Tribuna Israelita
En Obras Escogidas, en In Memoriam
1956
A mediados del siglo pasado, la situación económica en la Europa Central era cada vez más difícil para los pequeños artesanos. En el pacífico pueblo de Frieberg (“Monte Libre”) en Monravia, lo que hoy día es actualmente Checoslovaquia, la situación era penosa. La presión de una industrialización creciente se hacía sentir en el pequeño mundo de los artesanos. El paisaje de valles y pinares ya no era tan alegre como antes lo había sido; la crisis teñía de gris la vida del poblado; los habitantes dedicados a la artesanía de la lana no podían competir fácilmente con una industria textil naciente y próspera. Al mecanizarse el mundo, poblaciones enteras surgían y otras prácticamente desaparecían del mapa. En el valle verde y frondoso vivía una familia como en los viejos cuentos; en su historia había tenido de todo, como en todas las familias: alegrías y penas. Su filiación semítica le había hecho conocer el dolor de las emigraciones. Ya desde el siglo xiv y después del pogrom de Colonia, fuerzas complejas —antisemitismo, búsqueda de pan y educación— habían llevado a los primitivos antepasados desde las tierras del Rhin rumbo al este, hacia Lituania y Polonia. Más tarde la familia tomó el rumbo del oeste en dirección a Moravia. Parecía que los tiempos predestinaban una nueva marcha inminente y cercana.
La historia de la familia en Moravia había seguido el destino que más adelante genialmente describiría Jacobo Wasserman en El hombrecillo de los gansos, al referirse a Daniel Nothafft.
Jacob Freud era un hombre ya maduro cuando; en segundas nupcias se casa con una mujer joven y esbelta. Ella tenía en su tradición lo más selecto del espíritu judío: descendía de un famoso erudito de antaño, Nathan Charmatz, de Brody, Polonia, hombre de renombre en el siglo xviii.
El seis de mayo de 1856, ve la luz un niño. Su cabello era tan negro y ensortijado que la joven madre le diría desde entonces “mi pequeño moro”; estaba lejos la madre de pensar el destino grandioso y terrible que su vástago había de soportar bajo sus hombros. Pareciera como si las circunstancias se reuniesen en un todo de determinismos y clarividencias; cuando en el año de 1931 un comité de ciudadanos de Frieberg, ya por entonces anexada a Checoslovaquia con el nombre de Pribor “cerca de las ruinas”, se reúne para poner una placa conmemorativa en la casa donde naciera el genio, van al registro civil a buscar el acta donde se asentaba el nacimiento de nuestro hombre, cosa curiosa, los datos no coinciden: el nacimiento del pequeño moro está inscrito el seis de marzo y no el seis de mayo de 1856. El “moro” nació bajo la advocación de un equívoco, de un acto fallido, de esos que tan genialmente estudio después. El funcionario que inscribió la fecha de su nacimiento se había equivocado.
Toda la autobiografía de Freud se encuentra íntimamente ligada a la historia del movimiento psicoanalítico; siempre tratará de ocultar al hombre que sustentaba la obra: temía por su creacón y discretamente corrió un velo de oscuridad sobre su vida. Toda su primera infancia, Freud la describió en unas cuantas líneas:
Nací el seis de mayo de 1856 en Frieberg, Moravia, pueblo situado en el país que actualmente se conoce con el nombre de Checoslovaquia […] llegué a Viena a la edad de cuatro años.
Freud acentuó por primera vez la importancia de los primeros cinco años de la vida; no obstante, sus propios años, aquellos que nos hubieran podido dar la clave de gran parte de sus actitudes, de sus tendencias, de su carácter y de su genio, los mantuvo en la oscuridad.
Algunos detalles de la pequeña infancia de Freud han sido descubiertos por los estudiosos; Bernsfeld, entre otros. Gran parte de ellos forman un importante sector de los ejemplos de la Interpretación de los sueños.
La novela familiar del genio se desarrolló en un mundo familiar extraño, su padre tenía un hijo veinte años mayor que Sigmund y los sobrinos y compañeros de juegos de éste, eran, uno, un año mayor, y, otra, un año menor. En la vida del pequeño “moro” hubo más de un incidente. Cuando tenía más de dos años, el padre le reprendía por mojar la cama; sagazmente el niño contestaba al padre: “papá, no te preocupes, yo te compraré una cama roja completamente nueva”. Por esta misma época, la madre se embaraza, y el lugar de privilegio del moro se ve amenazado: una nueva hermana va a nacer y el amor de la madre, hasta ahora no compartido, se tambalea y resquebraja; el niño está preocupado, por su mente surgen todos los interrogantes que han pasado por la mente de todos los niños en el curso de los tiempos: ¿por qué me despojan? ¿quién es este intruso, qué quiere, quién lo trajo? Agobiada su mente por esta interrogación, un día, estando sólo, se dirige a la despensa, se trepa a una silla para tomar de la mesa del aparador algo bueno y prohibido. La silla se le viene encima y uno de los bordes va a darle detrás de la mandíbula. Es preciso suturar la herida y una cicatriz indeleble deja su huella en el niño. Años más tarde, muchos años después, en el mismo sitio, aparecerá el cáncer que mina la vida del genio. Todo esto, repito, acontecía cuando la joven y esbelta madre estaba embarazada por la nueva futura hermana. En La interpretación de los sueños, observamos que una y otra vez aparecen alusiones a esta temprana época, sin la cual no podemos comprender gran parte de la caracterología de Freud.
Para no hacer alusión sino a uno de esos sueños, señalo este del genio:
Me vi frente a un armario, cuya puerta mantiene abierta mi medio hermano; yo permanezco de pie gritando y pidiendo algo, de pronto, como si viniera de la calle, aparece mi madre bonita y esbelta.
Este sueño nos resulta comprensible con varios antecedentes: al mismo tiempo que nace la hermana “del moro” la niñera —la vieja niñera subrogada de la madre, Nanny— es expulsada de la casa por robo y encarcelada por la acusación del medio hermano. Todo esto acontece en la misma época en que el niño había sentido en carne viva el abandono de la madre y percibido la solicitud de afecto hacia la hermana menor. Todos estos sueños y esta época de su vida fueron claramente comprendidos por Freud; quien los menciona en la Interpretación de los sueños, pero en forma anónima. En las cartas de Wilhelm Fliess —publicadas después de su muerte (en particular en la 69, 70, 71 y 72 que Homburger Eikson ha denominado “las históricas y heroicas cartas del otoño de 1897”— Freud, con una sagacidad genial, comprendió y vivió en su propio autoanálisis todo el drama de esta época.
En su sueño de cuarenta años después, implora y solicita el objeto perdido; lo invoca desesperadamente, con la soledad melancólica de aquel que se siente abandonado y triste, con la soledad en el alma y la cerrazón en el horizonte.
Gran parte de la caracterología de Freud, de los matices de su genio, de su sentimiento de soledad y de incomprensión, de su escepticismo y burla, lo podemos comprender a raíz de lo que el llamó el “gran resentimiento y envidia oral”. Intencionadamente he dicho los matices de su genio y no su genio mismo, ya que las raíces de la labor creadora y genial nos siguen resultando oscuros.
Muchos años después, a punto de alcanzar el gran descubrimiento, una vez más se ve frustrado: alguien se le anticipa y le priva de aquello que tanto tiempo había trabajado y anhelado, me refiero al episodio de la cocaína. Tiempo después, una vez realizada una brillante carrera profesional y académica, habiendo pasado por la enseñanza de Brueck y de Meynert, habiendo recibido la enseñanza de Brueck y Berheim, estando cerca de Charcot y asimilando su técnica, cree haber logrado, a través de sus hallazgos, el reconocimiento del mundo científico que le rodea y una vez más, repito, el rechazo del exterior. La burla y el ninguneo lo presiden y le presagian la mofa de sus maestros: la pérdida de los objetos de su admiración viene a ser común denominador de la vida del genio. Más combustible para alimentar su resentimiento; resentimiento que tiene su origen en la primitiva frustración y abandono. Una y otra vez cuando se encuentra a punto de alcanzar plenamente lo que ama, algo se interpone entre él y el objeto anhelado: la hermana en su temprana infancia, las circunstancias, la incomprensión de los colegas. El primitivo resentimiento, la gran agresión inconsciente que tuvo hacia su madre y su hermana lo llevaron a castigarse inconscientemente en el órgano apetente: su boca. La gran cantidad de hostilidad dirigida a aquellos que le privaban de amor, no pudiendo orientarla al exterior; la dirigió contra sí mismo, hiriéndose la boca en un accidente y más tarde haciendo una elección de órgano específica “el sitio que había de ser víctima del cáncer que le mataría”.
Pocos aspectos del ser humano no fueron comprendidos por Freud. Gran parte de la resistencia que las nuevas generaciones de psicoanalistas tienen para el cabal estudio de la obra de Freud deriva de la enorme frustración que representa el leerla, tanto en líneas como en entrelíneas, pues gran parte de sus descubrimientos ulteriormente se han atribuido a las avanzadas más modernas. Freud lo intuyó casi todo. Su genio analítico abarcó y englobó gran parte de los trabajos que habrían de publicarse cincuenta años después. La gran literatura psicoanalítica existente, podríamos decir que no es sino un desarrollo de las ideas ya expresadas por el maestro. No obstante, en la obra de Freud existe una laguna. Todo aquel sector de la vida anímica vinculado a la época oral y a la agresión de la madre hacia el hijo y su contrario no fueron intuidos por el genio. De ninguna manera podemos pensar que en ello exista limitación intelectual o cortedad de miras; Freud no tuvo más limitación que aquella que le creó su propia estructura. La angustia que generaba la apercepción de su propia hostilidad hacia la madre le hizo expresar, siguiendo un mecanismo de negación —de aquellos que él tan gentilmente más tarde escribiría— lo siguiente: «El único amor desprovisto de ambivalencia es el de la madre hacia su hijo varón».
El sarcasmo, la ironía, la capacidad acometida, el escepticismo, la manera amarga y sonriente con que Freud se ve y percibe el mundo, únicamente podemos aprenderlas en un todo coherente desde su resentimiento temprano y la precoz pérdida del amor de sus objetos primarios.
En este marco, bien pronto aprendió la pauta de superar las dificultades que se interponían entre él y el logro de sus objetivos. Brill señala que sus características sobresalientes eran: «…su energía para el trabajo, su capacidad de lucha y su resistencia a toda queja».
En una ocasión, Brill se quejaba ante él de las dificultades iniciales en el desarrollo del movimiento analítico norteamericano; Freud, lenta y pausadamente y con una leve sonrisa, le expresó: “usted es joven, no se queje: actúe”.
Hace siete años, a raíz del décimo aniversario de su muerte, expresaba en Buenos Aires lo siguiente:
Freud apareció por última vez en público en el año de 1922. En ese Congreso expuso los hallazgos de sus más recientes investigaciones; un año más tarde, empezó a padecer cáncer en el paladar. Ante la presencia de su mal, el trabajo de Freud se centralizó en la idea siguiente: “Mi tiempo está limitado, debo preparar a mis amigos para que lleven a cabo mi obra”. Simmel hace notar que la grandeza de Freud, en sus últimos años, solamente puede valorizarse si se tiene en cuenta que después de su operación tenía que usar paladar artificial, tanto para comer como para hablar, teniendo que someterse a múltiples intervenciones quirúrgicas en el curso de sus últimos dieciséis años. Nunca usó la morfina, pues creía en la necesidad de la totalidad de sus capacidades intelectuales para llevar a cabo su obra. Todavía nos habría de dar dos de sus mejores frutos: Inhibición, Síntoma y Angustia, aparece en el año de 1925 y el Malestar en la Cultura en el año de 1930.
Retornando a la infancia del niño genio: cuando tenía tres años, las circunstancias económicas de la familia van de mal en peor. Parte de la familia, el medio hermano con los primos, se dirigen a Manchester y el viejo Jacobo, repitiendo la secular emigración una vez más en la historia del pueblo judío, tendrá que dirigirse a Leipzig y luego a Viena. Después de un prolongado viaje de caballos, nuestro niño conoce, por primera vez, el ferrocarril y, tras fatigada jornada, para siempre se ve privado del hogar amado, de los bosques, los campos y las colinas. También pierde a sus cercanos amigos de la infancia, los hijos de su medio hermano. Durante toda su vida Freud trata de reconstruir y reparar aquello que el destino le quitó: su afición por los paseos en los bosques y su amor por la naturaleza fueron un leitmotiv en su vida. Todavía en el año de 1936, cuando Roberto Knight le visita en Viena, después de media hora de amable charla, le muestra orgulloso su jardín y sus objetos de arte.
El trauma de la separación, de la pérdida de aquellos valores en los cuales había depositado amor y afecto, una vez más se repite. Unos caballos y un ferrocarril habrían de ser los factores del alejamiento: el año que pasó en Leipzig y sus primeros años en Viena son cubiertos por el manto de la amnesia. Más tarde, cuando alguien se refiere a ellos, expresa: “Mejor no hablar de ellos; fueron tiempos duros”.
De la misma manera que trató de compensar, dándose a sí mismo lo que la vida y el destino le habían quitado —bosques, colinas y pinos—; de la misma manera trató de lograr que su vida fuera estable y sin cambios. La calle de Berggasse diecinueve, con toda su modestia y humildad, está indisolublemente ligada a su destino; pero ¡oh, paradoja de la vida!, el hombre que, arrancado de su seguridad infantil había buscado tranquilidad en la estabilidad y la permanencia, una vez más, al declinar su vida, herido en la mandíbula como en su infancia y teniendo que renunciar a su clima, a su atmósfera y a sus amores, tuvo que seguir el ya conocido camino del exilio. Ochenta años antes sus amigos de la infancia habían ido a buscar a Manchester el aire de la libertad y de las oportunidades que su patria les negara. Ahora Freud, ayudado por la princesa María Bonaparte, y por William Bullit, pagaba el rescate que la massacre nazi exigiera: 250,000 schillings.
El equivalente de 250,000 schillings era, en ese entonces, aproximadamente, seis mil dólares. Realmente, fue un precio exiguo el que se pagó por los escritos póstumos de Freud y por la terminación del Moisés y la religión monoteísta.
En el año de 1933, Freud perdía una vez más cosas muy queridas: los nazis quemaron públicamente sus libros con la esperanza de destruir las ideas contenidas en lo que ellos llamaban la pornografía judía. En ese entonces, sus amigos, sus colegas de todo el mundo y sus familiares, le recomendaban que saliera de Viena. Él se aferraba al sitio de sus afectos como se había aferrado a Frieberg. Durante cuarenta y dos años, el genio se había sentado en el mismo despacho para leer y trabajar, había comido en el mismo y viejo comedor familiar. Desde el fondo de su alma expresaba: “Austria es mi patria, debo quedarme.” Pensaba que no valía la pena buscar refugio en un mundo inestable; tenía ochenta y dos años, su mandíbula derecha estaba destruida casi totalmente por el cáncer, pues a lo largo de varios años había soportado quince operaciones. Sus únicos objetos substanciales se encontraban en su conocida Viena, en su conocida calle, en su vieja casa. El mundo no le ofrecía sino incertidumbres. De igual manera a lo que le aconteció cuando pequeño, que había sufrido la soledad y la pérdida de su mundo, no quería volver a sufrir lo que en aquel entonces le había producido tanta ansiedad. Esa vieja ansiedad de la que había derivado su fobia contra el ferrocarril y que había condicionado seguramente su interés en el caso de Juanito, haciendo de un caso individual —la fobia a los caballos del paciente niño— una pieza maestra en la literatura psiquiátrica.
Sin embargo, el destino se había empeñado en herir al genio. Su vida era una demostración del tan debatido principio de la compulsión a la repetición. Un día, en la primavera de 1938, al volver a su casa, encuentra a la Gestapo; se le priva de sus pasaportes, se le confisca su dinero y se destruyen los libros almacenados en la editorial que manejaba su hijo.
El cuatro de junio, Freud, en compañía de su esposa, su hija, y otros familiares, toma el Orient Express y se dirige a París.
El veintitrés de septiembre de 1939 Freud moría. Su cuerpo fue incinerado en Golders Greens y sus cenizas depositadas en un vaso etrusco de su querida colección. La única inscripción que se lee en la columna es Sigmund Freud 1856-1939.
La vida, expresa por él Helen Walker, fue un deber que se creyó obligado a cumplir. Murió como había vivido: seriamente, resueltamente, casi heroicamente, sobreponiéndose a su prolongada agonía, como lo había hecho con los dolores de su vida.
La estatua que esculpió de sí mismo es una estatua heroica. Emerge como la de un héroe intelectual de su tiempo y cada frase que escribió está marcada con el heroísmo de verlo y entenderlo todo.
Sin embargo, Freud no ha muerto, vive entre nosotros, sus ideas nos alimentan y su heroísmo nos hace expresar con todas nuestras creencias y toda nuestra fe y desde allí, donde tiene su raíz el grito: “Creemos en el hombre, creemos en el héroe.”
Freud sigue viviendo y su presencia es objeto de crítica, de sarcasmo, de réplica y de incentivo. Huxley no hace mucho expresaba:
Lo que Newton fue para la mecánica y la física y Darwin para la biología, tal fue Freud para la psicología, el creador de un nuevo y fecundo modo de pensar de la materia de su ciencia.
Su influencia en el mundo del saber, en todas las áreas, aún no ha sido adecuadamente apreciado. Thomas Mann le llamó:
…el hombre de letras más grande entre los vivos, cuyos descubrimientos señalan el camino a un arte que puede ser más audaz, más libre, más alegre que el posible en nuestro mundo neurótico, lleno de temores y de odios.
Helen Walker nos dice:
Entre sus admiradores más fieles había habido algunos que destacaron el significado simbólico de su nombre: Sieg, en alemán significa victoria y vencedor, y mund boca, por extensión voz, palabra.
Y Sigmund Freud fue una voz victoriosa.
