Primera versión publicada en 1960, en Buenos Aires. En Esterilidad y fruto, en Infancia es destino.
1962
Este capítulo tiene alguna relación, aun cuando esccasa, con los problemas de la psicología femenina como totalidad. Una gran cantidad de artículos, ensayos y libros, se han dedicado exhaustivamente al tópico; en ellos, los autores han mostrado sus simpatías y diferencias con respecto al enfoque de la femineidad. Freud consideró que el problema de la femineidad se encontraba centrado en la diferencia anatómica de los sexos, la cual condicionaba que gran parte de la psicología femenina girase alrededor de la envidia del pene. Para él, la psicología y psicopatología de la mujer enfrente de su sexualidad, así como la del hombre enfrente del genital femenino y las interpretaciones de los ceremoniales culturales y tabús, no eran sino la consecuencia afectiva y emocional de un sujeto o una cultura enfrente de un genital castrado. Las defensas, procedimientos e instancias establecidas las valoraba como la actitud enfrente de lo siniestro. También pensó que el camino que la mujer tenía que realizar para el encuentro de su objetivo era particularmente complicado. En dos ocasiones la mujer habría de cambiar de relación de objeto, primero transfiriendo sus tendencías libidinosas de la madre al padre y después desplazando su sexualidad clitoridia a la erotización y sexualización de la vagina.
Para Helen Deutsch[1] la niña experimentaría en dos ocasiones la falta de un órgano apropiado para expresar su sexualidad. El clítoris es insuficiente en comparación al pene para expresar una sexualidad activa y la vagina, en virtud de su desconocimiento ineficaz, para expresar la sexualidad genital pasiva. Para dicha autora la limitación de ambos órganos hace que el clítoris se cargue de tendencias activas y de pulsiones pasivas la boca y el ano.
Karen Horney[2] expresaba que:
…mientras el varón puede fácilmente cerciorarse de que su genital no ha sufrido daño, la niña en cambio nunca puede eliminar sus dudas angustiosas al respecto, porque la mayor parte de su órgano se encuentra colocado en el interior de su cuerpo y se sustrae a una revisión sistemática.
Karen Horney criticaba la posición de Freud, ya que para él la femineidad en su totalidad, incluyendo la maternidad y los deseos procreativos, no eran sino un pobre substituto y sucedáneo del pene nunca alcanzado. En su trabajo «The Denial of the Vagina», Horney hacía notar que si bien es cierto que si la niña aparentaba desconocer su vagina y reclamaba un pene concentrando su sensibilidad genital en el clítoris, esto se debía a que desde esta posición podía negar sus tempranas experiencias vaginales cargadas de culpa, angustia y temor.
La posibilidad de que la niña se identifique tempranamente con su madre es de particular importancia; es la madre quien debe fomentar la transformación de las tempranas tendencias pasivas en activas. Ya en el capítulo anterior señalábamos que en las clases populares o en la cultura samoana, la identificación no se encontraba matizada por culpa sino que, por el contrario, se acepta social y culturalmente. En la cultura judía, por el contrario, es frecuente que encontremos que la madre acepta la función activa que le impone la sociedad en la relación con sus hijos con mucho resentimiento, desde él frustra e impide las identificaciones que la hija manifiesta espontáneamente. Esta madre reivindica a través de su hija la posición que le otorgó la cultura; es por ello que, para esta niña, futura mujer, todo índice de crecimiento en la línea específicamente femenina es vivido con sentimiento de culpa; siente que se apropia de algo que la madre prohibió. En su profundo infantilismo femenino hay un sometimiento a la madre; la aparente rebeldía intelectual que la lleva a realizar actividades que la madre no llevo a cabo no es sino la consecuencia vicariante de una frustración en la madre, transformándose en el instrumento de reivindicación de «la inferioridad de la mujer judía enfrente del hombre». M. Klein[3] expresa que las tendencias receptivas tempranas, presentes en la mujer, la llevan a una mayor introyección de los padres lo que trae aparejado, a diferencia de lo señalado por Freud, la creación de un superyó o conciencia moral más intensa que en el varón. Una de las ideas presentes en la mentalidad de la niña, según Melanie Klein, es la de que «el pene es a modo de un pecho más potente, algo bueno que alimenta y reconforta. Quiere tenerlo para dárselo a la madre y reconciliarse en esta forma con ella, después de haberla dañado en sus fantasías».
M. Langer[4] señala que «los trastornos psicosomáticos procreativos de la mujer pueden reducirse a un denominador común: la mujer que tiene dificultades en este terreno expresa así su rechazo a ser madre». También anota que la postergación de la menarca, la amenorrea, la dismenorrea, etc., siempre están relacionadas, en el fondo, a conflictos con respecto a la maternidad. Para ella las frustraciones de la primera infancia, susceptibles de generar problemas psicosomáticos en la vida procreativa, se pueden esquematizar en la siguiente forma:
1. La madre que frustra a la niña ya sea negándole el pecho, dejándola pasar hambre o alimentándola sin cariño.
2. La madre que tiene exigencias demasiado intensas y estrictas en la educación esfinteriana, crea en la mentalidad de la niña la imagen de un objeto que se apodera de sus contenidos intestinales precursores de contenidos procreativos.
3. La madre que se interpone entre la niña y su padre hace que esta última experimente la relación edípica con grandes sentimientos de culpa.
4. El rechazo imaginario o real que sufre la niña con motivo del nacimiento de hermanos menores.
Como se puede observar, la concepción de la femineidad ha variado; después de Freud, se ha defendido la existencia de un valor femenino per se, de una identidad de la vagina y del interior corporal, no simplemente como resultado de una ausencia del pene, sino como un factor positivo
y afirmativo.
La luz con que se visualizaron los problemas femeninos cambió de foco y de una área androcéntrica donde la mujer tenía que aceptar la ausencia del pene y superar la envidia del mismo, se pasó a otra en la que el signo femenino se localizaba en las tempranas identificaciones orales con la madre.
La aceptación de la vagina como órgano receptivo tiene que suponer una serie de etapas previas bien resueltas: primeramente la aceptación profunda de la madre en base a una identificación primaria, solamente resuelta, en tanto las satisfacciones orales y su consecuente introyección, hacen posible neutralizar la calidad agresiva oral y la calidad agresora del pecho. Cuando ello acontece, la identificación del pecho con el pene puede lograrse sin hostilidad ni resentimiento. Se acepta el pene en la medida que el objeto previamente introyectado, pecho, no resulta amenazante o destructor. La aceptación de la calidad oral de la vagina no resulta amenazante si no se han colocado en ella con anterioridad componentes orales destructivos. Si la magnitud de afectos positivos recibidos por la niña en su temprana relación oral son suficientes, no habrá temor de destruir el pene ni se temerá que el mismo destruya el interior en forma retaliativa.
En un plan secundario, la solución de los componentes anales en la niña hacen posible que la identificación entre vagina y ano no sea demasiado intensa, evitándose así que el órgano o el embarazo sean inconscientemente percibidos como excrementos destructivos o corrosivos. En un plan final y quizás de menor importancia cuantitativa, se encuentra la solución de los problemas edípicos y específicamente genitales.
En la vida de la mujer existe un definido ciclo de tipo glandular que presupone cambios de naturaleza endocrina general y que como quiera que sea, tienen una representación psíquica vinculada al pasado infantil de la mujer. Estas representaciones psíquicas del ciclo glandular están marcadas según el caso, por signos hostiles, amorosos, destructivos o reparativos.
Desde el punto de vista endocrino los cambios cíclicos pueden definirse a grandes rasgos en los siguientes términos:
1. Alternancias de fases proliferativas y secretorias en el epitelio vaginal y en el endometrio.
2. la etapa que se extiende del término de la menstruación al intermenstruo se caracteriza por movilización de hormonas folículo estimulantes, crecimiento del folículo, proliferación del endometrio y movilización de estrógenos.
3. La etapa que sigue inmediata a la ovulación se caracteriza por la presencia de hormonas lúteo estimulantes, movilización y aparición de progesterona, modificación secretoria del epitelio y modificación de la temperatura basal.
4. La etapa proliferativa de crecimiento y desarrollo del folículo culmina con cambios endometriales tendientes a favorecer la anidación.
Benedek y Rubinstein[5] establecieron una correlación significativa entre el ciclo gonadal y el ciclo emocional; para valorar el primero utilizaron la técnica del frotis vaginal y para el segundo la entrevista psicoanalítica. Observaron un incremento del deseo sexual en la época anterior a la ovulación, es decir cuando la posibilidad de fecundación era máxima. En esta época sus enfermas experimentaban en forma consciente sentimientos amorosos y deseos de recibir al compañero; la tendencia a la impregnación habitualmente permanecía inconsciente, pero se expresaba en los sueños.
Daniels[6] en colaboración con Werner llevó a cabo el siguiente experimento:
se seleccionó una mujer carente de síntomas neuróticos evidentes; fue entrevistada varias veces con el objeto de elaborar su historia y ulteriormente fue seguida durante tres meses en entrevistas de media hora cada tercer día durante el tiempo de recolección de su orina. En los especímenes de orina recogidos se hicieron determinaciones de gonadotropina en unidades ratón, de estrógenos en unidades rata y de andrógenos en miligramos mediante el colorímetro. Los tres elementos anteriores, así como la determinación del pregnadiol mostraron un fuerte incremento en la mitad del ciclo. Desde el punto de vista psicológico, Daniels recopiló los sueños producidos por dicha mujer y aun cuando no los interpretó ni los elaboró en términos de la situación transferencial provocada, los clasificó de acuerdo con las tendencias en ellos expresadas. Se percibió en forma precisa la existencia de sueños de alimentación, cuidados, preñez e interés por los niños. Daniels concluye diciendo que los cambios hormonales se reflejan en las producciones psicológicas.
Con los antecedentes previamente señalados queremos abordar el tema motivo de este capítulo.
Consideramos que las modificaciones cíclicas que presenta la vida de la mujer son la mejor pantalla para detectar sus problemas psicopatológicos, muy en particular los problemas que tiene en el interactuar con sus relaciones tempranas de objeto. La capacidad autoplástica de la mujer para amar, odiar, destruir y reparar es particularmente intensa, y no tan sólo, sino que gran parte de sus problemas aloplásticos son la representación proyectiva de su diálogo cíclico interno.
Tanto los síntomas como los sueños, así como las modificaciones transferenciales, frecuentemente obedecen a las modificaciones del ciclo interno y a las connotaciones psicológicas que el mismo tiene. Frecuentemente parece como si las relaciones con los objetos actuales estuviesen determinadas y moduladas por las modificaciones cíclicas y por las representaciones que estas modificaciones tienen con objetos internalizados. En este sentido nos atreveríamos a expresar, no que la mujer tenga una debilidad en el desarrollo de su superyó pero sí, en cambio, una debilidad en el desarrollo del sentido de la realidad. Su aparato psíquico se encuentra totalizado más intensamente a la percepción del cambio interno que al cambio exterior. Podemos expresar que en forma periódica y sistemática está demandada por dos acreedores, uno exterior y otro interno, la demanda de este ultimo es de tal magnitud que la posibilidad de establecer cargas adecuadas con los objetos externos se ve comparativamente disminuida.
La mujer tiene a su disposición la posibilidad de reparar o destruir el mundo externo y sus primitivas relaciones de objeto desde adentro.
Nos proponemos presentar a continuación dos casos ilustrativos susceptibles de corroborar y confrontar lo antes expresado.
Caso 1: Se trata de una paciente con una relación muy negativa con la madre, con fuerte hostilidad, intensos sentimientos de culpa, fuertes temores a la sexualidad y graves crisis de ansiedad. Fenomenológicamente su personalidad premórbida se caracterizaba por fuertes formaciones reactivas y por un nivel de adaptación de tipo obsesivo; sus mecanismos defensivos se habían centralizado alrededor del cuidado muy compulsivo de los animales, alternando con fuertes crisis de angustia ante el temor de que algo les pudiera pasar, en particular a los perros; la Sociedad Protectora de Animales la conocía por llevarle con frecuencia a los animales que encontraba en la calle. A partir de la iniciación de su vida sexual, los temores y las ansiedades se incrementaron fuertemente y su yo debilitado se empezó a ver presa de una angustia generalizada. Empezaron a presentarse síntomas somáticos consistentes en edemas, particularmente localizados en la cara, motivo por el cual fue referida a tratamiento psiquiátrico por el internista. En particular nos interesan aquellos aspectos de su sintomatología relacionados obvia y manifiestamente con su ciclo glandular. Después de casada, y pese a sus deseos conscientes de tener un hijo, la paciente fue estéril. Los estudios realizados por el ginecólogo no revelaban ninguna circunstancia orgánica susceptible de justificar el problema procreativo. Al lado de los síntomas y temores obsesivos ya descritos, empezaron a aparecer temores intensos hacia los insectos; temía sistemáticamente la presencia de cucarachas, en particular en su cocina y en su casa.
Voy a transcribir algunas de las sesiones de la paciente suficientemente ilustrativas en relación al material que venimos describiendo:
Precisamente los días de ovulación son terribles para mí; le diré como es la cosa: empecemos desde el primer día de la regla, ya usted sabe, me siento mareada y tengo edemas muy marcados, sueño y mucha angustia. Por el día doce, trece o catorce más o menos me pongo muy irritada, llorona, susceptible, angustiada e hinchada. En estos días intermedios entre una y otra menstruación es cuando me empeoro. Me pasaba por ejemplo, que un día amanecía con una inquietud espantosa, brincaba toda, es decir me sobresaltaba, de todo lloraba y tenía una tensión tremenda. Si esto me pasaba y yo no me acordaba que estaba en los días en que se ovula, le decía a mi marido: estoy muy desanimada de verme así, sin razón aparente ninguna he amanecido muy nerviosa. Cuando él me preguntaba cuándo había tenido la regla yo sacaba la cuenta y estaba en el treceavo día.
En aquel libro, El Matrimonio Perfecto, yo leía que para quedar encinta había que aprovechar esos días trece, catorce y quince; que el coito debía ser estando la mujer boca arriba y que después de él debía permanecer acostada. En esos días siempre estoy cansada. Si el coito es estando yo boca arriba siento que mi marido me aprisiona, tengo la sensación de estar encarcelada y dominada, en tal forma que siento una desesperación terrible… muy lejos de gozar el coito lo que siento son ganas de empujar a mi marido. Siempre encuentro alguna razón para levantarme y cuando forzándome, de plano me quedo acostada, me entran unas ganas de orinar imposibles de contener y de todos modos termino por levantarme después del coito. Otra cosa, siempre tengo que pelear con mi marido esos días; lo tengo muy presente porque yo misma me digo: estoy en el treceavo día y suceda lo que suceda no pelearé con él. Pero peleaba, ¡y en qué forma! Nos dejamos de hablar dos o tres días y a veces cojo mis sábanas y me voy a dormir al sofá. Me doy cuenta de que en el fondo tengo pánico de tener hijos y por eso hago todo esto. Sin embargo, cada vez que me viene la menstruación es una nueva desilusión y un desengaño. Entre una y otra menstruación mis síntomas son peores, la misma inquietud me hace estar en una actividad tremenda, es decir puedo pasarme el día entero trabajando sin descanso, pero en tareas pesadas: lavar, limpiar y mover muebles. En los días cercanos a la menstruación o cuando acaba de pasar me pongo excitada sexualmente. En cambio cuando estoy a la mitad me pasa que en pleno coito estoy pensando que una alimaña me va a saltar encima y si no es eso, tengo miedo a no se qué. No puedo tener el orgasmo (en el intermenstruo) por tantos temores que se presentan en mi mente.
Resulta particularmente claro que en los días intermenstruales el temor y la posibilidad de reproducir, la relación madre-hija en forma auto-plástica se incrementa notablemente. La capacidad de identificarse introyectivamente con la madre y proyectivamente con el óvulo, potencialmente huevo, la hacen temer desde ambas identificaciones, las cuales por lo demás no son rígidas sino cambiantes. Por eso, en un primer intento elude al marido en tanto puede ser el vector que haga posible a través de la fecundación dicha identificación. Cuando los deseos de reparar y recrear se incrementan en función de la terapia, la ansiedad aumenta, los deseos de expulsar y eludir la relación la hacen evitar toda actitud receptiva; compensa con una hiperactividad toda posibilidad pasivo receptiva, cuando su yo la fuerza a ello equipara la posible ecuación con sus excretas y se ve compulsada a arrojarlas al exterior en forma de orina.
Oigámosla en un onceavo día del ciclo, el día 24 de enero; la menstruación se había presentado el día trece del mismo mes:
Hoy no tengo ánimo, tengo una inquietud horrorosa que no me deja hacer nada. Anoche fue una noche de pánico; como a las tres de la mañana tenía ganar de salirme del cuarto porque no soportaba el miedo. A esa hora, a las tres, encendí la luz del cuarto, porque con la del baño me parecía ver que atrás de la puerta había un animal; lo veía claramente pero creo que el tal bicho no existía sino en mi cabeza. De todos modos, como yo tenía la seguridad de haberlo visto y de que estaba detrás de la puerta, aquello fue horroroso; no sabía cómo bajarme de la cama, me imaginaba que si bajaba podría salir y morderme o hacerme algo. Toda la noche se me fue en oír ruidos y en estar muerta de pánico. Cuando empezaba a dormirme alguna cosa fea que soñaba me despertaba.
Es claro como el huevo es percibido como una alimaña, los calificativos que le da a ésta, son expresiones con las cuales se designa a sí misma, en tanto percibe su inconsciente agresión oral, por eso teme que en la identificación introyectiva con su madre, la alimaña, ella misma, la muerda. Por otra parte en un nivel más profundo alude a como la madre la devoró y la mutiló en su capacidad hedónica y procreativa.
El día veintiséis, treceavo del ciclo, me dice:
Hoy me he sentido muy molesta con esos dolores de espalda y vientre y con pesadez en la cabeza todo el día. En estas noches pasadas estaba soñando que veía una gran cucaracha; le tiraba escobazos y en una de esas, la escoba me daba en la pierna en donde quedaban untados los pedazos del animal. En ese mismo sueño recuerdo que había tratado de matar a un puerco, le había quitado los ojos, un pedazo de cada oreja y el hocico, a pesar de eso no se había muerto sino que chillaba de dolor de un modo terrible. Yo sufría mucha desesperación y angustia al ver como se sentía el animal incapaz de morirse. El asunto del cerdo me trae a la mente un perro que encontré una vez en la carretera, tenía la espina rota y andaba ayudándose con las patas delanteras, el animal no estaba recién herido, se notaba que había quedado así desde tiempo atrás. Traté de darle cloroformo pero el animal huyó gritando. Aun hoy al describirle ésto siento una terrible angustia. Debe haber pasado sed, le debo haber quemado el hocico; me acuerdo de lo confiado que se me acercó; siento que merezco me quemen en leña verde.
Una vez más emergen los fuertes deseos destructivos de la relación madre-hija; en ocasiones ella identifica a la madre con la cucaracha, el perro y el puerco, en otras ella es la que se identifica con los animales y relata las terribles ansiedades orales que le hizo sufrir su madre; la terrible hostilidad que le despertaron y los sentimientos de culpa a ella vinculada. El perro con sed y las mutilaciones al hocico del puerco hablan de todo lo que sufrió en su primitiva relación con su madre y de los temores y ansiedades de que esta situación pueda repetirse.
A continuación presento una síntesis de los días intermenstruales de la menstruación correspondiente al trece de enero:
Viernes 22: temor a las relaciones sexuales.
Sábado 23: gran inquietud, estuvo despierta hasta las tres de la mañana, con pánico a los animales y oyendo ruidos extraños.
Domingo 24: la misma inquietud y ansiedades.
Lunes 25: acto sexual con mucho miedo y sin orgasmo.
Martes 26: más tranquila.
Miércoles 27: la situación va mejorando.
El jueves 4 de febrero, con seis días de adelanto se presentó la menstruación, oigámosla:
Poco después se me presentó la regla, se me adelantó un montón de días, en la noche tuve sueños muy raros: entraba a un cuarto de baño en compañía de una tipa, no sé quién sería, pero vomitaba en una forma horrible. Cerca del lavabo donde ella volvía el estómago yo había colocado mi sombrilla; veía que en uno de los esfuerzos que hacía para vomitar iba a bañar mi sombrilla con toda esa porquería. Yo le decía: ¡espérate, espérate!, déjame quitar mi sombrilla, pero era tarde, todo aquel vómito inmundo caía. Yo tenía diarrea y había que ver como quedaba aquel baño. También esa misma noche soñé que me encontraba un ratón y un perro chiquititos, eran recién nacidos, yo los guardaba en una bolsa y los dejaba protegidos.
Durante la menstruación, al haber desaparecido cabalmente la posibilidad de repetir la relación madre-hija, siente que todos sus contenidos son expulsados, se siente aliviada y aparece la posibilidad de adquisición de un nivel de integración con formaciones reactivas en el que cuida y mima a ratones y perritos. Durante los días menstruales la paciente es particularmente coprolálica durante sus sesiones, también en esos días, su excitación y fantasías sexuales son intensas. Se ve en casas de prostitución en plena orgía con hombres y mujeres. Los síntomas presentes en la menstruación se estructuran en la identificación con un pariente intensamente alcohólico con el que tuvo juegos sexuales en su infancia. En estos días se siente mareada y particularmente hinchada, tal y como veía al pariente a quien cuidaba cuando se emborrachaba.
Sus hermanos, también alcohólicos, en las únicas ocasiones en las que se atrevían a rebelarse contra la madre era cuando estaban borrachos. Durante la menstruación no existe el peligro de jugar sexualmente, de excitarse, de afrontar a los demás, a la madre, pelear con ella, porque la posibilidad de que la relación con su madre se repita —en ella con el hijo— es nula. Por eso se siente capaz de insultar, de decir malas palabras etc. Tanto los días que preceden a la menstruación como durante ella, el miedo a las alimañas desaparece.
La hostilidad que sintió hacia la madre por las ofensas y agravios que de ella recibió, se encuentran dinámicamente presentes y operan auto-plásticamente a través de las vicisitudes del ciclo sexual:
…me sigue pareciendo injusto lo que hicieron de mí y necesito descargarlo con alguien. Soy muy rencorosa, siempre recuerdo a mi mamá con resentimiento y hago comparaciones acerca de como son otras madres, de cómo me hubiera gustado que ella fuera conmigo. Siempre tengo en mente los malos recuerdos de ella.
Con anterioridad a la aparición de la enfermedad, sus ocupaciones básicas, además del arreglo de la casa, eran el cuidado de sus animales, pollos, perros, etc. También hasta antes de su enfermedad gustaba de coquetear, maquillarse, usar vestidos elegantes, etc. No fue sino hasta la aparición del cuadro clínico cuando cualquier manifestación de arreglo personal y uso de cosméticos empezó a ser capaz de condicionar los edemas. En su largo peregrinaje médico, frecuentemente se diagnosticaron sus edemas como alérgicos a los cosméticos y cremas faciales. Ahora bien, la madre les decía permanentemente, ya cuando se arreglaban, ya cuando coqueteaban o cuando se hablaba de una persona coqueta, que todo eso y todas esas manifestaciones eran características de putas. Por eso ella no puede concebir coquetear sin sentirse prostituida y promiscua.
Simultáneamente a los edemas, la paciente presentó propulsión ocular; la madre tenía igual síntoma ya que durante una época padeció bocio. Cuando la paciente tiene los globos oculares saltados, se sienta frente del espejo y se jala el pelo insultando su deformidad. Paulatinamente comprendió que ese rasgo físico y su conducta subsecuente eran formas de agredir y de ofender a la madre que llevaba adentro, así como identificaciones masoquistas con la misma.
Oigámosla:
Con mi madre, he seguido paso a paso todas sus desdichas, me he parecido en todo a ella pero tan solo en lo desagradable. Si tuviese su cutis, tan hermoso, lo que haría sería sentarme enfrente del espejo para decirme: bendita sea mi madre ya que pude heredar su cutis.
En un lenguaje meridiano la paciente nos está diciendo que muy otra hubiera sido su situación y destino, si hubiera logrado introyectar los aspectos buenos de la madre.
En otro de sus intermenstruos días 12 y 13 tiene los siguientes sueños:
Estábamos en casa de unos amigos, donde habíamos pasado la noche; mi marido abría el cajón de un mueble y se robaba 10 pesos, al darme cuenta le decía que los devolviera, sin embargo, no se por qué motivos, era imposible volver a ponerlos en su lugar sin que los dueños de la casa se dieran cuenta. Yo muy angustiada me pasaba ideando maneras de devolver el dinero a su dueño.
Con este sueño están vinculadas las siguientes ideas: a) la casa de los amigos en que se encuentran es la de unas personas que les han ayudado económicamente, b) el día del sueño la situación financiera de la paciente era difícil, c) la persona a quien robaba es una figura admirada, la soñante hubiese deseado que su madre fuera como ella con las mismas características e ideas de vida, optimistas y alegres. Ese día se presentó la ovulación. El cajón alude simbólicamente a sus genitales; el robo realizado por el marido, a la posibilidad de embarazarse. En el sueño hace lo imposible para anular este embarazo ideando maneras de devolver el dinero. La amenaza de preñez es lo que da matiz angustioso al sueño.
Estaba en una fiesta, en ella había una muchacha con unos ojos y una nariz muy bonitos; sabía que todos la miraban, yo por el contrario, veía mi cara hinchada y con surcos en las mejillas. Pensaba: yo no puedo competir con ella, con esta cara hinchada y horrible. En el mismo sueño veía las calles inundadas, todo estaba arrasado; le advertí a la muchacha bonita que estábamos en peligro, ella no me hacía caso. El agua llegaba hasta la propia casa, ella y otras personas entre las que iba mi marido subíamos contra la corriente en una lancha de motor; la fuerza de la corriente era terrible, desperté con la angustia de que la lancha se pudiera voltear.
Ese día me habla de que hace años sus conocidos discutían, antes de su enfermedad, quien sería la de más bellos ojos en la familia, si la paciente o su hermana. Unos se inclinaban por los ojos de una y otros por los de la otra. Cuando se inició su enfermedad (inicio vinculado a su primer noviazgo) los ojos se le saltaron, la cara se le hinchó y empezaron a aparecer arrugas en las mejillas. La cara de inalterable belleza de la hermana era para la paciente un signo de virtud. En un plan profundo, las dos personas del sueño son tanto ella como su hermana, así como dos aspectos distintos de la misma paciente: una que niega el peligro del embarazo y de la vida sexual tumultosa (un torrente) y la otra que ha sufrido sus inclemencias. Para la paciente, embarazarse es afearse y sufrir deformaciones físicas. Así pues, hay dos aspectos en la enferma, una que no teme el torrente o que por lo menos trata de negar el miedo manteniéndose incólume y bonita, y la otra que responde con ansiedad y temor ante los peligros de la corriente que puede inundarla. En un nivel simbólico el agua que inunda su casa es el esperma que puede fecundar su vientre.
En el análisis de sus temores, descubrimos que no fue sino hasta su matrimonio cuando apareció el pánico a las cucarachas; lo explicaba diciendo que en su casa de soltera no había esos insectos. Paulatinamente recordó que antes de casarse a pesar de ver cucarachas su reacción no era desproporcionada. Los edemas se iniciaron con bastante anterioridad al matrimonio; la cronología de ellos seguía la siguiente línea: su primer novio, frío, seco, poco cariñoso, era un hombre cuyo temperamento la mantenía a salvo de sus propios instintos; con él nunca tuvo edema. Se hicieron extraordinariamente intensos cuando con un segundo novio el acercamiento sexual fue mayor, aun cuando sin llegar a las relaciones sexuales. La enferma se sentía extraordinariamente culpable y cuando rompió con él la mejoría se hizo ostensible. Meses después fue de vacaciones a provincia, allí tuvo una relación amorosa que culminó con el acto sexual, el cual se llevó a cabo en circunstancias por demás traumáticas: fuga, hotel, etc. A los pocos días presentaba una quiebra casi psicótica en su personalidad. En esa época fue cuando entablé contacto con ella. Bien pronto se presentó una pseudociesis, la hinchazón del vientre era marcada y la aparición de mareos y otros trastornos simulaban un embarazo. Rápidamente se recluyó en casa, dejó de coquetear, de arreglarse y de lucir; los edemas empezaron a disminuir. Más adelante tuvo otro novio ex-seminarista, totalmente reprimido, incapaz de ninguna iniciativa sexual y que al decir de la enferma era «su ángel de la guarda». Fue la época de casi total ausencia de sintomatología somática. Meses después, cuando inició una nueva relación con el que después sería su esposo, los edemas se intensificaron. A partir del matrimonio se iniciaron simultáneamente el temor al embarazo y el pánico a las cucarachas.
La enferma nos explica lo que para ella significa el embarazo en los siguientes términos:
En realidad el embarazo era para mí, usted ya lo sabe, perder por completo mi atractivo físico (identificarse con la madre odiada) no me puedo imaginar a una actriz de madre modelo. Quizá todos los rasgos físicos feos de mi madre los haya atribuido a los embarazos y a la maternidad. Ella nos decía que los hijos la habían acabado y descompuesto. Me acuerdo que decía que era preciosa con un pelo y unos ojos tan hermosos que no se explicaba como se le podían haber vuelto tan feos.
Las palabras de la madre objetivaban las fantasías inconscientes de la paciente, según las cuales en su condición de hija, la dañaba y destruía.
Conforme la terapia prosiguió, los sueños angustiosos durante el intermenstruo se fueron limitando, por ejemplo, he aquí uno soñado con posterioridad en un día 13:
Estoy encinta, veo mi panza ya bien grande pero eso no me produce ninguna intranquilidad. Más adelante estoy sentada enfrente de usted, estamos en análisis. Al rato me veo besándolo y pienso que los besos que usted da son muy sabrosos. Después estoy en un excusado y usted me dice con mucha ternura: anda, anda, haz tu caquita.
Hay hechos que es importante señalar, parece que por primera vez, después de cinco años de terapia, está excitada sexualmente en el intermenstruo. También en esta ocasión el temor a las alimañas ha desaparecido. Coincidiendo con su ovulación tiene el sueño de embarazo antes descrito; siguiendo sus concepciones infantiles, yo la beso y al besarla la embarazo; con ternura, la ayudo a parir pidiéndole que eche la caquita.
En el determinismo simbólico de las alimañas, como recurso utilizado para expresar un temor inconsciente, se encuentran varios factores, a saber: para ella, los espermatozoides son como las sabandijas, abundantes, microscópicos y se meten por los genitales. La cucaracha, en este contexto, le produce pánico por una doble conexión asociativa que ia lleva a identificarla con el espermatozoide y que por otra parte le hace pensar que se trata ce un insecto particularmente fértil.
En los momentos fértiles del ciclo, el temor a los insectos aumenta, vaginalmente se cierra y ante el pánico que la penetren los espermatozoides no puede permanecer en situación pasiva; tiene que expulsarlos con su actividad o simbólicamente a través de la micción.
Corroborando lo anteriormente expresado nos encontramos con las asociaciones de la enferma en ocasión de retrasarse la menstruación en forma prolongada:
Mi temor es cada vez mayor, ya no solamente temo que se metan cucarachas sino también ratas y culebras. Hace unos días había un ratón en mi cuarto, cuando yo lo oía roer, pensé que se comería hasta las paredes, me daba mucho miedo levantarme a oscuras, en estos días no he pensado sino en el ratón.
Cuando poco después apareció la menstruación la obsesión del ratón desapareció.
En el caso anterior hemos presentado muy esquemáticamente las representaciones psíquicas del ciclo sexual, a través de los sueños y de los síntomas en una mujer estéril; la esterilidad era un índice del intenso temor subyacente, psicótico, de repetir una relación con la madre a través de la cual destruiría y sería destruida. La magnitud de los componentes hostiles en relación a la madre son particularmente difíciles de describir dada su intensidad. La capacidad de reparación y rectificación en identificaciones múltiples, ya introyectivas, ya proyectivas, es nula. Lo que nos interesa del caso en relación al tema tratado, es señalar la estrecha conexión existente entre las relaciones de objeto madre-hijo y su manifiesta expresión a través del ciclo gonadal.
En beneficio de la brevedad únicamente presentaremos un caso más, el cual puede ser ilustrativo por exhibir aspectos extremos y antagónicos del problema.
Caso 2: La paciente se acerca al análisis por trastornos caracterológicos; los encubre con racionalizaciones intelectuales, desea mejorar, aprender y superarse en su condición profesional.
Desde las primeras sesiones señala que es frígida, lo que le hace sentirse humillada y desesperada. Siempre ha tenido trastornos menstruales, sus retrasos son tan intensos que en ocasiones solamente menstrua cada tres o cuatro meses. Ha consultado a diferentes ginecólogos los cuales mediante medicación glandular, logran que sintomáticamente aparezca el sangrado; sin embargo, poco tiempo después se instala de nuevo el cuadro descrito. Cuando la paciente inició su tratamiento tenía tres hijos; al poco tiempo de terapia, la frigidez dejó de ser un fenómeno permanente, empezando a presentarse el orgasmo en determinadas circunstancias. Las bases de su frigidez que no presentaremos ahora, estaban vinculadas a su relación oral con la madre. El acto sexual era vivido como un acercamiento oral a la madre, en el que el pene del marido era el substituto del pecho y la vagina sustitución de una boca ávida, rechazantemente reactiva. Ante situaciones de frustración sexual leía ávidamente un libro o se dirigía al refrigerador con voracidada para ingerir cualquier alimento. Siempre respondía con apetito voraz ante cualquier frustración afectiva.
Enfrente de sus hijos reparaba permanentemente aquello de lo que se sentía desprovista en su relación con la madre. Sin embargo, su reparación fracasaba; identificada con la madre mala, necesitaba del exterior permanentes confrontaciones acerca de su bondad. Cuando sus necesidades de reparar no encontraban eco o aplauso en el exterior, se deprimía terriblemente; se sentía envidiosa del cariño de los hijos al padre, para su inconciente, este cariño era tanto como el que los hijos le dijeran: «tú eres mala, papá es bueno». También se sentía celosa con las sirvientas cuando los hijos se vinculaban a ellas. Era feliz cuando tenía que realizar labores agotadoras tales como cambiar a los niños, transportarlos de un lado a otro, llevarles a pasear, etc. Toda ocupación que la separaba de sus hijos la vivía con culpa; todo halago por parte de ellos con los cuales jugaba, paseaba y mimaba le producía honda satisfacción; por el contrario, cualquier rechazo la sumía en depresión.
La madre siempre la había impulsado, al igual que a sus seis restantes hermanas, a actividades a través de las cuales ella, la madre, se realizaba vicariantemente. Por ejemplo, fomentaba la independencia, el arreglo, el bien vestir y el estudio en sus hijas a pesar de que en su conducta mostraba todo lo contrario de lo que fomentaba; era dependiente, sometida, abnegada, poco arreglada y nada instruida. Cuando sus hijas expresaban actitudes femeninas, o socialmente consideradas como tales, mostraba desagrado. No las dejaba coser, tampoco cocinar ni ocuparse de la casa. La paciente se había forjado una imagen negativa de la maternidad; esa imagen se estructuró en el hogar e influyó en todas las hijas, tan es así que otra de las hermanas fue estéril con fuertes trastornos menstruales.
La conducta de la madre condicionó que la paciente se sintiera torpe y tonta en las labores domésticas o en las culinarias; le impuso severos temores acerca de la sexualidad. Cuando se embarazó por tercera vez le sugirió la conveniencia de abortar. La paciente siempre tuvo la idea de ser un error en las técnicas anticonceptivas de sus padres. Pensó que sus características femeninas no se toleraban y que la madre solamente deseaba y estaba contenta cuando la enferma realizaba lo que a la madre le había sido vedado hacer. Todo, menos ser madre.
Esta actitud primitivamente externa, ulteriormente se internalizó y era la responsable de movimientos defensivos en todas aquellas ocasiones en que la paciente deseaba ser mujer. En el curso de sus sesiones sus movimientos defensivos eran claramente ostensibles. Cuando en ocasiones el deseo de tener un hijo se hacía muy intenso, hijo que en su fantasía era mujer, se defendía de mí —que en la relación transferencial la apoyaba en su femineidad—- hablándome de aspectos de su trabajo y de situaciones puramente intelectuales.
Al poco tiempo de iniciarse su análisis, también defensivamente, la menstruación fue siendo más frecuente, el lapso entre una y otra fue cada vez más breve hasta llegar a ser de veintiocho días. Curarse transitoriamente de su trastorno tenía como finalidad eludir el análisis y la investigación profunda del síntoma.
El material intelectual que presentaba en sus sesiones se interpretó en forma sistemática como una defensa, para eludir situaciones emocionales más profundas que la pudieran poner en contacto conmigo. Temía vincularse afectivamente a mí y expresar sus necesidades: ser apoyada, cargada y mimada; los vínculos que establecía eran intelectuales y desprovistos de afecto. Cuando los sentimientos básicos de la paciente se hicieron evidentes empezamos a analizar los componentes emocionales que hacían irrupción a través de la situación defensiva. En este momento, la menstruación una vez más se empezó a retrasar y con-comitantemente apareció una grave crisis de depresión acompañada de llanto. Fantaseaba un embarazo a pesar de que durante todo el mes había usado medidas anticonceptivas. Más tarde empezó a olvidar su diafragma, siendo el marido quien le recordaba la ausencia de él o le indicaba el sitio donde lo había dejado. El matiz de la depresión era similar al que tenía en la relación con sus hijos, en particular cuando estos la rechazaban. Compulsivamente, a pesar de los antecedentes señalados, la paciente no descartaba la posibilidad de estar embarazada; se mandó hacer reacciones de laboratorio y no fue sino hasta que recibió la negatividad de las mismas cuando apareció la menstruación.
En el intermenstruo, y sin que por ese entonces lo ligáramos a la ovulación, tuvo un pleito con el marido en el que la motivación no era clara; él le dio una cita a la que ella llegó tarde, sin gran enojo se lo hizo notar. La reacción de ella fue desproporcionada; la situación era para mí tanto más extraña cuando que en general no presentaba ese tipo de respuestas.
En el siguiente intermenstruo tuvo un sueño en el que me veía muerto en Veracruz, a la orilla del mar. Lloraba intensa y desesperadamente. La gente le hacía ver que en realidad no había perdido sino un analista y que bien podría conseguir otro. En el curso de su sueño pensó que no volvería con un analista hombre y decidió ver a mi esposa. Supuso que sería buena analista ya que se había llevado bien conmigo durante tantos años; además pensaba que a las mujeres les importa la parte de abajo del cuerpo y no la de arriba.
En la sesión anterior me había traído material de naturaleza intelectual, al cual le había prestado atención sin darme cuenta de la intensa naturaleza defensiva del mismo. Salió descontenta y muy deprimida. Al analizar el contenido manifiesto del sueño me sorprendía que emergieran tan fácilmente la hostilidad hacia mí y la sensación de ser abandonada. Me daba cuenta que atrás de dicho material existían contenidos más profundos. Diversas circunstancias me habían hecho seguir la pista de sus trastornos menstruales y de su ciclo; durante las sesiones correspondientes a su última menstruación una y otra vez había cometido el lapsus de decir trastornos de mi embarazo en lugar de trastornos de mi menstruación. Parecía que al retrasar su menstruación el mes anterior, negaba en forma maníaca la falta de un embarazo «reparativo»; lo fantaseaba, hacía un esbozo de pseudociesis, retrasaba la regla, iba al laboratorio y a pesar de la inyección de fuertes dosis de preparados glandulares, la menstruación no aparecía. Empezábamos a darnos cuenta que estaba profundamente enojada con el marido porque éste le negaba la posibilidad de embarazarse. Ella estaba en ovulación y él no hacía posible la utilización del óvulo para formar una hija.
En el intermenstruo en el que aparece el sueño de referencia los reproches están dirigidos hacia mí que no comprendo sus necesidades. Profundamente, más que llorar mi muerte, llora la muerte e inutilidad de su óvulo, así como el de sus posibilidades maternales (el mar). Por eso se dirige a una mujer con la cual pueda reparar su condición de hija, rechazada en sus aspectos femeninos. Busca una analista interesada en los aspectos femeninos (de abajo) y no como yo, en las defensas intelectuales (de arriba).
Al día siguiente de interpretarle en el sentido antes aludido nos aporta material confirmatorio en el siguiente sueño: «Veía las manchas que habían dejado en la pared dos taquetes que sostenían una cortina que se había caído». Aludía al desprendimiento de sus óvulos que habían dejado manchas en la pared. Un día después tiene un sueño en el cual tiene relaciones sexuales con su esposo, lleva el diafragma puesto, pero este tiene una gran perforación por la cual pasa el pene del esposo.
Nos encontramos enfrente de un caso estrictamente opuesto al anterior, su antagonismo es particularmente ilustrativo. Conforme la terapia avanzaba nos dábamos cuenta de las profundas necesidades afectivas, presentes en los días intermenstruales las cuales, al no ser satisfechas en su nivel, condicionaban enojo, a veces expresado en la transferencia y a veces en la relación marital.
En un momento dado de su evolución terapéutica, aproximadamente dos años después de iniciado el tratamiento, tuve la impresión de que sus necesidades emocionales empezaban a desvincularse del ciclo gonadal. Su yo no se encontraba tan fijado a las vicisitudes hormonales, empezaba a establecer relaciones de objeto menos regresivas, en base a una situación terapéutica sustancialmente mutativa, en que la función endógena deja de actuar, para prevalecer la relación externa con el terapeuta.
En un momento de su tratamiento las necesidades regresivas, vivenciadas autoplásticamente en el síntoma de retraso menstrual, se empezaron a expresar aloplásticamente en la relación transferencial. El óvulo (con el cual estaba identificada proyectivamente) había dejado de ser ella misma; yo asumía los papeles maternales que ella se asignaba con anterioridad en la pantalla del ciclo. Empezó a madurar desde esta posición, donde existían grandes deseos de ser tratada como a una niña, mimada y cuidada, pidiéndome que la acariciara pasando mi mano por su frente. El tratamiento de la paciente se interrumpió un año después; el trastorno sintomático por el cual se había acercado, había desaparecido; la caracterología solamente había mutado en grado leve. En el último mes de análisis, en la ovulación correspondiente a ese intermenstruo, se embarazó. Ya sabía que existía una fecha fija para la terminación de la terapia. Nueve meses después tuvo una niña, primera hija mujer, después tres hijos varones. Muy posiblemente el significado del embarazo tuvo una connotación maníaca; con él elaboraba la depresión, consecuente a la interrupción precoz y no consolidada de la terapia.
Hemos utilizado específica y prepositivamente los casos anteriores, para objetivar cómo puede ser utilizado el ciclo gonadal en dos tipos de mujeres con diferentes posibilidadse defensivas y diversos grados de patología mental.
En la primera, la ovulación (en función de la intensidad patológica en la relación con la madre) era vivida con pánico; los contenidos hostiles y destructivos de su primitiva relación se actualizaban y operaban en sus síntomas y en sus sueños. La posibilidad de embarazarse tenía connotaciones siniestras que a toda costa evitaba. Las manifestaciones sintomáticas, transferenciales y oníricas seguían —de acuerdo a su pasado— el ciclo gonadal y lo utilizaba para proyectarse en su pantalla.
En la segunda paciente, los montantes de hostilidad en la primitiva relación con la madre, eran menores, la necesidad de reparar estaba preservada y en ella, embarazarse era reparar los aspectos negativos de la madre mala. También en este caso las modificaciones sintomáticas, del humor, de los sueños y de los síntomas utilizaban e incluso modificaban el ciclo gonadal para expresarse a través de él.
El objeto de este capítulo es enfatizar en la mente de los analistas la importancia del ciclo periódico presente en la mujer, la utilización del mismo para proyectar sobre él relación de objeto tempranas y por último, tenerlo presente en el movimiento transferencial como una constante prototípica particularmente importante.
Este tipo de identificaciones, habituales para el psicoanalista pueden parecer raras y exageradas al lego; sin embargo, en la intuición artística del genio creador es habitual descubrirlas. Valga como ejemplo la poseía Continuidad de Jaime Torres Bodet[7]:
No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
II
Me toco… Y eres tú. Palpo en mi frente
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.
Me toco… Y eres tú, tú quien me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente:
ella quien, con mis lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevive; yo, el ausente.
Me toco… Y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.
Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.
III
Todo, así, te prolonga y te señala;
el pensamiento, el llanto, la delicia
y hasta esa mano fiel con que resbala,
ingrávida, sin dedos, tu caricia.
Oculta en mi dolor eres un ala
que para un cielo postumo se inicia;
norte de estrella, aspiración de escala
y tribunal supremo que me enjuicia.
Como lo eliges, quiero lo que ordenas:
actos, silencios, sitios y personas.
Tu voluntad escoge entre mis penas.
Y, sin leyes, sin frases, sin cadenas
eres tú quien, si caigo, me perdonas,
si me traiciono tú quien te condenas…
Y tú quien, si te olvido me abandonas.
IV
Aunque sin nada en mi interior te altera,
Todo —fuera de mí— te transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno espera,
vas más de prisa que mi desventura.
Del árbol que cubrió tu sepultura
quisiera ser raíz, para que fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y segura.
Pero en la soledad que nos circunda
ella te enlaza, te defiende, te ama,
mientras que yo tan solo te recuerdo.
Y, al comparar su terquedad fecunda
con la impaciencia en que mi amor te llama,
siento por vez primera que te pierdo.
[1] Helen Deutsch, The Psychology of Women, Grune Stratton, NY, 1945.
[2] Karen Horney, «The denial of the vagina», International Journal of Psychoanalysis, vol. XIV, núm. 1, 1933. «The Flight form Womanhood», International Journal of Psychoanalysis, vol. VII, 1926. xico, 1949, three Menstrual Cys of Urinary Sex Hormones. A Report of three Menstrual Cucles, ress. ENvy and Gratitudem Tavistoxico, 1949.﷽﷽﷽three Menstrual Cys of Urinary Sex Hormones. A Report of three Menstrual Cucles, ress. ENvy and Gratitudem Tavisto
[3] Melanie Klein, El Psicoanálisis de los niños, Biblioteca de Psicoanálisis, Buenos AIres, 1948. Contribution to Psychoanalysis y Love, Hate and Reparation, Hogarth Press, 1953. Envy and Gratitude, Tavistock Publications, 1957.
[4] Marie Langer, Algunas aportaciones a la psicología de a menstruación. Patología Psicosomática, Bibioteca de Psicoanálisis, Buenos Aires, 1948.
[5] Benedek T. y B. Rubinstein, El Ciclo sexual de la mujer, Bibioteca de Psicoanálisis, Buenos Aires, 1945.
[6] Daniels G., An Approach to Psychological Control Studies of Urinary Sex Hormones. A Report of three Menstrual Cycles, International Journal of Psychiatry, vol. 100, núm. 2, 1943.
[7] Jaime Torres Bodet, Sonetos, México, 1949.
