HIGIENE MENTAL DEL ADOLESCENTE A NIVEL DE LA FAMILIA

En Revista de la Facultad de Medicina, en Infancia es Destino

1962

Desde la universalidad de Spranger hasta el localismo latino de Aníbal Ponce, la adolescencia se ha venido describiendo en términos formales carentes de contenido social y psicológico. Los psicólogos del positivismo y del conductismo han hecho coro para enfocar con huecos adjetivos la problemática de una edad sin poner énfasis en la verdad o mentira de una fenomenología aparentemente bien descrita. Más profundos en la descripción del proceso han resultado los grandes escritores de la literatura universal. El adolescente de Dostoievski, el de Joyce o la encrucijada vital de Etzel Andergast en Wassermann, describen con acuciosidad los problemas apenas soslayados en la Soledad y angustia del adolescente de Ponce.

Toda edad tiene su problemática y ésta es el resultado de contradicciones evidentes entre las potencialidades biológicas inherentes a ella y la posibilidad que la cultura brinda en un momento dado para satisfacerlas.

El adolescente, hombre o mujer, se encuentra en el umbral de una realización cabal en todos los órdenes desde el punto de vista biológico; la limitación socioeconómica que la cultura le impone hacen que la distancia que media entre la posibilidad y el logro sea cada vez mavor. En un mundo cuyo dominio técnico, cuya competencia y rivalidades demandan cada vez una mayor cuantía de aprendizaje, el hiato entre la potencialidad y la adquisicion se hace cada vez más insalvable.

Cuando la cultura y la biología entran en contradicción, el terreno se vuelve propicio y fértil para el conflicto, la problemática y la patología.

En nuestra cultura, la adolescencia es el resultado de un conflicto evidente entre una biología propicia a la maduración y una sociedad prohibitiva.

La investigación antropológica realizada por Margaret Mead confirma la afirmación expresada. La existencia de ritos de iniciación en otras latitudes y épocas eran ceremonias con las cuales la cultura abría la puerta a una biología potencialmente madura para su realización.

El adolescente percibe dentro de sí una biología capaz de expresarse en tareas fecundas y creadoras, que extiende su gama desde la participación social hasta la procreación, y se encuentra con una sociedad que le ofrece como programa único, la postergación por casi una década a todas sus necesidades.

Una edad determinada expresa como espejo, tanto en su normalidad como en su enfermedad, la patología de la comunidad, de la escuela o de la familia.

El adolescente es un sujeto deseoso de encontrar un marco, una identidad y una filiación que lo definan e integren. Un marco, que encuadre tanto su papel dentro del contexto familiar donde se desarrolla, como en referencia a la posibilidad de control ante los impulsos emergentes que amenazan.

Una identidad que le permita emplear las funciones ejecutoras del yo, para brindarlas oportunamente a la realización de un esquema, programa y plan dentro de los cuales obtener seguridad; búsqueda de identidad en cuanto al papel sexual, a la participación social y a la integración intelectual y económica.

El adolescente desea una filiación con la que obtenga la seguridad de la que biológicamente carece; un grupo, dentro del cual pueda sin menoscabo de su integridad, satisfacer necesidades pasivas y de dependencia; un grupo a través de cuya estricta y consistente acotación pueda encontrar los valores tras los que navega.

Si hacemos a un lado la escala de valores, con la cual juzgamos las asociaciones y vinculaciones humanas, y nos adentramos en la dinámica de la pandilla, encontraremos en ésta una estructura encomiable y digna de ser imitada por la familia y la sociedad que la acusan. La pandilla no es patológica en su estructura sino en la utilización antisocial que de ella se hace. En la pandilla hay un líder que impone un sistema consistente de valores y reglas. En ella, el adolescente adquiere identidad; se siente aceptado cuando realiza tal o cual sistema de principios y éstos son consistentes, a diferencia de los deleznables, artificiosos y en ocasiones confusos aportados por el hogar. En la pandilla existe un sistema de normas rígidas seguidas leal y estructuradamente. Claro está que esta armazón carece de principios propios. Habitualmente erige sistemas de valor que no son sino la negativa y oposición sistemáticas a los sistemas de valores estructurados por la cultura y la familia, esta última agente y vector de la primera.

En México y en todo el mundo, pero en particular nos referimos a nuestro medio, no se puede hablar de la familia mexicana, porque la dinámica de la misma y la normalidad o patología que entraña es diferente en diversos estratos sociales.

En la familia indígena no existe, a nuestra manera de ver, una patología susceptible de crear una adolescencia enferma; en este sentido podemos expresar que hasta cierto punto la adolescencia es un lujo.

La presión sociocultural hace que el indígena, más allá de todos los programas de incorporación, tenga un cabal sentido de filiación e identidad. La ambición, la diferencia de sexos y la limitación de participación del niño en la familia, no existen. Tan pronto se encuentra apta, o en ocasiones muy antes de ello la biología del niño se transforma en un satisfactor dentro de la comunidad limitada y dolida.

En las clases urbanas pobres la patología de la adolescencia es el resultado de la desarticulación familiar. Madres solteras, padres ausentes y rivalidad fraternal, condicionan patología adolescente particularmente masculina. El adolescente carece de posibilidades de integrar una imagen masculina fuerte que le enmarque, estructure y brinde identidad. Las imágenes masculinas le son tan extrañas como las habitaciones de lujo y ostentación. En su pandilla o clan, erige leyes despectivas y rebeldes que le llevan a buscar identidades propicias en las caricaturizadas imágenes que se encuentran a su alrededor. La necesidad del héroe, del líder y de la lealtad a un jefe son formas bizarras de demanda y protesta a la vez, por algo que la familia, la escuela y la sociedad no brindaron. La pandilla contemporánea viene a sustituir el sentimiento de solidaridad que antes brindaban los lazos familiares sólidos en una cofradía medioeval de artesanos. En nuestro proceso de aculturación pasamos de un feudalismo sedimentado, limitado y pobre, a una edad industrial ilimitada y rica sin una planeación adecuada, y por ende, sembrando todas las semillas de la patología mental que nos invade.

En el mundo de provincia esta desarticulación familiar es menos intensa; allí, la familia no está martirizada por la búsqueda despiadada de subsistencia y arraigo presente en la familia urbana.

En las clases media y superior, el sistema de valores de la familia —que después expresará en forma simiesca el adolescente—, se enlaza al concepto de poseer y tener más que al del ser y estar. Poseer y adquirir se transforman en meta más que en medio. La escuela y la familia apoyan y dan validez a esta concepción.

La patología del adolescente oscila entre el desafío brutal, monstruoso y siniestro del portorriqueño del barrio pobre de Nueva York y el tedio vital y carencia de intereses del bostoniano, hijo único de familia pudiente.

En nuestro medio oscila de los grupos hostiles de las barriadas pobres — Los chicos malos de Peralvillo, huérfanos de padre y de madre— al nihilismo ramplón de los niños bien de Barrilaco, poseedores y tenedores de nada.

Estos dos extremos son el resultado de dos patologías familiares que se reflejan como en espejo.

Los chicos malos son productos de malas familias; identificados con el padre agresor y ausente, juegan seriamente a ser malos. Es preferible agredir a ser agredido.

Los niños bien son producto de familias bien; en su búsqueda de nuevas sensaciones están expresando que la familia no les brindó lo único susceptible de integrar y estructurar: el afecto consistente y sistemático. Todo lo tuvieron menos el cariño; buscándolo todo, no pueden encontrar aquello de lo que carecieron. La higiene mental del adolescente, al nivel de la familia, consistiría en mejorar, rectificar y de no ser posible esto, como de hecho no lo es, crear condiciones sustitutas para que la reparación que en forma natural tiende a desarrollar el adolescente se lleve a cabo por cauces menos patológicos y severos.

Es importante que el pediatra, el psicólogo, la trabajadora social y los restantes rectores de la comunidad no se alíen con la familia para castigar la patología del adolescente; en lugar de ello, han de rectificar las condiciones morbosas que dieron lugar a ella.

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