EL PSICOANÁLISI COMO CIENCIA

Al respecto, dice en clase: Lean un artículo al respecto, el cual no suscribiría en el contexto actual, que así se denomina: “El psicoanálisis como ciencia”.

En El Mexicano, 5ª edición, 1968

El sicoanálisis como sistema, como conjunto de procedimientos destinados a la curación de la enfermedad mental, nace en las postrimerías del siglo pasado, levantando una viva polémica alrededor de su certidumbre científica.

Probablemente el método experimental de las ciencias es una de las aportaciones más brillantes del mundo occidental al desarrollo del pensamiento. Es importante señalar que en el siglo pasado el racionalismo lógico, haciendo uso de la lógica matemática, pretendía ser el dueño y depositario del pensamiento científico y, por otra parte, el empirismo científico que hacía uso de la observación de campo sostenía lo mismo. En la actualidad, ambos, el empirismo científico y el racionalismo lógico, aunando esfuerzos, tratan de comprender y de hacer lógico el pensamiento y el método de todas las ciencias. Frecuentemente se nos pregunta —después de aproximadamente sesenta años del nacimiento del pensamiento analítico— qué es lo básico y qué es lo necesario dentro del sicoanálisis. Podría decir a ustedes que considero que las premisas centrales básicas, susceptibles de ser comprobadas y corroboradas en este sistema de pensamiento son siete.

Creo que la premisa más importante que ha aportado el sicoanálisis al conocimiento del hombre, es la siguiente: La conducta está motivada.

Vamos a hacer una serie de observaciones experimentales que aseveran esta afirmación. Vamos a ir del campo experimental al campo antropológico, con objeto de que se haga suficientemente clara esta premisa.

Trabajando con ratones, Hunt obtenía una carnada igual y la dividía en varios lotes: un lote iba a ser sometido a alimentación normal. Otro grupo, alimentado en forma normal desde el punto de vista de la cantidad, pero a través de una mamila en la cual los orificios son tan grandes, tan amplios, que el animal se satisface rápidamente. Finalmente otro grupo al cual se le permite satisfacer la necesidad de alimento en cuanto a la cantidad y, además, la necesidad de chupeteo.

O sea: diferentes grupos de ratones sometidos a diferente tipos de manejo, van a permitir extrapolaciones de tipo antropológico. Se piensa que tendrán como consecuencia una conducta ulterior particular y peculiar.

Efectivamente, se observa que el grupo de ratones que no chuparon se convierten en ratones que tendrán una necesidad vicaria adicional de chupar; pareciera que en gran medida, sustituye la carencia de esa determinada satisfacción.

Otro experimento: en otros lotes de animales, existe uno que recibe alimentación en forma muy inconsistente y poco integradora: cantidades adecuadas pero anormales en cuanto al ritmo, horario, cantidad, etcétera. A otro grupo se le da alimentación en forma normal, regular, consistente, periódica. Meses después se observan los efectos de estas diferentes maneras de alimentación y se encuentran distintos tipos de conducta: si por ejemplo al primer lote se le somete en la edad adulta a nuevos períodos de escasez, alternados con etapas de alimento en abundancia, a diferencia del otro grupo que no tuvo la experiencia temprana de escasez, va a acumular mucho más alimento del necesario.

Estos experimentos tienen como ejemplo, que las mujeres norteamericanas que cuando niñas vivieron la Primera Guerra y de adultas la Segunda Guerra, se transforman en más acumuladoras de latas de alimentos que aquellas que no han tenido experiencias previas de carencia. Este tipo de experimentación lo que nos está informando es lo siguiente: determinado tipo de experiencias se va a revelar en las conductas ulteriores. Más aún, podríamos expresar: Todo rasgo de conducta está revelando un trozo de historia.

Viendo lo que acontece en los animales, la sicología experimental está validando una de las premisas centrales y básicas en el pensamiento analítico: La conducta está motivada. El tratamiento analítico partió, a principios del siglo, de la observación del hecho clínico, de la conducta bizarra, de los síntomas aparentemente sin sentido o carentes de razón; y expresó la primera tesis central, o sea: toda esa conducta está totalmente motivada por la historia del sujeto.

Aparte de la sicología experimental, la antropología cultural —particularmente Margaret Meade— se hizo esta pregunta: ¿En qué medida lo que llamamos adolescencia es el resultado de un cambio biológico y en sentido psicológico (soledad, angustia, autismo) es el resultado de una problemática cultural? Con esta premisa se fue a Samoa, donde las condiciones culturales y socioeconómicas, y el tratamiento que la cultura tiene hacia los adolescentes, son total y cabalmente distintas a las nuestras. Allí se encontró con que los adolescentes tenían una vida sexual precoz, y que eran rápidamente incorporados al proceso cultural. Afirmando la tesis culturalista que venía defendiendo, encontró que la adolescencia es mucho más un problema cultural que un problema biológico. Es el manejo que la cultura hace del cambio biológico lo que establece un determinado tipo de conducta.

Las investigaciones de Margaret Mead se refirieron a otras muchas áreas. La cultura de las Islas Marquesas, que se caracteriza por una prevalencia numérica del sexo masculino sobre el femenino, tiene como consecuencia una sociedad poliándrica donde una mujer tiene varios maridos. Según el grado de estatus social hay maridos primeros, segundones, terciarios, etcétera. Se comprenderá que si la genitalidad de la mujer se tiene que repartir entre varios sujetos, la demanda es particularmente intensa y se limitará todo lo que se oponga a ello. Por eso, la cultura no fomentará la maternidad, ya que un hijo trae aparejada una gran cantidad de privaciones para los hombres. Por eso mismo la lactancia de los chicos es solamente temprana y muy violentamente interrumpida. Es un marido de última categoría quien hace de pilmama y, naturalmente, el niño no obtiene las satisfacciones que debe obtener de la madre.

Otro ejemplo es la cultura arapesh donde, a diferencia de la cultura de las Marquesas, la maternidad es fomentada ampliamente y el niño cordialmente recibido. Las muchachas se comprometen a temprana edad y pronto son madres. Desde el punto de vista genital-sexual, esta cultura tiene la concepción de que el niño se enriquece intrauterinamente por el semen del padre, de tal manera que es fomentada la vida sexual durante el embarazo. Por otra parte, la lactancia es muy prolongada, espontánea y autodeterminada por el niño.

Así pues, una de las culturas tiene como expresión notoria la prohibición de la maternidad y la otra, su aceptación. En la cultura arapesh no existe esterilidad psicogénica, no existe la aláctea. En la cultura de las Marquesas, existe la esterilidad, el aborto y la pseudociesis, que es un falso embarazo. Así pues, la conducta procreativa de la mujer en las islas Marquesas y en el Archipiélago Arapesh es una conducta motivada; esto es, que podemos explicarnos gran parte de la manera de ser en sus áreas procreativas y en sus áreas genitales en base a los «manipuleos» que el ambiente ha tenido para esa conducta.

Por ejemplo: la cultura latinoamericana espera que la mujer se desarrolle en términos procreativos, por lo que estimula todo aquello que puede ser significativo como posibilidad de expresarse en estas áreas procreativas.

En otras culturas, como la del negro en Estados Unidos, Kardiner ha tratado de estudiar si existen rasgos suficientemente significativos, independientemente de la clase social a la cual se pertenece, que nos permitan hablar de una personalidad básica. Estudia los rasgos que resultan comunes en el negro norteamericano y encuentra rasgos sustantivamente análogos que nos permiten identificarlo: la tendencia a cierto tipo de drogas, a cierto tipo de chistes, cosméticos, selección de colores, etcétera, llegando a la conclusión de que sí hay una personalidad básica, resultado de un hecho que les es común: la opresión. Esta opresión que ha sido constante, se ha aceptado durante mucho tiempo y ha producido lo que Kardiner llama la marca de la opresión.

En otra línea de pensamiento, nosotros hemos hablado de la personalidad básica del mexicano, estudiándola en una serie de rasgos, circunstancias históricas, y demás.

En el mundo de la física se sabe desde hace muchos años que todo está motivado, pero en nuestro afán antropocéntrico creíamos que éramos rectores, directores y hacedores de nuestra conducta, cosa que se ha demostrado, cada vez más, es un error. El ser humano —decía Freud— ha tenido tres grandes dolores en el curso de su historia y desarrollo: el primero fue que nos dijeran que la tierra no era el centro del universo sino un pequeño planeta perdido en el cosmos; el segundo, que no éramos ángeles caídos del cielo sino antropoides erguidos; y el tercero, que no somos rectores de nuestra conducta sino que es esta la que frecuentemente nos rige.

Hay una serie de pruebas fehacientes de que este descubrimiento de psicoanálisis sobre la conducta es muy importante y puede ser corroborado en la psicología experimental y en la antropología cultural.

Segunda premisa: Gran parte de las motivaciones generadoras de conducta son inconscientes. O sea, que gran parte de lo que hace el ser humano está motivada, aunque frecuentemente no sabe por qué. Hay muchas maneras de que la motivación sea inconsciente: a veces porque hemos olvidado la raíz, el origen o ha habido una solución de continuidad, una pérdida de la sintaxis entre el presente y el pasado. Hay muchas pruebas experimentales para probar esto. Desde la época de Freud, en que se trataba de demostrar que la conducta es inconsciente, se hipnotizaba al sujeto y se le daba una orden para cumplirla después. Al cumplirla, el sujeto siempre tratará de dar una explicación a su conducta porque no sabe que el motivo de la misma es una orden hipnótica. Así actuamos también cuando nuestra motivación es inconsciente.

La mayor parte de la manera de ser de cada quien forma el juego de la personalidad. Un juego complejo que se estructura en base a identificaciones con familia, la lengua nativa, las relaciones, el ambiente… Es un juego de interacciones crónicas presentes durante el proceso de desarrollo y que hace factible que cada manera de ser sea de un modo y no de otro. Por otra parte, hay que hacer notar que frecuentemente la conducta está motivada por razones inconscientes; pero no porque las razones sean inconscientes dejan de ser operantes y dinámicas.

El tercer postulado se desprende de lo anterior: Las pautas de conducta, cualesquiera que ellas sean, son el resultado de la interacción del sujeto con los objetos que entraron en contacto con sus necesidades durante la infancia —madre, ambiente, padre, hermanos. A veces, la pauta de conducta es la repetición fotográfica de las pautas del suceder histórico. Otras veces es lo opuesto a lo que vivimos en la edad infantil, pero de cualquier modo están sometidas a ese aprendizaje determinado.

¿Y por qué una pauta tiende a seguir manteniéndose rígidamente en el curso del desarrollo? Existen varias tesis importantes: la pauta de conducta, la personalidad, no se estructuró en una hora de un día específico. Se estructuró de la interacción constante, consistente, sistemática, a lo largo de años. La personalidad se estructura en función de esta interacción entre el sujeto y los objetos durante períodos muy prolongados.

¿Por qué se estereotipa la conducta? ¿Por qué es incapaz el sujeto de cambiar la conducta una vez que se ha estructurado? En términos generales se señala que: la conducta tiende a automatizarse por una economía de esfuerzo. Esas pautas de conducta que uno, cuidadosa, dedicada, lentamente estructuró, tienden a automatizarse independientemente de que la pauta sea dolorosa, porque la pauta que se adoptó en el momento necesario fue la más operativa para ese momento. Luego puede ser muy negativa; pero por bizarra que sea en el momento actual, en un momento dado fue la más adaptativa, la más funcional. Existe además suficiente número de experimentos como para comprobar digamos en qué medida una pauta tiende a automatizarse en forma sistemática. De lo que venimos diciendo se deriva:

Quinto: Cada fragmento de conducta es un trozo de historia. Esto le da a la conducta una dimensión en el tiempo particularmente importante. La conducta no es un trozo o un fragmento de expresión desubicado o desvinculado del tiempo, es un trozo consistente de hechos firmemente anclado a la historia del sujeto.

Sexto: Las pautas que un sujeto determinado tiene son muy monótonas (una vez que un individuo estructuró su pauta). Los seres humanos tomados en conjunto son muy variados, pero el ser humano, funciona de modo repetitivo ante cada circunstancia, sujeto, objeto o situación. Menninger afirma: la conducta, de la misma manera que la cicatriz en la pata de un oso, que se formó cuando era chico, será siempre igual, no importa la naturaleza del terreno que pise la huella: repetitiva, sistemática, reiterada. Lo que ha sido, es y seguirá siendo.

Hay otra circunstancia que es muy ilustrativa: una conducta como cualquier energía si no estuviera alimentada por el ambiente tendería a extinguirse. Una conducta neurótica, si no tuviera la alimentación que propicia su existencia, se extinguiría. Toda conducta necesita, para su persistencia, fuentes de aprovisionamiento, de retroalimentación. Todo sujeto establece relaciones con su ambiente, de tal naturaleza que propicia que el ambiente le brinde aquello que es susceptible de generar repetición en la pauta. La rata chupadora se colocaría en posición de encontrar chupones en todas partes, y si no los encontrara, los compraría. Dirá que chupa porque hay muchos chupones pero no: es porque los ha buscado. Por eso el cambio emocional es tan difícil. Por eso el psicoanalista está consciente de que debe evitar transformarse en el último chupón del sujeto. La conducta del paciente va a tender a repetirse con el terapeuta, aunque resulte dolorosa.

Éstas son, a mi manera de ver, las premisas más importantes del psicoanálisis. El psicoanálisis, tiene actualmente la posibilidad modesta de expresar un poco con las frases de Claudio Bernard, que definen los momentos del suceder científico: Observa, medita y vuelve a observar. El psicoanalista observa la conducta, medita acerca de ella, trata de encontrar los nexos que existen, que aplican, que son análogos y después de meditar en ello vuelve a observar y trata de corroborar lo que ha observado.

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