EPÍLOGO

Elisa Ramírez Castañeda

2021

En Santiago Ramírez, psicoanalista, de Elisa Ramírez Castañeda. De próxima aparicióin

EN EL CAMINO DE TEBAS

Además de lo que él mismo contó al final de sus Obras Escogidas o en la introducción de Ajuste de cuentas, mucho podría añadirse a su novela familiar.

Su padre, Santiago Ramírez Vázquez —segundo con este nombre, mi abuelo— fue médico, neurólogo, patólogo y adelantado a sus tiempos —nació en 1885—. De él eran los libros de Aldous Huxley que tanto citaba mi padre al intentar hablar de alucinógenos y puertas de la percepción; de su biblioteca provenían también la traducción primera de Freud al español, de Luis López Ballesteros, que el abuelo leyó y enseñó en sus clases de Neurología y Patología Nerviosa. Los libros de arte, los de Kafka, Flaubert y Anatole France que leíamos sus nietos cuando jóvenes y los de neurología en francés, en los que abrevó su hijo como estudiante de medicina. Además de un volumen que reúne sus artículos en periódicos, publicado póstumamente —La inmoralidad médica reinante—, tiene otro, Patología Nerviosa, que en la portada de 1941 reza que es la quinta edición —añadía las novedades que introducía en sus clases—. Ese libro deriva de los apuntes que repartía a sus alumnos, picados en mimeógrafo para que, si así lo deseaban, omitieran la asistencia a clase. Si bien durante su juventud había sido médico de la Casa del Estudiante Indígena, poeta lírico y médico militar practicante, en su vejez solía encerrarse a construir modelos de casas y puentes con sus cajas de piedras alemanas —de las mismas con las que se hacen las litografías— o a armar rompecabezas que él mismo hacía con cromos de cuadros o vistas, pegados sobre madera y recortados laboriosamente con seguetas. Durante muchos años —y hasta un par de días antes de su muerte en 1945— fue el único maestro de Patología Nerviosa en la Facultad de Medicina y todos los alumnos pasaban necesariamente por su clase, mis padres incluidos. La edición que aquí presento —si bien con un formato bien distinto— arremeda a mi abuelo, a quien nunca conocí, y de quien tantas leyendas se narraban. Ateo beligerante, siempre estuvo en conflicto con la devoción de mi abuela, Margarita Ruiz Sandoval Curro, quien seguía a Nuestro Amo por todas las parroquias de la ciudad, intentaba acercar en vano a los nietos a la fe —llevándonos en Semana Santa a visitar las Siete Casas y en una ocasión memorable, ya como adolescentes, a un extraordinario Oficio de Tinieblas en Catedral—. Discutía con nosotros primitiva y acaloradamente asuntos teológicos que siempre terminaban con la sentencia “es dogma”. También la abuela Margarita fue una adelantada a su manera. Maestra de español durante más de cincuenta años, egoísta y celosa de su independencia —vivió sola en casas de monjas y se enlistó voluntaria, anticipada y gustosamente en el asilo de las madres vicentinas—, autónoma y con actitudes contrarias a la modestia exigida a su condición de soltera decente, esposa o viuda: proto-feminista, impúdica, desapegada, ajena por completo a la caricia o el afecto, renuente a quehaceres mujeriles —accedía apenas, con gran ceremonial y guantes de algodón, a sacudir semanalmente el consultorio del abuelo—. Jamás cosió, tejió, cocinó o cuidó nietos. En sus ratos libres leía el texto correspondiente al día en El año cristiano y rezaba. Durante su vida, fue definida como hija póstuma, elocuente oradora, exigente profesora, esposa del “muy reconocido”, viuda del famoso y al final, la famosa viuda.

Con dos hermanas mayores, siendo mi padre el menor de una madre que lo parió dos meses antes de cumplir los 37 años —una excepción para sus tiempos—, mi padre quedó en manos de dos nanas: Elena y María, con quienes se crió entre el fogón, viajes a la Merced y el embarcadero de Roldán. Se mudaron pronto de Azcapotzalco a la colonia Roma; así transcurrió la infancia entre el papacho poblano y cálido de Elena, las expectativas racionales y permanentes de ambos padres, la mochería reforzada por escuelas confesionales y el socialismo de las oficiales, en las que alternaba.

Mezcla de mi abuelo y de su tío Santiago —el primero de la serie de quienes llevan este nombre— es aquel personaje con reloj de bolsillo que mi padre usa para ejemplificar, en clase, al neurótico obsesivo:

Un señor que viajaba en el tranvía de Azcapotzalco —ya desaparecido—, que viste chaleco con botones, reloj con leontina, que usa polainas, un sombrero muy limpiecito; compra abonos de tranvía y siempre toma la misma corrida, siempre sabe cuando llegó a tiempo o cuando la corrida se atrasó tres o cuatro minutos… Imagínense la cantidad de acciones que tiene que hacer para esto: comprarse el chaleco, la cadena del bolsillo, ponerle el reloj, poner la hora exacta, corregir frecuentemente la hora exacta, y además se cura con homeopatía y toma sus chochos cada hora. Y uno lo sacan de aquí y otro de acá. Es un obsesivo: qué cantidad de tiempo perdido

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Santiago Ramírez, mi padre, heredó del suyo el oficio y ética médica; de la madre, dichos, vinculación con el lenguaje y un catolicismo enquistado —aunque negado— que se manifiesta en las frecuentes citas en clase de la Imitación de Cristo y el Catecismo del padre Ripalda; su subyacente mojigatería —afianzada por su tránsito por escuelas maristas y los boy scouts— que se cuela en sus juicios sobre la sexualidad setentera y ochentera —a pesar de que siempre intentó estar acorde con los tiempos—. Además de fechados, sus sentimientos más tempranos están censurados por el index cristiano de libros prohibidos —que mi abuela era la primera en transgredir al regalarnos cada Navidad las novelas de Dumas y Balzac— y la asepsia distante del médico ortodoxo.

Mi hermano reclama a mi padre en Ajuste de cuentas sus generalizaciones sobre la familia del mexicano: “ni siquiera es tu familia”. No lo era: el padre en la casa, tímido, prematuramente avejentado y progresivamente deprimido; la madre en la calle, en quehaceres verdaderos o inventados; el hijo entre las enaguas de percal de la nana; las hermanas grandes, una distante y la otra sobreprotectora, en un mundo femenino donde mi padre se sintió siempre muy a gusto. Pasó toda su vida rodeado de mujeres, familiar y profesionalmente. Su interés por lo mexicano le viene de prestado, de la cocina y del exilio, de la bibliografía que circulaba en los cincuentas, del imaginario colectivo inventado por intelectuales, artistas plásticos, antropólogos y cineastas —y de sus más lejanos recuerdos de Elena, María y su esposo José, del olor a establo de Azcapotzalco, del atole con hojas de naranjo que sólo a él le ofrecían en la cocina.

Su profesión médica y la herencia del padre dan una luz distinta al seminario donde se lee el Proyecto de una psicología para neurólogos de Freud; comparte con el autor la jerga aprendida en la Facultad de Medicina y de la que poco parecen entender sus alumnos —o yo misma—. Términos e ideas que sólo al incorporarse al nuevo lenguaje psicoanalítico de Freud permiten la independencia relativa de la medicina y el psicoanálisis —según afirma mi padre, en dicho curso, acerca de este trabajo temprano de su maestro.

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Siempre tuvo prisa: de ser el más sobresaliente y el primero en recibirse, de casarse, de irse a Argentina y volver, de evadir preguntas y sustituirla con peroratas interminables durante las entrevistas, de arrebatar la palabra, de contestar, de llegar a donde iba, de morirse.

Mis padres tuvieron un noviazgo breve. Mi abuelo paterno puso como condición para la boda que el hijo se recibiera —el padre de mi madre había muerto años antes y las Castañeda tenían el buen juicio de no imponer nunca condiciones a mi madre. Se casaron antes, para irse juntos de servicio social a Guerrero, al pueblo de San Luis San Pedro; a los pocos días de que se cumpliera el plazo mínimo para recibirse, mi padre se tituló. Regresaron antes de tiempo del servicio, que finalizaron en la ciudad de México. Y entonces pusieron su primer departamento. Mi padre pasó de vivir en la casa de sus padres, en la calle de Orizaba, a la Plaza de Miravalle —escasas veinte cuadras— frente a la escuela donde había estudiado la primaria; nosotros viviríamos al regresar de Argentina, durante quince años, en la calle de Puebla, a dos cuadras y media de allí.

Mi abuelo murió unos días antes del nacimiento de mi hermano, y mi madre, siempre siguiendo de cerca a mi padre en sus aventuras académicas y existenciales, se recibió también pronto, de negro por el luto por su suegro y embarazada. Ya desde antes, habían formado un grupo de estudios donde discutían a Freud —todos los miembros, casi, serían los futuros psicoanalistas fundadores de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM) y amigos cercanos durante décadas: mis padres, José Luis González, Ramón Parres, Avelino González, Pepe Remus, Alfredo Namnum, Jaime Tomás— y trabajaba con sus maestros psiquiatras, que tuvieron gran influencia en su elección de vocación: los doctores Mariano Vázquez y Rubén Vasconcelos.

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Hacia el año de 1946 o 1947, según la historia que me parece haber escuchado, Arnaldo Raskovsky hacía proselitismo en América Latina, invitando a los psiquiatras y médicos de varios países a estudiar psicoanálisis en Argentina —era el único país donde se podrían psicoanalizar en español—. No sé cómo lo anunció, pero tanto a mi padre como a José Luis González les sorprendió que no fuera un posgrado corto —uno o dos semestres— y que tuvieran que analizarse, supervisar, estudiar, trabajar y vivir en otro país al menos cuatro años. Viajaron juntos y a los pocos meses, mi madre lo alcanzó con nosotros y también inició su formación como psicoanalista. Era entonces presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) Pichon-Rivière. Luego lo fueron Garma y Raskovsky, mientras mis padres estuvieron allá. Los siguieron Pepe Remus, Avelino González, Jaime Tomás, con esposas e hijos también, un año más tarde.

Se ha dicho que mi padre estaba mal analizado: no era para menos. Se psicoanalizó durante cuatro años con dos terapeutas, lo cual es breve a pesar de tener seis sesiones de cincuenta minutos a la semana. Primero, mis padres se analizaron ambos con Raskovsky —que los había reclutado y luego emigró a Nueva York para conquistar América, en 1950—. No quisieron seguirlo; Arnaldo solamente aguantó seis meses, y cuando regresó en 1951 se negaron a retomar las sesiones con él y siguieron con sus terapeutas sustitutos: mi padre con Mimí Langer y mi madre con Racker. Un poco antes de regresar definitivamente, viajó a México para ver el panorama laboral y preparar su retorno. A los cuatro años requeridos como mínimo, presentó un trabajo final, se hizo miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y regresó a México de inmediato.

El recuerdo que mis padres tenían de Argentina era ambiguo: mi madre a ratos cantaban con Gardel y sabía —o inventaba— todos los tangos; mi padre recordaba haber hecho más traducciones de las que hizo en realidad. Exageraban y romantizaban la pobreza y la narraban llena de oficios e ingeniosos recursos que complementaban, en el primer año, con las becas y la ayuda que llegaba de México en forma de adelanto de herencia con réditos que pagaban a mi abuela paterna. Otras veces lo repudiaban completamente como un lugar donde todos tenían, decía mi madre, “sangre de atole”. Obligados a pagar cuotas, análisis y supervisiones por doble partida, pasaron estrecheces iniciales, pero más tarde, ya con pacientes ambos, podían pagar mucamas, una niñera chola, la “Negra”, y un tren de vida ridículamente ostentoso. Recordaban con cariño a Pichon-Rivière y Cárcamo, a Marie Langer y Racker y a sus compañeros brasileños —los Perestrello— pero reprochaban su abandono a Raskovsky, las cargas de trabajo a las que los obligaban los reglamentos y requisitos de la APA. Nuestra primera familia y los más cercanos amigos de mis padres, fueron los mexicanos que estaban en Argentina y sus hijos. Era obligado.

Mi madre tuvo un recuerdo algo distinto, ya que estuvo sola otros ocho meses —regresamos juntos y nosotros nos quedamos en México mientras ella terminaba los seminarios que mi padre adelantó recién llegado—. Pretendía ser socia adherente de la APA pero se hartó y decidió hacerlo en México, cuando fuera posible; aquí renunció antes de que hubiera formalmente un Instituto en México —mandaba todo a la chingada con una facilidad que mi padre jamás tuvo.

Además, Argentina era un lugar difícil para los aspirantes a psicoanalistas: dentro de la APA reinaba un ambiente jerárquico, competitivo, endogámico, caníbal y misógino. En las notas anexas del trabajo que mi padre presentó para recibirse —y que cuenta en un par de clases y asegura nunca podría publicarse—, la pregunta que hace Marie Langer es sorprendente: “Qué respuesta contratransferencialmente tenía ante la erotómana desnuda que se masturbaba delante de él”. No se sabe qué contestó, porque no lo anotó en la hoja donde apuntó apenas las preguntas. El trabajo dice que la paciente era muy hermosa y mi padre tenía apenas 31 años: cabe suponer que no podía evitar excitarse, y que quien se lo preguntaba lo sabía, ya que era en ese momento su analista.

Fuera de la Asociación tampoco era fácil. No se les reconoció su título de médicos nunca, y como durante el primer año de formación no tenían posibilidad de ver pacientes, la pasaban difícil con dos hijos de 3 y 1 año. Luego fue relativamente más fácil mientras interpretaban, eran interpretados, competían en un desfile de bienes materiales que se ostentaban en las reuniones de la APA, con pretensiones europeizantes y elitistas. Mi madre conservó las finas pieles de nutria durante décadas, hasta que le fueron robadas medio siglo después en Cuernavaca. Mi hermano fue a la escuela hasta Primero Inferior; a mí me tocó ir al Jardín de Infantes donde Evita Perón nos enviaba el matito con leche y un pan. Mis padres estudiaban una profesión aburguesada y non grata al régimen; compartían los seminarios con un policía que se encargaba de asegurar que no hubiera conspiración ni disidencia —finalmente uno de los guardias estudió medicina y se convirtió en psicoanalista, reza la leyenda—. No comprendimos, años más tarde, al llegar los exiliados argentinos a México, la idealización de un peronismo que vivimos desde una perspectiva bien distinta. Ni su lucha; de allí que mi padre nunca tuviera demasiada cercanía con los psicoanalistas de esa ola migratoria. Sin embargo, no bien llegaba alguien de Argentina o viajaban allá —cuando mi padre fue presidente de la COPAL (Comité Coordinador de Asociaciones Psicoanalíticas de América Latina)— tardaban más o menos diez minutos en comenzar a hablar con un acento y unos términos que a nosotros, ya totalmente mexicanizados y con los mecanismos de negación adaptativos, completamente olvidados de lo que en un momento tanto extrañamos —lengua, comida, compañeros— y con familia verdadera, nos hacía reírnos al pis en las bombachas.

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Mi padre regresó a México —mal analizado— con una minuciosa lectura de Freud, Rappaport y Fairbairn que le acompañaron desde entonces. Ramón Parres, que hizo su entrenamiento en Columbia trajo de Estados Unidos una visión infinitamente más clínica y práctica del psicoanálisis. Rafael Barajas llegó de París con una fuerte influencia culturalista de matices filosóficos. Juntos comenzaron nuevamente otro grupo de estudios —con psiquiatras y otros participantes que terminaban apenas la especialidad de psiquiatría.

A su llegada de Argentina, la primera reacción que provocaba el psicoanálisis y sus fundamentos, que ahora son lugar común, era de mofa y de desconfianza. Apenas se les consideraba una secta descalificada, a la cual se acudía primero para atender emergencias, más tarde por esnobismo retador y finalmente como posibilidad generalizada de alivio a la angustia.

El difícil tránsito del manicomio o el hospital psiquiátrico al consultorio no fue simple; los primeros pacientes eran secuelas de emergencias psiquiátricas, psicóticos, locos como chivas. Si bien no estaba solo, mi padre era pionero entre quienes habían regresado del extranjero y líder de quienes se fueron reuniendo nuevamente. El único grupo medianamente constituido por entonces alrededor de Fromm, que incluía a algunos de sus viejos maestros y compañeros de la Facultad de Medicina, no permitía su liderazgo, la autonomía de la medicina y el psicoanálisis, ni tenían interés en el reconocimiento de la Internacional (International Psychoanalytical Association). Tras un intento inicial por reunirse, se volvieron antagónicos; más adelante terminaron por diluir la hostilidad entre la proliferación de grupos, grupúsculos, tendencias y escuelas a las que mi padre alude en algunas de sus clases —eso sí, sin dejar nunca de vigilarse de reojo.

Recorrió entonces el país entero estableciendo contactos con psiquiatras y neurólogos, psicólogos y posibles futuros psicoanalistas. Sobre todo, tuvo vínculos con Guadalajara —con Delfino Gallo y más tarde con Corona, formado en la APm.

Sus años en el extranjero, con el cosmopolitismo europeizante del círculo argentino, le dieron un nuevo interés por México, visto desde fuera. También, al llegar, se dedicó a indagar lo que su nostalgia y extrañamiento —lingüístico, cultural, referencial— habían inventado del país durante la ausencia: cabarets, intelectuales, publicaciones, modas y costumbres que se diluían ya al filo de los cincuentas en la austeridad que vendría con Ruiz Cortines y el puritanismo de Uruchurtu como regente de la ciudad de México. Turisteábamos en el recién adquirido coche, con un nacionalismo tardío, por vecindades y tugurios narrados en Los hijos de Sánchez o filmados por Buñuel: peregrinaciones y santuarios, pirámides y pueblos, conventos y lagunas, que siempre terminaba citando o comentando en clases y en conferencias. Esto, lo contrastaba con sus pacientes judíos —primero europeos y más tarde agringados— y sus recuerdos de infancia. Extraño potaje el que resultaba, si se le añaden sus experiencias y trabajos en el Hospital Infantil, psiquiátricos y manicomio. En clase, mi padre hablaba aún de burdeles y vecindades —esa extravagancia que ya apenas existía en el centro— y que se derrumbaron para siempre por el sismo del 85, apenas cuatro años después de impartida la última de estas clases.

Era maniaco, sí, y además de prisa siempre tuvo genio. Fundó grupos y asociaciones, atendió pacientes y supervisados, dio conferencias y asistió a congresos y encuentros, fue miembro de numerosas sociedades médicas; auspiciador y estrella en ciclos de divulgación. Nuestra casa en Cuernavaca, ya en los sesentas, siempre estuvo llena de invitados y desde allí seguía: comentaba películas con los invitados, vecinos psicoanalistas y visitantes —antes, sólo iba esporádicamente al cine, pero aquí, íbamos a ver cualquier cosa, sin falta, cada sábado—; hacía psicoterapia de alberca a los allegados, predicaba, aconsejaba, conducía, anonadaba, hablaba y hablaba.

Hijo de profesores, estaba acostumbrado a pensar en voz alta —menos en el consultorio donde alegaba ser mudo y silencioso— y pensaba, creaba, inventaba y decidía en voz alta, sobre la marcha. Gustaba de la poesía oral y escuchaba los discos Voz Viva de México a oscuras, con gran deleite: Pellicer, Paz, Torres Bodet, Sor Juana.

Tal vez por esa inteligencia verbal, mi padre no escribía. Dictaba —y eso, solamente a las dos eternas secretarias que lo apuntaron y puntuaron toda la vida, taquigráfica y mecanográficamente—. Y además de ser oral era perezoso. Trabajaba las transcripciones de conferencias, que impartía con apenas unas frases-guía que de inmediato desechaba, cortando y pegando con tijeras y diurex (como hacemos ahora con las computadoras, pero manualmente). Con breves modificaciones publicaba conferencias como artículos (y volvía a reproducirlas como conferencia a la que luego editaba los añadidos de la última versión), artículos como capítulos. Por eso hay textos tan semejantes unos a otros. Absolutamente todos los escritos por mi padre fueron primero dichos en clases, seminarios, conferencias, encuentros o simples charlas. De allí que la recuperación de sus clases no sea tan descabellado como a primera vista pareciera, aunque él le hubiera dado una forma lineal, no fragmentaria.

Fue la pereza la que lo llevó —como a cualquier otra persona, al envejecer— a concentrarse en pocos temas e ideas: Freud y la literatura, el país y sus avatares, su familia y su jardín.

Su pereza también se manifestaba en su apego a los lugares: toda su vida —desde el temprano éxodo desde Azcapotzalco, por entonces granjas y establos, hasta la calle de Orizaba— sus espacios vitales estuvieron a distancias que se podían recorrer a pie, o en apenas algunas paradas de tranvía, de camión o un breve recorrido en coche. La APM, la casa, el consultorio, el restaurante del señor Nicolau donde cenaban y bebían tras los seminarios, estuvieron a distancias cortas. Gremiales como eran, también vivían cerquísima muchos de los miembros fundadores de la APM, quienes además enviaban a sus hijos a la misma escuela, clubs, actividades extracurriculares y reuniones infantiles. Nosotros odiábamos tal amasijo.

Luego, ya sin hijos, vivieron en la Nápoles; en su departamento primero y, al venderlo, en un pequeño hotel de la esquina, donde pasaban dos días a la semana —y luego definitivamente en Cuernavaca, donde los vecinos eran invitados frecuentes y nos visitaban los amigos de dos y hasta tres generaciones—. Su escisión de la APM fue definitiva, pero lo que la hizo realmente irreversible fue su mudanza a la tercera sede en Bosques de las Lomas: mi padre nunca hubiera ido hasta allá —las otras dos sedes anteriores estuvieron en la colonia Roma—. Absolutamente barriero, los límites de su hábitat fueron sus viajes diarios a la escuela cuando éramos muy pequeños —luego nos habríamos de mover por nuestra cuenta—, y más adelante CU y Cuernavaca.

Rara vez salió de su casa los últimos años, donde vivió solo —aunque viviera acompañado de mi madre hasta el final, logró hacer de esta relación una forma de soledad— sin seguidores ni escuela, aburrido, malhumorado, deprimido, noctámbulo —sólo convivía, con altibajos, con la familia.

Fue inmensa la cantidad de energía invertida en la APM para convertirla en la institución que llegó a ser en el momento, en menos de dos décadas; y lo que en un principio pudo encabezar y manipular como líder carismático, racional, brillante y contundente, al final escapó completamente de su control. Apoltronados en su institucionalidad, la mayoría se dedicaron a ganar dinero y competir por prestigios y clientelas. La crisis de principios y propósitos se recrudeció después del 68, que fue parteaguas en todos los ámbitos del país; mi padre renunció a la APM en 1970, tras su tercer periodo como presidente. Dos años después, Avelino González fue separado de la APM y la institución moralista, mojigata, parapetada en su adscripción a la Internacional (IPA), movida de sus goznes solamente por su codicia, perdió al 40% de sus miembros; quienes quedaron y tenían otras aspiraciones o intereses, comenzaron a emigrar hacia otros terrenos de la investigación, la enseñanza, la difusión o el ejercicio medianamente más crítico del momento y la sociedad donde vivían. Pero no fue la mayoría de quienes se quedaron en la APM. Si a mi padre lo caracterizó su ambición de poder maniaca y le hastiaron y fatigaron las contiendas inútiles, a sus anteriores amigos y colegas los definió la rivalidad, la envidia —cuando no la maledicencia y la ferocidad caníbal—. No sé cómo sea ahora o si tal tendencia se ha revertido.

Ayudó entonces a fundar otras asociaciones, mudó su energía a otros lares y privilegió su labor en la UNAM y los jóvenes. Allí pasó mucho más tiempo, sobre todo desde 1966, cuando fungió como coordinador del Colegio de Psicología. Hizo los planes de estudio para la nueva Facultad y su posgrado en Psicología Clínica, separándola de la Facultad de Filosofía y Letras. Sobre todo, pasó a tener nuevos interlocutores, nuevos seguidores y alumnos en el ámbito académico. Sus seminarios en la UNAM sobre Freud, Teoría Psicoanalítica o Psicoanálisis y Filosofía —en ocasiones con Ricardo Guerra y Alfonso Zahar Vergara— y su asociación con Luis Villoro, Leopoldo Zea y un nuevo grupo de académicos y brillantes alumnos ampliaron su perspectiva teórica. También cambiaron sus contrincantes, antes sólo frommianos, psiquiatras y quienes curaban síntomas sin atender causas: ahora sus opositores eran los conductistas, los reichianos, los “chocheros”, los de “terapias alternativas” y, sobre todo, los administradores y burócratas universitarios. Su entrada como coordinador de Psicología (nunca fue director de la Facultad, ya que ésta no existía) y los nuevos planes de estudio de la nueva Facultad de Psicología, le permitieron llevar allí a un importante grupo de psicoanalistas que dieron un nuevo rumbo, para siempre, a esta carrera universitaria. Ampliaron su influencia a Ciencias Políticas. Medicina, seguía siendo coto de los psiquiatras y los frommianos. El 68 y sus secuelas reafirmaron en mi padre su solidaridad con los estudiantes, su abierto repudio a la represión —de la que en ocasiones habla una década después— y su amistad con los jóvenes, que le parecía era el único lugar donde podrían abrirse surcos, dada la plasticidad que aún no perdían con la edad. Fue el primer Profesor Emérito de la Facultad en 1983, con salud ya muy deteriorada que, tras una grave crisis dos años después, determinó su retiro de la UNAM y daba solamente supervisiones esporádicas en Cuernavaca, donde se aisló en la lectura y la depresión, cansado y enfermo.

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Mi padre dictaba, como ya dije, y tiraba cualquier nota, cuaderno, apunte, manuscrito o recibo. Regaló su biblioteca entera varias veces, su colección prehispánica, sus muebles. Tenía pocos libros y discos, pocos cuadros y objetos; con el tiempo agudizó su sensación de sentirse encombrado, su fobia contra la acumulación coleccionista de su padre, que no tiraba nada con esa aprehensión de quien sin ser pobre tuvo que vivir empobrecido durante su primera juventud, y a quien el éxito siempre le provocó conflicto. Al parecer, las generaciones de tiradores y conservadores se alternan, pues ante la imposibilidad de documentar a mi padre, nosotros tuvimos un exceso de celo en la conservación de un rastro de nuestro paso por este planeta.

Siempre logró lo que se propuso. Dos de sus frustraciones fueron no haber sido miembro de la Academia de Medicina, como su padre, y el nunca haber logrado descubrir quién había robado el reloj de bolsillo de oro de mi abuelo, grabado por encargo de su esposa con margaritas, que colgaba de un cuerno de marfil en la sala de espera del consultorio, que compartía con Montaño. Ambos confiaban en que el ladrón, en consulta, terminaría por confesar la fechoría, ya que al lugar solamente entraban pacientes y personal de limpieza. Nunca supieron quién fue; el cleptómano se salió con la suya.

Confrontado con la necesidad inicial de justificar un oficio y su pertinencia, una vez logrado establecer institucionalmente el psicoanálisis y consolidado el estatus de varias generaciones de practicantes, renunció a la APM. Una vez establecidas la Facultad de Psicología y sus posgrados, sus seminarios y el lugar del psicoanálisis en el ámbito académico; una vez abierta la puerta de los psicólogos a la terapia psicoanalítica y tras ser el primero en recibir la distinción de Profesor Emérito, se retira de la UNAM. Cuando todos sus libros circulan, se venden, se citan y se rebaten, deja de escribir.

¿Por qué? Además de la vejez y la enfermedad, están la herencia del niño que comía manzanas panocheras con su nana Elena, el que comparte durante su adolescencia y juventud la depresión de su padre y como él, se parapetaba en la soberbia de su inteligencia; el que no logró morir a los 59 años como su padre, ni a los 66, como se burlaba que haría, puntual, por ser la esperanza de vida del mexicano en esos tiempos. Lo logró por fin, a los 68, junto a mi madre, y no fue consecuencia de haber vivido acicateado por el potro del alcohol, como el padre de Octavio Paz, sino de un segundo infarto cerebral, convaleciente del primero que logró superar y le permitieron, en ese par de días, despedirse de sus hijos y nietos con humor y usando la embolia como pretexto para los más inusitados desvaríos.

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Mi vida allá y entonces, desde acá y ahora.

Mi memoria coincide con la consolidación de su carrera; es más difusa respecto a nuestros primeros tiempos en México, y se refieren a otros temas: la adquisición de una familia, entorno, comida, lengua diferentes; la ausencia de mi madre, durante su estadía en Argentina y sí, la aparición de algunos personajes inusitados como Diego Rivera y Eulalia Guzmán, o entrañables como Elenita Rincón y el maestro Rubén Vasconcelos.

En los apuntes y los escritos de mi padre, que hasta ahora reviso sistemática y cuidadosamente, hay historias y casos de los que yo nunca había escuchado hablar: la erotómana de Argentina, por razones obvias y otros más, como “El Huesitos”, que aparece en uno de sus libros, casi copiado de Los olvidados de Buñuel y remite a la temporada en que trabajó en el Hospital Infantil. O el de Tiburcia, de La Castañeda, que explica un cuadro que estuvo mucho tiempo en el pasillo antes de llegar al clóset y del cual solamente se decía: lo hizo una loca.

Muchos de los dichos, casos, teorías y recetas sucedían no solamente en las aulas, sino en la mesa del comedor, las polémicas de la adolescencia, las charlas bajo el sol morelense, las confrontaciones y pacificaciones sucesivas que nos dieron un dialecto casero propio que usamos universalmente, ya que la conducta es unitaria.

Las cosas no se caen, esclavitud o perder, medio tono, no seas categórico, schlemajlesh, a qué fue el negrito a Puebla, aprendices de todo y oficiales de nada, cada cual hace de su saco un sayo y de sus calzones un paracaídas (y de su culo un papalote); es descriptivo, no peyorativo —paráfrasis de la expli- cación que daba mi abuelo tras calificar a alguien de imbécil o cretino: “no es insulto, es diagnóstico”—, dime de lo que te alabas…, no generalices.

Parecen expresiones cuya explicación y conclusión no es necesaria y cuya pertinencia fue exclusiva de la casa —y heredadas, muchas de ellas, de los abuelos y donde se incluían modismos argentinos o del yidish de algunos pacientes—. Pero también sus hipótesis la conducta es unitaria circulaban en la casa igual que en el aula: no es lo mismo el amor que las ganas de hacer pish, el que es gordo aunque lo fajen, para hacer café con leche, después de los 30 cada quien tiene la culpa de su cara.

Durante nuestra infancia, recién llegados de Argentina y durante unos cuantos años, la casa y el consultorio estuvieron en el mismo sitio. Lo cual no solamente no permite la abstinencia freudiana donde los pacientes entran y salen por distintas puertas, sino que nos contaminaba a nosotros obligándonos a guardar silencio, a no jugar en el pasillo, a contestar el teléfono —más adelante— con indiferencia glacial y a no entrar en diálogo o vínculo alguno con los pacientes. Los casos que relata en clase en ocasiones tuvieron roces con nuestra cotidianidad: la que tenía fobia al negro y amarillo casi muere cuando jugábamos carreras de azotadores en la terraza. El árbol de Navidad, recién puesto en la sala por donde debían pasar los pacientes, fue tumbado violentamente por aquella judía que no toleraba ni a los mexicanos ni la Navidad que la excluían; aquél a quien no dejaban moverse porque en el ghetto había que guardar silencio o desaparecer, nos atajaba y regresaba cargando a la casa cuando patinábamos en la calle. Por no decir, ya con consultorio aparte, de la que me hablaba e insultaba porque ella era buena hija, la que me contaba que era amante de mi padre y la muy afamada que hablaba en las noches, a intervalos de media hora, muerta de angustia. Cuando mi padre por fin llegaba a la casa, le contestaba y le recetaba: —Tómate un Alka-Seltzer; si en seis años no te he podido aliviar la angustia, no te la voy a quitar ahorita con una llamada. Y deja de estar chingando. —Y colgaba. Me explicaba que lo que esa paciente necesitaba era sentirse castigada, insultada. Pero sólo por él, de nada hubiera servido que yo le dijera a las 9 lo mismo que él le decía a las 2 de la madrugada.

Más tarde hubo muchas visitas, gratas o ingratas, de expacientes en Cuernavaca, pero nunca como amistades naturales o espontáneas y siempre con relaciones equívocas con el resto de la familia. Yo tuve una favorita: muchas de mis mejores lecturas y recomendaciones las debo a una queridísima escritora, de admirable cultura.

Desde que tengo uso de razón oí hablar de transferencia, inconsciente, actos fallidos, negaciones, desplazamientos a lo insignificante. Y lo que cualquier otro niño hubiera justificado como yo no fui, se me cayó, me equivoqué, y que hubieran sido definidos en otras partes como hacerse pendejo, dar el avión, equivocarse o ser atrabancado aquí no valía. En mi casa nunca fuimos torpes, mentirosos, evasivos; ni castigados y ya: pasábamos por un complejo sistema de explicación e interpretación donde siempre éramos responsables del mal, fuimos pendejos con motivaciones. Su prisa corría paralela a su capacidad de seducir, argumentar con velocidad irrefutable y de salirse con la suya. En familia, esta capacidad para las discusiones hacía casi imposible, o muy ardua, la posibilidad de contradecirlo; usaba el diálogo como trampa para colocar en su terreno las contiendas y demostrar nuestros errores que, sin señalarlos, debíamos reconocer. Igual afuera.

¿Cuál es la familia de uno, aquella en la que nació o la que formó luego? Las hermanas de mi madre fueron familia cercana de mi padre, en muchas épocas más cercanas que las propias. ¿El silencio del que hablo aquí es el mi padre, o el de mi abuelo? ¿Su madre dando clases o ellos tomándolas o impartiéndolas? ¿Sus prejuicios o los nuestros? Las cosas no son ni monolíticas ni únicas. Nunca.

Nunca fui alumna ni paciente de mi padre —por demás aclararlo, aunque tuve que hacerlo miles de veces cuando me preguntaban “¿y por qué no te ha quitado lo loco?”—. No compartí su oficio, y cuando por fin fui a psicoanalizarme fue con alguien cuyo método y postulados fueran tan distintos de los que siempre había escuchado, que no tuviera posibilidad de meter mi cuchara alegando lo que debía hacerse: fui con uno de los primeros lacanianos. Y, claro, mi primera sesión giró alrededor de algo que me contaron dije siendo muy pequeña, cuando alguien me preguntó que quería ser de grande: “Paciente”, respondí entonces sin vacilación. Tal vez así me prestarían atención. Y con el tiempo aprendí que no importaban en absoluto ni el método ni las ideas previas. Quienes creen que el terapeuta puede manipular o ser manipulado olvidan la hondura de las neurosis y la antigüedad de los cauces por donde corren sus aguas. Narcisismo del terapeuta creer que modificará algo; narcisismo del paciente creer que el terapeuta horadará en los cauces. En el consultorio, sólo llueve sobre mojado. Y las acciones se encaminan no a dirigir el curso de las aguas sino en aprender a flotar y alcanzar la orilla de vez en vez, disfrutar de los remansos y evadir los rápidos. Da cada cual, solamente lo que carga en su costal. Queda un hueco. Y uno aprende a vivir con él, no dentro de él.

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