Homenaje a Santiago Ramírez

Enrique Guarner

Con la muerte en Cuernavaca de Santiago Ramírez el viernes 19 de abril de 1989, el psicoanálisis pierde a una gran y controvertida figura. Santiago, como a él le gustaba que le llamáramos, fue un pionero en el estudio del carácter del mexicano y sus originales trabajos abrieron el camino para entender los procesos inconscientes que predominan en nuestra mente.

Santiago Ramírez nació en la ciudad de México en 1921 y era hijo del médico del mismo nombre y apellido que alcanzara fama como neurólogo dedicando tiempo similar a la enseñanza, al Sanatorio Español, al Seguro Social y a la práctica privada. En 1920 ingresó a la Academia Nacional de Medicina, cosa que su hijo trató de alcanzar en los sesentas y que, para vergüenza de la institución, nunca se le concedió. De cualquier manera el padre de Santiago, como ahora le conocemos, publicó en 1942 el Manual de Patología Nerviosa; que todavía leemos algunos de nosotros y posteriormente el Bosquejo de Patología General, así como La inmoralidad médica reinante.

La madre de Santiago fue profesora normalista y tuvo tres vastagos, siendo aquél del que hacemos esta semblanza el menor, de tal manera que sus hermanas le llevaban respectivamente cuatro y ocho años. Santiago Ramírez en su Ajuste de cuentas nos relata: «Mi infancia estuvo poblada de mujeres tanto en el contacto emocional como en la cercanía y encuentro afectivo: dos hermanas, mi madre y tres criadas de las de aquellos tiempos, que entregaban su maternidad a través del nene, en su relación conmigo. Mundo poblado por mujeres asexuadas. La falta de expresión sexual era la consecuencia o de lazos familiares o de prohibiciones afectivas.

La familia de los Ramírez siempre dio una gran importancia al desarrollo de la inteligencia. Los abuelos habían destacado, siendo el materno

médico de Porfirio Díaz y uno de los descubridores de la espiroqueta que produce el mal del pinto y el paterno un conocido matemático.

Fue por ello que Santiago fue rechazado en la infancia por sus padres, debido a su rebeldía y a su escaso rendimiento escolar. Él atribuye el no sobresalir al haber sido cambiado de un colegio de «pelados» a otro que denominó de los «decentes».

Sin embargo, a partir de la adolescencia el psicoanalista nos dice: «En la preparatoria fui un alumno destacado y en la Escuela de Medicina me convertí en el primer promedio de mi generación. Obtuve tres diez en anatomía, la de aquellos tiempos y por supuesto la actitud de mi padre mutó. Claro que fue eficaz para mi personalidad el cambio, pero el troquel que tempranamente se me impuso no desapareció ni entonces, ni ahora ni nunca y condicionó muchas de las determinantes de mi manera de ser».

En efecto, como resultado fiel del respeto de Santiago por la inteligencia, siempre fue un conferencista notable que iluminaba cualquier escenario. Tanto en la Asociación Psicoanalítica como en la Escuela de Psicología era un profesor irresistible y absorbente que sabía rodearse de alumnos fundamentalmente por su peculiar empatia y sus interpretaciones brillantes e inspiradas.

Al terminar en 1945 la carrera de Medicina, Santiago como el mismo Freud, trabajó por un tiempo en el campo de la Neuropatología con el maestro Costero, pero el germen del estudio de las enfermedades mentales se apoderó de él ingresando en el Hospital Infantil como consultante. Fue por aquellos entonces que junto con Alfredo Namnum, Ramón Parres, José Luis González y Pepe Remus inició el «Grupo Mexicano de Psicoterapia Psicoanalítica».

Vale la pena de que aquí retrocedamos en el tiempo para hacer un breve resumen de la historia de la Psiquiatría en México. Puede afirmarse

que ésta como rama científica no existía hasta que en 1897 se la aceptó

como parte de una cátedra en el sexto curso de Clínica en la Facultad

de Medicina, que estaba situada en el antiguo edificio de la Inquisición

plaza de Santo Domingo.

El primer profesor que se dedicó por entero a impartir la asignatura fue Juan Peón del Valle, médico nacido en 1874 y que era hijo del dramaturgo del mismo apellido, quien por cierto fue también distinguido galeno. Peón del Valle se graduó en 1898 y desde 1905 había sido director idel viejo hospital para mujeres dementes, conocido como manicomio de la calle de la Canoa, donde hizo mejoras materiales y en algunos métodos curativos. En 1909 fue becado por el gobierno de Díaz con el objeto de ampliar

estudios en Paris con el doctor Pierre Janet, discípulo de Jean Martin Charcot. Cuando regresaba en el barco sufrió un ataque de apendicitis del que no pudo ser operado, falleciendo al día siguiente de su llegada la capital.

En 1910 se inaugura el Manicomio de la Castañeda, serie de edificaciones horizontales construidas para celebrar el Centenario de la Independencia. Los encargados de la obra fueron los ingenieros Ignacio de la Barra y el hijo de Porfirio Díaz quienes realizaron los 12 pabellones en catorce meses a un costo que ascendía a 1’783,000.00 pesos. A lo largo de cincuenta años actuaron o se formaron en este hospital los especialistas en Psíquiaría más prestigiados.

Entre todos ellos destacó Leopoldo Salazar Viniegra, quien naciera San Juan del Río, Durango, en 1898. Se graduó como médico en 1922 y poco después permaneció algunos años en Francia y España. A su regreso se le nombró director del manicomio donde vivió hasta su muerte acaecida en 1957. Su posición en cuanto a la Psiquiatría era la de un escéptico y constituía mas bien un filósofo que un terapeuta.

Las anécdotas de Salazar Viniegra son inumerables y aquí recordaré alguna. A la entrada de la Castañeda existían dos casas destinadas a sus encargados y administradores. En una época habitaban en ellas don Leopoldo y el subdirector de la institución Mario Fuentes. Súbitamente un domingo este último descubrió una terrible humareda que procedía de la casa de al lado y cuando iba a avisar a los bomberos del incendio, descubrió ran sorpresa que Salazar había hecho una pira con cientos de libros

a los que consideraba inservibles y los cuales quemaba en medio de gran

placer.

También fue famosa aquella ocasión en 1940 cuando al ir a presentar

un trabajo sobre los efectos de la marihuana, don Leopoldo ofreció a muchos de los asistentes cigarrillos conteniendo el alcaloide. Para llevar a cabo su maniobra los había colocado en una cajetilla vacía de Delicados y en la reunión societaria logró que un buen número de los psiquiatras sufrieran un «toque».

Tampoco puedo dejar de mencionar aquí la burla que Salazar Viniegra le hizo al psiquiatra organicista Dionisio Nieto quien aseguraba haber encontrado el secreto de la esquizofrenia en preparaciones cerebrales que examinaba bajo el microscopio. Don Leopoldo le dijo que sus descubrimientos eran equivalentes a haber encontrado la voz en los hilos del teléfono.

Otros psiquiatras que comenzaron asonar en los treintas fueron Samuel
Ramírez Moreno, el estudioso Guillermo          Dávila, así como también Raúl González Enriquez, quien por cierto sufrió     una trágica muerte al ser devora
do por tiburones en el río Tuxpan. Porúltimo el magnífico clínico, Mario
Fuentes.

La Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría se fundó en 1937 y agrupaba a los médicos que practicaban en el manicomio. A partir de 1939 llegaron a México los refugiados españoles y entre ellos dos psiquiatras destacados. El primero era Gonzalo Lafora que había trabajado en Alemania y Estados Unidos, así como con Cajal. El otro exiliado que vino a México fue Dionisio Nieto, quien había estudiado con Spielmayer en Munich. La labor de Nieto en México resultó incansable puesto que hizo investigación en el Instituto de Biomédicas y en el Manicomio.

En 1950 el profesor Erich Fromm fue invitado por la UNAM para dictar algunas conferencias y se quedó en México. Su influencia se hizo notar y un conjunto de psiquiatras destacados como Dávila, Millán, de la Fuente, Aramoni, Higareda y otros comenzaron su análisis personal con el que ya para entonces era un famoso sociólogo que había publicado en Estados Uñidos el Escape a la libertad.

Volvamos con Santiago y señalemos que en 1945 fallece su padre y tres años después con la venta de la magnífica colección de timbres de su progenitor, emprende la aventura de ir a Buenos Aires con el objeto de psicoanalizarse: debo añadir que la Asociación Psicoanalítica Argentina, única que existía en nuestro idioma era muy joven, puesto que había obtenido su afiliación a la Internacional en 1942. Sin embargo, la Institución fundada por Ángel Garma, Celso Cárcamo y Maria Langer tenía un gran prestigio. Tanto la analista citada como Arnaldo Raskovsky fueron los te apeutas de Santiago.

Una vez graduado en 1952, el joven analista de 31 años regresa a México y de inmediato inicia su práctica profesional. En corto tiempo alcanza fama y junto con Ramón Parres, José Luis González y Pepe Remus inician el Grupo de Estudios que se transforma en la Asociación Psicoanalítica Mexicana, la de aquellos tiempos.

En 1959 aparece la primera edición de «El Mexicano, psicología de sus motivaciones». En este libro se parte de una excelente introducción en la que se concluye:

1. Toda la conducta está motivada.

2. La mayor parte de la misma es el resultado de la interacción del sujeto con los objetos.

3. Sus motivaciones generadoras son inconscientes.

4. La conducta tiende a automatizarse por una economía del esfuerzo.»

5. Cada fragmento de la misma es un trozo de la historia.

A partir de estos elementos Santiago Ramírez evalúa la epopeya de México siendo la conquista el choque de dos razas, las cuales asimilan costumbres y tradiciones provocando con ello la mayoría de sus características.

El que los invasores añoraran a su tierra de origen dio lugar a que los hijos que nacieron y sus descendientes tuvieran un exceso de madre y un padre alejado y nostálgico que pensaba en sus propias mujeres y rechazaba al hijo que lo afincaba en el país.

En esta importantísima obra, Santiago realiza un profundo estudio del lenguaje mexicano y su significado inconsciente. A veces recurre a los corridos y canciones con su simbolismo intrínseco. El libro alcanzó diez ediciones y en las posteriores se agregaron nuevos capítulos como el de la «Marcha hacia el mar».

En 1964 Ramírez publicó «Esterilidad y fruto. Psicología de la función procreatíva», donde el autor hace un análisis original acerca de los senderos que existen en la conducta reproductiva de la mujer. En algunos de los casos se observa la representación de la maternidad a través de los sueños de pacientes durante el período menstrual. Incluido en uno de los capítulos se descubre la infertilidad del homosexual en la obra de García Lorca relatada en el simbolismo de sus piezas teatrales «Doña Rosita, la soltera», «Yerma» y «La casa de Bernarda Alba».

En «Infancia es destino» de 1970 se reúnen algunos de los principales artículos de Santiago y se hace hincapié en que cada fragmento dé la vida adulta es un trozo de la historia del niño.

Por último, quien lee esta breve semblanza en colaboración con Isabel Díaz Portillo tuvo la suerte de escribir con Santiago Ramírez Un homosexual, sus sueños, libro que editó la UNAM y que reseña 121 fenómenos oníricos procedentes de un solo paciente que psicoanalicé en los sesentas. La trascendencia de este trabajo se deriva de que en La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, los ejemplos se originan de diversas fuentes, en tanto que en esta obra los sueños provienen de un caso solitario que evoluciona a través de tres años de análisis.

Pese a la importancia de la obra de Santiago Ramírex y a lo mucho le debe el Psicoanálisis y la Facultad de Psicología, quisiera en este acto conmemorativo pagar mi deuda de gratitud recordando mis experiencias personales con él.

A Santiago, lo conocí en 1959 cuando ingresé como candidato a la Asociación Psicoanalítica Mexicana. Trataré de describirlo en aquellos entonces cuando era Presidente de la Institución. Su aspecto resultaba juvenil, pues todavía no cumplía cuarenta años de edad, de estatura mediana y constitución delgada. Su cabello abundante y rizado, cara en la que sobresalían sus ojos de mirada firme y franca. Los ademanes de Santiago eran siempre rápidos y al hablar lo hacía con una voz ronca, realizando constante esfuerzo por limpiar su garganta de mucosidades. Llamaba la atención la elección libre de palabras con un vocabulario abundantísimo, de tal manera que las frecuentes groserías que nos comunicaba nos hacían reír y promovían simpatía por su gracia. El conjunto de la fisonomía y la forma en que trataba a la gente eran siempre de bondad y amistad.

Recuerdo que cuando en 1960 comenzaron los seminarios teóricos en la Asociación y todos llegábamos a ellos con reglas fijas que eran reforzadas tanto por nuestros análisis como por la seriedad de los didáctícos; era entonces cuando la clase de Santiago nos sacaba de nuestra actitud solemne y hacía que nos sintiéramos sueltos y cómodos, evitando el esquema interpretativo rígido y sometido a reglas.

Santiago no enseñaba un psicoanálisis codificado. Yo vivencié la técnica a través de él y especialmente por su carácter y personalidad. Yo diría que se aprendía psicoanálisis desde el instante mismo de ponerse en contacto con Santiago, había algo de libertad en su consultorio, en sus libros, en su diván. En ese clima de estudio, pero entendido aquí como algo cordial y afectivo, se obligaba a entender al psicoanálisis como una ciencia humana y no como un conjunto de leyes fijas para entrar en contacto con los pacientes.

Tuve la suerte de supervisar tres años con Santiago y deseo mencionarles su postura como hombre de ciencia frente a los hechos, la verdad y la justicia. En el material de los pacientes siempre exploraba la fantasía haciendo que apareciera como algo vivo y humano. Lo esencial era comprender a la persona que se analizaba y el manejo del binomio transferencia-contratransferencia tarde o temprano debería llevar al éxito terapéutico.

Un aspecto que siempre me llamó la atención fue el que Santiago rara vez contradecía lo que el supervisado interpretaba. Resultaba difícil entenderlo pero se podría afirmar que corregía con tacto, o sea, no interfería con el análisis que yo llevaba a cabo; sino que a lo que había descifrado, Santiago agregaba alguno de sus geniales señalamientos, lo cual posteriormente se confirmaba en las asociaciones de mi paciente. Puedo decir que su capacidad fabulosa de fantasía hacía que su enfoque fuera utilizado en el futuro.

Debo agregar que Santiago Ramírez es uno de los iniciadores de que el terapeuta no permanezca como un reflector anónimo, sino un observador participante que actúa frente al analizado como un ser humano. Solía decir que la relación terapéutica no es una amistad aunque la intimidad sea más profunda y duradera. Por ello el psicoanálisis debe ser una relación interpersonal en la que los sentimientos de los participantes se aclaren.

Santiago Ramírez fue uno de esos raros seres humanos con mentes propias que tienen que expresar sus formulaciones inteligentes. Las ideas originales que frecuentemente expresaba contenían cierta idiosincracia, pero no era porque estuviera contra la tradición o los convencionalismos, sino que a todo le agregaba modulaciones que le eran exclusivas.

Habitualmente Santiago obtuvo el respeto de casi todos fundamentalmente por sus muchas aportaciones de las que estaba justamente orgulloso. Siempre logró la admiración de quienes le rodeamos y conocía nuestras potencialidades y limitaciones. Sin embargo, como todos los seres humanos tuvo sus enemigos que lo llevaron en 1971 a renunciar a lo que más había amado: la Asociación Psicoanalítica Mexicana, pero aún frente al cisma y a pesar de que tenía numerosos partidarios, no manipuló a nadie para que lo acompañara. Fue por ello que sufrió una especie de destierro en Cuernavaca y rara vez nos permitió visitarlo en su decadencia final.

He perdido a un maestro y amigo que siempre me mostró afecto aconsejándome y corrigiéndome con rectitud y justicia. Me apoyó en escribir mi Psicopatología y guardaré su prólogo manuscrito como el más preciado de mis objetos.

Con la muerte de Santiago Ramírez el psicoanálisis en México y en el mundo ha sufrido la pérdida de una voz original, crítica y fuerte.

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