1981
Este trabajo fue escrito con antelación, muy probablemente para alguna conferencia o charla en los Centros de Integración Juvenil. Publicado como ¿Existe la adolescencia? Un intento interdisciplinario de definición Gradiva, Revista de la Sociedad Psicoanalitica Mexicana. vol. II, núm. 1, 1980. Reproducido en Gradiva.Vol. III, núm, 2, 1989.
Desde la universalidad de Spranger, Psicología de la Edad Juvenil, hasta el localismo latino de Aníbal Ponce, Soledad y Angustia en el Adolescente, la adolescencia se ha venido describiendo en términos formales carentes de contenido social y psicológico. Los psicólogos del positivismo y del conductismo se han hecho coro para enfocar con adjetivos banales la problemática de una edad. No han puesto énfasis en la verdad o mentira de una fenomenología aparentemente bien descrita. Más profundos han resultado los grandes escritores de la literatura universal. El adolescente de Dostoievsky, el de Joyce describen con acuciosidad los problemas apenas soslayados por los psicólogos.
Toda edad tiene su problemática y ésta es el resultado de contradicciones evidentes entre las potencialidades biológicas inherentes a ella y las posibilidades que la cultura brinda para satisfacerlas.
El adolescente, hombre o mujer, se encuentra en el umbral de una realización cabal desde el punto de vista biológico; la limitación socioeconómica que la cultura le impone hace que la distancia que media entre posibilidad y logro sea cada vez mayor. En un mundo cuyo dominio técnico, cuya competencia y rivalidad demandan cada vez una mayor cuantía de aprendizaje, el hiato entre la potencialidad y la adquisición se hace cada vez más insalvable.
Cuando la cultura y la biología entran en contradicción, el terreno se hace propicio y fértil para el conflicto, la problemática y la patología.
En nuestra cultura, la adolescencia es el resultado de un conflicto evidente entre una biología propicia a la maduración y una sociedad prohibitiva.
La investigación antropológica realizada por Margaret Mead, confirma la afirmación expresada. En otras latitudes los ritos de iniciación eran ceremonias con las cuales la cultura abría la puerta a una biología potencialmente madura.
El adolescente percibe dentro de sí una biología capaz de expresarse en tareas fecundas y creadoras, en todas las gamas de la participación social y también en la procreación y encuentra una sociedad que ofrece como programa único la postergación de una década o más a las imperiosas necesidades.
Una edad determinada, como un espejo, expresa tanto en su normalidad como en su enfermedad la patología de la comunidad de la escuela o de la familia.
El adolescente es un sujeto deseoso de encontrar un marco, una identidad y una filiación que lo definan e integren. Un marco que encuadre tanto su papel dentro del contexto familiar en el que se desarrolla como en referencia al control ante los impulsos amenazantes.
Una identidad que le permita emplear las funciones ejecutoras del yo para brindarlas oportunamente a la realización de un esquema, programa y plan dentro de los cuales obtener seguridad; búsqueda de identidad en cuanto al papel sexual, a la participación social y a la integración intelectual y económica.
El adolescente desea una filiación con la que obtenga la seguridad de la que biológicamente carece; un grupo dentro del cual pueda sin menoscabo de su integridad, satisfacer necesidades pasivas y de dependencia; un grupo a través de cuya estricta y consistente acotación pueda encontrar los valores tras los que navega.
Si hacemos a un lado la escala de valores con la cual juzgamos las agrupaciones y vinculaciones humanas y nos adentramos en la dinámica de la pandilla, encontraremos en ésta una estructura encomiable, digna de ser imitada por aquellos que la acusan: familia y sociedad. La pandilla no es patológica en su estructura sino en la utilización antisocial que de ella se hace. En la pandilla hay un líder que impone un sistema consistente de valores y reglas. En ella, el adolescente adquiere identidad; se siente aceptado cuando lleva a cabo tal o cual ordenamiento, los cuales son consistentes, a diferencia de los artificiosos y en ocasiones confusos aportados por el hogar. En la pandilla existe un sistema de normas rígidas seguidas leal y estructuradamente. Claro está que este armazón carece de principios propios. Habitualmente erige sistemas de valor que no son sino la negativa y oposición sistemática a los sistemas de valores estructurados por la familia, ésta última agente y vector de la primera.
El adolescente tiene que afrontar otras contradicciones en forma aguda. Una imagen de un mundo ideal en contraste con el que la realidad le enfrenta. El ilusorio concepto del progreso se ha resquebrajado. Las contradicciones internas del sistema y el precio tan intenso que se ha pagado por el desarrollo se han puesto en evidencia y el primero en percatarse de ello ha sido el pobre estudiante, generación nueva con capacidad de pensamiento político y social que descubre abruptamente el gran engaño, la gran frustración y por ende dispara desorbitadamente y con celo su gran violencia.
La desproporción demográfica, por otra parte, entre la generación joven y la vieja es alarmante. Actualmente más del 59% de la población masculina del país tiene menos de 19 años y casi el 68% menos de 24. El 58% de las mujeres tiene menos de 19 años y 66% menos de 24. Un mundo de jóvenes es regido por un mundo de escasos, muy escasos hombres maduros y viejos. La cantidad de oportunidades que se brindan a esta población juvenil en permanente desarrollo no corresponden a sus necesidades básicas. Siempre que encontremos una frustración excesiva la resultante va a ser una gran violencia.
En México y en todo el mundo no se puede hablar de la familia en general porque su normalidad o patología variará en los diferentes estratos sociales.
En la familia indígena no existe, a nuestra manera de ver, una patología susceptible de crear una adolescencia enferma; en este sentido podemos expresar que hasta cierto punto la adolescencia es un lujo. La presión socio-cultural hace que el indígena, más allá de todos los programas de incorporación, tenga un cabal sentido de identidad y filiación. La ambición, la diferencia de sexos y la limitación participante del niño en la familia, no existen. Tan pronto se encuentra apta, o en ocasiones muy antes de ello, la biología del niño se transforma en satisfactor dentro de la comunidad limitada y dolida.
En las clases urbanas pobres, la patología de la adolescencia es el resultado de la desarticulación familiar. Madres solteras, padres ausentes, rivalidad fraternal condicionan patología adolescente particularmente masculina. El adolescente carece de posibilidades de integrar una imagen masculina fuerte que le enmarque, estructure y brinde identidad. Las imágenes masculinas le son extrañas. En una pandilla o clan, erige leyes que le llevan a buscar identidades en las caricaturizadas imágenes que se encuentran a su alrededor. La necesidad del héroe, del líder y de la lealtad a un jefe son forma bizarras de demanda y protesta a la vez por algo que la familia, la escuela, la sociedad no brindaron. La pandilla contemporánea viene a sustituir el sentimiento de solidaridad que antes brindaba la familia y sus lazos en una cofradía medioeval de artesanos. En nuestro proceso de aculturación, pasamos de un feudalismo sedimentado, limitado y pobre, a una edad industrial limitada y rica sin una planeación adecuada y, por ende, sembrando todas las semillas de la patología mental que nos invade.
En el mundo de provincia esta desarticulación familiar es menos intensa; allí, la familia no está martirizada por la búsqueda despiadada de subsistencia.
En las clases media y superior, el sistema de valores de la familia, se enlaza al concepto de poseer y tener más que al de ser y estar. Poseer y adquirir se transforman en meta más que en medio. La escuela y la familia apoyan y dan validez a esta concepción.
La patología del adolescente oscila entre el desafío brutal, monstruoso y siniestro del portoriqueño del barrio pobre de Nueva York y el tedio vital carente de intereses del bostoniano, hijo único de familia pudiente.
Es importante que el pediatra, el psicólogo, la trabajadora social y los restantes rectores de la comunidad no se alien con la familia para castigar la patología del adolescente; en lugar de ello han de rectificar las condiciones morbosas que hicieron posible su existencia.
El adolescente habrá de enfrentarse con toda su problemática a un mundo que no vacilamos en calificar de enfermo. Como decía Paz: «después del desengaño de las ciencias y de las técnicas, el hombre buscará una poética. No el secreto de la inmortalidad: la fuente de la vivacidad, el chorro que funde vida y muerte en una sola imagen erguida…» «El hombre de la técnica es una mezcla de Prometeo y Sancho Panza, es el ‘americano típico’: un titán que ama el orden y el progreso, un gigantón fanático que venera el hacer y nunca se pregunta qué es lo que hace y por qué lo hace. No conoce el juego sino del deporte. Arroja bombas en Vietnam y envía mensajes a su casa el día de las madres, cree en el amor sentimental y su sadismo se llama higiene, arrasa ciudades y visita al psiquiatra. Sigue atado al cordón umbilical y es explorador del espacio exterior. Progreso, solidaridad, buenas intenciones y actos execrables. No es el hombre de la desmesura, es el desaforado».
RESUMEN
En nuestra cultura, la adolescencia es el resultado de un conflicto evidente entre una biología propicia a la maduración y una sociedad prohibitiva.
Una edad determinada, como un espejo, expresa tanto en su normalidad como en su enfermedad, la patología de la comunidad, de la escuela o de la familia.
El adolescente es un sujeto deseoso de encontrar un marco, una identidad y una filiación que lo definan e integren, la sociedad actual no da esas oportunidades al adolescente. En nuestro proceso de aculturación, pasamos de un feudalismo sedimentado, limitado y pobre, a una edad industrial ilimitada y rica sin una planeación adecuada y por ende, sembrando todas las semillas de la patología mental que nos invade.
Es importante que los responsables de la salud en la comunidad no se alien con la familia para castigar la patología del adolescente; en lugar de ello han de rectificar las condiciones morbosas que hicieron posible su existencia.
