de inagotables reflexiones, puedo sintetizar mi idea del psicoanálisis distinguiendo en él dos corrientes de pensamiento: por un lado, el psicoanálisis concebido como método terapéutico; por el otro, el psicoanálisis en tanto conocimiento que escudriña la conducta. Como método terapéutico, es pobre, increíblemente prolongado, costoso, reiterativo y poco eficaz; como sistema filosófico, explicativo de la conducta, es el sistema más acabado y profundo para encontrarnos con el hombre.
Treinta años después, en México, el psicoanálisis ha florecido: si en 1952 iniciábamos el movimiento psicoanalítico tres analistas, en la actualidad múltiples asociaciones abrigan y dan enseñanza a más de cien estudiantes. Un examen minucioso del psicoanálisis en México informaría de un crecimiento y un desarrollo espectacular de la psicología profunda.
Treinta años después, sin embargo, he abandonado asociaciones y sociedades porque, en rigor, éstas se han transformado en sindicatos cada vez más cerrados. En ese orden de ideas, ya no me proporcionan nada de lo que en los primeros años me pudieron dar: en la actualidad, no me brindan absolutamente nada.
He abandonado, también, la práctica terapéutica: se trata de una vinculación personal, larga, prolongada, que lleva muchos años. He abandonado este trabajo paulatinamente, cediendo a la sensación de que el tiempo que podía invertir en el trabajo con un paciente, a estas alturas de mi vida, era particularmente oneroso tanto para mí como para el paciente. Yo recomendaría a los psicoanalistas de mi edad que hicieran lo propio dejando el paso a la gente joven.
Las asociaciones y las escuelas de psicología están marcadas por una ausencia que me deja muy insatisfecho: la ausencia de Freud. Luchar ahora por restituirle una presencia me parece muy difícil; para eso, ya estoy muy cansado.
Treinta años después, a pesar de lo que otros piensan, mi idea de lo mexicano no se ha modificado en lo sustantivo. Hablé de las limitaciones terapéuticas del psicoanálisis. Estas limitaciones se fincan, sustancialmente, en la compulsión a la repetición y en la pulsión de muerte. Entre ambas, hacen que el cambio sea difícil y muy limitado. Ciertamente, el entorno social se modifica, pero sus modificaciones no han movido la estructura. Probablemente, esta estructura se exprese en formas nuevas. No obstante, sigue siendo la misma. Es obvio que una pulsión puede buscar vías de expresión diversas según las circunstancias, pero ello no es sino una tenue modificación del suceder psíquico, tanto desde el punto de vista de la función individual como desde el de la función social. La mujer se mueve en un ámbito distinto, efectivamente, al de hace treinta años, pero sigue usando este nuevo ámbito con iguales características estructurales. Algo análogo puede decirse del varón: ha variado el instrumento pero la cultura machista sigue siendo la misma. Se requiere mucho tiempo para lograr cambios básicos.
Treinta años después puedo decir que volvería a hacer lo mismo. No existe, hasta el momento, ninguna otra disyuntiva que brinde mejores perspectivas.
Y, sin embargo, me he retirado. Retiro que es un síntoma y no el resultado de una sensación de derrota. En comparación con mis fantasías juveniles, siento que la vida me ha dado más de lo que yo le pedí. Siento además, a diferencia de Freud, que tuvo mucho que dar hasta los últimos días de su vida, que yo ya di lo que tenía que dar. Creo también que fue recibido: nunca dicté dos cursos iguales; me molestó mucho, siempre, la idea de ser un maestro de primaria: si no puedo ofrecer cosas nuevas, prefiero el silencio del retiro.
2. Contrapunto
En términos más profundos, quizá mi condición fundamental sea, quizá, depresiva. Melancólica desde siempre.
Es una condición que está obviamente vinculada a mi gusto por León Felipe, a mi pasión por lo mexicano e incluso a mi lectura de Freud. Depués de todo, el trabajo en estos terrenos es particularmente deprimente. Pero en cierto sentido el depresivo, como el maniaco, se busca las condiciones apropiadas, en el curso de la vida, para alimentar su manía o su depresión: van por la calle por donde les gusta andar y eligen ésa y no otra.
Esto, naturalmente, lo sabía desde que me metí en ello, pues probablemente la situación temprana que creó esta pasión fue —como he dicho en otro sitio— la de un padre que me consideraba el “idiota de la familia”. En ese sentido, mucho de mi actividad iba, superficialmente, contra ello. A la postre, fue hincarme en ello. Seguramente uno de los elementos que determinaron que buscara esa línea fue el hecho de que mi padre fuera neurólogo y psiquiatra.
Se ha dicho que estoy mal psicoanalizado. En efecto, me analicé con un maniaco que movía la barba a risa; con él, mis condiciones depresivas encontraron su forma. El análisis me forzó a buscar señales fuera; hube de sobrevivir en otro sitio.
La pulsión de muerte es consecuencia de la frustración: a mayor frustración, mayor agresión. Mi silencio es el resultado de una frustración. A fin de cuentas, la condición de todo hombre más o menos pensante es muy frustrante. Pero hay, empero, variedades de la frustración, características que la matizan. No hay contradicción: mi actividad como fundador del psicoanálisis en México, en torno de Freud y del mexicano siguen una línea depresiva sin que esto quiera decir que mis metas, dentro de este contexto limitado, no hayan sido logradas. Mi actividad, en una ciencia frustrante, ha sido gratificante: estoy satisfecho de mi acto de fundación en la misma medida en que estoy frustrado por él; y lo mismo puedo decir de mi práctica terapéutica o de mi quehacer académico.
Ciertamente mi condición actual es la de la soledad intelectual; quienes me siguen lo hacen más por afecto que por escuela, pero ¿acaso es gratificante tener escuela?
Treinta años después y a pesar de los pesares, mi satisfacción fue lograr algo; eso hizo, después de todo, que mi depresión se realizara.
En la vieja Facultad de Medicina, la generación de mi padre, colocó una placa con un poema de Baltazar Izaguirre Rojo:
Por eso hemos venido, tus hijos de entonces
a traer, en medio de la risa de tus hijos de ahora,
una lágrima santa que rasge tu cantera
y, del beso del crepúsculo, haga beso de aurora
