Revista Neurología, neurocirugía y psiquiatría. Prólogo de Antropología Cultural; como «Infancia es destino» en Infancia es destino, en Obras Escogidas.
1963
Desde sus primeras publicaciones, Freud enfatizó la importancia de las experiencias previas en el determinismo de las neurosis; señaló que vivencias preñadas de afecto eran capaces de actualizarse y teñirse con matices calcados de la historia individual en virtud de la toma de conciencia de este hecho, tan significativo. La recuperación de recuerdos se transformó en un motivo principal y central en los primeros años de la historia del psicoanálisis; sigue siendo un pilote básico y un buen índice del progreso y marcha del tratamiento psicoanalítico. Sobre este tema todo el edificio metodológico del psicoanálisis ha sido consecuente con lo apuntado desde sus comienzos. En otras áreas han habido cambios, rectificaciones, divergencias de enfoque; pero el edificio ha sido inconmovible en la importancia que se da al recuerdo en el determinismo de la psicopatología actual.
En el año de 1914, gran parte de las observaciones al respecto se sintetizan en un trabajo de extraordinario valor en el curso del pensamiento de Freud. Efectivamente en Recuerdo, repetición y elaboración apunta ideas que muchos años después se siguen manejando y estructurando dentro de nuevos marcos, ángulos y particularidades. De este artículo voy a extraer algunas ideas para dar al lector la imagen de su importancia.
Los años infantiles se han olvidado; a pesar de ello nos quedan como en las ciudades perdidas, restos que nos sirven para reconstruir su arquitectura. Los recuerdos encubridores son una representación condensada, sintética y a menudo simbólica de los años infantiles olvidados. Hace tiempo, siguiendo las ideas de Freud, vengo señalando el valor de estos recuerdos, no por la importancia que en lo particular y circunstancial puedan tener, sino porque son precipitados de experiencias ulteriormente condensados en un recuerdo único y concreto. La experiencia concreta carece de importancia por sí, pero está plena de ella en tanto que es significativa, expresiva y demostradora, no de lo individual concreto, sino de lo global genérico. Una experiencia aislada no motiva conducta ulterior normal o patológica, de la misma manera que una golondrina no hace verano; sin embargo, la golondrina puede ser usada simbólicamente para connotar una característica migratoria de las aves.
Freud señala que el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo sino como acto. Siguiendo las ideas apuntadas puedo decir que los recuerdos encubridores y los hechos actuales son importantes y significativos cuando se corresponden entre sí. Uno y otro se darán validación recíproca.
No se tarda en advertir que la última experiencia de la persona en terapia, la terapia misma, está sometida a las leyes apuntadas. La transferencia no es por sí misma, sino una repetición del pasado olvidado. En virtud de lo anterior, la enfermedad del analizado se debe tratar tanto como un hecho histórico, cuanto como una potencia actual. En línea con lo que tratamos, Menninger señala:
…defino insight, como el reconocimiento por parte del paciente de:
1) que éste a aquél aspecto de sus sentimientos y actitudes, ésta o aquélla técnica de comportamiento, éste o aquél papel que le asigna a las demás personas pertenecen a una pauta;
2) esta pauta, como la huella de un oso que ha perdido algunos dedos en la trampa, se originó hace mucho tiempo y se estampa en cada paso del viaje de su vida; que está presente en sus situaciones de realidad contemporánea y que también lo está en sus relaciones analíticas;
3) que esta pauta se originó por una razón que fue válida entonces y que ha persistido a pesar de los cambios de algunas de las circunstancias que la determinaron;
4) que esta pauta contiene elementos que son ofensivos y perjudiciales para otros y también que son costosos y molestos para el paciente.
Lowenstein expresa:
…aunque a veces erróneamente se piense que el interés del análisis se enfoca en el pasado, el hecho es que se ocupa también de las interrelaciones entre el pasado y el presente. El papel primordial que el análisis de la transferencia desempeña en la técnica psicoanalítica se basa en esta especial intercomunicación que encontramos
entre el pasado y el presente de la vida humana.
Kardiner, al referirse a la lección que nos ha brindado la psicodinámica, señala:
…los tipos de reacción más comunes, no representan idiosincrasias y por lo tanto no pueden atribuirse a diferencias genéticas sino a las diferencias del proceso integrativo o de construcción que caracteriza a la personalidad humana, estos tipos están determinados por variaciones en las características específicas de los padres, por los usos y las costumbres y por las condiciones a las que el individuo debe adaptarse desde el nacimiento hasta la edad adulta.
En otra ocasión he señalado que uno de los hallazgos sobresalientes de la psicología contemporánea es la postulación de unos cuantos enunciados básicos:
1) La conducta se encuentra motivada, consciente o inconscientemente.
2) Los motivos generadores de conducta son fundamentalmente infantiles y se encuentran anclados en el pasado.
3) En el curso de la vida infantil se estructuran modelos, los cuales constituyen fórmulas transactivas, particularmente funcionales en su época, operativas y económicas.
4) En el curso de la evolución se estructuran sistemas defensivos que con frecuencia tratan de encubrir el modelo fundamental, el cual, sin embargo, emergerá ante cualquier situación de peligro que ponga en movimiento el modelo más estable y primitivo.
De la misma manera que un sujeto elige unos cuantos recuerdos para poner encima de ellos toda la temática de su historia infantil, asimismo elegirá solamente algunos fragmentos de la realidad actual, mostrando una inatención selectiva, para todo aquello que no le permita la repetición sistemática, económica y automática de su modelo. Ejemplifiquemos: un sujeto recuerda un episodio, en él ve a su padre violento e iracundo señalándole que debe ser limpio.
El modelo con el cual el sujeto manejó la emergencia ante el padre autoritario, fue la de someterse sumisamente y evadir sus reacciones de protesta y hostilidad. Este mismo sujeto, quien por otra parte tenía hacia su padre sentimientos tiernos y de dependencia positiva, va a elegir aquellas personas que le permitan repetir la pauta aprendida o de las múltiples características de los seres con los cuales entre en contacto; solamente elegirá aquellas que le permitan repetir el modelo. Todas las que se le opongan serán omitidas o simplemente no las percibirá. Esto es lo que quiero decir cuando señalo que el sujeto tan sólo ha aprehendido un fragmento de la realidad; podría decir un precipitado de la misma que le es afín, sintónica y significativa.
En ocasiones el manejo de las situaciones infantiles le permite al sujeto repetir su pauta o modelo, no simplemente a manera de calca sino encubriéndola y revistiendo en una forma por lo demás particular. Por ejemplo, el negro en los Estados Unidos, en forma sistemática sufre una profunda lesión en su autoestima; es víctima tanto de parte del blanco, como de su propio grupo (en la medida en que su grupo se somete a la moral del blanco), de una serie de estereotipos: «sucio, apestoso, inapropiado, etcétera». Estos estereotipos menoscabantes de la autoestima tienen a poco plazo un efecto particular, a saber la compulsión al baño, al vestido ostentoso y llamativo, etcétera. Tales formas de conducta son resultado reactivo a apreciaciones que la cultura y el ambiente tuvieron de las necesidades del niño negro.
Quiero hacer uso de algunos casos tomados al azar para hacer ilustrativa la comunicación que expongo.
A. P. es un sujeto de treinta años, hijo de una familia destruida por el alcoholismo del padre, tan sólo vivió en compañía de la madre. Ella trabajaba duramente para obtener lo necesario a la subsistencia. Cuando salía a trabajar lo dejaba en casa, amarrado en la cama. Recuerda que ante la ausencia de su madre, objeto anhelado y necesitado, empezaba a llorar. Al poco tiempo de hacerlo y ante el fracaso propositivo de su llanto, el grito se empezaba a hacer más rítmico, adquiriendo las características y la tonalidad melódica del arrullo, paulatinamente las lágrimas cesaban y una de ellas se quedaba adherida a su párpado. Jugueteando con la lágrima y los dedos, el paciente empieza a hacer que la luz al reflejarse en la esfera cristalina de su llanto transforme y dé policromía a los objetos de alrededor. La imagen visual lograda, al unirse con el cambio de modulación de la voz, de pronto hacen que el niño se tranquilice. La voz poco a poco deja de ser la de él y a ser percibida como de sí mismo; sus tonalidades se mimetizan con el canto que hubiera deseado que la madre usara para dormirle. Las imágenes de múltiples y fragmentadas se condensan en una sola, la del objeto anhelado y ausente. Este recuerdo, encubridor, es pantalla de toda la temática de una infancia solitaria, en el que la privación y ausencia de la madre es uno de los hechos característicos. También en este recuerdo el paciente nos muestra cuál es la modalidad con la que se acerca a su trauma y qué pautas y normas usó para elaborarlo. Efectivamente en la edad adulta sus relaciones con los demás siempre estuvieron precedidas de una lejanía y de un tipo de elección narcisista, que bien hubiera podido traducirse en la siguiente frase: «no necesito de los demás, por mí mismo soy capaz de recrear a la persona que me tranquilice y calme, tanto en la privación como en la ausencia. Tampoco necesito de usted ni de la terapia, es inútil que se esfuerce, hace tiempo que aprendí a pasármela solo». Es más, este sujeto va a elegir, con una atención bien dirigida, todas aquellas de mis características y las de la situación terapéutica que le permitan justificar su modelo. A la vez va a prescindir selectivamente, de cualquiera de mis cualidades susceptibles de rectificar la vieja pauta.
Z. M. es hija de una madre violenta, dominante, poco cercana a los hijos y particularmente restrictiva; el padre es una figura débil que actúa tan sólo como proveedor pero que no erige los modos, pautas y valores del hogar. La madre, particularmente temerosa de la sexualidad de sus hijas vive sistemáticamente amenazándolas con los peligros de la misma. Por otra parte, una y otra vez pone como ejemplo su deterioro físico para hacer notar los inconvenientes de la vida marital. Esta atmósfera tan particularmente lesiva, cotidiana y constante, se va a precipitar en el siguiente acuerdo encubridor: «Mi hermano y yo estábamos jugando sexualmente en la azotea, oímos ruido y nos asustamos, al bajar las escaleras de caracol sin fijarme me tomé de uno de los alambres de la luz, me di un toque terrible». El recuerdo anterior es en rigor dos cosas: una experiencia concreta, pero al mismo tiempo, y ello es lo más importante, un precipitado simbólico de toda la atmósfera infantilmente vivida. Como recuerdo aislado, no hace verano, como experiencia que forma parte de un todo simboliza una estación particularmente cálida. Esta paciente se acercó al tratamiento con fuertes edemas angioneuróticos que la afeaban y estigmatizaban, los que habían emergido a raíz de una experiencia sexual con un compañero particularmente traumatizante. De todos los posibles objetos actuales, había elegido a aquel que más podía acoplarse a su infancia, dándole por lo tanto más validez a su destino. En su última experiencia, la analítica, sólo detectaba, cuando emergían en ella impulsos sexuales, los aspectos derogatorios, sucios y poco placenteros de mi persona. Toda su vida estaba llena de alambradas eléctricas que amenazaban la emergencia de sus impulsos, cualquiera que fuese el nivel de integración y adaptación en que emergiesen.
El material de A. S. me es brindado como caso de supervisión; son conjuntas las observaciones al caso. A. S. es hija de una familia desintegrada, el padre intelectual y diplomático, ave de paso; casa con la madre de la paciente, mujer rica, arraigada, conservadora; rápidamente las hostilidades se rompen y la niña, ansiosamente es vectora e instrumento de la inminente ruptura de los padres. En ocasiones, sigue al padre a diferentes países en el curso de su vida diplomática, en otras, la acapara la madre, la retiene y la hace su aliada. Frente a los dos padres, la paciente se sintió partida y en verdadero conflicto con los problemas de lealtad. Sus primeros recuerdos la hacen verse como una niña solitaria y abandonada.
Recuerda estar con su padre en una ocasión durmiendo la siesta, él, seductoramente, detiene y retiene su mano. La niña se siente ansiosa, quisiera irse, pero el padre la retiene; también quisiera quedarse, más cerca aún, pero también el padre, y el recuerdo de la madre lo impiden. Cuando asiste a tratamiento siente que no se liga a las cosas, que es ave de paso, tanto de intereses como de objetos. Todas las características de relación de objeto, como señala Lutteroth, se modelan sobre una misma temática «que es la de aproximación a sus objetos con técnicas destinadas a preservar una distancia económicamente placentera en la que evita la posesión y la pérdida simultáneamente. Dichas técnicas las lleva a cabo mediante el pago adelantado de un precio ante el disfrute, al través de la fuga «voluntaria» frente a la posibilidad de encuentro con el objeto valorado, o más frecuentemente en la elección simultánea de varios objetos, con cuyo manejo alternante mantiene un equilibrio equidistante de todos. El núcleo conflictivo continúa apareciendo y se encuentra representado en el recuerdo encubridor de la siesta del padre con todos sus elementos: la madre ausente, el padre dormido, pero al mismo tiempo impidiendo cualquier intento de separación y ella propendiendo a objetos diferentes. En toda su historia existe, como destino, la desgraciada unión con el hombre extraño, o pasajero, cosmopolita o encumbrado que hace imposible la permanencia.
Los cortes psicodinámicos aparecen definidos por sucesivas situaciones ejemplares:
A los cuatro años de edad se recuerda junto a su madre en la borda de un barco, al intentar abrazarla, recibe una mirada airada de aquélla.
A los ocho años duerme la siesta junto a su padre y asida por su mano, infructuosamente intenta desprenderse de él para salir a jugar.
A los catorce besa a un joven frente a la casa de su padre y éste la increpa llamándola «ave de paso».
Cuando tenía 23 años despide a su amado que parte a la guerra y un mes más tarde entrega su virginidad a un hombre desconocido.
Teniendo 25, se siente obligada a abandonar a un hombre que ama en Europa, para seguir a su padre solitario a una misión diplomática.
A los 29 se embaraza de un funcionario y tiene que casarse con un amigo protector, encubridor del problema.
Cuando empieza a acercarse afectivamente al terapeuta, cita amigos ocasionales a la salida de la hora analítica.
Cuando uno de ve abrumado por la repetida, reiterada y sistemática inundación de la infancia de un pasado en el presente terapéutico, es lógico que pensemos en gran parte movidos por la obra de Silverberg, que la infancia sí es destino de la vida de un sujeto.
La labor terapéutica implica modificar el destino, cambiar el pasado por un destino menos traumático y más operante; en ese sentido toda interpretación es un desafío o un preparar el terreno para ulteriores intervenciones que habrán de serlo. En ocasiones es preciso no interpretar tal o cual sentido, porque la estructura desafiante de interpretación traería aparejado el incremento de defensa ya en niveles sintomáticos, ya en niveles caracterológicos.
En el pasado todo sujeto estructuró una distancia respecto a sus objetos; esa, precisamente esa, será la que repita en la relación terapéutica. La labor operativa de la terapia es disminuir el espacio que media entre el paciente y sus objetos.
Una interpretación exacta lo es cuando lo que se dice es exacto (contenido de la interpretación) en la forma adecuada (cómo) y en el tiempo debido (timing). Hay ocasiones que una interpretación lleva el contenido exacto pero es inadecuadamente expresada, tanto efectivamente como intelectualmente, y a un tiempo inapropiado.
Tanto más cercana a la dimensión terapéutica si llena cabalmente su función, modificar el pasado y demostró que a la postre lo más adecuado no es precisamente hacer de la infancia un destino inevitable.
Freud, Sigmund.: Estudios sobre la histeria. Obras completas. Colección Biblioteca Nueva. Tomo I, Madrid, España.
Freud, Sigmund.: Recuerdo, repetición y elaboración. Obra Completas. Colección Biblioteca Nueva. Tomo II, Madrid España.
Meninger, Karl: Teoría de la Técnica Psicoanalítica, Editorial Pax-México, 1962.
Lowenstein, Rudolph M.: Some Remarks on Defenses, Autonomus Ego and Psychoanalytic Technique. International Psycho-Analytic, 35: 188-193, 1954.
Kardiner, Abraham: La Marca de la Opresión, Universidad Veracruzana. México, 1962.
Ramírez Santiago: Factores Psíquicos en la valoración del riesgo quirúrgico. Revista Médica. Secretaría de Marina, Volumen VII, No. 29, 1962.
Lutteroth, Gustavo: Comunicación personal.
Silverberg, William: Childhood Experience and Personal Destiny. Springer Publishin Company Inc. New York, 1952.
