A partir del trabajo con Ramón Parres, 1957. En El Mexicano a partir de la 5ª edición, hasta la de 2002, en Infancia es destino
1968
La organización de la familia tiene características variables según la cultura en la cual se desarrolla. Existen muchos tipos de familia; por el momento me contentaré con señalar la existencia de una familia cuyo trato es la organización en forma triangular, donde los vértices del triangulo están constituidos por el padre, la madre y los hijos. En el mundo occidental, a grandes rasgos, es el tipo de organización prevalente.
Aparte de la anterior existen otras a las que los sociólogos han denominado culturas uterinas, derivando dicha denominación de la circunstancia de estar integradas por una prevalente relación madre-hijo. El niño al nacer establece sus relaciones de afecto, sus necesidades de satisfacción, protección y apoyo con la madre. Al principio tales necesidades son fundamentalmente alimenticias, pero también de contacto, de ternura y cercanía. En una familia normal el niño va a encontrar una madre preparada para satisfacer las demandas señaladas. Hay familias, las uterinas, en las cuales la relación madre-hijo es particularmente intensa. En México, por lo menos en las áreas rurales y en las urbanas de clase media y baja, la familia tiene estas características.
Un grupo de investigadores ha estudiado la organización familiar de un área de la ciudad de México que tiene la forma de un triángulo, delimitado por las calles de Constituyentes, Observatorio y Parque Lira. En este triángulo se han estudiado con técnicas rigurosas de muestreo las características de la organización familiar. En esta zona, cada mujer ha tenido más de seis embarazos y en un porcentaje elevado han sido satisfactorios y carentes de problema. La lactancia es de once meses, cifra fuertemente contrastada con los escasos veinte a treinta días presentes en la cultura norteamericana. También en la cultura americana uno de los problemas centrales de la organización familiar es el hijo único.
En otros estudios hemos observado que durante el proceso de urbanización, mujeres procedentes del campo frecuentemente se embarazan en condiciones particularmente traumáticas. Rechazadas de sus lugares de origen, las hemos investigado en un centro de protección de tipo religioso para madres abandonadas. Si bien es cierto que el número de mujeres estudiadas fue pequeño, cincuenta, no menos cierto es el impacto que nos produjo la ausencia de trastornos durante el embarazo y la lactancia, a pesar, repito, de que las circunstancias de embarazo se realizaron en condiciones muy traumáticas: violación, rapto, seducción y engaño, etc. Este grupo de mujeres se embarazó después de un promedio de l.6 coitos. Uno de los problemas centrales en la organización familiar de México es el gran número de madres solteras.
Del esbozo de cifras precedentes nos permitimos preguntarnos ¿qué determina la gran procreatividad de la madre mexicana?, ¿qué la lactancia tan prolongada?, ¿qué la facilitación de los partos?
En México hay una atmósfera sociocultural alrededor de la imagen de la mujer. Esta atmósfera contrasta con lo que sucede en otras culturas en las cuales los abortos son múltiples, así como las perturbaciones durante el embarazo intensas y las dificultades en la lactancia severas. La atmósfera sociocultural en unos casos los facilita y en otros los dificulta.
El mundo del mexicano tiene una doble moral sexual v características contrastadas en los papeles que juegan recíprocamente el hombre y la mujer. El varón es dueño de prerrogativas, usa sin restricciones el dinero, se permite placeres que niega a la mujer y gasta en ropa y atuendo cantidades más significativas que su pareja. El mundo en México, desde el punto de vista de la atmósfera sociocultural de tipo sexual, es un mundo de hombres. Palabras tales como «viejas» o «vieja el ultimo«, adquieren características despectivas. En nuestro mundo «ser vieja el último» es equivalente de desprecio, también el ser «marica». El hombre tiene el privilegio de ser servido por la mujer; a ésta no se le permite que indague la utilización que el hombre hace del dinero. El varón detenta poder y recursos. El padre es temido, frecuentemente ausente, tanto como presencia real como en su carácter de compañía emocional.
La familia en México está integrada por una serie de obligaciones y de compromisos. Las mujeres tienen que satisfacer sus necesidades en oficios poco calificados: lavanderas, servicio doméstico o pequeños comercios, preñados de ausencias, donde se trafica frecuentemente con unos cuantos estropajos, un poco de tequesquite y algunas rajas de ocote. Estas mujeres habitualmente han sido abandonadas por un compañero que, cuando presente, fue violento, alcohólico y habitualmente ausente. Hace años, estudiando la estructura familiar del cuartel de La Soledad, encontramos que en una familia constituida por un poco más de cinco hijos, estos habían sido concebidos por una madre única y por un poco más de tres padres. La cohesión del hogar, de tipo uterino, se estructuraba alrededor de la madre. El padre tan sólo había sido procreador eventual. Estas mujeres no son coquetas sino abandonadas. La licenciada Berman también se abocó a estudiar cuáles eran las características dinámicas de dicho abandono. Encontró que en un alto porcentaje el abandono acontece durante el embarazo de la mujer.
En México la mujer se acerca a la edad adulta con un miedo a la sexualidad que le han enfatizado desde pequeña. Este clima de recato es el que prevalece con alta intensidad en los pequeños pueblos del país. Agustín Yáñez lo describió magistralmente en su novela Al filo del agua. En el pequeño pueblo del novelista, Teocaltiche, toda la organización social gira alrededor de congregaciones religiosas, Hijas de María, mujeres enlutadas que esconden en forma masiva un sexo proscrito y sustraído de la comunidad. Estas muchachas, jóvenes, modosas y arregladas, son promotoras de afectos por parte de los hombres jóvenes. En la canción mexicana encontramos ejemplos reveladores de esta actitud. Con frecuencia la unión no se puede llevar a cabo en forma pausada y normal, debido a los celos de los padres y hermanos de la muchacha, vigilantes guardianes de la virginidad de la hija. En el lenguaje popular es un vejamen el que alguien califique de «cuñado» a un amigo. Pareciera como si nuestra parte femenina, colocada en la hembra, se viera muy amenazada ante esta calificación. La unión frecuentemente es lograda mediante el rapto. El matrimonio lleva una vida sexual pobre. En el área triangular a la cual ya me he referido, hemos encontrado que solamente un quince por ciento de las mujeres han buscado en forma activa a su pareja masculina. La investigación de referencia ha tenido como finalidad la planeación familiar y el control de la natalidad. Quien con más vehemencia ha mostrado reticencia al control ha sido el varón.
La mujer acepta pasivamente este papel donde se le veda sexualidad y se le premia la procreación. Todas las instituciones culturales, desde antes de la Conquista, aplauden y premian los aspectos maternales de la mujer y por el contrario censuran sus expresiones sexuales. En los consejos que los antiguos mexicanos daban a la niña en edad crecedera le recomiendan la discreción, el recato y la ausencia de coqueteo. Diego Rivera, en uno de sus murales del Palacio Nacional, el tianguis de Santiago Tlatelolco, nos pinta la imagen despectiva que el mundo prehispánico tenía de la prostituta. La llamaban la alegradora; su tono era estridente, masticaba chicle, se colocaba chapopote en los dientes para llamar la atención y se pintaba las piernas con colores llamativos. Esta mujer era objeto de censura. Más tarde, en la Conquista, México se vuelve guadalupanista haciendo hincapié en los valores sobresalientes de la Virgen de Guadalupe, cuyo santuario está ubicado en el antiguo asiento del templo de la Madre de los Dioses. Madre de los Dioses, Virgen recatada, progenitoria del Cristo, Vaso Espiritual de Elección forman una unidad estrecha e indiscutible en la mente del mexicano.
Buscamos mujeres que se asemejen a nuestras madres mujeres que se embaracen mucho, que lacten bien y que cocinen mejor, pero a la vez condicionamos el que tan sólo un quince por ciento de ellas se nos acerque sexualmeme. Las mujeres colaboran para que esta mancuerna subsista; a poco de embarazarse se descuidan, dejan de arreglarse y se privan de atractivos sexuales. La maternidad y la lactancia se llevan a cabo abiertamente y sin ningún pudor. El pecho se le brinda al niño en cualquier lugar público o privado. Pronto el hombre abandona a esta mujer para reanudar un nuevo enlace amoroso cuyo destino tendrá iguales características. Ella se refugiará en el martirio masoquista de la «mujer abnegada». Las instituciones sociales aplauden la condición maternal y reabastecen este círculo enfermizo que hace que la familia del mexicano sea de carácter uterino, con una madre asexuada y un padre ausente.
Las pautas de comportamiento se aprenden tempranamente; la mujer aprende su manera de ser desde niña. Los troqueles en los cuales vive la niña mexicana le brindan desde muy pequeña la aceptación del rol maternal. Observa una madre desorbitadamente fecunda; tempranamente se le asignan funciones en el cuidado de sus hermanos menores; en sus juegos muy precozmente se entrena a hacer «la comidita». No todas las culturas enseñan a ser madre. Hay otras en las cuales, por razones que no vienen a colación, se enfatiza el papel sexual de la mujer en oposición a su función maternal. Ejemplo demostrativo de lo anterior es la cultura de las Islas Marquesas, donde se le condiciona a una actividad sexual desmesurada en oposición a la exigua maternidad.
La niña es educada en el recato y en la evasión de todos y cada uno de los tópicos sexuales. Tempranamente se la aleja del compañero varón. La coeducación en México fue objeto de escándalo y de protesta; amenazaba la estructura familiar tan rígidamente acuartelada en la privación, represión y huida ante todo lo que connotase sexo en el mundo de la mujer. En el aspecto educativo también se refuerza la relación de la madre con el hijo. La mayor parte de las sociedades de padres de familia en la escuela primaria están constituidas fundamentalmente por madres. El padre casi no participa en los problemas pedagógicos, de crecimiento y de crianza de sus hijos. Hasta hace poco tiempo con muy poca frecuencia veíamos padres cargando a sus hijos.
Hemos vivido en una cultura en la cual lo fundamental ha sido la relación con la madre. El padre ausente, por serlo, es anhelado. Una buena familia necesita ser triangular, debe descansar sobre la base de una adecuada relación sexual, de un juego recíproco en el encuentro genital. Una mujer adecuadamente satisfecha en sus aspectos genitales no brinda al niño el exceso de sus cargas no satisfechas. Hace muchos años venimos diciendo que lo que caracteriza a la familia mexicana es el exceso de madre y la ausencia de padre. El hombre mexicano carente de un padre que le brinde estructura va a buscar en aspectos formales externos aquello qne no ha incorporado en su interioridad. Por eso hará alarde externo de una hombría, de una paternidad de la cual carece. Su dinero y recursos los empleará en objetos, cosas y diversiones que estereotipadamente han sido calificados de masculinos. La pistola, el caballo, las espuelas, el sombrero de charro o el automóvil ultimo modelo, en la actualidad, son atuendos externos que le permiten calmar su inseguridad masculina. La convivencia con hombres, la elusión de afectos tiernos, de llanto, de trato cordial con la mujer, le hacen alucinar que lleva dentro de sí mismo mucho hombre. Son muchas las razones históricas que han permitido que la mujer sea devaluada. Ya desde Hernán Cortés, el trato a la Malinche revela que una vez utilizada es objeto de regalo a un súbdito. Unos pocos inmigrantes hombres, muy valuados, conquistan y colonizan a un mundo de mujeres indígenas a las cuales pueden utilizar, minimizar e identificar con lo devaluado. Estas mujeres se van a refugiar en una maternidad exuberante cuando no encuentran en el varón la espina dorsal que las sustente. Hay un mundo de varones del cual son excluidas las mujeres; esto es más acentuado en la clase baja. Las reuniones sociales discriminan y segregan a la mujer del mundo privilegiado de un hombre, que tiene conversación interesante, chiste mordaz y grueso que no ha de contaminar la comunicación lineal e insustantiva de las mujeres.
Una pequeña reseña del día de una familia de la clase media nos mostraría a una mujer que se levanta temprano, le brinda el desayuno a un señor gruñón, que le ha brindado una sexualidad escasa y espaciada y que sale al trabajo, bien arreglado, a las nueve de la mañana, para probablemente regresar a las dos de la madrugada. Esta mujer tan abandonada, tan frustrada, encontrará en la procreación el camino reparativo a las limitaciones en su calidad de compañera. Además el hombre espera que asi lo haga.
Su expectación es encontrar a la mujer cocinando y cuidando a los niños. Ella a su vez es la víctima abnegada y asexual. Los padres del mexicano pocas veces mostraron una fachada sexual y erótica enfrente de los hijos. El beso brilla por su ausencia y la imagen de ella, vinculada a la comida, se visualiza sirviendo la sopa, los huevos, el pequeño bistec de la clase media, la verdura y los frijoles. La madre, en la organización familiar del mexicano, ha sido totalmente desexualizada. Y el sexo es muy importante, tan importante como tener hijos.
El problema de la organización familiar en México es sustantivamente la ausencia de padre, el exceso de madre y la limitación sistemática del área genital
entre los progenitores. Esto no debe interpretarse mal. En ningún momento he querido decir que la vida genital se tenga enfrente de los hijos, pero es importante que proyecte su sombra en la cordialidad de la familia. La mujer mexicana y el padre mexicano no deben interponer más entre su relación recíproca a los hijos. Que se aprenda que el papel genital no está en contradicción ni tiene por qué oponerse al papel maternal.
