LA AMBIVALENCIA DE OSCAR WILDE

Seminario, Facultad de Psicología, UNAM. En Un homosexual. Sus sueños, 1983, con García Lorca. En Obras escogidas

1967, 1983

En el capítulo anterior, sin ahondar en la biografía del autor, pretendimos indagar en la temática de la obra de García Lorca sus motivaciones que hacían que las bodas fuesen de sangre; la zapatera, prodigiosa; la maternidad, yerma, y que la situación culminara en la tragedia de Bernarda Alba. Nuestro pensamiento estaba dirigido a señalar que una de las funciones de la homosexualidad era la esterilidad, ante la angustia terrorífica y amenazante representada por la fertilidad.
En este capítulo pensamos ejemplificar, con algunos textos de Wilde, la fuerte ambivalencia de los afectos homosexuales. Al igual que en el anterior, no tocaremos sino escuetamente algo de la cronología del autor; nuestra atención estará enfocada a los aspectos sustantivos, el amor y el odio, en Salomé y en La Balada de la cárcel de Reading.
Existen pocos datos cronológicos. Wilde nace en 1854, escribe El retrato de Dorian Gray en 1890, a los 36 años, premonición estética del conocimiento de sir Alfredo Douglas en el otoño de 1891, a los 37 años. En 1891 y seguramente influido por las características de la relación con su compañero, a fines del año, escribe su obra maestra: Salomé; con la intención de ser representada por Sara Bernhard, en las postrimerías de sus 37 años. En 1896, ya encarcelado, sabe de la pena de muerte que habría de ser aplicada al ex-sargento de caballería, Charles T. Woolridge; con tal motivo compone su Balada el mismo año, a los 42 de edad.
Nuestro autor muere en 1900 a los 46 años.
Hemos elegido, rápido, dos obras, Salomé y la Balada; nos parecen representativas.
En Salomé, desde la apertura del drama en un acto, por boca de dos personajes se expresan afectos disímbolos; nos dice:
El joven Sirio: ¡Qué bella está ahora la princesa Salomé!
El paje de Herodías: Mirad la luna. Tiene un aspecto muy extraño diríase una mujer salida de una tumba. Parece una mujer muerta. Diríase que busca muertos.

La confrontación de los aspectos maravillosos y siniestros colocados en la princesa y en la luna son obvios desde el principio de la obra. Sin señalar reiteradamente a los personajes del drama que asumen una u otra posición de los contrastes, voy a anotar en forma entrecomillada algunas frases:
…“tiene unos pies como palomitas blancas”; “es como una mujer muerta”; “Sus manecitas blancas se agitan como palomas que vuelan hacia sus palomares”; “no hay que mirarla puede suceder alguna desgracia”; “Qué pálida está»; «No la he visto nunca, tan pálida”; “no la miréis. Os ruego que no la miréis”. “La luna. Diríase la mano de una muerta que quiere cubrirse con un sudario».

Hasta aquí el drama se está dando en una ambivalencia que va de la luna como objeto siniestro a la princesa como objeto maravilloso. Anuncio elemental del diálogo que habrá de realizarse más tarde entre Salomé y Yokanaán. En este diálogo del cual transcribiremos partes importantes, el amor y el elogio más tierno se ve acompañado, después de la frustración, por el insulto y el desprecio más intenso.
¡No te acerques a mí, hija de Sodoma!
¡Yokanaán! Estoy enamorada de tu cuerpo. Tu cuerpo es blanco como el lirio del prado que el segador no ha hollado con su planta. Tu cuerpo es blanco como las nieves que reposan sobre las montañas de Judea y descienden a los valles. Las rosas del jardín de la reina de Arabia no son tan blancas como tu cuerpo. Ni las rosas del jardín de la reina de Arabia, ni los pies de la aurora que caminan sobre las hojas, ni el seno de la luna cuando se pone sobre el seno del mar… No hay en el mundo nada tan blanco como tu cuerpo.

Yokanaán la rechaza diciéndole: “¡Atrás, hija de Babilonia!”
Veamos cómo la frustración hace siniestro lo maravilloso:
Tu cuerpo es horrible como el de un leproso. Es como un muro de cal por donde han pasado las víboras, y en el que anidaron los escorpiones. Es como un sepulcro blanqueado repleto de inmundicias. ¡Es horrible tu, cuerpo, horrible…

Mas la princesa no ha cedido, busca el logro de su objeto y dice:
—Los que me enamoran son tus cabellos. Tus cabellos parecen racimos de uvas negras que cuelgan de las viñas de Edom en el país de los edomitas. Tus cabellos son como los cedros del Líbano, como los grandes cedros del Líbano que dan sombra a los leones y a los malhechores que quieren esconderse allí durante el día. Las largas noches oscuras, esas noches en que la luna no aparece y las estrellas tienen miedo, no son tan negras como tus cabellos. El silencio que mora en las selvas no es tan negro. No hay nada en el mundo tan negro como tus cabellos. Déjame tocar tus cabellos.
—Atrás, hija de Sodoma!

La réplica, ambivalente ante el rechazo, no se hace esperar.
—Tus cabellos son horrorosos. Están cubiertos de polvo y fango parecen una corona de espinas colocada sobre tu frente. Parecen un nido de serpientes negras enroscadas en tu cuello. No me gustan tus cabellos… Es tu boca la que me enamora Yokanaán… Tu boca es como una cinta escarlata sobre una torre de marfil. Es como una granada abierta con un cuchillo de plata. Las flores del granado que crecen en los jardines de Tiro y que son más rojas que las rosas, no son tan rojas como tu boca. Los gritos rojos de las trompetas que anuncian la llegada de los reyes y amedrentan al enemigo, no son tan rojas como ellas. Tu boca es más roja que los pies de los que pisan la uva en los lagares. Es más roja que las patas de las palomas que habitan en los templos y que los sacerdotes cuidan. Es más roja que los pies del que vuelve de una selva donde ha matado un león y oteado tigres dorados. Tu boca es como una rama de coral hallada por unos pescadores en el crepúsculo marino, ¡y que guardan para los reyes! Es como el bermellón que los moabitas encuentran en las minas de Moab y que los reyes les arrebatan. Es como el arco del rey de los persas, está pintado con bermellón y tiene cuernos de coral. No hay nada en el mundo tan rojo como tu boca. Déjame que la bese.
—¡Hija de Sodoma, jamás!
—Besaré tu boca Yokanaán, besaré tu boca.[…] Besaré tu boca, Yokanaán. Déjame besar tu boca, Yokanaán. Dejáme besar tu boca. Besaré tu boca Yokanaán.

Retornando tema extrapolado de la luna la princesa Herodes dice:
La luna tiene un aspecto muy extraño esta noche. ¿Verdad que su aspecto es muy extraño? Diríase una mujer histérica que va buscando amantes por todas partes. Está también desnuda, completamente desnuda.

Ya cerca del final de la obra Salomé accede a bailar para el Tetrarca:
Bailaré para vos, Tetrarca. Y Herodes pide: Vais a bailar con los pies descalzos. Está bien. Vuestros piececitos serán como blancas palomas. Parecerán florecillas blancas moviéndose sobre un árbol.
Y más adelante; en el simil de la luna con el lado siniestro del afecto, Herodes expresa:
Mirad, la luna se ha puesto roja como la sangre.
La cabeza de Yokanaán.
La cabeza de Yokanaán.
La cabeza de Yokanaán.
La cabeza de Yokanaán.

Una vez puesta la cabeza del bautista en bandeja de plata, Salomé besa su boca.
¡Ah! he besado tu boca. Yokanaán, he besado tu boca. Había un sabor acre en tus labios. ¿Era el sabor de la sangre?… Quizá era el del amor. Dicen que el amor tiene un sabor acre… Mas ¿qué importa?, ¿qué importa? He besado tu boca, Yokanaán, he besado tu boca.

Resultaría irrelevante señalar las alternancias de la ternura a la agresión profunda en el momento mismo en que el rechazo al impulso se produce; de la ternura apasionada, de «El Ruiseñor y la Rosa» a la violencia profunda del crimen homosexual.
En toda la tesis de este libro hemos mantenido la idea de que la homosexualidad se encuentra vinculada más al problema pregenital que a los clásicamente descritos como “envidia del pene” y “temor a la castración”. La pregenitalidad del homosexual rebela intensidad de ternura y odio que tan sólo se dan en la relación madre e hijo y en la situación boca-pecho. Alto afecto del pecho deseado e intensa hostilidad de la boca rechazada.
En La Balada de la cárcel de Reading, en memoria de Carlos T. Wooldrige, antiguo soldado de la guardia real de caballería y escrita en 1896, cuando Wilde tenía 42 años, se expresa con prístima claridad la difusión y al mismo tiempo disociación del amor y el odio. Veamos:
…ya no llevaba su guerrera escarlata porque la sangre y el vino son rojos y sangre y vino había sobre sus manos cuando lo encontraron con la muerta. La pobre mujer muerta que él amaba y a quien había matado en su lecho.

Mas adelante:
Y, sin embargo, el hombre mata lo que ama, sépanlo todos: unos lo hacen con una mirada de odio; otros, con palabras cariciosas; el cobarde, con un beso, ¡el hombre valiente con una espada!
Unos matan su amor cuando son jóvenes; otros cuando son viejos; algunos lo estrangulan con las manos del deseo; otros con las del oro; los mejores utilizan un cuchillo, porque de ese modo los muertos se enfrían en seguida.
Aman, unos muy breve tiempo, y otros demasiado; venden unos el amor y otros lo compran; unos cometen su crimen anegados en llanto y otros en un suspiro; porque cada uno de nosotros mata lo que ama y sin embargo no todos han de morir por ello.

Besaré tu boca Yokanaán, la cabeza del bautista, la piel blanca de estremecimiento de rosas, los cabellos ensortijados expresión de cedros del Líbano o de serpientes infernales; todo ello en un mismo texto y dentro de la misma pasión. La casaca roja, y la sangre y el vino que rojos son, y sangre y vino que le encuentran con la muerta a quien amara tanto y a quien sin embargo asesinó.
Lord Douglas, el amado y odiado, el destructor y destruido, la luz y la sombra, la ambivalencia profunda del amor homosexual, que no conoce sino de tú eres yo y yo soy tú; tú, el pecho que me da, yo, la boca que te pide con todo el amor de la satisfacción. Tú, el pecho que me niega, yo la boca frustrada con toda mi hambre caníbal devastadora.
La homosexualidad, en una disociación aloplástica realizadora, encubre una disociación autoplática aniquilante que lleva el sello de la esquizofrenia a pesar de sus defensores y promotores con espíritu ético y justificante. Atrás de toda homosexualidad, más allá de sus defensores genéticos, se encuentra una madre mala, hostil y rechazante de las necesidades más tempranas de ternura, afecto y contacto.

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