Elaborado por invitación de la Sociedad Mexicana de Ginecología; incluye material publicado en un artículo previo titulado: «Bases emocionales de los trastornos procreativos en la vida de la mujer» (1954), publicado en la Revista Mexicana de Ginecología y Obstetricia; Conferencia en la Sociedad Mexicana para Estudios de la Esterilidad, 1960. Factores culturales en la fecundidad y la infertilidad”, Revista Médica de la Secretaría de Marina, vol. VII, núm. 27. En Esterilidad y Fruto.
1961
Los estudios de antropología cultural llevados a cabo por Margaret Mead (1, 2), por Abraham Kardiner (3, 4), por Ruth Benedict (5) y otros, han puesto de manifiesto que muchas de las características consideradas como fundamentalmente femeninas, las que clásicamente se incluían en el carácter femenino, más que vinculadas a determinismos orgánicos se encuentran profunda y hondamente arraigadas a las instituciones culturales que otorgan determinadas pautas, ideales, metas y papeles atribuidos a la mujer y a sus funciones dentro de la cultura. Características como: pasividad, ternura, receptividad, falta de agresividad y temor al peligro, todas ellas consideradas en la cultura occidental como específicas de la mujer y derivadas a priori de su condición genética, tienen que ser revaloradas a la luz de la investigación cultural y del cambio social operado en las últimas décadas.
Desde un punto de vista semiológico, podríamos adscribirle a la mujer dos tipos fundamentales de perturbaciones en la expresión de su femineidad: trastornos en la realización femenina de tipo genital y trastornos en la realización femenina de tipo maternal. Estas dos series de perturbaciones pueden encontrarse ausentes, asociadas u operando alternativa y antagónicamente. Es frecuente que en las concepciones populares se asocie la realización cabal de una de las funciones con el éxito de la otra. Así se expresa que una realización orgástica intensa necesariamente debe acompañarse de fecundación, o por el contrario, se asocia la frigidez con la esterilidad e infertilidad. Una afirmación como la anterior está bien lejos de ser exacta, y con más frecuencia encontramos que la cultura, al realizarse en determinados grupos sociales o pueblos, antagoniza una función con la otra. Margaret Mead estudió la conducta sexual y procreativa en culturas primitivas relativamente simples. La ventaja de la utilización de organizaciones culturales simplificadas es obvia, ya que las variables susceptibles de producir pautas de conducta son menores y, por lo tanto, la complejidad del análisis también es menor.
Los arapesh de Samoa son un pueblo perteneciente al archipiélago polinésico. La forma de educación brindada al niño, guarda bastantes diferencias con la existente en la cultura occidental. Los arapesh son una sociedad de gente pobre, suave y trabajadora; cuando la niña llega a los seis o siete años es prometida a su futuro esposo, el cual es ocho años mayor que ella. Desde el momento del compromiso se traslada a casa del prometido, quien trabaja en compañía de su familia para mantenerla. Cuando llega la menstruación se llevan a cabo diversos tipos de ritos de iniciación, los cuales culminan en el ayuno. Durante éste, es el propio novio quien prepara a su prometida una sopa compuesta con distintas hojas de valor ritual; al finalizar el acto el novio le da de comer a su amada, como si se tratara de una criatura que aún no estuviese en condiciones de tomar por sí misma la cuchara. Después de varias cucharadas, la novia sigue comiendo sola; tal parece que con ello se simboliza el que ya ha adquirido suficiente fuerza. A partir de este momento la sociedad los considera marido y mujer. Cuando surge alguna dificultad entre el hombre y la mujer, el primero nunca apela a su condición masculina; se ignora la frase tan común en nuestra cultura de “yo soy el hombre”; por el contrario, se expresa: “Yo trabajé el sagú, cultivé el ñamé, maté el canguro e hice tu cuerpo. Yo te hice crecer, ¿por qué no me traes la leña cuando te la pido?” Como se ve, el hombre tiene derecho sobre la mujer, porque mediante sus sacrificios y su esfuerzo la nutrió e hizo crecer. Durante las primeras semanas del embarazo de la mujer, el marido está obligado a realizar el coito con mayor frecuencia, creyéndose que el semen alimenta y hace crecer al feto. En esa cultura las madres suelen ser muy cariñosas con sus hijos y los niños muy bien recibidos en la comunidad; la lactancia es prolongada y la relación entre la madre y el hijo está cargada de afecto. El niño mama cada vez que lo exige sin existir un horario determinado; la lactancia es prolongada hasta los dos o tres años de edad. Cuando el hijo es destetado pasa a ser atendido y cuidado por los hermanos mayores, a los cuales desde temprano, en particular a las niñas, se les responsabiliza del cuidado de los menores. Es decir, que desde muy temprana edad las niñas se identifican con su propia madre, teniendo para con sus hermanos actitudes maternales. En la vida samoana los patrones culturales no son particularmente competitivos, se trata de un pueblo alegre y con pocas aspiraciones; la vida sexual de las niñas se inicia precozmente. Esta organización cultural, tan brevemente reseñada, fue estudiada por Margaret Mead con el objeto de disipar algunas aseveraciones que se habían aceptado a priori. Efectivamente, la autora fue a Samoa con la idea de investigar si lo que denominamos adolescencia, era un producto de modificaciones glandulares o el resultado de una organización cultural y social. Encontró que las muchachas de Samoa no sufrían la adolescencia en el sentido conocido en nuestra cultura occidental; es decir, que pese a una modificación glandular presente en dicha edad, la tormenta psicológica denominada adolescencia no existía. Fue así como logró concluir que existían determinadas situaciones vitales que eran el resultado de la cultura en que se vive y no de cambios físicos. Como ya lo hemos señalado en otro trabajo (6) la autora no pudo descubrir en esta cultura, esterilidad, frigidez y tampoco trastornos en la lactancia. Como dato particularmente ilustrativo afirmaremos que entre los arapesh no existe el suicidio.
Una cultura contrastante con la anterior, es la que describió Kardiner en las Islas Marquesas. Se trata de gente fuerte, alta, hermosa y de carácter violento y orgulloso; los hombres son antropófagos y la organización cultural se está extinguiendo. La región es muy rica, pero a consecuencia de sequías intermitentes se sufren épocas alternativas de hambre. Desde el punto de vista demográfico, hay dos y media veces más varones que hembras. En una comunidad conviven el jefe de la familia con su mujer y dos o tres maridos secundarios. En comunidades más adineradas pueden convivir el jefe, su esposa principal, dos esposas más y unos once o doce hombres. Los celos no existen, en el sentido occidental de la acepción de la palabra, el jefe trata de tener una esposa hermosa que atraiga hombres a la comunidad. La mujer le sirve al hombre únicamente de objeto sexual, es muy apreciada y muy odiada por la gran dependencia sexual que el varón tiene para con ella. La mujer, para satisfacer al marido principal y a los múltiples maridos secundarios, tiene que renunciar a sus instintos maternales. El período máximo de amamantamiento es de cuatro meses, quedando el niño, después, al cuidado de los maridos segundones. La adopción es muy frecuente y se practica en esta forma: cuando un jefe de familia poderoso tiene interés en adoptar un niño, lo puede pedir a cualquier comunidad doméstica donde haya una mujer embarazada. No satisfacer esta petición es una ofensa que trae aparejadas crueles venganzas entre ambas comunidades. Por todo esto, la madre, aun antes de tener a su hijo ha de renunciar totalmente a él.
En resumen, la mujer en el aspecto sexual se encuentra en una situación de privilegio frente al hombre; desde el punto de vista social en un plano de igualdad casi absoluta; pero privada del goce de la maternidad por perder prácticamente a sus hijos pocos meses después del nacimiento, no puede amarlos ni recibir el cariño de ellos. Las consecuencias de todo lo anterior son: rechazo del embarazo en prácticas anticonceptivas, aborto y baja natalidad. La mortalidad entre las embarazadas y parturientas es más alta que la que podría explicarse como consecuencia de la falta de higiene.
La gravidez simulada, pseudociesis, es particularmente frecuente en las Islas Marquesas. En la mitología folklórica hay dos tipos de personajes: los fanauas y las vehinihai. Los primeros son hombres que murieron al servicio de una mujer; si ésta quiere mal a una rival, le manda a sus fanauas para que le destruyan el feto en su interior (explicación mágica del por qué la pseudociesis no culmina en embarazo real) o para que la mate en trabajo de parto. Las vehinihai son mujeres salvajes, destruyen y roban fetos y se apropian de los niños pequeños para comérselos.
El hombre sufre de niño, en la cultura marquesa, iguales privaciones orales que la niña y de adulto tiene para con la mujer una dependencia sexual tan intensa que lo obliga a odiarla. En los cuentos folklóricos, como señalábamos, aparecen las ogresas, mujeres disfrazadas de jóvenes hermosas que amenazan comerse al hombre, a menos que éste les dé satisfacciones sexuales permanentes. En las Islas Marquesas la homosexualidad entre los hombres es habitual, pero caracterizada por prácticas de felacio y no por coito anal; el suicidio es un fenómeno conocido y común.
En Samoa, donde la niña es bien tratada, bien alimentada, el embarazo es recibido con gusto. En las Marquesas, por el predominio de sujetos del sexo masculino, la maternidad es considerada como algo no deseable y molesto. Es evidente que los resultados bien pronto se dejarán sentir. En una y otra organización la mujer responde de acuerdo con las demandas que le hace su propia cultura: fecundidad en un caso y esterilidad en el otro.
Este material antropológico, más otro que no es citado, hace que Mead exprese: “…muchos, si no todos, de los rasgos de personalidad, que llamamos femeninos o masculinos, se hallan tan débilmente unidos al sexo como lo está la vestimenta, la manera y la forma de peinado que se asigna a cada sexo, según la sociedad y la época”.
Si por un momento tratamos de extrapolar el material antropológico antes señalado a diferentes áreas de la cultura occidental, podríamos decir que el tipo de conducta procreativa y maternal existente entre los arapesh es bastante parecida a la conducta procreativa y maternal que prevaleció en nuestra cultura hasta antes de la Revolución Industrial. La maternidad es bien recibida, las prácticas anticonceptivas poco utilizadas y la lactancia amplia y generosa. Este tipo de conducta procreativa también es la común en nuestro medio actual, tanto en las clases proletarias como en las sociedades de tipo rural. Por el contrario, las pautas presentes en las Marquesas son la caricaturización de lo que observamos en nuestra actual cultura occidental, en particular en las clases media superior y alta y en las zonas urbanas fuertemente industrializadas.
Con mucha frecuencia hemos señalado que en la cultura mexicana (7), viviéndose como antagónicas la satisfacción genital y procreativa, la mujer, poco satisfecha y realizada en su conducta genital, compensa vicariantemente la falta de seguridad y apoyo que debiera obtener del compañero en una maternidad exuberante y prolífica, dándole al hijo la protección y apoyo que ella no recibe de su compañero. Prueba de ello. es el dato expresado en el último censo: cuatro de cada diez madres carecen de compañero. En estas condiciones, en particular en la clase popular, los trastornos procreativos de origen psicogénico son bajos.
Al contrario, en las clases media alta y alta, substancialmente transculturadas a formas sociales anglosajonas, la satisfacción en niveles de expresión genital es particularmente óptima y la participación de la mujer en instrumentos de cultura considerados hasta antes de la Revolución Industrial como típicamente masculinos, es cada vez mayor.
Las limitaciones de la función procreativa mediante medidas anticonceptivas y la interferencia del embarazo y de la procreación en la vida social y cultural de la mujer, cada vez más intensa; la lactancia exigua, el abandono temprano del hijo, ya por el trabajo, ya por la vida social, están transformando la vida procreativa de la mujer en algo precario y limitado que está haciendo de nuestro mundo contemporáneo un universo bastante similar al de las Islas Marquesas. Mundo poblado de ogresas, promiscuidad genital en el que las clases adineradas frecuentemente funcionan en forma similar a como lo hace la mujer marquesa, un marido principal y múltiples segundones.
Cualquier actitud extrema, ya aquella que limite la satisfacción genital, ya aquella que frustre la satisfacción procreativa, necesaria e inevitablemente cobijan dentro de sí fuentes de patología que tarde o temprano se pondrán al descubierto.
En esta muy apretada y condensada síntesis nos ha movido el intento de hacer ver que el ser humano no tan sólo es un conjunto de órganos, sino que también es historia y cultura. De la misma manera que la expresión plástica es manifestación de un proceso cultural, también el síntoma es una objetivación de la cultura en el que el ser humano se desarrolla, se angustia, goza y sufre.
Resumiendo, a la mujer, semiológicamente, se le pueden atribuir dos tipos fundamentales de perturbaciones en la expresión de su femineidad, las cuales pueden operar en diversos tipos de combinaciones, a saber:
a) Los trastornos en la realización femenina de tipo genital, y
b) Los trastornos en la realización femenina de tipo maternal.
Las diferencias culturales producen desigualdades en las mujeres arapesh de Samoa y en las mujeres de las Islas Marquesas, observándose que la mujer responde de acuerdo con las demandas que le hace su propia cultura: fecundidad en un caso y esterilidad en el otro.
En nuestra cultura se observa que en las clases proletarias y rurales se presenta una conducta procreativa semejante a la arapesh, y lo que sucede en Las Marquesas es la caricaturización de lo que observamos en nuestra actual cultura occidental, en particular en las clases media superior y alta y en las zonas urbanas fuertemente industrializadas.
Esto nos conduce a un hecho de extrema importancia. Madres rechazantes para sus hijos, madres que den poco amor y calor a los niños, condicionan potencialmente la presencia de mujeres estériles. A veces las cosas no son tan simples, porque ocasionalmente una madre puede ocultar a los ojos de los demás y a sus propios ojos, el rechazo que tiene enfrente del hijo, extremando en forma obsesiva los cuidados higiénicos y dietéticos, pero estas atenciones nunca son capaces de suplir el verdadero afecto.
En la mayor parte de las ocasiones la mujer estéril nos negará haber tenido una madre rechazante y fría, cuando la interrogamos directamente. Sin embargo, en la labor analítica nos encontramos en forma sistemática con que la madre de la mujer estéril fue una mujer que por diversas circunstancias la rechazó, le dio poco afecto o condicionó en la niña situaciones emocionales poco propicias para una identificación maternal. En nuestra actual cultura urbana, con incremento creciente de la esterilidad, lo que señalamos resulta lógico si pensamos que la vida actual, con sus dificultades económicas, sus problemas y vicisitudes hace poco deseables a los hijos. Vivimos en una cultura que demanda del ser humano, en este caso la mujer, cualidades y aptitudes cada vez más alejadas de la satisfacción procreativa. Esto trae como consecuencia que la mujer se encuentre ante un dilema muchas veces irresoluble. Optar por su condición maternal, satisfaciendo sus necesidades en esta tarea u optar por renunciar a satisfacciones procreativas por otras gratificaciones de tipo social: trabajo, participación en la cultura, etc. Muy frecuentemente el síntoma es el resultado de una transacción ante el problema.
En estas circunstancias, la de familias cortas, en las cuales los problemas de rivalidad se ven agravados por el escaso número de miembros, el nacimiento de un hermano adquiere proporciones traumáticas, que no tenían en organizaciones familiares de hace un siglo, en las cuales la niña adoptaba en forma natural un papel maternal a edad temprana, ayudando así a la madre en el cuidado de sus hermanos menores. El nacimiento de un hermano menor tiene hoy en día una significación que no estaba presente en la familia de hace un siglo. Hoy en día la mujer tiene que distribuir su tiempo entre el trabajo, actividades sociales y culturales y los hijos. Estos, ya con una dieta insuficiente de afecto y de contacto emocional con su progenitora, tienen que afrontar el nacimiento de un hermano como una privación sobre una dieta de amor ya escasa. Por eso el nacimiento del hermano adquiere en nuestra cultura proporciones tan dramáticas. El anterior no es, claro está, siempre el caso. En una familia judía el nacimiento de un hermano varón después de tres niñas, adquirirá significación en función de la valoración que la cultura judía da al varón. En este caso la hermana mayor, la niña, se verá privada de afecto o sentirá la preferencia de los progenitores al hermano, pero las razones serán diversas.
Consideramos que la esterilidad, al igual que la hipertensión, se encuentra presente con mayor frecuencia en los estratos sociales altos; también su frecuencia es mayor en la consulta privada.
Podemos concluir que la esterilidad es el resultado de una relación inadecuada entre la niña, futura mujer estéril, y su madre.
En la esterilidad secundaria encontramos siempre una historia prototípica; se trata de una mujer que ha tenido un primer hijo, después de él ha decidido hacer uso de técnicas anticonceptivas que por lo general han dado resultados. Cuando después de algunos años suspende el uso de anticonceptivos por haber decidido tener un nuevo hijo, para su sorpresa se percata de que no se embaraza a pesar de transcurrir uno y otro ciclo. Algunos médicos, probablemente urgidos por conceptos morales, pretenden que la esterilidad es la consecuencia de la utilización prolongada de anticonceptivos. La realidad podría enunciarse más bien en la siguiente forma: los motivos psicológicos que condicionan la esterilidad secundaria son similares a los que impulsaron al uso prolongado de anticonceptivos después de un primer hijo.
Como apuntábamos antes, nuestra experiencia nos ha conducido a encontrar, en la mayor parte de casos de esterilidad secundaria, la presencia de un hermano menor vivido muy traumáticamente por parte de la paciente. Nuestra estadística es concordante con la reunida por María Langer (8).
Cabe preguntarnos cuáles son los mecanismos psicológicos que se movilizan en la niña ante una madre poco afectuosa o rechazante y los caminos psicológicos por los cuales se realiza la esterilidad.
Es preciso tener en cuenta que al referirnos a motivaciones debemos tener en mente el factor cuantitativo y evaluar el montante de maldad o desamor en cada caso concreto.
Una niña poco querida o rechazada, desarrolla hacia su madre sentimientos hostiles que ulteriormente reprime por culpa. El que la hostilidad se haya reprimido ante el abandono o el desamor no quiere decir que no siga actuando como factor dinámico e inconsciente en la conducta de la niña. Esta se encontrará ante un dilema, por una parte hostilidad y animadversión, por la otra, culpa por abrigar dichos sentimientos. Temerá que sus hijos le paguen con la misma moneda: que cuando ella, a la vez madre, procree hijos con deseos hostiles y de muerte; tal y como ella los tuvo para con su progenitora. En estas circunstancias, y dependiendo del montante de la pulsión agresiva, podrá negar su maternidad ante la ansiedad de una reacción de sus hijos similar a la que ella tuvo para con su madre.
En otras ocasiones, la cuantía de agresión de la madre hacia la hija no es demasiado intensa, en esos casos nos podemos encontrar con una infertilidad estrictamente inversa. Nos encontramos enfrente de mujeres que procuran darle a sus hijos todo aquello de lo que ellas carecieron. Son mujeres que a través de uno y otro embarazo, de una y otra lactancia, y de uno y otro exceso de cuidado en los hijos, están reparando, compensando y restituyendo aquello de lo que carecieron. El hijo, para este tipo de mujeres, aparte de la satisfacción normal derivada de su procreación, cubre y satisface, una generación después, necesidades infantiles remotas que, al no ser resueltas en su debido tiempo, siguen actuando en forma permanente como núcleo nocivo de la personalidad.
Cada mujer vivirá su ciclo sexual, ovulación y menstruación, así como sus funciones procreativas, de acuerdo a su particular historia personal. Unas se alegrarán cuando la menstruación, como índice de poder sortear una relación penosa y peligrosa. Otras en las que el conflicto entre el deseo procreativo de tener y el temor a embarazarse las haga reaccionar con sentimientos ambivalentes; por un lado frustradas en su deseo de concebir, por el otro liberadas de un temor. Cosa similar se puede decir acerca de la ovulación, proceso que los analistas estamos acostumbrados a detectar a través de los sueños o cambios de humor de las pacientes.Hay mujeres que en el intermenstruo están angustiadas ante la percepción inconsciente del peligro que significa la ovulación. Este tipo de mujeres con intenso temor al embarazo se muestran habitualmente frígidas y rechazantes en el intermenstruo, a diferencia de la mujer normal. Racionalizan el motivo para rechazar al compañero alegando motivos baladíes: falta de atención personal, disgustos o gestos determinados; la realidad es otra, condicionan el disgusto y el pleito ante el peligro del coito fecundante. Otras mujeres, por el contrario, las hiperfecundas, por los motivos aludidos, reivindicarán contra cualquier técnica anticonceptiva o ausencia de contacto sexual en el momento fértil, valiéndose también de motivos banales. En gran medida, la mujer actúa en función de su ciclo hormonal, mucho más que en base a la objetividad de los estímulos externos.
BIBLIOGRAFÍA
1. Mead, Margaret. Adolescencia r cultura en Samoa. Editorial Abril. Buenos Aires.
2. _______Sexo y temperamento. Editorial Abril, Buenos Aires.
3. Kardiner, Abraham. El individuo y su sociedad. Fondo de Cultura Económica. México.
4. _______Fronteras psicológicas de la sociedad. Fondo de Cultura Económica. México.
6. Benedict, Ruth. El hombre y la cultura. Editorial Sudamericana. Buenos Aires.
7. Ramírez, Santiago. Bases emocionales de los trastornos procreativos en la vida de la mujer. Ginec. Obstet. Méx. Vol. IX, año IX.
8. ______ El mexicano, psicología de sus motivaciones. Editorial Pax. México.
9. Langer, María. Maternidad y sexo. Editorial Nova. Buenos Aires.
