José Cueli
2002
Santiago Ramírez desdoblado en El mexicano… fue la encarnación misma del dolor y los duelos de los mexicanos. Mito y leyenda de un pueblo se escrituraron en su cuerpo y en su mente. Santiago, mecido entre el sufrimiento y la creatividad, conmovía. Parecía transfiguración, máscara y eco del «mexicano» dibujado en fantasmal figura emblemática de los pueblos sometidos, vencidos, marginados, hambrientos, deprimidos, al margen, en el margen en las fronteras, en la exclusión, en el silencio…
Santiago Ramírez, dolor escondido en el fondo de sus ojeras, la nostalgia como condición de su mirada, tuvo en su vida y en sus producciones «sonidos negros», aquellos que inevitablemente tienen que ver con la pena, con el misterio, con la muerte. Rostro del «mexicano» que sabía revelar el dolor más exquisito, de pulidos rasgos como las figuras de obsidiana. Impartía sus clases y conferencias como difuminándose bajo el peso de su fuerte voz de barítono. De sus gestos y movimientos se desgranaban, casi en una mimesis, expresiones del dolor y de lo traumático del devenir de la vida del mexicano, tornando, si cabe, más seductor el sufrimiento.
Santiago, enervado por su mexicano dolor, cautivaba a sus alumnos. Fue el maestro irresistible, inolvidable, refinado en el misterio. Lejos de encarnar una sombra vaga y fantástica a la manera de los personajes de Rulfo, fue un hombre carismático y lleno de simpatía que perturbaba por esa cosa ágil que habitaba en él y se expresó en su «psicología del mexicano». Destello que enmascaraba algo del desaliento que se traslucía en su rostro, ese vencimiento del dolor que se decanta en sus escritos.
Santiago, gesto y voz, en donde se hacía manifiesta la expresión de angustia que necesitaba sostener en sus clases, dejando un surco imborrable con el tono en que «traducía» al mexicano traumatizado, despojado de su cultura, religión, ideología, bienes y mujeres al que contemplaba en la sombra y desde la sombra de una misteriosa y rara duplicidad, desdoblamiento del haz y el envés. Imagen que retornaba del desdoblamiento, espejo de doble faz donde mirarse como ajeno a sí mismo y al mismo tiempo inmerso en la mismidad de donde emergía comprometido con los mexicanos desheredados. Futilidad profunda del mexicano porque apunta a lo indescifrable, oscilación entre lo enigmático y lo real. Enigmático porque la mirada de Santiago se dirigía hacia adentro y desde dentro miraba, miraba a lo mexicano y la interminable montaña que no deja de envolverlo y aislarlo como al mexicano a pesar de haberse trasladado del campo a la ciudad.
En su estudio buscaba esa esencia elusiva del mexicano que pudiera instruirnos sobre las causas de su proceder histórico, su pobreza, el inelaborable trauma de la conquista y la forma de salir de ese estancamiento. Intentó, más allá de las estadísticas y los esquemas económicos, encontrar los hilos que lo condujeran a través de las vicisitudes raciales, sensoriales, climáticas y educativas, rastrear los rasgos de los mexicanos, atraído particularmente como psicoanalista por esa positividad defensiva contra la melancolía de un trauma no superado.
Santiago nos mostró una concepción de la vida mexicana cuyas bases hoy nos resultan tal vez psicoanalítica o sociológicamente inaceptables, pero que no han perdido su excepcional fecundidad.
El estudio de lo mexicano hoy, para lo cual dejó una invaluable semilla, nos conduce irremisiblemente a la profundización de la tan sabida miseria mexicana; es decir, la miseria de los miserables, a las medidas a tomar que nunca se toman y que han hecho de nuestra vida tan sólo sobrevivencia, escriturándose como lo más significativo de lo mexicano: rasgos, ademanes, gesticulaciones y partículas tan inasibles de nuestro proceder que nos han impedido acceder a una identidad como tal. Pueblo mexicano que con su pesada herencia a cuestas se ha configurado en un carácter y perfil que nos diferencian de los nacidos en otros países, al margen de las condiciones socio-políticas favorables o desfavorables, sin ánimo para modificar el contexto, sin poder acceder a la búsqueda de su clave más honda, es decir, el secreto vivir de su ser. Mundo cristalizado, cerrado, que nos intriga, donde nos inquietan tanto la pregunta como la definición. Incesantes «porqués» mientras la tierra se empobrece y la indefensión profundiza. Tragedia del mexicano que ha vivido y vive exiliado de la tierra, de la palabra y de sí mismo, intentando sobrevivir.
Desde ahí, desde la indefensión y los duelos no elaborados, lo mexicano se nos revela como transparencia en el aire, vestido de sueños, formando parte de una trama invisible, decididamente cristalizada. Lo mexicano proyectado desde su historia azteca y española produce un espectro que lo desmaterializa. Presencia acuciosa y seductora del mestizaje a quien no le interesa la industrialización o la globalización, fenómenos que en otras naciones fueron protagónicos desde principios de siglo.
Ese mexicano de lerdo andar y quijotescos sueños, de tono monorítmico en su voz cubierto con sombrero de palma bajo la sombra del ahuehuete, que tanto obsesionó a Santiago, vive otro tiempo: un tiempo perdido entre los tiempos, un tiempo suspendido, que se estanca sin estancarse, que se desliza silencioso en otro tiempo, receloso de lo que pueda acontecerle afuera, una trepidación que no comprende pues su mundo es el mundo de los sueños y las quimeras. Este compás de espera le deja una profunda tristeza sabedor de que se va a ir con el tiempo.
La fibra sensible de la que Santiago estaba hecho, lo llevó a ser el fundante del psicoanálisis en México —ni más ni menos—. Mas su otra faz nos mostraba al mexicano lleno de melancolía, de drama, pero sin fatalismo. Advertía en su rostro el dolor, enmarcado por sus gestos acuciosos, abiertos, inteligentes, en los que se adivinaban jirones del sentimiento popular, matices que en él se mezclaban revelando que más allá del intelectual universitario se erigía un talento creador.
La búsqueda del misterio de lo mexicano terminó por envolverlo a él mismo. Intentar aclarar el misterio nos conduce a perfilarnos por el contraste entre lo íntimo y lo externo de su persona. El escrutinio del sentimiento de nuestra identidad condujo a Santiago a una lucha del hombre con el personaje de El mexicano… tornándose juego de ocultamiento y develación, difuminación del uno sobre el otro. Compás de espera de El mexicano… que quizás condujo a Santiago, en plena madurez intelectual, a Cuernavaca, al reposo que vivió como base del combate al exterior; donde su voz fuerte y timbrada se percibía como eco, en la intuición de la propia muerte.
Su voz aún flota en las aulas universitarias y el hombre comprometido con lo mexicano sigue vivo en su libro que hoy ve la luz en nueva edición. Libro controvertido, polémico, descalificado por unos, idealizado por otros, que permanece en el sentir de aquellos que se identifican con esa neurosis traumática que heredamos los hijos de la gran Tenochtitlán. Herederos sin posesión de nada, pero con todo en propiedad. El cielo, el mar y el canto que hablan de un dolor por ser abandonados y que, entequilados, viven en sus sueños. A veces, muchas veces, en la desesperación de que todo aquello no sirve para nada, cuando al vivir sale del sueño; entonces vive la desolación y el hambre. Hambre negra en lo íntimo que enmascara los dramas y hace de su peregrinar lento, constante, incontenible, un avatar histórico, tan traumático, desgarrador y sufrido de ese emigrar que marca al soñador mexicano, signado por el fatalismo, en un desvivirse fantasmal en los sueños.
José Cueli 1999
