EL RITMO DE LA COMUNICACIÓN EN LA SESIÓN ANALÍTICA

Este artículo aparece posteriormente como «La melodía en la comunicación en la situación analítica». Como  «El ritmo de la comunicación en la sesión analítica»,  Cuadernos de Psicoanálisis, vol. 3, núm 2, 1967. En El Mexicano, 5ª edición, 1968, en Infancia es destino, en Obras Completas

1967

Desde hace muchos años es conocido el carácter reiterativo y repetitivo de la experiencia. En 1914 Freud[1] codificó estas ideas en su trabajo Recuerdo, repetición y elaboración. La situación analítica y la neurosis de transferencia adquieren significación en tanto son repeticiones de trozos de conducta o de técnicas utilizadas en situaciones remotas y redundancia de relaciones de objeto. La equiparación ya vieja que nos hace decir que “en análisis tratamos de ver en el aquí y el ahora lo que aconteció en el allá y el entonces”, no es sino una formulación técnica de lo que una y otra vez se comprueba. Por eso, ante cualquier experiencia concreta, el ser humano pone en movimiento la totalidad de sus pautas de aprendizaje que si bien ahora, en la actualidad, pueden ser dolorosas en la infancia fueron económicas, adaptativas y susceptibles de promover y permitir el desarrollo de la personalidad con el mínimo nivel de desintegración posible, dadas las circunstancias en que tales pautas de aprendizaje tuvieron lugar.

Menninger,[2] para señalar en forma didáctica la característica repetitiva de la experiencia, decía que las vivencias infantiles habían quedado indeleblemente grabadas de la misma manera que una herida en la pata de un oso. La marca de la historia impresa como cicatriz en la pata del oso es profunda y persistente. En un trabajo anterior, “Infancia es destino”,[3] trataba el tema de la repetición de las relaciones tempranas de objeto en las relaciones tardías de objeto, lo que hace pensar, como efectivamente sucede, que la infancia del ser humano va a determinar el carácter de todas sus experiencias tardías. Fue en ese contexto en el que usamos la frase “infancia es destino”. Intercambiando puntos de vista al respecto e impresionados masivamente por las características reseñadas, José Luis González y el que suscribe acuñamos una frase, motivo de un trabajo por parte de González,[4] denominado La neurosis y el Bolero de Ravel.

El tema de la composición musical se repite un número indeterminado de veces; los aspectos formales cambian, pero la estructura melódica persiste obsesionante, abrumadora y desesperantemente. Así la relación del objeto, la defensa, la señal de alarma y su disparo, y la distancia o lejanía son desesperadamente repetidas. Eso nos ha llevado a decir en algún trabajo que “la conducta es un trozo de historia”. En los momentos actuales diríamos aún más que “la conducta es la expresión no de un trozo, sino de toda la historia del sujeto”. Estos puntos de vista se encuentran en total acuerdo con la evolución de nuestro pensamiento teórico en los últimos años. La formulación de este pensamiento en parte es debida a Montaño,[5] quien verbaliza su pensar, el cual hago propio, señalando que la conducta, visualizada en sus múltiples dimensiones: histórica genética, nivel de conciencia, grado de adaptación, etc., se inicia por un grado de organización primaria al cual se le puede dar arbitrariamente el valor de “unidad de organización”. De este punto inicial la conducta va mostrando grados de organización crecientemente complejos. La regresión, tanto normal como patológica (sueño o psicosis), representa niveles de organización más arcaicos, menos adaptativos y de menor grado o nivel de conciencia. Estas características del proceso regresivo o temprano hacen que el lenguaje con el cual se expresa tenga determinadas calidades, las mismas que el yo poseía, para manejar los problemas en esos niveles de organización. Ante la emergencia de iguales problemas, en estado de vigilia o no regresivo, el yo va a utilizar un lenguaje similar en lo estructural, pero diferente en lo formal; la forma lingüística, ahora, poseerá sintaxis, la abstracción prevalecerá y dominará lo que los metodólogos designan con el término de metalenguaje. Quizás sea oscuro mi pensamiento cuando señalo que lo único que cambia son los niveles formales de comunicación y no los niveles estructurales. Un ejemplo nos puede aclarar lo que pensamos: una paciente puede hablarme del gran deseo de tener hijos, de sus ansiedades al respecto, enlazar sus deseos con su historia, darle connotación a sus miedos, etcétera. Todo esto es presentado en un nivel abstracto, con una sintaxis bien organizada, sin hiatos de desorganización. La misma sujeto sueña que en una playa está pronta a ir al fondo del mar en donde se observa buceando y buscando perlas en un banco perlífero; extrae una ostra y con zozobra la abre para ver si en ella se encuentra la anhelada perla. Desde un punto de vista estructural la comunicación en el sueño y en la vigilia tienen igual connotación, nada más que la representabilidad formal en el sueño y en la vigilia asumen características diversas. En este orden ideológico y sabiendo de que la conducta tiene una pauta que la define, no obstante lo aparentemente paradójica que se muestre, podemos decir que interpretar es darle sintaxis al contenido de la comunicación o en otras palabras darle a la comunicación un nivel de “metalenguaje” que haga comprensiva la expresión “objeto-lenguaje”. Volviendo al símil de Menninger, la naturaleza del terreno sobre el que pisa el oso podrá variar, pero no así la persistencia de la herida. Varía el terreno, digamos: experiencias escolares, vida sexual, actitudes en el trabajo y demás, pero en todas ellas la marca de la huella será sistemática, inexorable y consistente. Todo lo anterior me lleva a pensar en la profunda verdad del Eclesiastés cuando señala “lo que ha sido, es y seguirá siendo”.

En un trabajo anterior[6] habíamos señalado que lo que es diverso en la comunicación es el aspecto formal, conservándose con persistencia y reiteración el meollo de lo comunicado. Entonces dijimos:

…se puede prescindir del término estructura y de los conceptos a él enlazados, sustituyéndole por el de función. Estas funciones son procesos continuos del principio al fin de la vida y van adquiriendo un grado de organización en forma aditiva, cada vez mayor. En el comienzo prevalece la inaplazabilidad, la falta de temporalidad, la representación icónica (de icono: imagen) o concreta y los bajos niveles de conciencia; en el clímax de la organización, la demora, la temporalidad, el uso de metalenguaje, sintaxis y altos niveles de conciencia.

Sintetizando: la conducta, una vez estructurada, se repetirá en forma sistemática y abrumadoramente reiterada.

Muchas de las aparentes variables no son otra cosa que cambios en la calidad verbal, pero en el fondo se redunda y rumia repetidamente el mismo conflicto subyacente.

Ahora quiero referirme a un aspecto parcial y más circunscrito de lo expresado hasta aquí.

Hace muchos años, Arnaldo Rascovsky gustaba, para definirla, darle a una sesión una nominación determinada, la cual tenía como meta definir los contenidos expresados en ella en una sola frase. Por ejemplo, independientemente de las formas verbales que el sujeto hubiese usado, la nominación de una sesión bien hubiera podido ser: “cómo me explotas” o “quiéreme o me mato”, etc. Probablemente con este antecedente, y quizá con otros que crípticamente no recuerdo, en los últimos meses me he dedicado a seguir las analogías en la comunicación en el curso de una sesión determinada y, claro está, he encontrado lo que era de suponerse: analogías del principio al fin de la misma. Un antecedente más: en el análisis de la creación literaria hemos hallado comunes denominadores que explican tanto el por qué de su interés, cuanto el por qué de su belleza constructiva. En cualquier obra de verdadero valor artístico en materia de ficción podemos detectar desde el primer capítulo toda la trama ulterior. Además, es una de las tareas preconscientes del artista dar indicios; nos los brinda con su lenguaje, su presentación formal, el paisaje, etc., lo que nos permite también conocer con anticipación preconsciente el desenlace de la obra; de no ser así la ficción o nos resultaría siniestra o simplemente sería una obra de circunstancias sin ningún valor estético. La estructura de la ficción, como la de la comunicación en una sesión analítica, son verdaderamente musicales. Plantean el tema y lo desarrollan en diferentes niveles, lenguajes y pautas de relación.

A continuación presento algunas sesiones ilustrativas que quizá hagan comprensible lo que he tratado de informarles:

Se trata de una sesiónque, después de comentarla, me ha facilitado generosamente el Dr. Barriguete. Se trata de una mujer de 40 años cuyo tratamiento se inició hace 14 meses.

En esta sesión, y al iniciarse la misma, la paciente le presenta al terapeuta, en la sala de espera, a sus tres hijos. En otra ocasión había traído a otros dos y al último de los hijos lo conoció el terapeuta por haber sido el motivo inicial de la consulta que condujo a esta madre a tratamiento analítico.

Pasa al consultorio, deja a los niños en la sala de espera y se inicia la sesión.

P: Estos son los últimos que le faltaba conocer, sus calificaciones en la escuela han sido buenas y me siento orgullosa de ellos. Todos son muy buenos pero no me gusta que Francisco se muerda las uñas. Luis todavía es muy agresivo, principalmente con su padre, hasta llegarle a desesperar. No sé cómo le habrá ido en matemáticas, pero sacó diez en modelado. Quiere dejar de estudiar. Está muy chico para saber la oportunidad que pierde con ello. Mi marido dice que lo deje en paz. Puede ser que tenga razón. Tiene una gran habilidad manual; Francisco logró entrar a la secundaria y Luis no. Su papá dice que flojea porque la escuela en donde estuvo antes lo decepcionó. Yo siempre fui buena alumna. Como Luis fue el primer hijo, seguramente cargó con el peso de todos los errores. Debía haber estudiado un poco de psicología infantil. Como temía quererlo le di poco cariño, en cambio a Rosita le he dado de más. Todo hay que darlo con medida. A Luis le di menos y a Rosita más. Luis se ha dado cuenta de que quiero con más soltura a Francisco; una vez oyó que le decía reyecito y me dijo que yo no lo quería porque nunca lo había llamado así. Son tan complicadas estas cosas; en psicología pasa como en sociología (ella es socióloga), son tantos los factores que nunca llega una a saber lo que sucede en realidad. Tal vez usted, desde el exterior, pueda ver algo, ya no veo nada. De todos modos, estamos tratando de comprender el problema. Dígame ¿qué piensa de mis niños?

T: ¿Por qué la pregunta? Debe haber tenido usted una buena razón para traerlos.

P: Sólo quise traer a Rosita, pero me pareció injusto no traer a los demás, quiero que me diga que están bonitos. Eso me enorgullecería.

T: ¿Será que hoy me está mostrando sus partes buenas?

P: Creo que así es. Al enseñarle a Rosita le dije: “estas son mis joyas”. Estoy realmente orgullosa de ellos, ahí están mis méritos. Es posible que me interesen más que mi esposo, tengo la idea de que a él no le hago falta. Me quiere pero como compañera, en cambio para mis hijos soy muy importante, soy lo primordial en sus vidas. Tal vez les achaco a ellos la necesidad que yo tuve. Considero que les haré falta por un lapso transitorio, después se irán. A mi esposo ahora le hago menos falta, cuando los niños se vayan nos fundiremos más él y yo.

T: ¿Me quiere decir que sus hijos la van a dejar necesariamente?

P: Claro que sí, yo no quiero ser como mi suegra que no es capaz de dejar a mi esposo. Ahora que no tiene sirvienta tiene que ir a verla diario. Debería buscar la forma de arreglar su vida y dejar a mi esposo. Yo no quiero que mis hijos estén obligados a pagar lo que yo les di. Esa señora le cobra a mi marido los sacrificios que ella hizo por él. Quiero darles a mis hijos en forma desinteresada.

T: ¿Su mamá alguna vez le reclamó algo?

P: Una vez me mandó una tarjeta para que yo interviniera con mi papá para que él le regresara un anillo que le había regalado cuando se comprometieron y que una vez separados ella empeñó. Por no poderlo rescatar le envió la boleta a mi papá. Él desempeñó el anillo y me lo regaló a mí y lo tengo hasta la fecha. No creo que sea el original, el otro creo que se perdió y mi mamá nunca lo supo. Pensaba que el original lo tenía yo. Ella me decía que el anillo sería para mí, pero que se lo diera mientras tenía edad para poder usarlo. Me pareció muy injusto que mi papá no se lo diera, pero él era muy autoritario. No tenía sentido ponérmelo a nombre de ella… (llora profusamente). En sus últimos tiempos mamá ya no tuvo ninguna alhaja, ella y su hermano las fueron vendiendo. Murió en la más espantosa de las miserias, en un cuarto que alquilaba en una azotea una muchacha que había sido criada de la casa, cuando estaba casada con mi papá. Mi papá nunca la ayudó. A mí me gustan las alhajas como a ella.

T: Yo nunca le he visto ninguna.

P: Las he dejado de usar desde que tuve mis hijos; los anillos rasguñaban a Luisito, los collares me los arrancaba, las pulseras se les clavaban. Después de cinco años me quedó la costumbre de no usar alhajas. A mi mamá le gustaban mucho las alhaja, pero en sus últimos años sólo usaba baratijas. No tenía ya alhajas finas.

T: ¿Y usted sí?

P: Estos aretes me los dio mi madrastra (la cual había sido amante del padre cuando éste estaba casado con la madre).

En la sesión anterior a la descrita tuvo un sueño en el que en forma obsesiva estaba en un banquete muy elegante y simultáneamente haciendo la revolución. Los revolucionarios la llamaban traidora. Cuando preguntaban por ella decía que estaba con su mamá.

Como se puede claramente observar, los temas de las sesiones están centrados en pocos contenidos estructurales no obstante la aparente variación formal. La paciente nos habla de sus hijos —alrededor de éstos maneja ambivalentemente sus afectos— colocando signos positivos en unos y negativos en otros. Luis es flojo y Rosita aplicada. A Rosita le dio cariño de más y a Luis de menos. Después nos platica de las madres, también en forma ambivalente las posesivas y las abandonadas y por último, con intenso llanto, de las joyas y del status del que privó a la madre.

El antecedente que nos sirve para comprender la sesión antes descrita es el hecho de que el padre se separa de la madre cuando la paciente es muy pequeña, cuatro años, la exesposa carente de toda ayuda en forma paulatina va descendiendo hasta quedar desposeída de todo valor vital y personal. Muere en el cuarto de una antigua sirviente. Estas circunstancias condicionaron la historia de la paciente y le grabaron, en forma indeleble, la huella que habría de repetir. Siente que abandonó a la madre y, culpable, trata una y otra vez de reparar ese abandono y a la vez de repetirlo. Nos muestra a sus hijos al principio de la sesión como afirmando que nunca rompió el lazo materno-filial, pero a poco de expresarse así nos señala la reticencia en darle afecto a su hijo mayor, motivo de la consulta inicial, destruido por la patología de la paciente (psicótico), de la misma manera que sintió que había destruido a su madre en la infancia. Más adelante nos dice que sus hijos son sus joyas y tras algunas racionalizaciones habla de su altruismo para colocar agresivamente en forma crítica signos negativos en la relación de su esposo con su suegra; en el fondo añora una relación similar con la madre: su esposo no abandonó a la madre como ella lo hizo. El terapeuta conduce la sesión al tema central, la relación con la madre. La paciente habla del robo y de la usurpación del padre y del anillo de compromiso. La relación con sus hijos con la cual se inicia la sesión y la relación con las alhajas con la cual termina, no son sino dos modos formales de señalar una misma cosa, su relación con lo valioso. Los hijos, la madre y las joyas —objetos valiosos— son tratados con profunda ambivalencia; quiere apropiarse de ellos, depredarlos y destruirlos para lograr anhelos edípicos y a la vez, altruistamente, desprenderse, reparar e integrar lo destruido. En relación con sus joyas, sus hijos, su madre y su ideología es simultáneamente revolucionaria y traidora. Muchas cosas adicionales podríamos decir con respecto a la sesión, pero en mérito de la brevedad con ello nos basta.

Un ejemplo más:

Se trata de una paciente divorciada recientemente, con una conducta promiscua y desintegrada. La impresión inicial, cuando hicimos su diagnóstico fue de una esquizofrénica. En todas sus relaciones de objeto prevalecía la futilidad y una ausencia de ligámenes. La sesión que relatamos acontece aproximadamente unos dos años después de iniciada la terapia e inmediatamente después de reanudadas las actividades terapéuticas que se habían suspendido por unas cortas vacaciones.

P: En el camino, venía pensando que cuando estuve de vacaciones durante todo el tiempo pensé en ti; en todo lo que hacía establecía diálogo contigo o con tu imagen; yo te preguntaba, tú me contestabas; te rebatía, me rebatías; así una y otra vez intensamente. Yo, cuando te venía a ver, no sabía de qué hablar, no tengo nada que decir. Otros años, cuando estaba de vacaciones (en las playas) no me preocupaba de los problemas de México (en otro contexto emocional que aparentemente hacía la situación distinta, aunque en el fondo fuera análoga). En esta ocasión fue distinto. Juan (su amante en turno) estaba en México. Me sentía terriblemente inquieta y tuve necesidad de venirlo a ver. Durante dos o tres fines de semana él había ido a verme a Puerto Vallarta (donde pasaba las vacaciones). Él tenía que regresar a su país para pasar el Año Nuevo. Días antes no dormía, me inquietaba y sólo vivía con la premura de venir a verlo a México. No sabía cómo justificar la interrupción de mis vacaciones con mi exmarido, con mis hijos y con mis padres. Sin embargo, lo decidí y lo hice. Me vine a México. Estando aquí con él, me dijo que debíamos formalizar nuestra relación; me insinuó la posibilidad de tener un hijo. Le pregunté si siendo cristiana su familia judía me aceptaría, él me dijo que sí. Yo me sentía obligada a decirle que en mi casa un judío como él sería un tabú. Nunca sería aceptado. Él se enfrió y se puso a la defensiva.

T: Te pasó con él como conmigo: lejos lo deseas, te sientes impelida a venir a México para hablarle; ya aquí lo rechazas. Conmigo igual, en vacaciones estaba muy presente contigo y apenas me encuentras no sabes qué decirme, me alejas de ti. Siempre funcionas así: cuando las cosas están lejos simulas que las quieres cerca; cuando realmente se acercan a ti, las alejas asustada. Así con tus amantes y con tus aficiones. Eres como el malabarista que tiene muchas bolas en la mano y al mismo tiempo ninguna. Cuando no estoy contigo en Puerto Vallarta me dialogas y cuando sí estoy en México, contigo, no tienes qué decirme. No sólo te pasa así con las personas, sino también con las cosas: cuando las tienes de a mentiras y en juego las aceptas, cuando pueden formalizarse te asustan. Siempre has picoteado en estudios, intereses y aficiones.

P: Cuando jovencita tenía muchos novios que no me comprometían; entonces funcionaba muy bien. Cuando alguno quería formalizar las cosas me asustaba mucho. En una ocasión cuando estudiaba literatura le pregunté a un maestro la forma en que podría escribir. Él me contestó que escribiendo. Me asusté.

T: Como te asustas cuando te contesto que la única forma de analizar tus problemas es analizándolos.

P: También he pensado que a ti ya no te necesito internamente porque ya estás.

T: Estás justificando tu miedo al agua diciendo que no tienes ganas de nadar o que no tienes traje de baño en lugar de apersonarte con tu dificultad de acercarte.

P: Casi siempre sueño que voy a ir a algún lugar y nunca llego a él, o que debo correr y no puedo… A Juan le hablé, con pelos y señales de una amiga cuya conducta es muy inmoral. Él puede pensar que yo soy igual.

T: Te muestras ante él tan puta como tu amiga para que te rechace.

P: Silencio. (Al terminar la sesión y para salir). Tengo dinero en el Banco, pero olvidé la chequera.

Es obvio que del principio al fin, la comunicación de la sesión es: “quiero acercarme a ti, pero no puedo”. Me dice que lejos de mí piensa en nuestra relación, pero que cerca le aterra. Que tiene dinero, pero que no puede dármelo por olvidar la chequera. Que quisiera estar con el amante, pero que al mismo tiempo lo rechaza. Que podría estar en la vida y en los estudios si ellos fueran juego, pero no si la responsabilizan y la comprometen. Sueña que quiere ir a algún lugar y nunca llega a él. Es el drama del esquizofrénico que simultáneamente quiere a sus objetos y lo empavorecen.

Espero que estas dos sesiones hayan ilustrado mi pensamiento.

Mi deseo hubiera sido presentar material clínico adicional, la limitación del tiempo me lo impide. Hace pocos días una paciente me decía al iniciar su sesión: “Mi mano está fría y la suya tibia, seguramente le molestó”. El tema básico del resto de la sesión gira acerca de lo inadecuada, fea, diferente y poco agradable que se ha venido sintiendo en los últimos años. La comunicación inicial la hizo en términos concretos, objeto-lenguaje, al final en forma abstracta, meta-lenguaje. Toda sesión y toda vida tiene una melodía. El papel del terapeuta es encontrar el ritmo de la comunicación para hacerla comprensiva y significativa en su secuencia, en su pasado, en su prospección y predictibilidad. Mientras mayor sea la veracidad del ritmo descubierto, mayor la posibilidad de predecir conducta ulterior.

Nada de lo dicho es nuevo; siempre lo descubriremos si nos ponemos a distancia de la mera apariencia para orientar adecuadamente la persecución de la verdad.

No sólo Freud, también los poetas percibieron la naturaleza rítmica y reiterada de lo sentido y lo vivido. Octavio Paz,[7] el poeta de mis predilecciones y soledades dice:

…el universo es un sistema de correspondencias regidas por el ritmo; cada forma natural dice algo, la naturaleza se dice a sí misma en cada uno de sus cambios; ser poeta no es ser el dueño sino el agente de transmisión del ritmo; la imaginación más alta es la analogía… la aprehensión de la realidad es un paulatino tránsito de lo vario a lo uno.

La tesis de mi trabajo, mal pergeñado y pobremente documentado, conduce a estimular una afirmación: “el psicoanálisis es una psicología del ritmo interno”.

[1] Sigmund Freud, Recuerdo, repetición y elaboración, en Obras completas, tomo ii, Colección Biblioteca Nueva, Madrid, España.

[2] Karl Menninger, Teoría de la técnica psicoanalítica, Editorial Pax-México, 1962.

[3] Santiago Ramírez, Infancia sí es destino, en Neurología, Neurocirugía, Psiquiatría, vol. iv, núm. 1, México, 1963.

[4] José Luis González, Trabajo leído en la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría.

[5] Guillermo Montaño, «Comunicación preliminar sobre el modelo conceptual psicoanalítico«, trabajo presentado en el IV Congreso Nacional de Psicoanálisis, 1964, Fortín de las Flores, Veracruz.

[6] Fernando Arizmendi, et al., “La estructura del aparato psíquico, su enfoque metodológico”, trabajo presentado en el IV Congreso Nacional de Psicoanálisis, 1964, Fortín de las Flores, Veracruz.

[7] Paz, Octavio, Cuadrivio, Joaquín Mortiz, México, 1965.

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