EL PROBLEMA DE LA DISTANCIA EN PSICOTERAPIA

Conferencia en el Primer-Congreso Nacional de Ciencias Neurológicas y Psiquiátricas. Revista de la Facultad, FFyL, UNAM. En El Mexicano, desde la 5ª edición., 1968, en Infancia es Destino, en Obras Escogidas

1961

Si bien es cierto que en gran cantidad de trabajos analíticos se abordan, ya aislada, ya conjuntamente, los elementos que sustantivan este trabajo, también lo es el que su enfoque haya sido visualizado dentro de algunos contextos ajenos a aquél del que nos vamos a ocupar. Fenichel[1] aludía a la necesidad de que la interpretación guardase una distancia óptima, equidistante, entre el Escila del actuar y el Caribdis del interpretar; por otra parte señalaba la necesidad de colocar la interpretación a igual distancia del superyó, el ello y el mundo real. En otro orden de ideas, los autores han tratado de englobar en el concepto timing de la interpretación, la urgencia según la cual la comunicación que el paciente reciba opere en el tiempo adecuado; es decir que no se apresure, movilizando defensas innecesarias, ni que se demore tampoco, estancando el proceso.

Sin embargo, hay un concepto que a mi manera de ver, no ha sido tratado a fondo en forma global. Todo paciente comprometido en la situación terapéutica establecerá una distancia con respecto al terapeuta, la cual será, desde el punto de vista económico de las fuerzas interactuantes en el psiquismo del paciente, la que le permitirá funcionar con el mínimo de angustia, culpa o temor de ser rechazado. Esta definición nos lleva a pisar uno de los terrenos poco tocados en psicoterapia, a saber: la función económica de los síntomas y la función económica de las relaciones de objeto.

El síntoma, así como el relacionarse con sus objetos, tiene un propósito definitivo en la persona sana o enferma. Este propósito permite los niveles de adaptación óptimos y adecuados, si se toman en cuenta las fuerzas comprometidas en el conflicto. Según ello, la enfermedad es fundamental y sustancialmente un proceso de adaptación que pone en movimiento defensas, distancia y manejo mágico de la realidad con el fin de promover una homeostasis adecuada.

Todo sujeto estableció en el curso de su desarrollo una manera específica a través de la cual se relacionó con sus objetos. Esta manera específica estuvo condicionada por el juego dialéctico puesto en movimiento al entrar en contacto las necesidades del sujeto con las aspiraciones, actuaciones, manera de ser y operancia de los objetos susceptibles de modificar, moldear, frustrar, aprovechar y sublimar las necesidades del niño. Muchos impulsos, tanto hostiles como eróticos, los suprime el niño al entrar en contacto con el mundo adulto. Su necesidad de preservar y conservar el objeto en el mundo externo es, dado que de él depende, de tal magnitud, que frecuentemente se priva de satisfacciones y necesidades, perdiendo y reprimiendo parte de sus impulsos en homenaje a la conducta del objeto. Sin embargo, estas necesidades frustradas y suprimidas, tienden a desbordar el sistema de adaptación así integrado; buscarán su emergencia en forma camuflada, con disfraces variables tomados del ropero de utilería que el ambiente ha brindado. En este sentido el ser humano estructura la neurosis o el carácter que puede y nunca la neurosis o el carácter que quiere. Toda defensa o conjuntos sistematizados de defensas son procedimientos mediante los cuales se establece una distancia que protege al sujeto y al objeto de los peligros implicados en la cercanía erótica o agresiva.

Podemos expresar con respecto a su ambiente, la peligrosidad de esta última es mayor: mientras más componentes agresivos hacia un objeto se encuentren implicados en una pulsión, mayor necesidad de distancia. No se piense que la distancia únicamente opera en cuanto a peligro de cercanía; también funciona económicamente ante temor de alejamiento. Todo sujeto ha estructurado en el curso de su historia una distancia poco cambiante en relación a sus objetos; en cuanto ella disminuye, la ansiedad surge, pues se teme privar a otros, destruir, ensuciar, etcétera, el objeto; aumenta la ansiedad ante el temor de perder o ser abandonado por el objeto. Si en un sujeto realizamos múltiples cortes dinámicos en diferentes momentos de su desarrollo, observaremos que las variaciones de su distancia con respecto a sus objetos han sido mínimas. Cuando niño estructura defensas en relación al juego que le permiten estar ni demasiado lejos ni demasiado cerca del juguete. En su lactancia opera con igual distancia en sus procesos de sociabilización; cuando adulto mantiene al objeto sexual con el mínimo de vaivenes posibles, si ha logrado una adaptación adecuada a una distancia fija. En la situación terapéutica, a más de transferir contenidos, resistencias, objetos, impulsos e ideales, transferirá también distancia.

Es muy importante que se encuentre en la mente del terapeuta, en forma bien precisa, la idea de que el paciente en este nuevo corte —el terapéutico— también está transfiriendo distancia. Cuando no se toma en cuenta este concepto pueden acontecer, en forma esquemática, dos cosas: o bien la interpretación, más allá de su contenido verbal, se realiza en el contexto y marco de una distancia alarmantemente cercana, o bien en el contexto y marco de una distancia amenazantemente lejana. Frecuentemente la aceptación o rechazo de una interpretación, a pesar de lo que crean los terapeutas, guardan más relación con la distancia y la necesidad de aumentarla o disminuirla, que con el contenido mismo de la interpretación. En ocasiones una interpretación se acepta en un paciente cuando se ha incrementado, ante la amenaza de la lejanía, la necesidad de acercamiento. Lo inverso también puede ser exacto y en uno y otro caso los movimientos de aceptación o rechazo del paciente no tienen nada que ver con la interpretación en sí. A veces utiliza la realidad exterior, y otras la realidad terapéutica a manera de un regulador de voltaje. A veces, el sujeto se permite una cercanía en el exterior al precio de una distancia en la terapia; otras veces la cercanía terapéutica está utilizando energías derivadas de una distancia en el exterior. Parecería como que esta plasticidad, movilidad, alternancia y flexibilidad de la distancia, se encontrasen en contradicción con lo que inicialmente señalamos, a saber, que la distancia era poco variable en los cortes dinámicos de la vida de un sujeto.

No existe tal contradicción; el resultado final, el cociente, es bastante fijo, a pesar de que los elementos que participan en la operación algebraica sean bastante móviles.

Los elementos cualitativos que se ponen en juego para establecer una distancia son variables de un sujeto a otro, de una neurosis a otra y de una defensa a otra. Si desde este punto de vista pretendiéramos clasificar las cuatro defensas psicopatológicas clásicas: fóbica, obsesiva, histérica y paranoide, encontraríamos hallazgos de interés. Tanto el fóbico como el histérico se privan de un segmento de la realidad y por ende del impulso conectado a esa realidad y solamente a través de este mecanismo amortiguador pueden relacionarse con el objeto. Es una distancia comprometida mediante la negación de áreas importantes del mundo objetal, ya colocadas en la limitación que la fobia impone o en la supresión funcional limitante del síntoma conversivo. La distancia que Juanito establece con su mundo deriva de las restricciones que la fobia a los caballos le impone. Cada vez que el impulso erótico, cargado de elementos edípicos, amenaza con acortar la distancia, el amortiguador fóbico se pone en movimiento, evade la calle simbolizadora del impulso, se hace acompañar del padre que le preserva y asegura la distancia prudencial adaptándole al mejor nivel económico posible. En la restricción conversiva la ausencia de la función en el órgano, mutismo, parálisis, ceguera, permiten establecer relaciones de objeto privadas de impulsos amenazantes y por ende susceptibles de resquebrajar el precario sistema de adaptación. En la situación terapéutica, tanto el histérico como el fóbico se moverán dentro de una distancia protectora: acortarla incrementa el síntoma, aumentarla hace inoperante la función terapéutica.

En los mecanismos obsesivos, cercanía y alejamiento son manejados siempre en dos tiempos. En el ceremonial, ritual y procedimientos obsesivos siempre encontramos la sucesión de un impulso y su correspondiente negación, a veces a través de la anulación misma, en otras echando mano de la formación reactiva o de la transformación y su anulación. Por otra parte, la represión total o parcial del impulso, siempre presente, dan la sensación de una invariabilidad en la relación de distancia con respecto al objeto. Sin embargo, en la duda obsesiva, en la cual es susceptible de observarse con más claridad el doble tiempo, nos percatamos de que la rigidez en la connotación no es tan extrema como a primera vista se supone; la que a primera vista aparece como distancia solidificada es la suma algebraica de distancias variables alrededor de una abscisa. La distancia protectora en el fóbico y en el histérico, independientemente de los mecanismos que se pongan en juego para lograrla, se encuentra al servicio de proteger al sujeto de un acercamiento de tipo erótico con el objeto. En la defensa obsesiva y paranoide, la distancia está puesta al servicio de la protección de impulsos agresivos que, de ser expresados, amenazarían con destruir al sujeto y al objeto. El paranoico profundamente teme destruir al objeto cuando se acerca a él; de aquí que mantenga una distancia alimentada con los recursos de la desconfianza, la reivindicación y la suspicacia.

Todos estos sentimientos surgen en las relaciones de objeto y en la terapia, cuando en virtud de las fuerzas movilizadas, el acercamiento al objeto hace que peligren éste y el sujeto. Por paradójico que parezca, se hostiliza, ataca y agrede al objeto para preservarlo de hostilidad, ataques y agresiones mayores en caso de que se vea comprometida la medida de distancia. En múltiples estructuras caracterológicas, la coraza de carácter le permite al sujeto simular que se acerca cuando en rigor su posibilidad de cercanía se encuentra comprometida y enajenada por la historia de sus relaciones de objeto. El sujeto con trastornos de carácter hace como que se acerca sin acercarse. Simula aceptar cuando rechaza, ser permeable cuando es impermeable y afectivo cuando es hostil. En otros casos, el sujeto se tolera la ternura privándola de sexo o sexo desposeído de ternura. En todos los casos el terapeuta deberá afrontar en su interpretación, más que los contenidos de la comunicación verbal o preverbal del paciente, la distancia implícita en su comunicado. Gran cantidad de reacciones terapéuticas negativas, de estancamientos en la terapia y de prolongaciones innecesarias de la misma, son a mi manera de ver el resultado de evadir consistentemente la distancia dentro de la cual se comunica el sujeto. Este es el contexto y el marco dentro del cual se da la comunicación, y no podemos llegar al contenido de la misma evadiendo la cerca funcional con la cual el paciente se aproxima.

Como señalamos al principio, la distancia se estructuró, tanto en su medida como en sus cualidades, en base a la relación infantil con objetos externos y a la interacción que éstos tuvieron sobre el momento específico de desarrollo. No hay que olvidar que, en el proceso de desarrollo, los objetos e impulsos internalizados, prontos a actuarse modificando la realidad, condicionándola o eligiendo sectores parciales de ella, tienen operancia en la realidad endopsíquica de todo sujeto. El fóbico, el histérico, el obsesivo y el paranoico mantienen con relación a sus objetos internos igual distancia que para con los objetos externos y realidad objetal. La distancia estructurada y formal que un sujeto mantiene, no solamente se expresará en sus relaciones interpersonales sino también en su mundo intrapersonal. La vida onírica, los sueños diurnos y las fantasías de todo sujeto llevarán consigo el signo de su distancia. El fóbico que corre ante la amenaza del cuchillo que le persigue, está manteniendo en el mundo de sus sueños y a través de su carrera, la misma distancia tanto en el aspecto de contenido, como formal, que obtiene y logra a través de su síntoma. El interminable sueño en el que se destruye y repara al objeto representa para el obsesivo la distancia operativa alrededor de la abscisa ya señalada con anterioridad. El sueño de fin de mundo, catastrófico, del paranoico, ilustra a la perfección el dilema de referencia. Fairbairn[2] nos relata uno particularmente ilustrativo. El sujeto “…estaba parado al lado de la madre y cerca de la mesa, frente a él, había una fuente con un budín de chocolate. Estaba vorazmente hambriento y sabía que el budín contenía un veneno mortal. Sentía que si comía el budín moriría envenenado, y si no lo comía moriría de hambre. Este era el problema. Comió el budín”. Como se ve, este paciente acepta la destrucción en virtud de que sus objetos, aun cuando malos, le son necesarios. En la vida exterior y en sus síntomas el paciente de Fairbairn temía estar envenenado por toxinas intestinales que al afectar su corazón le matarían.

El propósito de toda terapia es disminuir la distancia que existe entre el paciente y sus objetos. Todo objeto distanciador es un objeto malo. No lograremos acortar la distancia emocional que el paciente guarda con sus objetos si no neutralizamos el objeto malo con un introyecto bueno capaz de proteger la integridad psíquica del paciente. La psicoterapia se puede clasificar en superficial o profunda de acuerdo a la meta y propósitos que con respecto a la distancia estructuraremos. Una terapia que tenga por meta acortar sustancial, profunda y permanentemente la distancia es una terapia profunda. Otra que proteja la distancia premórbida, la reestructure al nivel previo e integre al sujeto, es una terapia superficial. No es la meta de este trabajo establecer las indicaciones de una o de otra. Usando las palabras de Fairbairn,[3] podríamos expresar que ninguna terapia es profunda si no se liberan los objetos malos del inconsciente.

…porque sólo cuando se liberan del inconsciente los objetos malos internalizados, puede abrigarse la esperanza de que sean al fin eliminados.[…] Es entonces evidente que el psicoterapeuta constituye el verdadero sucesor del exorcista. Su misión no es perdonar los pecados, sino desalojar los demonios.

[1] Otto Fenichel, Problemas de técnica psicoanalítica, Monografías Psicoanalíticas; Asociación Psicoanalítica Mexicana, Editorial Pax-México, S. A., México, 1960.

[2] W. R. D. Fairbairn, La represión y el retorno de los objetos malos.

[3] Ibidem.

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