Santiago Ramírez Castañeda
1996
Ajuste de Cuentas. Segunda edición corregida, aumentada e ilustrada, Grijalbo.
INTRODUCCIÓN
…porque me dijeron que aquí vivía mi padre.
Pensar en Santiago Ramírez y pensar en la obra de Santiago Ramírez requiere de una imposible tarea de reconciliación: encontrar dónde sería posible hacer convergentes dos pasiones heterogéneas.
En efecto, nada más ajeno y alejado que Freud y México, las dos pasiones confesadas de Santiago Ramírez: Freud en la fulgurante Viena de fin de siglo; México, el páramo más allá del tiempo. Viena, como testigo del fin de los tiempos modernos; México, que aún no descubría el tiempo.
¿Qué podrían tener en común una Viena que no termina de morir y un México que todavía no logra ser parido?
Reconciliar estos puntos lejanos del espectro para poder empezar siquiera a entender la obra imposible de Santiago Ramírez, establecer una continuidad que nos permita transitar sin sobresaltos desde ese México interminablemente parido y el Freud de una Viena moribunda, requiere entender lo que media entre el nacimiento y la muerte. Porque, después de todo, la obra de Santiago Ramírez trata de la vida, de su intento por vivir, de su combate por hacer suyas todas las tradiciones como sugiere Roberto Escudero: oír atentamente a los otros para apropiarse de todos los tonos, matices y colores, de la enorme sinfonía recurrente del inconsciente: de eso se ha tratado, de eso se trató siempre para Santiago Ramírez.
Santiago Ramírez, como él mismo dice, es el producto de una historia mítica que se remonta a piratas árabes y nigromantes, pero sólo puede documentar sus orígenes hasta mediados del siglo XIX.
Era el hijo menor y único de Santiago Ramírez Vázquez, profesor legendario de la Facultad de Medicina, de quien contaban escribía con las dos manos; que había estado en la Revolución a las órdenes de Francisco Villa y llenaba todos los vacíos imaginables coleccionando todo lo coleccionable.
Polemizaba Santiago Ramírez Vázquez con José Juan Tablada sobre la histeria de santa Teresa y dicen que su última petición fue que lo defendieran de los curas.
Ciertamente, Santiago Ramírez Vázquez enseñó patología nerviosa, leía La ciudadela de Cronin y escribía una larga serie de artículos, recogidos en La inmoralidad médica reinante que fueron publicados póstumamente.[1]
Escribía poemas en el más puro espíritu de su época y creía en la potencial grandeza de los seres humanos. Nunca se le oyó terminar aquella frase con que fustigaba a quienes no hacían uso de una razón que suponía omnipotente: “Sea otro el que, a la manera de los brutos, pierda su tiempo inútilmente en juegos; pero tú de tan augustamente dotada…”
Santiago Ramírez era nieto de Manuel Ramírez, colaborador de Gabino Barreda, fundador de la Escuela Nacional Preparatoria y autor del libro Geometría analítica,[2] probablemente el primero que se escribió en México. Murió en 1900 y la Revista Positiva publicaba la siguiente esquela:
El día 15 de agosto último falleció en esta capital, víctima de violenta enfermedad, el Sr. ingeniero don Manuel Ramírez, distinguido matemático y conocido profesor en toda la República. Fue el Sr. Ramírez hombre de grandes prendas intelectuales y morales y uno de los maestros más eminentes con que contaron la Escuela Nacional Preparatoria, la Normal de Profesores y el Colegio Militar. Aunque católico ferviente, tuvo siempre grandes simpatías por el Positivismo y por los positivistas y su veneración al doctor Barreda era tan sincera como espontánea e imposible de reprimir.
Su Geometría analítica tiene numerosos pasajes que señalan el influjo que en su espíritu ejercieron las concepciones matemáticas de Augusto Comte.
Como sabio perteneció a la categoría de los que forman con la ciencia dominio aparte de la religión y sobradas ocasiones tuvimos para corroborar este aserto. Modelo de maestros y ejemplo de ciudadano cumplido, contó siempre con el afecto de todos sus discípulos.Agustín, Aragón[3]
Manuel Ramírez había dado a su tercer hijo el nombre de su hermano, Santiago. Aquel “tío Santiago”, hermano del primer Manuel —juarista, liberal y positivista—, era todo lo contrario de su hermano. Ingeniero también, escribió la historia del Colegio de Minería[4] y una vasta colección de biografías de científicos mexicanos.[5] Colaborador de Maximiliano —el austriaco— y de Porfirio Díaz, dicen que al caer de un caballo, abandonó su quehacer minero[6] para consagrarse a su vocación religiosa y a difundir las normas de la conducta cristiana. En esa tesitura escribió, entre otros textos, La mujer en el matrimonio, Álbum de boda (para su hermana), Armonías entre el Santo Vía-Crucis y la Sagrada Eucaristía. Murió en 1921, en olor de santidad —Santiago al fin— en la pobreza más absoluta,[7] después de haber heredado una gran fortuna de su esposa doña Jacinta Landa y Escandón, “de los Landa y Escandón”.
Aquella Jacinta, mujer de sociedad, usaba grandes escotes para asistir a los rumbosos saraos de su tiempo, y su marido —el primer Santiago— sólo acertaba decir, ante la impudicia de su mujer, “vade retro Satanás”. El tío Santiago se dedicó a dotar a novicias sin recursos del dinero heredado de Jacinta cuando ella murió de un cáncer en el pecho.
El domingo 28 de agosto de 1921, la hermana mayor de Santiago Ramírez hizo su primera comunión; su tío Santiago, poeta también, escribió en aquella ocasión:
A mi muy querida sobrinita Margarita, el inolvidable, solemne y venturoso día de su primera comunión:
Dios desde su Eternidad
Cuando el mundo aún no existía,
Sus miradas extendía
Del caos en la inmensidad.
Su poder y su bondad
En la más perfecta unión
Del hombre la formación
Benévolos decretaron,
Y la mansión prepararon
para el Rey de la Creación…[8]
Al lado, contradictoriamente, de aquel padre come-curas y racionalista, la madre de Santiago Ramírez era lo que por entonces se denominaba “mocha”.
Porfirista nostálgica, despreciaba profundamente al “peladaje” y organizaba servicios religiosos clandestinos durante Las Cristiadas. Sin embargo, aquella mujer conservadora y nostálgica, trabajó siempre: maestra de español durante setenta y cinco años y sin el menor asomo de la timidez que hiciera de su marido un personaje hosco y huraño, Margarita Ruiz recitaba a Bécquer a la menor provocación y leía —y recomendaba— novelas, por entonces pornográficas, de Pierre Loti, hablaba en público cada vez que podía y hacía los elogios poéticos de Venustiano Carranza, último bastión frente a los “pelados”, los “indios” y los “prietos” de Villa y Zapata —entre los que su marido decía contarse.
Margarita Ruiz era hija de María Curro, una mujer sin pena ni gloria, oaxaqueña para mayores señas, y de otro médico mítico, Gustavo Ruiz Sandoval, quien, según ella misma decía, había descubierto el carácter infeccioso, otrora considerado racial, del “mal pinto”.[9]
Santiago Ramírez Ruiz fue, así, hijo y nieto de contradicciones; heredero de la gesta positivista, liberal y revolucionaria pero, en cierto modo, también del pensamiento clerical, conservador y aristocrático. Su vida fue un testimonio constante de las mismas contradicciones que han configurado a la nación mexicana. Al mismo tiempo —hijo y nieto de aquellos personajes contradictorios— fue testigo y víctima de violentas contradicciones en torno del sexo y del papel de la mujer. Como él mismo relata, sus afectos primarios fueron los que generó la dedicación al “nene” de sus nanas.
Hay en estas imágenes, encarnación familiar del drama de la nación, algo más: algo que dejó una profunda marca en Santiago Ramírez; una huella que se imprimió indeleblemente en algún lugar recóndito de su inconsciente.
El relato entrecortado y anecdótico de su vida familiar deja entrever, mucho más que el reflejo de inquietudes políticas e ideológicas, un profundo conflicto ético.
Cuando Santiago Ramírez hizo su primera comunión, en 1930, su padre, el segundo Santiago, envió la fotografía del acto a su hermana. En la parte posterior escribió:
Cuando mi hijo hizo su comunión primera, añoré cosas idas y muertas; angustias y rebeldías desfilaron frente a la flama del velón de cera.
Recordé nuestras horas infantiles grises como sayal de monje; viví por un momento un ayer sin estrellas, ni cantos, ni auroras, ni redenciones. Nuestro vivir hogareño… todo nuestro ayer que solamente tú y yo, yo y tú sabemos y saboreamos con un sabor de llanto.
Lo que más pena me dio, fue, ¡oh Señor!, fue digo, no verme en Santiaguito.
La pena inmensa de mi ayer tuvo un azul, un rayo de sol en la comunión de Santiago.
En el Colegio de Niñas, te recordé tanto por afinidad de sangre como por afinidad en el dolor.
La vida pasa, canas, arrugas, recuerdos, lágrimas, van formando la playa final de nuestro viaje. La vida que se inicia tiene olor de rosas y calor apenas caliente de rayo mañanero.
Va este retrato del “último” Ramírez, para que en unión de tu marido recuerdes nuestra niñez, nuestro ayer y —como tienes la dicha infinita de creer— de vez en cuando pidas a Dios por tu hermano.
Taguillo
29 de mayo de 930
Esta extraña relación entre su grupo familiar y el nacimiento de la nación mexicana dominado por una urgencia de redención sin la “dicha infinita de creer”, condujo a Santiago Ramírez a Viena y a Freud.[10]
A una Viena moribunda, nostálgica y revolucionaria, católica y neopositivista, barroca y roja, mística y científica. A una Viena irredenta, víctima —como decía Karl Krauss— de sus propios pecados.
En cierto modo inconsciente, México era la versión bárbara de aquella Viena barroca de principio de siglo; de una sociedad aparentemente opulenta que no supo redimirse a tiempo.
Por eso Santiago Ramírez también intentó, a su manera, redimir a México de sus pecados no confesos a través de la confesión psicoanalítica de la nación entera y de su historia. A su manera, Santiago Ramírez quiso redimir a México como Freud quiso redimir al pueblo judío revelando los secretos más íntimos de los fundadores. Por ello, el personaje de nuestra historia que más apasionó a Santiago Ramírez no fue Juárez sino Santa Anna, el gesticulador.
La tarea era a todas luces imposible, porque es imposible psicoanalizar a una nación entera y porque, después de todo, también es imposible psicoanalizar.
La conciencia de esta imposibilidad, el descubrimiento del “destino funesto” del psicoanálisis y el descubrimiento —en 1968— de que el sueño de la nación cardenista había terminado lo llevaron por cuanto a inútiles explicaciones causales se refiere, a un pesimismo que provocó el silencio de sus últimos años, al que no hizo ninguna concesión.
Viena es el horror al vacío. Del gótico al barroco y del barroco al rococó, el arte vienés, como el consultorio de Freud, como la vida del padre de Santiago Ramírez, consiste en llenar cada hueco con el mayor número de objetos y de ornamentos. Este amontonamiento, esta generosidad del paisaje austriaco frente al yermo mexicano, debía ser totalmente ajeno a Santiago Ramírez. Salvo algunos elementos fascinantes y aislados, México se aterroriza ante las aglomeraciones. Por eso parecería que en México la soledad y el vacío son la condición de vida, y nos sorprenden los súbitos espacios abiertos en Viena. Por eso Santiago Ramírez, el solitario, se sorprendía ante el abigarramiento de los murales de Diego Rivera pero prefería la desolación de Rodríguez Lozano.
¿Qué extraña fascinación pudo ejercer Austria sobre Santiago Ramírez? Si bien es cierto que pudo haber heredado de su padre, de su madre o de ambos la nostalgia por una Europa remota e inaccesible, ésta se concentraba para positivistas y porfirianos en Francia no en Austria, de la cual malamente se conocían los valses de Strauss y aquello que se asociaba con Maximiliano.
¿Por qué en la búsqueda de un padre que se pareciera a Quetzalcóatl Santiago Ramírez tuvo que escoger a Freud, que para cualquier propósito práctico o teórico era totalmente desconocido en aquel México?
Esa elección fue una decisión incomprensible. Si a ello aunamos que el psicoanálisis de entonces, como técnica curativa, estaba más cerca de lo esotérico que de lo científico, podemos imaginar su “pasión por Freud” como algo incomprensible. Y, sin embargo, el pensamiento austriaco reaparecía constantemente; como preámbulo a Infancia es destino, Santiago Ramírez organizó, con Guillermo Torres, un seminario cuyo propósito era generar un sistema axiomático para el psicoanálisis, inspirado en los trabajos de Carnap. De hecho, «infancia es destino» es uno de esos axiomas.
Tal vez era solamente Freud por sí mismo quien sedujo a Santiago Ramírez; posiblemente esta seducción se vio reforzada transferencialmente por María Langer, la psicoanalista —austriaca— de Santiago Ramírez.
Cuando, tras largos años de lucha, el psicoanálisis adquirió “carta de ciudadanía” y se le empezó a utilizar de manera extensa y como marco teórico de referencia, dos eventos —graduales e inexorables— fueron decisivos.
En primer lugar, el tránsito del heroísmo de intentar hacer valer una actividad —que provocaba más curiosidad que respeto— a la institucionalización de la profesión mediante sucesivos actos de fundación que condujeron a la formación de una secta de iniciados que poseían una verdad y ejercían un poder. Este desplazamiento, que hacía posible una práctica que garantiza el ejercicio de un poder (económico, entre otros), fue lo que —en muchos casos— popularizó al psicoanálisis; esta “motivación” de los psicoanalistas fue el primer fracaso de Santiago Ramírez, fracaso tanto más estrepitoso cuanto más se extendía la práctica psicoanalítica.
En segundo lugar, Santiago Ramírez logró que el psicoanálisis se introdujera, no como parte del conjunto de las artes médicas —eso corrió por cuenta de los frommianos en la Facultad de Medicina—, sino como parte del quehacer humanista en la Facultad de Filosofía y Letras, que por entonces incluía al Colegio de Psicología.
Así, entre la filosofía y la psicología, Santiago Ramírez encontró la verdadera dimensión de su pasión por Freud. El seminario donde se examinó la literatura de la Revolución[11] y los interminables seminarios con Ricardo Guerra fueron los momentos más fructíferos de aquel esfuerzo por dar al psicoanálisis el lugar teórico que merecía. Esto sin contar con el inesperado entusiasmo de los marxistas que, transgrediendo las prohibiciones de Lenin, se ocuparon del psicoanálisis como parte del efímero proyecto del freudo-marxismo.
Sin embargo, al transcurrir el tiempo, los freudo-marxistas desaparecieron de la topografía teórica y Freud se vio confinado al posgrado de la Facultad de Psicología, donde Santiago Ramírez, acompañado de un puñado de psicoanalistas dispuestos a sacrificar los beneficios económicos de su práctica en aras de la difusión teórica de las ideas de Freud y de la función de la universidad —entre los que destacaron José Cueli y Francisco del Villar—, insistió tercamente en transmitir su pasión a otros.
No pudo ser tampoco y, poco a poco, Santiago Ramírez se fue retirando también de la docencia. Éste fue su segundo fracaso y posiblemente su fracaso final: el psicoanálisis dejó de ser una teoría acerca de lo humano en cuanto tal para devenir un instrumento, más o menos eficiente, de «superación personal» tanto de pacientes como de psicoterapeutas.
Ante ello, Santiago Ramírez ajustó sus cuentas y desconoció —con matices— aquello que había fundado. A su lado permanecieron —por un tiempo— quienes le tenían afecto; Santiago Ramírez nunca formó escuela y, en cierto sentido —sentido que él mismo explica—, se regocijó en sus fracasos y optó por un silencio que nunca rompió, si bien nunca dejó de “correr las cortesías” necesarias. Santiago Ramírez no tuvo discípulos por más que muchos se empeñen en reclamar tal título. Buena parte de lo que todavía pensaba —porque todavía pensaba—, pertenece a sus momentos de intimidad: su rencuentro con México a finales de los setenta, las brillantes interpretaciones de sus últimos años, pero sobre todo, su reconsideración de la “pulsión de muerte” permanecerán como recuerdos del íntimo círculo familiar que lo escuchó, incluso, dos días antes de morir hablando de los “umbrales del placer”.
Santiago Ramírez tuvo más pasiones de las que confesó. Sus conversaciones iban mucho más lejos que Ajuste de cuentas o el Epílogo. Entre otras, que aparecen aquí y allá, una de sus pasiones fue la inteligencia, otra la universidad. Otras pertenecen al ámbito de lo íntimo y éste no es el lugar para dar cuenta de ellas. Fue parte de una estirpe de inteligencias y sabía que, contra todo, esas pasiones habrían de prevalecer. Por eso lo último que publicó fue la transcripción de aquel poema:
Por eso hemos venido, tus hijos de entonces,
A traer; en medio de la risa de tus hijos de ahora,
Una lágrima santa que rasgue tu cantera
Y, del beso del crepúsculo, haga beso de aurora.
Y por eso escogió el poema de Elisa, su hija, como epígrafe de su último escrito, de su última conferencia:
Pero,
de haber sido otra mi historia
sería siempre la misma.
Pídeme que desande lo andado
y en mí renacerán
los sueños que mi madre tejía
cuando apenas me gestaba.
Santiago Ramírez Castañeda, Viena, mayo de 1995
[1] Santiago Ramírez V., “La inmoralidad médica reinante”, Revista de Medicina y Ciencias Afines, México, 1945.
[2] Manuel Ramírez, Nociones de geometría analítica, Secretaría de Fomento, México, 1886.
[3] Revista Positiva, número 9, 1º de septiembre de 1901, México.
[4] Santiago Ramírez, Datos para la historia del Colegio de Minería, Imprenta del Gobierno Federal, 1890. Reedición facsimilar de la sefi, México, 1982.
[5] Entre otras, las de Andrés Manuel del Río, Joaquín Velázquez Cárdenas y León, José Joaquín Arriaga, José Burkart y Manuel Ruiz de Tejada.
[6] He intentado establecer qué tan plausible es este mito familiar. Al parecer, la razón fundamental del retiro de las actividades mineras fue una disputa acerca de la legislación sobre la propiedad de las minas la que obligó a Ramírez a abandonar el gabinete porfirista en virtud de sus desacuerdos acerca de la nación mexicana. Cfr.Santiago Ramírez C., “Ramírez, en busca de una nación, (1841-1922)”, en Filosofía, Ciencia y Tecnología, Facultad de Ingeniería, México, 1986.
[7] Cuenta Artemio de Valle Arizpe (Por la vieja calzada de Tlacopan) que Santiago Ramírez murió en 1922 con treinta y ocho centavos en el bolsillo. Decía que la jerarquía de la Iglesia en México le tenía un gran respeto, que nadie osaba contradecir su opinión y que su nombre era pronunciado como el de un santo. García Cubas (El libro de mis recuerdos)dice que a él debía toda su información sobre conventos y monasterios.
[8] El poema de doce páginas contiene una anotación: “no pasó, ni se leyó cuando iba a leerse, porque la Niña es muy niña”.
[9] Gustavo Ruiz Sandoval fue el triunfador de un concurso convocado por la Academia Nacional de Medicina sobre el mal del pinto. Por primera vez propuso una etiología para dicho mal y un hongo como el agente. Gaceta Médica Mexicana, México, 1879.
[10] Históricamente, el interés por Freud surgió en los años treinta, a través de la traducción argentina de la Introducción al psicoanálisis. A fines de 1943, Raúl González Enríquez, Mariano Vázquez y Rubén Vasconcelos, en las “reuniones del 16” (el pabellón de neuropsiquiatría del Hospital General), encabezaron a un grupo de jóvenes estudiantes: José Luis González, Ramón Parres y el propio Santiago Ramírez al que se unirían, posteriormente, Alfredo Namnum, Avelino González, Jaime Tomás y José Remus, para formar el Círculo de Estudios Freudianos. El grupo se disolvió en 1948 cuando sus miembros más jóvenes decidieron continuar su formación en el extranjero. Raúl González Enríquez, en 1950, formaría parte del grupo que, con Alfonso Millán, Raoul Fournier y Ramón de la Fuente, invitarían a Erich Fromm para iniciar el grupo frommiano.
[11] De estos seminarios no se conserva ningún texto. Lo único que se ha podido encontrar de este tema acerca del que Santiago Ramírez siempre hablaba y sobre el que siempre quiso escribir, es la tesis de Gracia Elena Solís Velasco, Investigaciones psicológicas sobre la Revolución Mexicana y su expresión literaria, tesis para obtener el título de Maestra en Psicología, Facultad de Psicología, unam, México, 1960 [debe decir Colegio de Psicología, Facultad de Filosofía y Letras]. La tesis incluye el examen de Al filodel agua, Los de abajo y La sombra del caudillo.
