AJUSTE DE CUENTAS

1979

Introducción


Apareció en las dos ediciones de este libro, de 1979 y 1996
En Obras Escogida

Este libro nació bajo el incentivo de mi hijo. Originalmente matemático y después filósofo, empezó a interesarse por los sucederes psicológicos y psicoanalíticos. Deseoso de cuestionar la ciencia, el método, el supuesto rigor de una y otra, quiso que ajustáramos cuentas a la manera de la frase de Marx. Revisemos nuestra producción; a la manera de Freud, convirtámonos en “magos de la sospecha”, en honestos trabajadores de la duda. Una revisión sistemática y conjunta nos llevó a los caminos de “mi creación”. De Corinto a Tebas surgieron las interrogantes de la Esfinge. Un Edipo que encuentra al Layo y cuyo destino final estará en Colona. Todos nos hemos enriquecido en la realización de este trabajo conjunto. Mi deseo es que a los lectores les acontezca lo mismo. En toda la obra se expresan las dos pasiones sustantivas que me han acompañado en mi historia académica: México y Freud.

I

Santiago Ramírez–Nací en 1921, por tanto tengo 57 años. Soy el hijo menor, único varón de tres vástagos. Mis hermanas me llevan, la inmediata cuatro años, y la mayor ocho; por tanto, puede decirse que prácticamente fui hijo único, tanto por mi sexo cuanto por mi edad. Mi infancia estuvo poblada de mujeres en el contacto emocional, cercanía y encuentro afectivo; dos hermanas, mi madre y tres criadas, de las de aquellos tiempos, que entregaban su soltería y que realizaban vicariamente su maternidad a través del “nene”, en su relación conmigo; mundo poblado de mujeres asexuadas. La falta de expresión sexual era la consecuencia o de lazos familiares o de prohibiciones sociales.

En este universo de mujeres asexuales se desarrolló mi infancia. La rectora moral —si no ejecutante— de las normas sociales, religiosas y morales, era mi madre. Con ser laico mi padre, dejaba en manos de mi madre las creencias y prácticas religiosas: “son asunto de mujeres”. Por supuesto que mi madre, como sus secuaces ideológicas (hermanas y sirvientes), creía en la inocencia del niño. Los hijos no eran concebidos sino traídos, la vida sexual estaba proscrita de conversaciones, alusiones y pensamientos. Cualquier idea alusiva que penetrara en mi mente era objeto de “confesión”, cada viernes primero de mes cuando se la explicaba al sacerdote, con un vago “he tenido malos pensamientos”. Afortunadamente el cura, por sabiduría o por aburrimiento, no entraba en mayores averiguaciones con respecto a la vaguedad del enunciado.

Junto al contacto cotidiano, cercano, cálido y sin sexo de las mujeres, se encontraba la idealización del padre, así como la terrible responsabilidad y miedo por llegar a su altura. Responsabilidad porque tenía prestigio y gozaba en lo intelectual de gran respeto por parte del mundo mujeril, y miedo a ser como él, dado el jacobinismo, en lo religioso y político, satanizado por las hembras. Las perpetuas discusiones de sobremesa, “Dios no existe”, “los curas son ladrones”, etcétera. La réplica no se hacía esperar: “¡réprobo!” “los sacerdotes representan a Dios sobre la tierra y Porfirio Díaz es nuestro único héroe, el que frenó el peladaje”. Mi madre era “decente” en lo ideológico, mi padre un “pelado”. Mensajes dobles, no obstante, mis padres procedían de un parecido nivel social pese a sus disidencias.

Si bien estos mensajes promovían los conflictos correspondientes, no menos cierto es que su duplicidad siempre fue unívoca. Una duplicidad unívoca que la sociedad en que nací consideraba normal. Una doble moral sexual, una identidad definida que ambas partes aceptaban y apuntalaban. La mujer era mujer y el hombre, hombre, a pesar de las ventajas o desventajas que esa u otra definición trajera aparejada. No existían ni crisis de identidad, ni perturbaciones en el esquema. La crisis de identidad vino muchísimos años después. Vivíamos en las décadas de la epístola de “Melchor Ocampo”, con definiciones concretas y totales. No entraré en más detalles que nos llevarían a repetir los slogans del “Año de la mujer”, aburridos por repetidos.

El desarrollo intelectual del niño es más lento que el de la niña, más que por razones biológicas, porque la cultura permite al varón mayor derivación de sus impulsos y tendencias por la vía motora. Si a esto se aúna que en su afán porque yo “fuera más decente” mi madre me colocó en escuelas cuyos alumnos eran de una clase socioeconómica más alta (por mucho) que aquélla a la que yo pertenecía, mi rendimiento escolar era muy inferior al de mis hermanas. Agréguese a esto la situación académica y profesional de mi padre, que era muy superior a la de sus logros económicos, lo que traía como consecuencia que yo funcionara en desventaja con los hijos de sus pacientes, quienes habían de transformarse en amigos cercanos de la infancia. Comparar cómo vestían, cómo comían, con la forma en que se hacía en casa, nos hacía sentir a nosotros como clase media inferiores, frente a una burguesía de fuerza creciente.

Los hechos eran abrumadores y hay que añadir que, ante cualquier equivocación de mi persona, el fracaso (desde mi punto de vista) más insignificante, desataba el juicio de mi padre: “mi único hijo, cretino y andrógino”. Por supuesto, ignoraba lo que significaba “cretinismo y androgenismo” ni sus relaciones con el yodo y las glándulas de secreción interna, pero sí me percataba, al menos, del tono y de la intención.

Las cosas se modificaron, parece que a partir del último año de primaria, cuando me cambiaron del colegio “decente” a una escuela de “pelados”: en ésta logré el mejor promedio de mi clase, quizá no por mis méritos como tampoco fue en lo anterior por mis defectos. Simplemente, había cambiado mi entorno: en el nuevo hábitat yo era el “decente” y ellos los “pelados”.

Quiero hacer la aclaración, observando las cosas con relativa objetividad, de que yo no era ni muy buen estudiante, ni cretino: era del montón, sin pena ni gloria.

Para que todo lo anterior pase de lo anecdótico a lo que pueda tener un significado esencial, sinteticemos mis troqueles:

a) mundo de mujeres
b) mujeres asexuadas y filiales
c) idea de ser un “cretino castrado

Mi gentilicio es el de mi padre, Santiago, y el de mi hijo, al que no haré referencia ya que tiene cualidades para hacerlas por sí mismo. Más tarde supe que Jacobo el apóstol, al hacerse santo, se transformó en San Jaco, que hispanizado al transcurrir por la ruta de Compostela, asumió el Santiago. Te llamas igual que él, pero habrás de luchar denodadamente para alcanzarlo. Te estimula la igualdad del gentilicio, la sobreestimulación del mundo de mujeres que sólo el día en que te casaste dejaron de decirte “nene”, pero te frena el “andrógino”. Qué peso no tendrá la infancia, qué fuerza no tendrá la historia que, hasta la actualidad, he sido renuente a que me apliquen un Weschler.

En mi familia, la importancia de la inteligencia tiene su historia. Por vía materna breve. Mi abuelo materno murió antes de que mi madre naciera y ésta falleció a los 94 años, es decir mi abuelo vivió y creció y se desarrolló políticamente en los inicios del porfiriato; hago esta aclaración porque fue médico de don Porfirio y senador por Oaxaca. Parece que fue un médico distinguido y connotado; prueba de ello es que descubrió la naturaleza contagiosa del mal del pinto. El primer nombre con que se bautizó a la espiroqueta transmisora del padecimiento fue el de espiroqueta Sandovali; ulteriormente y en función de los profundos estudios hechos sobre ella y la enfermedad, se la designó cómo espiroqueta Herregoni en mérito al trabajo de González Herrejón.

Los huérfanos tempranos tienden a idealizar a sus padres, “si mi papá viviera”, “si hubieras podido recibir su ayuda moral, económica”; viven en el “si”. Mi madre huérfana supertemprana y con hechos históricos en la vida de su padre transformó este “si” en un gran SI, con el cual no podía competir ningún ser viviente. Mi abuela murió hace relativamente poco tiempo; guardó luto al abuelo desde su temprana viudez hasta su muerte. Hasta aquí por la rama materna.

Por la paterna, repito, mi padre tenía análogo gentilicio al mío. Era hijo de Manuel Ramírez, ingeniero civil y de Refugio Vázquez. Manuel no ejerció la profesión sino que dedicó su actividad a la enseñanza; profesor de la Escuela Normal de Señoritas, fue maestro de mi madre, ulteriormente esposa de su hijo; de la Escuela Preparatoria, la de Gabino Barreda y por ende positivista y laica a ultranza. El libro de texto de aquel entonces lo signaba Geometría Analítica. No es cuento ni mitología genealógica. Cuando murió mi padre doné el manuscrito a la Escuela de Ingeniería, la que por entonces era dirigida por Javier Barros Sierra.

El primer Santiago de quien tengo información es un tío de mi padre, hermano de Manuel. Este Santiago era ingeniero de minas y escritor. Autor, entre otros trabajos, de Noticia histórica de la riqueza minera de México, y de su actual estado de explotación (México, 1884), Litología. Introducción al estudio de las rocas (México, 1886), Datos para la historia del Colegio de Minería (México, 1890), Biografía del Sr. D. Andrés Manuel del Río. Primer catedrático de Mineralogía del Colegio de Minería (México, 1891), Estudio biográfico del Sr. Ingeniero D. José Joaquín Arriaga (México, 1900); murió en Atzcapotzalco, D.F.

Habiéndose retirado, por un accidente traumático en el ejercicio profesional, con una fortuna importante, dedicó el resto de su vida a obras pías y a la escritura de ideas moralizantes en libros como El matrimonio perfecto y similares.

Su cuantioso caudal económico fue mermado por la entrega de dotes para religiosas y significativas donaciones al clero. Muere en casa de su sobrino, mi padre, con unos cuantos centavos en la bolsa. Se puede encontrar una reseña importante y breve en el libro de Artemio del Valle Arizpe Por la vieja calzada de Tlacopan en la cual aparece en el capítulo de “habitantes ilustres”. Mi hermana mayor aún lo recuerda.

Ignoro si hubo otros hermanos, además de Manuel y Santiago.

Por la rama materna de mi padre, de apellido Vázquez, parece que mi abuelo era un tal Rufino Vázquez, director del Colegio Militar.

Por todos los hechos confirmados o supuestos cabe pensarse que si una familia de aquellos tiempos podía formar profesionales era porque pertenecía a un grupo particularmente elitista.

Dudo mucho de la crónica verbal de mi padre, a la que era muy afecto, y de la cual hacía alarde de conocimiento. Hacía partir peculiaridades físicas —la belleza de los ojos de las mujeres de su familia— de ancestro árabe. Aquí ya entraríamos en el terreno de la mitología.

De los muchos hijos de mi abuelo paterno, dos se destacaron. El mayor, oftalmólogo —Manuel— y mi padre; muchas mujeres, dadas al hogar y buenas cocineras, y un número significativo de sinvergüenzas; sus episodios, quizá también hipertrofiados, forman parte del legendario mito del “malo”.

Al escribir estos datos biográficos y consultar diccionarios y otras parafernalias, hay hechos que me sorprenden, y a los cuales haré alusión más adelante.

Mi padre —ser de mitologías— difundió la idea de ser nieto del “Nigromante”; le complacía, y a nosotros sus hijos también. Comparando fechas, lugares y datos, esto, aunque no nos agrade, no es posible, de la misma manera que no lo es un escudo nobiliario del cual también hacía alarde. Clase media alta, quizá un poco por arriba solamente. Ni más ni menos. No sé si por desgracia o por fortuna.

Al terminar su primaria mi padre queda huérfano. Ignoro por qué no le ayudaron su hermano mayor, o su tío el ingeniero de minas de igual nombre, que tan dadivoso se mostró con las religiosas. El hecho concreto es que interrumpe sus estudios y se ve obligado —¿serán nuevos mitos?— a dormir en una banca de la Alameda y, lo que sí es verdad, a trabajar en un empleo subalterno durante un periodo de dos o tres años.

Después es ayudado por Limantour; trabaja en la Dirección de Correos y estudia, regulariza su preparatoria, e ingresa a la Escuela de Medicina. Uno de sus libros, la Patología general lo dedica, entre otros, a José Ives Limantour expresando: “Sin título y sin don así lo amo y venero.”

Ingresa al Hospital Militar para realizar la parte clínica de su aprendizaje; aún no había sido fundada la Escuela Médico Militar. Sus maestros predilectos José Terrés y Ángel Hidalgo. José Terrés, muchos años después, lo postuló una primera vez fracasando, y una segunda con éxito, como miembro de la Academia Nacional de Medicina.

Allí ingresa el mismo día José Joaquín Izquierdo.

En la sala de espera del consultorio de mi padre existía un retrato del grupo de alumnos, vestidos de militares, de don Ángel Hidalgo, no eran más de doce. Contrasta con la miríada actual.

Al recibirse es médico de pueblo, “pelado”. Mi madre lo presiona, logra su baja como militar a través de sus influencias “decentes”, lo lleva a Atzcapotzalco, donde nacemos y muere el primer Santiago. Sigue la presión y de allí a la Colonia Roma y a la especialidad. Buen médico general, lo hace ser un sobresaliente neurólogo y un pésimo psiquiatra. Como muestra, baste este botón: en el pie de los recetarios de mi padre decía: “Si a las dos o tres visitas el enfermo no encuentra mejoría bueno es que consulte la opinión de otro facultativo.” Así lo glosa la Enciclopedia Porrúa:

Ramírez Santiago (1885-1945) Médico. N. y m. en la Cd. de México. Ingresa a la Escuela Nacional de Medicina en 1907. Hijo del notable matemático Manuel Ramírez quedó en extrema pobreza al fallecer su padre y trabaja como periodista en el El País y en la Revista Moderna. Recibió su título en 1913. Ingresó en 1914 al Cuerpo Médico Militar con el grado de mayor, y poco después fue designado médico del Instituto Antirrábico y del Instituto Médico Nacional. Fue médico del Lazareto de S. Joaquín y del Sanatorio de Infecto-contagiosas de Tlalpan. Inspector médico del Departamento del D.F. en 1928 y Jefe de enfermedades nerviosas del Sanatorio Español. En 1944 fue nombrado neurólogo del Seguro Social. Dedicado a la enseñanza desde poco después de recibirse, fue profesor de anatomía y fisiología de la Escuela Preparatoria y de patología y neurología general en la Escuela de Medicina. En 1920 ingresó como miembro de la Academia Nacional de Medicina. Publicó trabajos en revistas profesionales y dos libros: Manual de Patología Nerviosa y Bosquejo sintético de Patología General.

Agregaría a lo que asienta el Diccionario Porrúa que una serie de artículos fue compilada después de su muerte con el título La inmoralidad médica reinante.

Este largo intervalo me coloca con posibilidades de dar con suficiente determinismo, la explicación de mi “cretinismo”.

A partir de la preparatoria fui un sobresaliente alumno y en la Escuela de Medicina, fui el mejor promedio de mi generación. Obtuve tres diez en anatomía, la de aquellos tiempos; y, por supuesto, la actitud de mi padre mutó. Claro que fue eficaz para mi personalidad el cambio, pero el troquel que tempranamente se me impuso no desapareció ni entonces, ni ahora, ni nunca, y condicionará muchas de las determinantes de mi conducta y mi manera de ser.

Las relaciones con “el viejo” (así se le llama al padre en Argentina) cambiaron. En un retrato que me dedicó, en la época conciliatoria, decía: “Para mi hijo Santiago, que a él se le realicen los ideales todos que yo nunca alcance.”

Claro que se realizaron, más allá de sus expectativas, y quizá también de mis esperanzas. En todas las áreas: académicas, profesionales, económicas, sociales. Tengo seguridad objetiva y él no la tuvo, viajo profusamente y él siempre lo añoró. Puedo retirarme de la brega y a él le fue imposible lograrlo. Claro, parece bonito, pero inicialmente es una lucha a contrapelo forzada y tenaz, y después, al lograrlo, es la culpa concomitante.

Hice investigación, me inicié en la neuropatología como ayudante de mi gran maestro don Isaac Costero (con Don), publicando mi primer trabajo “Terminaciones nerviosas sensoriales en la piamadre”; con el transcurrir del tiempo, mi orientación se dirigió a otro tipo de madres y me hice psicoanalista.

De la neuropatología a la psiquiatría clásica, mis maestros, don Mario Fuentes y don R. González Enríquez (ambos con Don). Más tarde, al sentir que lo que México me podía brindar en términos de enseñanza era exiguo, hube de emigrar al extranjero.

Aquí en el país, tenía un nombre, una clientela, un ingreso, pero más allá de eso, pese a la objetividad de motivos, era preciso demostrarme que podía más que ellas (mis hermanas), a las que había que alcanzar y que rebasar. La primogenitura a toda costa, a como diera lugar.

Por fortuna, por fuera se logró. Sin embargo y a pesar de los cambios direccionales, formales y adaptativos, de los resultados que contradicen —explicaciones no pedidas son acusaciones manifiestas—, la infancia temprana es el destino del hombre.

Praxis y comportamiento tardío; troqueles y modelos de comportamiento: no es trivial que el título, por cierto “exitoso”, de uno de mis últimos libros sea Infancia es destino.

Dada mi renuncia al Weschler, concreción signaléctica de un significado múltiple, el título de mi vida podría ser, toda proporción guardada con el autor del que extraigo la idea: “El nene querido, cretino y andrógino.”

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