Teorías de Freud.
23 de octubre/ 1979
—En este semestre trataremos los temas siguientes: Observaciones
sobre, el amor de transferencia; El psicoanálisis silvestre; Análisis terminable e Interminable, y Construcciones en Psicoanálisis. Empezaremos con El Psicoanálisis Silvestre y luego veremos el Análisis profano.
—El libro último que yo edité armó una escandalera espantosa. En unomásuno todos escribían: escribió Cueli, Dolores Sandoval, Barriguete, José Luis González, Aparicio, Guarner. Realmente me cayó muy bien, no gano más que tres o cuatro pesos por libro, pero la edición programada para un año se vendió en tres semanas. El libro es Ajuste de cuentas, de Nueva Imagen. Se vendieron 3 000 ejemplares en un ratito. No tenía que ver nada con que si tuvieran pacientes o no; que si el psicoanálisis curaba; con que si soy un sinvergüenza, ni con nada de eso.
La idea fundamental (y la frase no es mía ni la sugerí yo) del Ajuste de Cuentas, es una frase cuando Marx hace un ajuste con lo que había dicho cuando era joven, ya siendo un hombre maduro, adulto. El título me lo sugirió Roberto Escudero. Con ese título sugerido, de lo que se trataba al ajustar cuentas, era qué tanta validez tenían mis preocupaciones juveniles, que llenaron de pasión y de interés, etc. que habían sido básicamente dos: El psicoanálisis como teoría, como técnica, como trabajo, y el mexicano. Tanto argüende con El mexicano, psicología de sus motivaciones, bla bla bla, que los maestros de Psicología en Prepa, como no saben psicología, agarran el librito como texto. Ese sí me deja entre 35,000 y 40,000 al año. Iba a hacer ajuste de cuentas con las dos cosas.
Ahora, ¿quién me iba a ajustar cuentas acerca del carácter de autenticidad del método psicoanalítico? Era: primer capítulo, más o menos histórico: nací en tal fecha. Segundo capítulo: inicié mis estudios. Tercer capítulo, mi formación psicoanalítica. Cuarto capítulo: y luego vienen toda una serie de preguntas que me hacen acerca de la validez científica en el psicoanálisis, mi hijo que es, epistemólogo y Roberto Escudero que es político. Entonces se trata de ver qué validez tiene desde el punto de vista del pensamiento dialéctico, del marxismo. Qué autenticidad tiene. Y entonces se entabla una polémica en que me hacen preguntas y contesto, a la réplica de los que me están solicitando, acerca del valor científico. Entonces ése era el propósito del libro: ajustar cuentas conmigo, pero salió luego una retahíla de gentes que se sintieron tocadas y me hicieron una propaganda del libro, porque fueron como cinco días que unomásuno sacó artículos vía Cueli.
—¿No te irás a enojar?
—Que me voy a enojar, hagan lo que se les dé la gana.
Pues qué bueno, porque se vendió el libro mucho. Visto el éxito que provocó este libro, tenemos el propósito más o menos por el verano del año entrante, escribir un libro que se va a llamar «La Sagrada Familia», en términos de Engels. Hacer un estudio de la organización familiar, de las organizaciones psicoterapéuticas, psicoanalíticas y el desmadre que hay allí dentro. Lo que tiene uno que hacer por ganarse la papa: aspirante, candidato a aspirante, candidato asociado, candidato asociado graduado; graduado con trabajo presentado, psicoanalista adherente, psicoanalista titular; psicoanalista titular con funciones didácticas; psicoanalista didáctico con supervisión.
Total, después de 67 años se llega al final. Ya tenemos el título y más o ya está armado en la cabeza, para ver que pachanga se arma.
«El psicoanálisis si es muy eficaz, porque si bien es cierto que es elitista, no menos cierto es que se puede analizar a un Jefe de Empresa para que mejoren las relaciones con sus subalternos; o se puede analizar a un político, para que mejore su gestión. dice una psicoterapeuta. Y Guarner le contesta a la señora que escribió esto: «Yo no sé de ningún empresario que haya mejorado las condiciones de sus asalariados ni de ningún político que haya mejorado su condición de corrupto por analizarse.»
El primero de los artículos fue de Cueli: «No es que esté en contra», que tan inteligente que era yo y que yo los había supervisado, pero: y seguía el pero. Todos eran muy amigos míos. Luego vinieron a defenderme las gentes que cita Cueli: Dolores Márquez de Sandoval, Presidente de la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica; luego estuvo Barriguete; luego Palacios y luego está José Luis González, que dijo que tan talentoso, etc., etc. pero… que estaba mal analizado. Luego contestaron a la pro: Aparicio, que puso a José Luis González como camote, sobre la medicalización del psicoanálisis, sobre la normalidad y qué estar bien analizado, bueno, y que quién tiene el juicio de verdad para ser psicoanalizado, mucho o poco; si estás bien, si estás mal. Luego siguió Guarner. Lo que no se dieron cuenta es que la inicial de cada uno de los párrafos, o sea en acróstico; A P M Q L P U R = Asociación Psicoanalítica Mexicana, Que la Parta un Rayo.
Aparicio le contestó a Guarner con un artículo muy bueno: «Las asociaciones sicoanalíticas, más turbias que los castillos estalinistas». También contestó mi hijo, en el que también se mofa en dos artículos, espantosamente. Lo que es notorio y lamentable es qué mal escriben los psicoanalistas. Esa construcción de Armando Barriguete es espantosa.
—Pregunta. ¿Por qué no les contestó usted?
— Les hubiera hecho el juego si les contesto. El no contestarles era lo que tenía significación política .
—Alumna. La opinión de Cueli me pareció con mucha amargura.
—Las mujeres que están aquí y que no conocen mi lenguaje… a la postre todas estas críticas, en las que nadie dio la cara y dijo «ahí te va el golpe». Ante esta cosa de: «Tan inteligente y tan bueno y tan culto», etc. etc. mi mujer dice: «Somos culeros, si van a darnos en la torre, vamos a darnos, y ya. No se trata de «»Ay, éste Cueli, que gangoso hablas», ¿no?
Ahora, no teniendo nada que ver una cosa con otra pero que es muy importante; aquí hay algunas niñas que tienen que ver con lo que estoy por decir: los Centros de Integración son un desmadre, pero un desmadre. Les quitaron el subsidio, etc. etc. Yo había renunciad bastante antes, porque cuando renunció Marte Cantú, que era el director general de los Centros de Integración, le mandé una carta a la señora Moreno y le dije que lamentaba que hubiera renunciado el Dr. Cantú y que esperaba que nombraran a un nuevo director que tuviera la misma ideología, que pudiera trabajar acorde con el punto de vista de Orientación Metodológica que teníamos los supervisores. No me contestó, o me contestó nombrando a un señor que es licenciado en Administración de Empresas. Al día siguiente presenté mi renuncia, como este señor empezó a hacerles cuentas: que por qué el Supervisor de Tijuana tomó una Coca Cola y por qué eso a la cuenta, bla bla bla. Me habla la señora Moreno y su secretaria: que yo había procedido muy políticamente, que por qué había renunciado. Y yo contesté porque ha procedido usted muy tontamente, porque pudo haber nombrado un supervisor administrativo sin quitarle el grado al Director. Por otro lado me pareció una pichicata. Yo nunca demandado la cuenta de los jaiboles que se han tomado en mi casa en Cuernavaca cuando terminan las sesiones de los que superviso, bien se va una botellita de Cutty Sark como de doscientos treinta pesos.
—Alumno. Ahora están tratando de hacer un Sindicato todos los que se salieron: Margolis, Echevay, Marte Cantú, etc. etc.
— Si, se salieron muchos…. Ahora, yo creo que esos Centros han tenido una función extraordinaria como focos de enseñanza para psiquiatras, psicólogos, trabajadoras sociales, etc., porque tenían gente de muy alto nivel dándoles clases, conferencias, supervisiones, entrando en contacto con la comunidad. Y aparte manejaban le primaria abierta y la secundaria abierta.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. Sobre el psicoanálisis silvestre. 1910.
6 de noviembre/1979.
[Los textos leídos no corresponden literalmente con los aquí incluidos, ya que la edición de Biblioteca Nueva usada en clase no se encuentra digitalizada.]
Hace unos días se presentó en mi consultorio, acompañada por una amiga en papel de protectora, una dama de mediana edad, entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, que se quejaba de estados de angustia. Bastante bien conservada, era evidente que no había dado por concluida su feminidad. La ocasión del estallido de esos estados había sido su separación de su último esposo; pero indicó que la angustia se le había acrecentado mucho después de consultar a un joven médico en el suburbio en que vivía. Es que este le había dicho que la causa de su angustia era su privación sexual, que ella no podía prescindir del comercio con el varón y, por eso, sólo tenía tres caminos para recuperar la salud: regresar junto a su marido, tomar un amante o satisfacerse sola.
—Yo dudaría aquí de la cosa de la edad. Tal vez sea un cuadro involutivo, un cuadro depresivo con angustia en una edad menopáusica y quién sabe si en un momento determinado, desde el punto de vista diagnóstico, haya sido el estado depresivo el que la haya hecho separarse de su marido, más que el separarse de su marido el que le haya producido el estado depresivo. Esto no viene a colación, es más importante que pareciera que es un estado angustioso, alrededor de la edad menopáusica y ustedes ya vieron las recomendaciones terapéuticas tan tajantes.
Desde entonces ella tuvo el convencimiento de que era incurable, pues no quería regresar junto a su marido, y su moral y religiosidad le vedaban los otros dos recursos. Había acudido a mí porque ese médico le dijo que se trataba de un descubrimiento nuevo que yo había hecho; no hacía falta sino preguntármelo, y yo le corroboraría que era así y no de otro modo. Entonces la amiga, más entrada en años, desmedrada y de apariencia enfermiza, me conjuró para que asegurase a la paciente que el médico estaba en un error. No podía ser así, pues ella misma era viuda desde largo tiempo atrás y no había padecido angustia no obstante llevar una vida decente.
No me detendré en la difícil situación en que me puso esta visita, sino que procuraré aclarar la conducta del colega que me había enviado a esta enferma. Antes quiero establecer una reserva acaso no superflua, o que yo espero no lo sea. Una experiencia de muchos años me ha enseñado —como podría habérselo enseñado a cualquier otro— a no dar por verdadero sin más todo cuanto los pacientes, en particular los neuróticos, refieren acerca de su médico.
—Yo sigo este consejo: un sujeto que ha fracasado, ya no digamos en un análisis silvestre, sino que ha fracasado en una terapia anterior y si llega hablando esto, esto y aquello, le está dando al segundo terapeuta un mensaje muy importante: «cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar». Porque primero va a haber una luna de miel, pero lo más factible es que a la postre, tras unas cuantas sesiones o meses, incurra en las mismas críticas respecto al nuevo terapeuta que con respecto al previo.
Tenemos una gran tendencia a idealizarnos y a pensar que el anterior era un idiota y nosotros somos genios, hasta que no nos damos cuenta de que vamos a caer en la misma situación transferencial del paciente y vamos a terminar haciendo lo mismo.
—Pregunta. ¿Y qué hacer, doctor?
—¿Qué hacer? Interpretar. El único instrumento que tenemos en psicoanálisis es interpretar. Si una persona nos está idealizando, nos está idolatrando, bla bla bla, hay que hacerle ver que en rigor está colocando en nosotros a A, B, C, D, que no corresponde a una observación objetiva. Claro que a veces es tanta la compulsión a repetir, que los pacientes a veces se salen con la suya.
Yo les contaba el caso de una erotómana. Era una mujer que había tenido desde jovencita, desde púber que vivir con la tía y el tío y dormía entre los dos. El tío, haciéndose el dormido se había dedicado a masturbarla y masturbarla, y haciéndose masturbar por la muchacha durante 10 años. Entra a la terapia y viene un enamoramiento brutal, con una falta de represión total con respecto a impulsos libidinosos, porque históricamente no lo había aprendido, no había aprendido a reprimir el impulso sexual y, colocada en una situación de abstinencia o de características de esa naturaleza, rápidamente hacía una transferencia erótica bruta, que tenía una compulsión de actuarla en tanto que no había habido una situación prohibitiva, un juicio de realidad que le hubiese permitido reprimir impulsos que deben ser reprimidos enfrente de un médico, enfrente de un tío, enfrente de un sustituto paterno.
Entra con un primer terapeuta y empiezan los actos de amor, está enamoradísima y una compulsión a actuar. Ese terapeuta tiene necesidad de dejar el país y yo tomé a esa paciente en segundo análisis. Conmigo hace lo mismo y también yo, por el mismo motivo, por tener que regresar a mí país, se la dejé a un tercero ya cuando las cosas se estaban poniendo muy calientes. Y ese tercero se casó con ella. Así que insiste y triunfarás, ¿no?
Hablando de indicaciones, en estos pacientes con esa tendencia a la actuación tan grande que a veces necesita uno chaperón que lo proteja a uno, tanto del afecto como de la agresión. Fíjense que en estos casos en que la transferencia puede ser masiva y puede ser totalmente inoperante la cura, necesita uno de sus sobrestantes y entonces funciona muy bien la terapia de grupo, porque ya con tres mujeres y cuatro hombres, como que ya está uno más bien defendido, por siete chaperones ¿no?
En cualquier variedad de tratamiento, el médico de enfermos nerviosos no sólo deviene fácilmente el objeto a que apuntan múltiples mociones hostiles del paciente; muchas veces tiene que resignarse también a asumir, por una suerte de proyección, la responsabilidad de los secretos deseos reprimidos de los neuróticos. Y luego es un hecho triste, pero característico, que tales inculpaciones en ninguna parte encuentren más credulidad que entre los demás médicos.
Tengo derecho, pues, a esperar que la dama que acudió a mi consultorio me haya presentado un informe tendenciosamente desfigurado de las manifestaciones de su médico, y que cometería una injusticia contra este —a quien no conozco personalmente— si anudara a su caso mis puntualizaciones sobre el psicoanálisis «silvestre». Pero haciéndolo quizás impida a otros inferir daño a sus enfermos.
Supongamos, entonces el médico dijo exactamente lo que la paciente informó.
A cualquiera se le ocurrirá enseguida criticarle que un médico, si se ve precisado a tratar con una señora sobre el tema de la sexualidad, tiene que hacerlo con tacto y consideración. Ahora bien, estos requerimientos coinciden con la obediencia a ciertos preceptos técnicos del psicoanálisis; y además, este médico habría desconocido o entendido mal una serie de doctrinas científicas del psicoanálisis, mostrando así cuán poco avanzó en la comprensión de su esencia y propósitos.
Comencemos por los errores mencionados en segundo término, los científicos. Los consejos de nuestro médico permiten discernir con claridad el sentido que atribuye a la «vida sexual». No es otro que el popular, en que por necesidades sexuales se entiende tan sólo la necesidad del coito o sus análogos, las acciones que tienen por efecto el orgasmo y el vaciamiento de las sustancias genésicas. Ahora bien, este médico no puede ignorar que suele reprochársele al psicoanálisis extender el concepto de lo sexual mucho más allá de su alcance ordinario. El hecho es correcto; no entra- remos a considerar aquí si puede agitárselo como reproche. El concepto de lo sexual comprende en el psicoanálisis mucho más; rebasa el sentido popular tanto hacia abajo como hacia arriba. Esta ampliación se justifica genéticamente; también imputamos a la «vida sexuah, todo quehacer de sentimientos tiernos que brote de la fuente de las mociones sexuales primitivas, aunque estas últimas experimenten una inhibición de su meta originariamente sexual o la hayan permutado por otra que ya no es sexual. Por eso preferimos hablar de psicosexualidad, destacando así que no omitimos ni subestimamos el factor anímico de la vida sexual. Empleamos la palabra «sexualidad» en el mismo sentido amplio en que la lengua alemana usa el vocablo «lieben» {«amar»). También sabemos desde hace tiempo que una insatisfacción anímica con todas sus consecuencias puede estar presente donde no falta un comercio sexual normal, y como terapeutas siempre tenemos en cuenta que el coito u otros actos sexuales a menudo sólo permiten descargar una mínima medida de las aspiraciones sexuales insatisfechas, cuyas satisfacciones sustitutivas nosotros combatimos bajo su forma de síntomas neuróticos.
Quien no comparta esta concepción de la psicosexualidad no tiene derecho alguno a invocar los principios doctrinarios del psicoanálisis que tratan de la significatividad etiológica de la sexualidad. Sin duda que ese individuo habrá simplificado mucho el problema mediante su unilateral insistencia en el factor somático dentro de lo sexual, pero tiene que asumir la total responsabilidad por su proceder.
Los consejos de nuestro médico dejan traslucir un segundo malentendido, todavía más enojoso.
Es cierto que según el psicoanálisis una insatisfacción sexual es la causa de las afecciones neuróticas. Pero, ¿no dice nada más? ¿Se pretende dejar de lado, por demasiado compleja, su enseñanza de que los síntomas neuróticos brotan de un conflicto entre dos poderes, entre una libido (las más de las veces devenida hipertrófica) y una desautorización sexual demasiado estricta o represión? Quien no olvide este último factor, al que por cierto no se le adjudicó un rango de segundo orden, no podrá creer que la satisfacción sexual constituya en sí la panacea universal y confiable para los achaques de los neuróticos. En efecto, buena parte de estos hombres no son capaces de obtener la satisfacción en las circunstancias dadas, o en ninguna. Si lo fueran, si no tuvieran sus resistencias interiores, la intensidad de la pulsión les enseñaría el camino para satisfacerla aunque el médico no se los aconsejara. ¿A qué viene entonces un consejo como el que ese médico impartió supuestamente a aquella dama?
Aun cuando fuera susceptible de justificación científica, sería incumplible para ella. Si no tuviera ninguna resistencia interior al onanismo o a enredos amorosos, ya habría apelado mucho antes a uno de esos recursos. ¿O cree acaso el médico que una señora que ha pasado los cuarenta años no sabe que puede tomarse un amante, o sobrestima su influjo al punto de creer que sin dictamen médico ella nunca se atrevería a dar ese paso’?
Todo eso parece muy claro; debe admitirse, empero, que cierto factor suele dificultar el veredicto. Es evidente que muchos de los estados neuróticos, las llamadas neurosis actuales…
—Que no existen ya como tal. ¿Saben a loque se refiere con las «neurosis actuales»? Freud pensó que algún tipo de vía sexual insatisfactoria, como podría ser la eyaculación precoz; la eyaculación en pierna, en puertas; como lo podría ser la masturbación, podría ser en sí y per se, causas de las llamadas «neurosis actuales». Llamaba «neurosis actuales» fundamentalmente a la «histeria de angustia» y a la «neurastenia». Estas dos enfermedades consideraba él que eran el resultado de la no expulsión del organismo de residuos del semen de la expulsión sexual, de los que por sí eran susceptibles de producir «neurosis actual». Fue de las primeras neurosis que describió Freud, perdiendo de vista un panorama general mucho más complicado. Más bien podríamos pensar que una gente que tiene un tipo de vida sexual de esta naturaleza, la tiene porque está enferma, ¿no? No tiene la enfermedad por esta vida sexual, sino dada su enfermedad tiene que tener esta vida sexual, entonces está confundiendo el efecto con la causa.
Si una persona sigue todos estos procedimientos como los antes descritos, habiendo desde la época de Freud anticonceptivos (muy malos, pero había), habiendo ya un cierto manejo del proceso cíclico, ya implicaba una eyaculación de esta naturaleza, de un tipo sexual de esta naturaleza tan atípica,
ya implicaba en sí una enfermedad, más que el remanente del producto espermático fuera el que enfermara.
…como la neurastenia típica y la neurosis de angustia pura, dependen del factor somático de la vida sexual, al tiempo que respecto de ellos carecemos todavía de una representación cierta sobre el papel del factor psíquico y de la represión.
—Si nos ponemos a pensar: la neurastenia típica ya es poco frecuente, es raro que la veamos. Hay enfermos que se quejan de esto, de aquello, de que les duele un órgano, de que tienen una molestia en tal parte, de que tienen dificultades excreticias, de que tienen dificultades secretativas, bla bla bla, en un permanente cambio de sintomatología, habitualmente relacionada con problemas de tipo neurasténico.
En la actualidad se considera que la neurastenia llamada «típica» es una forma de paranoia en la que el perseguidor está en el órgano. Es decir, el que se transforma en perseguidor no es el que lo quiere matar, o envenenar, etc. sino son los órganos los que se transforman en perseguidores. Por supuesto que la «histeria de angustia» tiene un factor definitivamente psíquico, en tanto que la angustia va a funcionar como señal de alarma que va a traer como consecuencia el que se evite una serie de actos tendientes a la satisfacción de determinado tipo de impulso, ya sean en forma directa ya sea en forma simbólica. Es decir, una frigidez sería el resultado ante la angustia que provocaría el orgasmo. Enfrente de la angustia que produciría el orgasmo se procede a hacer una conversión y derivar el síntoma, evitando mediante la conversión, la situación insatisfactoria.
Una neurosis de angustia cuya característica es la agorafobia —en que la sujeto no puede salir a la calle, con su acepción simbólica, se ha transformado en un lugar peligroso. El peligro es ser «mujer de la calle», el tener una vida erótica. Como se ha utilizado la palabra «calle», el conflicto al temor sexual directo, se ha desplazado a la calle. Entonces no se dice que tiene miedo a un hombre sino que tiene miedo a salir a la calle y esto estaría vinculado a la analogía de ser «mujer de la calle». Una mujer agorofóbica no puede salir a la calle a menos que sea acompañada, en tanto que la acompañante la preserva tanto del temor como del peligro sexual; y además se hacen acompañar por objetos contrafóbicos del mismo sexo. Yendo con una chaperona del mismo sexo la posibilidad agorofóbica es prácticamente nula. Una mujer que tiene una claustrofobia en tanto que estar sola, encerrada en un lugar puede tener representación, para ella, de una incitación a una situación masturbatoria, pues deja de tener la situación fóbica en cuanto está acompañada por un objeto contrafóbico y así sucesivamente.
En tales casos el médico tiende de primera intención a aplicar una terapia actual, a alterar el quehacer somático sexual, y lo hará con pleno derecho si su diagnóstico fue correcto.
—Hay una cosa interesante. Fíjense en qué medida resultan «simplistas», y por estos rumbos nos iríamos también hasta algunos psiquiatras «simplistas», y en este orden de cosas, muchos sujetos que siguieran terapias conductuales. Había un psiquiatra, Bustamante, en Cuba ,que tenía sus prostitutas especiales para impotentes: mujeres bien entrenadas, que tenían paciencia, en fin, pretendía que con esta situación digamos educativa, como si el proceso fuera educacional, el sujeto impotente se transformara en potente mediante una serie de masajistas cubanas adecuadamente preparadas: preparadas y indoctrinadas para el asunto.
La dama que consultó al joven médico se quejaba sobre todo de estados de angustia, y entonces, probablemente, él supuso que padecía de neurosis de angustia y juzgó legítimo recomendarle una terapia somática. ¡Otro cómodo malentendido! No todo el que padece angustia tiene necesariamente una neurosis de angustia; ese diagnóstico no puede inferirse del nombre: es preciso saber qué fenómenos constituyen una neurosis de angustia, y distinguirlos de otros estados patológicos que también se manifiestan mediante angustia. Mi impresión es que la referida dama suma de una histeria de angustia, y todo el valor, pero también la plena justificación, de tales distingos nosográficos reside en que apuntan a otra etiología y a una terapia diversa. Quien hubiera tenido en cuenta la posibilidad de una histeria de angustia no habría incurrido en ese descuido de los factores psíquicos que se advierte en las alternativas aconsejadas por el médico.
Lo curioso es que en esa alternativa terapéutica del supuesto psicoanalista ya no queda espacio alguno para el psicoanálisis. Recordémosla: esta señora sólo curaría de su angustia si volviera junto a su marido o se satisficiera por la vía del onanismo, o tomando un amante. ¿Dónde intervendría aquí el tratamiento analítico, en el que vemos el principal recurso para el caso de los estados de angustia?
Con esto llegamos a las faltas técnicas que discernimos en el proceder de este médico para el caso considerado. Una concepción hace mucho superada, y que se guía por una apariencia superficial, sostiene que el enfermo padece como resultado de algún tipo de ignorancia, y entonces no podría menos que sanar si esta le fuera cancelada mediante una comunicación (sobre la trama causal entre su enfermedad y su vida, sobre sus vivencias infantiles, etc,). Pero el factor patógeno no es este no-saber en sí mismo, sino el fundamento del no-saber en unas resistencias interiores que primero lo generaron y ahora lo mantienen. La tarea de la terapia consiste en combatir esas resistencias. La comunicación de lo que el enfermo no sabe porque lo ha reprimido es sólo uno de los preliminares necesarios de la terapia. Si el saber sobre lo inconciente tuviera para los enfermos una importancia tan grande como creen quienes desconocen el psicoanálisis, aquellos sanarían con sólo asistir a unas conferencias o leer unos libros. Pero lo cierto es que tales medidas tienen, sobre los síntomas del padecimiento neurótico, influencia parecida a la que tendrían unas tarjetas con enumeración de la minuta distribuidas entre personas famélicas en época de hambruna. Y esta comparación es aplicable incluso más allá de sus términos inmediatos, pues la comunicación de lo inconciente a los enfermos tiene por regla general la consecuencia de agudizar el conflicto en su interior y aumentar sus penurias.
Ahora bien; como el psicoanálisis no puede dejar de hacer esa comunicación, prescribe que no se la debe emprender antes que se cumplan dos condiciones. En primer lugar, que el enfermo haya sido preparado y él mismo ya esté cerca de lo reprimido por él; y, en segundo lugar, que su apego al médico (trasferencia) haya llegado al punto en que el vínculo afectivo con él le imposibilite una nueva fuga.
—Aquí está introduciendo Freud ya sin decirlo, un concepto que es sustantivo: el sentido del tiempo en la interpretación, se llama timing; es decir, en qué momento interpretar. Ustedes comprenden que esta mujer que tiene su estado de angustia, entra en una acción analítica: «acuéstese señora y dígame lo que piensa»‘,… pues obviamente todas las privaciones, todas las ausencias de satisfacciones que ha tenido en su relación matrimonial, etc. etc. las va a colocar en la figura del terapeuta. El terapeuta, manteniéndose en una situación de abstención por una parte, dada la posición del encuadre, va a estar fomentando el que la paciente lleve a la situación terapéutica misma, al acting, a la terapia una gran cantidad de fantasías que no expresaba en su vida corriente y en su relación, que nos lleva a comprender por qué se divorció, por qué se separó, qué le impide hacer tales o cuales cosas, por qué no puede encontrar situaciones sustitutivas, bla bla bla.
—Alumna. Además, va a la terapia acompañada de una amiga, ¿no?
—Claro, es obvio. Ya sería una primera situación, ¿no? Creo que la primera cosa sería: «Sra., espérese afuera», ¿no? Freud decía que no se debían colocar estímulos para los pacientes. Su consultorio parecía un museo pero eso sí, no se encontraban los pacientes, porque el consultorio tenía una entrada y una salida aparte. Los pacientes no se encontraban. Lo que es interesante es que esta señora podría haber entrado en la situación terapéutica y como en el caso Dora (1905) no interpretó la transferencia y todo lo que significaba en los sueños de Dora el señor K. y la fumada del puro, y los sueños del puro, etcétera. Como no interpretó todo eso, la cosa no transcurrió. Pero esta mujer, colocando una gran cantidad de elementos, de pulsiones, de afectos, con una carga cuantitativa importante en el terapeuta. Como en toda situación analítica, uno trata de que el paciente lleve su vida externa al interior, o sea que es el acting out o el fantasear.
Es decir, los enfermos colocan una gran cantidad de abstención y cuando esto llega a una determinada montante cuantitativa, tiene que colocarla fuera, ¿no? Aquí no va a haber nada, nada: ni satisfacciones concretas, eróticas, tiernas, agresivas —nada. Entonces, tiene que ir a colocar la cosa en el exterior. Por eso decimos que la principal resistencia en un principio es que el paciente no quiere llevar lo de afuera a adentro en un principio; la principal resistencia es el «acting out«, ¿no? Y en un segundo momento podemos decir que los pacientes se curan por el «acting out«. Es decir, lo que en un principio es resistencia porque no quieren llevar esto de afuera a adentro, en otro momento es una incapacidad en la curación, porque esto que se dio adentro no puede vivirse adentro, sino que tiene que quedarse afuera. La principal resistencia en un momento analítico es el acting out y el paciente sublimizando su fuente de curación en otro momento.
Sólo cumplidas estas condiciones se vuelve posible discernir y dominar las resistencias que llevaron a la represión y al no-saber. Así, una intervención psicoanalítica presupone absolutamente un prolongado contacto con el enfermo, y el intento de tomarlo por asalto mediante la brusca comunicación, en su primera visita al consultorio, de los secretos que el médico le ha colegido es reprobable técnicamente y las más de las veces se paga con la sincera hostilidad del enfermo hacia el médico, quien así se corta toda posibilidad de ulterior influjo.
—Fíjense que esto parece estar en contradicción con todas las técnicas de Melanie Klein, que son todas las técnicas de bombardeo desde el principio, pero también en esto hay cuento. Las gentes que entran con Melanie Klein ya piensan que es una manera de comunicarse y un lenguaje. Si yo hago mi convención con ustedes y en vez de llamar a esto «cazuela rota» la llamo «chichi rota» pues ya hicimos la convención, ¿no? —¿Como le va, doctor-?—¿Está su chichi rota? —Sí, está rota. —¿Querrá usted romperme mi chichi o está usted aprovechando la realidad de esta cazuela rota para ver en mí la chichi rota de la madre que tuvo su chichi rota y no nos permitió tener una buena cazuela o una buena chichi? Bueno, pues está bien, ¿no? transformar este jerga en un lenguaje.
Pero como más allá de lo que se dice está la relación continua, constante y persistente, pues tanto los kleinianos como los freudianos, como lo que ustedes quieran, tiene una situación curativa porque más allá de las palabras hay una relación interpersonal constante, continua, permanente y que tiene la condición y la cualidad de escuchar y tener respeto, etc., parámetros muy generales que siguen tanto una escuela como las otras, y a la postre pareciera que eso es lo que el sujeto va incorporando y que le va permitiendo tener un aprendizaje de nuevas formas de relacionarse que después, al colocar afuera, le van a permitir establecer una posibilidad de diálogo más operante.
Aquí Freud señala la posibilidad de que los pacientes se pueden ir, y yo digo que a veces ni se van y más ahora que la moda es Bion y los introyectos y los contenidos y los continentes y cuál es su contenido y cuál es su continente; y la proyección introyectiva y la introyección proyectiva, bla bla bla, la madre del muerto. Al principio, que Freud les dijera: —Pues esto va a tardar mucho tiempo, pues claro que se iban. Ahora, como señalo yo: mientras más años tiene, más orgullosos se sienten. —¿Que cuántos años llevas? —Pues que 8. —No, pues es muy poco, yo llevo 10. —¿Que cuánto pagas? —Pues que seiscientos. —No, pues es muy poco, yo pago mil. —¿Cuántas veces a la semana? —Pues que tres. —Mmmmm eso no es análisis, yo voy seis.
Y así, lo que es importante, es problema de modas. Ustedes comprenderán que hace veintitantos años que yo regresé a México me hacía de la vista gorda cuando me preguntaban: —¿Que cuándo me curas? Ahora dice uno: —Esto es muy largo, muy costoso y no le ofrece nada. ¿Lo quiere o no lo quiere? —Pues, que sí. —Bueno, pues éntrele.
—Alumno. Pero aquí mucho se debe también al narcisismo del terapeuta…al hacer interpretaciones… (no audible )
—Claro, y eso lo hizo mucho Stekel.Es decir, que el sujeto empezaba a decir las tres primeras frases y ya él estaba interpretando. Es importantísima la primera sesión, además, se trata de sujetos que todavía no se la han aprendido bien: ingenuos, que llegan a dar material en cantidad brutal; casi con la primera sesión o el primer sueño se puede reconstruir la vida total de un sujeto. Pero de eso a que le digamos.… en fin… Yo tengo couch y tengo sillón, nunca le digo al sujeto que se acueste o que se siente, él hace lo que quiere. A mí en lo particular, no me molesta eso de que me vean a los ojos y puedo permanecer con mi misma cara de palo estando el sujeto sentado o acostado. En el caso que les voy a contar, el sujeto se acostó en el diván, pero se quito los zapatos, cosa muy inusitada. Es obvio que se debe sentir un cochino, un sucio por dentro; como que esto no está a su altura, no lo vaya a ensuciar, etc. etc. O el sujeto, en un momento determinado, llevaba su pañuelito para el cojín. El sillón o el couch, si se ensucian, para eso están. Y además, bien caro le sale al paciente. Pero ese material que dio (quitarse los zapatos) no es para decirle: «Es usted un cochino y se siente como un cochino». Ya después, qué hace el sujeto, qué relatos me hace, ya entonces puedo incorporar una cosa que fue material dado en una primera sesión, a una totalidad. En su tiempo adecuado en su tiempo debido, ¿no?
…y ello prescindiendo de que muchas veces se dan consejos erróneos y nunca se está en condiciones de colegirlo todo. Mediante estos preceptos técnicos bien determinados, el psicoanálisis sustituye al inasible «tacto médico», en el que se pretende ver un don particular.
Al médico no le basta, entonces, conocer algunos de los resultados del psicoanálisis; es preciso familiarizarse también con su técnica si quiere guiarse en la acción médica por los puntos de vista psicoanalíticos. Esa técnica no puede aprenderse todavía de los libros, y por cierto sólo se la obtiene con grandes sacrificios de tiempo, trabajo y éxito. Como a otras técnicas médicas, se la aprende con quienes ya la dominan. Por eso no deja de tener importancia, en la apreciación del caso a que anudo estas puntualizaciones, que yo no co- nozca al médico que presuntamente impartió aquellos consejos, y nunca haya oído su nombre.
Ni a mí mismo, ni a mis amigos y colaboradores, nos resulta grato monopolizar de ese modo el título para ejercer una técnica médica. Pero no nos queda otro camino en vista de los peligros que para los enfermos y para la causa del psicoanálisis conlleva el previsible ejercicio de un psicoanálisis «silvestre». En la primavera de 1910 fundamos una Asocia-ción Psicoanalítica Internacional, cuyos miembros se dan a conocer mediante la publicación de sus nombres a fin de poder declinar toda responsabilidad por los actos de quienes no pertenecen a ella y llaman «psicoanálisis» a su proceder médico.
—Quizá esto fuera operativo en 1910 porque en la actualidad lo que yo señalo, esta Sociedad Psicoanalítica Internacional, de la cual fui miembro, es solamente un Sindicato. Es decir, se define como psicoanalista a aquel sujeto que es miembro de la Sociedad Psicoanalítica Internacional y que aparece en los Rosters que anualmente edita la International Journal of Psycoanalysis. Yo creo que había que ir a cosas más claves que ésta. En primer lugar, no se debería llamar psicoanalista a la persona que no hubiera pasado por la experiencia analítica; a mí me parece una cosa mucho más «silvestrada» no estar analizada que ser psicólogo. El psicólogo tiene mucha más formación psicológica que el médico. La única venta ja del médico sobre el no médico en términos generales, es que el médico se asusta menos de los problemas somáticos. El no médico, viene un problema psicosomático de segunda monta y ya está pensando que es una úlcera perforada. Aparte de un año de psicología médica que se lleva recientemente en la Facultad de Medicina y unos 6 meses de Psiquiatría que llevan, los estudiantes no tienen otra formación psicológica.
A mí me parece que una de las condiciones básicas de la capacidad terapéutica deriva del propio análisis personal que va a permitir, en base a identificaciones, en base a una vivencia propia, en base a ver como se manejan los problemas, como se orienta, como se dirigen, etc., porque realmente a través de lecturas, es difícil saber qué es eso que llamamos la «asociación libre», qué es «la atención flotante», etc.
No esa asociación a la Bleuler de: perro-gato, negro-blanco, rojo-azul. No es eso. La asociación libre es una de las asociaciones más profundamente condicionadas y menos libres. Si hay algo que no es libre, es la asociación libre, a pesar de que así se le llame, porque el sujeto al cabo de estar hablando 20 cosas ha caído en un lito, y eso desde el primer día hasta el décimo año. Y viene su mediodía de la cual nos habló José Luis González, su neurosis y el Bolero de Ravel: a veces nos lo toca en andante, a veces en allegro; unas veces el Bolero de Ravel comiendo, otras el Bolero de Ravel teniendo relaciones sexuales, o trabajando, o defecando. No es que tengamos buena memoria los psicoanalistas, es que los sujetos son muy monótonos: —¿Se acuerda usted que lo que está viendo ahora usted con su señora, es lo que hizo usted en el parque cuando tenía seis años? —Y qué buena memoria tiene usted.
Todas esas cosas que tienen analogías que cuadran no se aprenden sino estando en terapia uno mismo y cuando pasa uno por el procedimiento.
Ahora, en cuanto a las preguntas de que «¿en cuanto tiempo me curas?», siempre he dicho yo que por desgracia el psicoanálisis nació al lado de la medicina y entonces nos preguntan como si el sujeto tuviera neumonía y preguntara para cuando se me quita. Pues la neumonía se la pueden curar en 15 días, ¡que sé yo! —¿En cuánto tiempo aprendo a tocar guitarra? —Pues sepa Dios. Si quiere acompañar a su novia, en seis semanas; si quiere tocar como Los Panchos, cinco años; si como Segovia, pues quién sabe si tenga usted con qué aprender y yo con qué enseñarle, ¿no?
El análisis es interminable y se llega hasta donde pudo llegar el terapeuta y hasta donde pudo llegar el paciente. Más allá de eso la situación de término llega y lo va a señalar Freud en su Análisis Terminable e Interminable.
—Pregunta no audible.
—Imagínense, si en México hay la Asociación Psicoanalítica Mexicana, la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica de México, la-Asociación Psicoterapia y Psicoanalista de Grupo, el Círculo Analítico, la Asociación Psicológica y con eso nomás ya son cinco, siendo filial solo una de la Internacional, que son los principales del sindicato, la Asociación Psicoanalítica Mexicana —hasta ahorita. Y digo hasta ahorita, porque han surgido otros grupos que van contra los sindicatos y surgen escuelas con muy buena formación. Y esto pasa en México y en Francia, en Estados Unidos y en todas partes y tal manera de restringir, de decir que ser psicoanalista es ser Miembro de la Academia de Medicina, es muy restringida. Ya hay psicoanalistas que no pertenecen a la Asociación Psicoanalista y que ejercen con rigor el psicoanálisis, ¿no?
En el caso de la dama cuya queja contra el médico hemos conocido, diría, empero, que el psicoanalista silvestre ha hecho por su paciente más que alguna encumbrada autoridad que le hubiera diagnosticado una «neurosis vasomotriz».
— Claro que la gente no entiende qué es una «neurosis vasomotriz» porque es ambigua, pero es como si yo dijera cualquiera otra palabra: «una neurosis culposa».
La obligó a dirigir su mirada hacia el fundamento efectivo de su afección o hacia sus proximidades, y a pesar de toda la renuencia de la paciente esa intervención no dejará de producir consecuencias beneficiosas. Pero él se dañó a sí mismo y contribuyó a reforzar los prejuicios que en los enfermos se elevan, a raíz de comprensibles resistencias afectivas, contra la actividad del psicoanalista. Y esto puede evitarse.
—Hay otro psicoanálisis al que me quiero referir y que es el «salvaje», no el «silvestre»; que es el de café, que se hace-fuera del setting, fuera del marco, fuera de la consulta y al cual son muy afectos los estudiantes. Es decir, que cuanta cosa hay se tiene que interpretar. Interpretaciones todas ellas simbólicas, que pueden ser exactas o no exactas. Las interpretaciones pueden ser lo simbólicas que ustedes gusten, pero la única forma de saber la dirección de un sujeto es que él nos la diga. Ningún Rorschach, ningún test nos dice que el sujeto vive en la calle de Chiapas.
Ahora, fíjense que importante es que llega un paciente: —¿En dónde vive usted? —Pues yo vivo en Azcapotzalco, en tal calle.
El señor está vestido con su chaleco y usa reloj de leontina. Fíjense qué cantidad de información: Azcapotzalco, chaleco y leontina. —Ay, doctor, fíjese que me angustia mucho el bajar del tranvía… —…y de tranvía. —Fíjese que se me olvidó el abono. ¿Todavía hay abono? ¡Ya ni siquiera hay tranvías!
Esa información de mi negación del paso del tiempo, no se las da ningún Rorschach. Es obvio que las interpretaciones se tienen que dar en un marco referencial completo: en dónde nací yo, cómo fueron mis padres, que significado tenía en mi familia el fumar o no fumar, que significado tenía el hablar, etc. etc. Ahora, interpretaciones simbólicas: cigarro que me echo, tan simple… en-fin.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. EL EMPLEO DE LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS EN EL PSICOANÁLISIS 1911
3 de noviembre/ 1979
El tema del presente ensayo no es la técnica de la interpretación de los sueños. No vamos a exponer cómo ha de utilizarse su interpretación, sino tan sólo cuál es el uso que debe hacerse del arte onirocrítico en el tratamiento psicoanalítico de los enfermos. Existe, desde luego, más de un procedimiento; pero en cuanto se refiere a la técnica, es norma del psicoanálisis señalar siempre y con la máxima precisión las reglas deducidas de la investigación y la experiencia. Si hay, quizá, más de un camino bueno, hay también muchos malos, y la comparación de las distintas técnicas posibles habrá de ilustrarnos convenientemente, aunque no llegue a decidir nuestra elección a favor de un método determinado. Al pasar de la interpretación de los sueños al tratamiento analítico, conserva el principio ante su interés hacia el contenido de los sueños y querrá, por tanto, interpretar, lo más acabadamente posible, todos aquellos que el enfermo le comunique. Pero no tardará en advertir que se encuentra ahora en circunstancias totalmente distintas y que, alintentar llevar a cabo sus propósitos de interpretación, contraría el curso deseable de la labor terapéutica.
—Fíjense que en el mundo donde actualmente andamos, todas las gentes que están en psicoterapia tienen algún conocimiento de cómo está la cosa. Muy frecuentemente un sueño que dura 20 minutos en relatarlo el paciente y luego pregunta: —¿Qué le pareció mi sueño, doctor?—Pues muy largo, terriblemente largo, voy a tardar 20 años en descifrar el contexto del sueño.
Para Freud tenía mucha importancia —por eso lo llama «la vida real del inconsciente»— demostrar la lógica interna del sueño, la veracidad del mismo, el que pudiera ser objeto de investigación científica. Cosa que ya a ninguno de nosotros interesa.
El sueño es como cualquiera otro producto que se debe interpretar en el contexto de lo que está pasando. Ya veremos en el capítulo siguiente, de la «transferencia», sin que realmente empiezan a cobrar importancia dentro de una totalidad más amplia que el propio sueño. Es decir, estoy inventando el sueño que les voy a contar:
—Fíjese, doctor, que estaba con mi hijo y mi hijo estaba pintando unos cuadros; hacía una serie de monigotes muy poco configurados, pero después tenía yo la impresión de que se trataba de un pintor del Renacimiento. —A ver, ¿qué le ocurre con-su hijo?
Destrozar el sueño en cachos es inoperante, no tiene sentido. Tenemos suficiente confiabilidad al proceso asociativo de un sujeto, para saber que lo que nos trae como sueños va a ser lo que nos va a traer en todas sus manifestaciones restantes en el curso de la sesión. Digamos que lo que condicionó al sueño va a condicionar toda la serie asociativa; ya sea al principio, ya sea enmedio, ya sea al final, debe incluirse dentro de toda la serie asociativa.
—Pregunta no audible. [sobre supervisión]
—Como uno no está viendo al paciente y lo conocemos a través de lo que le cuentan a uno, podríamos seguir muchos trucos: uno es ponerles apodos. Yo lo hacía, cuando tenía mucho trabajo. Llega alguien a supervisión: —Ah, ya, si es el caso de la «Edipo Sindicalista». Es una muchacha hija de un líder sindical muy importante y que todos sus problemas giran alrededor del sindicato en cuestión. Entonces: —Ah, ya, ya, es el caso de la «Loca Sindicalista» o la «Edipo Sindicalista» y eso ya me da una visón, una imagen, a ver, sígame contando de la «sindicalista».
También es prudente (cuando se tienen muchos pacientes) tener-algo que en determinado momento connote la dinámica central del sujeto —no con afán hiriente, sino como de truco mnemónico— un mote,-por ejemplo. Ahora hay sesiones a las cuales ustedes podrían dar un nombre, como si fuera de película. Por ejemplo: «como son injustos con mi padre» o cualquier otra cosa, como si fuera un capítulo de Don Quijote: «de como Sancho Panza…» o «de como Don Quijote se lanzó contra los molinos de viento»… Entonces ustedes tienen una configuración que les permite tener en un momento determinado un conjunto en que la sesión forma (y me choca la denominación) toda una gestalt que fácilmente seguimos, ¿no?
Yo tengo la experiencia de haber hecho terapia antes de mi análisis personal y después de mi análisis personal, y realmente antes del análisis personal uno no sabe de la misa la media lo que es el asociar libremente. Yo oía a mis pobres pacientes de hace 30 años y tenía la impresión de que era uno un poco analista a la Eugen Bleuler: de blanco-negro, burro-chivo; etc. y pensaba que eso era la «asociación libre». Y por supuesto que sí es asociación, pero no es libre, es una asociación totalmente condicionada por una actitud enfrente de la situación experimental. Yo creo que quien no ha pasado por un proceso psicoterapéutico no puede hacerse cargo de qué es eso de asociar libremente y qué es eso de atención flotante. Lo menos flotante es la atención de un psicoanalista y lo menos libre son las asociaciones de un paciente. Clarito dice «Juan Sánchez» a la tercera frase y si ya tienen ustedes experiencia, van a configurar el título del capítulo con las primeras seis frases de la sesión; y como la gente repite tanto, a la postre tienen eso del Bolero de Ravel. Están repitiendo la misma melodía, la misma melodía, aunque las situaciones banales varían de aquí para allá.
Si el primer sueño del paciente resultó acaso muy adecuado para enlazar a él las primeras aclaraciones que al mismo ha de suministrar, no tardan luego en surgir otros tan largos y oscuros que se hace imposible llevar a cabo su interpretación en una sola sesión del tratamiento, y si el médico la prosigue en los días siguientes, habrá de desatender los nuevos sueños que el enfermo vaya comunicándole, hasta acabar la interpretación iniciada.
Pero, entre tanto, la cura queda muy detrás del presente y pierde su contacto con la actualidad. A esta técnica se opone la experiencia de que para el desarrollo del tratamiento es importantísimo conocer en todo momento la superficie psíquica del enfermo y hallarse orientado sobre los complejos y las resistencias que van siendo activados en él y sobre la reacción consciente que determinará su conducta. Este fin terapéutico no debe ser propuesto casi nunca al interés que inspire al analista la interpretación de los sueños.
—Pregunta. Visto de esta manera, hay dos técnicas para interpretar sueños: una es la tradicional clásica de «asocie y a ver que sale» y la otra sería bajo los aspectos que estamos analizando. Entonces, ¿qué es primero? De repente yo tengo el Bolero de Ravel por un lado. ¿De qué se trata? De que el paciente trae un sueño y yo le muestro el Bolero de Ravel en un sueño o de que el sueño me ayude a mí a descubrir el Bolero de Ravel?
—Las dos cosas, porque las producciones nuevas del paciente van corroborando lo que usted había meditado acerca de como sería su melodía. A veces la rectifica: esto no es el Bolero de Ravel, sino una Fuga de Bach y entonces tiene usted que corregir el sistema de composición de las cosas.
Mire, ahora estoy supervisando el caso de una señora que habíamos sospechado que era una señora rica venida a menos, por una serie de circunstancias. Resulta que es heredera (no de dinero, sino de alcurnia) nada menos que de la Marquesa Calderón de la Barca. Habíamos sospechado esto por una serie de cosas: su atuendo, su vocabulario, el tratamiento que le daba a su marido, etc. etc.
La Marquesa Calderón de la Barca fue esposa del primer Ministro de España en México después de la consumación de la Independencia. Era un señor Calderón de la Barca casado con una señora inglesa que escribió unas cartas a sus hermanas en Inglaterra, las famosas «Cartas de la Marquesa Calderón de la Barca». Fíjese cómo se van configurando las cosas. Vinieron a menos. Con esta señora todo era: hay-que comportarse bien, las cosas bien nominadas porque somos gente decente, no pelados, etcétera. No tenía ni para el tranvía, se iba de Santa María a la Secretaría de Hacienda a pata y cuando estaba en la primaria les daban un lunch bastante aceptable por una nada de dinero, pero cómo iba a aceptar ese lunch si era rebajarse, y ser de los pelaaaados. Todo esto de «pelados» y «decentes»… en ningún momento supimos su nombre de soltera, sabíamos su nombra de casada que eraPérez o Díaz o algo así, y debía ser una cosa muy importante en la novela familiar de esta señora, de su mamá, de llegar «bien compuesta», después de haberse echado de Santa María a Hacienda a pie. Pero todo debía ser muy, muy correcto.
Y como si esto fuera poco, en su paso de Santa María a Hacienda pasaban por la esquina de Buenavista y Puente de Alvarado, donde estuvo la casa del primer Embajador de la República de España y tenía que-recordar: —Ah, si aquí vivía mi abuelo… y bla bla bla. Y aquí como que todo se va constituyendo en una serie de situaciones. Además, es muy «propia» para todo: para pagar, para vestir, para hablar; pero cuando analizamos por qué es tan «propia» para pagar —porque pagaba un día antes— no es porque le sobrara el dinero, sino porque se había hecho una serie de privaciones para poder ser «propia» en su pago y obviamente toda la compostura de su ropa, su atuendo, va en línea con toda esta situación, total. Y realmente nos va a traer un sueño muy «propio»: —Pues fíjese, doctor, me da mucha pena relatarle, pero anoche cuando estaba cohabitando con mi esposo…» Que palabra más «propia»: «cohabitando» con su esposo…
—Estaba usted cogiendo, señora. Es una interpretación al núcleo caracterológico y, además, «cohabitando con su esposo, con la luz apagada». Todo entra dentro del contexto, ¿no? El sueño, la manera de vestirse, sus antecedentes. Vamos a ponerle título: «la porfiriata venida a menos». ¡Imagínense que constelación! Ya cuando digo «la porfiriata venida a menos» estoy incluyendo una enorme cantidad de nociones socio-culturales, y entonces trato de que esa Sinfonía se vaya enriqueciendo con adagios: como eran sus relaciones con sus pretendientes, con sus hijos, y demás.
Ahora, yo meto esta «porfiriata venida a menos», pero a la vez hago que «esto» baje de acá, es decir, es una cosa de doble corriente, pero que forma siempre una totalidad. En un trabajo que escribí, «El Psicoanálisis como Ciencia», decía yo que en sentido de Claude Bernard, el psicoanálisis era ciencia en tanto siguiera los principios más claudiobernardianos que hay, o sea: «observa, mediata y con lo meditado vuelve a observar». Y si con lo observado, meditado y vuelto a observar se obtiene un objeto nuevo de meditación para formar una integración total que se repite tres veces por semana durante 5 o 6 años… mediten ustedes… Mentira que no tengamos un material experimental bien confiable, son 4 o 3 años de trabajo con un sujeto. Nosotros procedemos con una enorme cantidad de muestreo de un mismo sujeto, muy significativos, muy repetidos, con una constante de comunicación muy ponderable: tiempo, sesiones, precio, etc. que nos permiten tener una gestalt en muy poco tiempo.
—Alumno.- Pero ¿no se puede tener un sistema de vasos comunicantes? Yo llego a un punto en que se estabiliza este nivel de agua, porque es la misma agua tanto el terapeuta como el paciente y ya se están pasando de un depósito al otro. Uno se llama transferencia y el otro contratransferencia y están pasa y pasa de uno a otro…
—Sí, es un problema de ética y de consciencia. Cuando usted sienta que ya no se puede hacer más, ahí muere. Ahora, que no muera precozmente ni que muera tardíamente. Pensar que el tiempo en sí es psicoterapia. Llega un momento en que uno tiene que preguntarse: Bueno, una situación terapéutica cuesta dinero, tiempo, esfuerzo, etc. de ambas partes. Ya no podemos ir más allá, ahí muere.
Yo pienso que esos análisis que duran 10 o 12 años, lo que están revelando es una dependencia recíproca muy particular, porque imagínese: sustituir 10 años de vida por una situación de sumisión, de estar contándole al terapeuta que si se hizo, si no se hizo, cómo se hace y si no se hace, etc. etc. Llega un momento de madurez en que uno no puede hacer más por las gentes y hay que reconocerlo. Hasta ahí se llegó.
En algunos casos es tan rica la producción onírica y tan lento el progreso del enfermo en la comprensión de sus sueños, que el analista no puede menos de pensar que semejante abundancia de material no es sino una manifestación de la resistencia, la cual utiliza para sus fines el descubrimiento de que la cura no puede abarcar la materia así suministrada.
—Hay un analista muy prestigiado, muy capaz y muy buen maestro, Levine, que daba un seminario de seis meses que se llamaba «La Primera Sesión«. Ese seminario se daba con un grupo así como ustedes y hubo un coloquio sobre «La Última Sesión»: qué es lo que acontece en la «última sesión», cuando ya se ha decidido que se va a terminar una terapia y me tocó a mí presentar ese material. En «la primera sesión». En la “primera sesión» de Levine un estudiante presentaba la «primera sesión» del paciente después de haberlo visto ya dos o tres años y con lo que la paciente o el paciente decía en la primera sesión; se hacían construcciones, hipótesis de trabajo, qué podía significar esto o aquello, etc. y luego tenía uno la posibilidad de confirmar en qué medida eran las ideas de los estudiantes las que determinaban la interpretación de esa primera sesión; en qué medida había posibilidades de predecir, si la primera sesión fue objeto de predicción, diagnóstica, pronostica, etc. etc.
Otro tipo de técnica: cuando lo tradicional se va al otro extremo. Conozco de cerca el trabajo de Garma, he supervisado con él y con Garma podríamos estar seis meses con los sueños. Y mientras, ¿qué había pasado con el paciente? Se habían acostado, no se habían acostado, etc. y así es despojarlo de la actualidad; un poco como decía Anna Freud cuando estaban en tiempo de guerra y había bombardeos y llegaba el paciente 10 o 15 minutos tarde y decía:—Discúlpeme, los bombardeos… —Y aparte de los bombardeos, su resistencia.
Ahora, como el encuadre del psicoanálisis moderno actual, cada vez es más tendiente a cómo está manejando el yo los impulsos, como está manejando el yo la realidad. Como se trata de un análisis fundamentalmente yoico, hay pocas posibilidades de que nos enreden en babosadas de estas los pacientes actualmente. Igualmente, una gente que produce mucho, que está habla y habla y habla, esa persona, no se permite el silencio; como otro que está totalmente callado. Es más difícil vencer esa resistencia del silencio, a veces son insoportables.
Pero si hemos de atenernos a esta regla, ¿cómo utilizar entonces la interpretación onírica en el tratamiento analítico? Nos contentaremos con la interpretación que podamos lograr en una sola sesión, sin que nos preocupe no haber llegado a desentrañar por completo un sueño, y en lugar de continuarla al día siguiente la dejaremos en suspenso hasta el momento en que advirtamos que el enfermo no ha producido nada nuevo.
—Más importante que «volver de nuevo» al sueño en otra ocasión porque el paciente no está produciendo nada, es más importante ver por qué no está produciendo nada, que tratar de llenar el tiempo que sobre en jugar ping-pong. Dice: —No sé, doctor… —Bueno, pues no sabe. Nos quedamos callados a ver quién aguanta más. Habitualmente uno. Habitualmente, ¿eh?
Así, pues, tampoco en favor de una interpretación onírica general de tomar siempre lo que primero acude al pensamiento del sujeto. Si antes de terminar con un sueño surgen otros nuevos, nos dedicaremos a estos últimos, sin que nos remuerda desatender los anteriores, y cuando nos encontremos ante un sueño demasiado amplio y difuso, renunciaremos desde un principio a una interpretación exhaustiva. En general, nos guardaremos de manifestar un interés especial en cuanto a la interpretación de los sueños y de despertar en el enfermo la creencia de que la labor analítica queda interrumpida, por falta de material, cuando no dispone de algún sueño, pues, de lo contrario, corremos el peligro de orientar la resistencia hacia la producción onírica y provocar un agotamiento de los sueños: El analizado debe estar convencido de que el análisis encuentra siempre material con el que continuar, aunque no aporte él sueño ninguno y cualquiera que sea la atención que a los mismos se dedique. Se nos preguntará ahora si al someter el empleo de la interpretación onírica a todas estas restricciones no renunciamos a un material muy valioso para el descubrimiento de lo inconsciente. A esta interrogación responderemos que la pérdida no es tan grande como pudiera creerse antes de profundizar en la cuestión. Ha de tenerse en cuenta que en los casos graves de neurosis no puede esperarse nunca conseguir una interpretación exhaustiva de los sueños de alguna amplitud. Tales sueños se basan muchas veces en la totalidad del material patógeno del caso, material ignorado aún por el médico y el enfermo (sueños de programa y sueños biográficos), y equivalen a una traducción del contenido total de la neurosis al lenguaje onírico. Al intentar interpretar uno de estos sueños entrarán en actividad todas las resistencias dadas y aún no despertadas, y pondrán pronto un límite a toda penetración. La interpretación exhaustiva de un tal sueño coincide, en efecto, con la perfección total del análisis. Anotado al principio del análisis, no llegamos a comprenderlo por completo hasta después de terminada aquélla, muchos meses después. Sucede aquí lo mismo que en la comprensión de un síntoma aislado (del síntoma principal, por ejemplo). Todo el análisis sirve para llegar a su explicación; pero durante el tratamiento hemos de intentar aprehender, sucesivamente, distintos fragmentos de su significado, hasta que se nos hace posible su síntesis. No podemos, pues, exigir más a la interpretación de un sueño emergido al principio del análisis, y habremos de declararnos satisfechos si la tentativa de interpretación nos descubre ya algo, aunque sólo sea un único impulso optativo patógeno. Así, pues, al renunciar al propósito de una interpretación onírica completa, no renunciamos a nada posible ni tampoco perdemos, generalmente, nada cuando interrumpimos la interpretación de un sueño para ocuparnos de otro más reciente. Algunos acabados ejemplos de sueños plenamente interpretados nos han enseñado que varias escenas sucesivas del mismo sueño pueden tener el mismo contenido, que va imponiéndose en ellas cada vez con mayor claridad. Hemos visto también que varios sueños soñados en la misma noche pueden no ser sino tentativas de representar el mismo contenido en forma distinta. Podemos asegurar, en general, que todo impulso optativo que hoy crea un sueño retornará en otros mientras no consiga ser comprendido y sustraído al dominio de lo inconsciente, y así, el mejor camino para completar la interpretación de un sueño consistirá muchas veces en dejarlo a un lado y dedicarse a otro nuevo, que habrá acogido el mismo material en forma quizá más asequible. Sé muy bien que no sólo el enfermo, sino también el médico, han de considerar aventurado prescindir de la orientación consciente en el tratamiento y abandonarse por completo a una gula que siempre ha de pareceros «casual». Pero puedo asegurar que nunca tenemos que arrepentirnos d e habernos decidido a confiar en nuestras propias afirmaciones teóricas y habernos forzado a no disputar a lo inconsciente la dirección de la síntesis. Abogamos, pues, porque la interpretación de los sueños no sea practicada en el tratamiento psicoanalítico por su propio exclusivo interés, sino que se someta su empleo a aquellas normas técnicas que regulan en general el desarrollo de la cura. Naturalmente, hay ocasiones en las que podemos apartarnos de esta conducta y dejarnos llevar, por algún trecho, de nuestro interés científico. Pero al obrar así debemos saber siempre lo que hacemos. Habremos de tener también en cuenta otro caso que viene surgiendo desde que hemos adquirido mayor confianza en nuestra comprensión del simbolismo de los sueños y nos sabemos más independientes de las ocurrencias espontáneas de los enfermos. Un oniro crítico especialmente hábil puede llegar a desentrañar todos los sueños del paciente sin necesidad de imponer al mismo una elaboración trabajosa y lenta década uno de ellos. Para un tal analista no existirá ya conflicto alguno entre las exigencias de la interpretación onírica y las de la terapia, y se inclinará a emplear a fondo, en todos los casos, la interpretación onírica y comunicar al paciente todo lo que sus sueños le hayan permitido adivinar, sin que el obrar así se desvíe considerablemente de la dirección regular del tratamiento, como ya explicaremos en otra ocasión. Pero el analista principiante no debe tomar como modelo este caso excepcional. Con respecto a los primeros sueños comunicados por el paciente en el tratamiento analítico, mientras ignora aún por completo la técnica de la interpretación onírica, todo analista puede conducirse como el onirocrítico experimentado antes expuesto. Estos sueños iniciales son aún muy ingenuos y descubren muchas cosas, semejándose en esta condición a los soñados por los hombres sanos. Surge aquí la interrogación de si el médico debe o no traducir en el acto al enfermo lo que en sus sueños ha leído. Pero no es éste el lugar de responder a ella, pues se nos muestra subordinada a otra cuestión más amplia: la de fijarlas fases del tratamiento en las que el enfermo debe ser iniciado en el conocimiento de su psiquismo inconsciente y la marcha que ha de seguirse en esta iniciación. Conforme va conociendo luego el sujeto la práctica de la interpretación onírica, van haciéndose más oscuros sus sueños. Todo conocimiento sobre el sueño sirve también de advertencia a la producción onírica. En los trabajos «científicos» sobre los sueños, que a pesar de rechazarla interpretación onírica han recibido del psicoanálisis nuevo impulso, se concede una importancia excesiva a la conveniencia de conservar fielmente el texto del sueño, preservándolo de las deformaciones y mutilaciones que le imponen las horas siguientes a su desarrollo. También algunos psicoanalistas parecen no servirse muy consecuentemente de su conocimiento de las condiciones de la producción onírica, al recomendar al sujeto que fije por escrito todos sus sueños inmediatamente después de despertar. Esta medida carece de todo alcance en la terapia y, en cambio, los enfermos la aprovechan para perturbar su reposo nocturno y mostrar su celo en una cuestión en la que no puede ser de ninguna utilidad, pues semejante laboriosa conservación de un texto onírico, que en otro caso hubiera sido devorado por el olvido, no reporta ventaja ninguna al enfermo. Al proceder luego a su análisis, no se logra que enlace a dicho texto asociación ninguna, y el efecto es el mismo que si el sueño hubiese sucumbido al olvido. El médico habrá averiguado, desde luego, en este caso, algo que de otro modo le hubiera escapado; pero el hecho de que el médico sepa algo no equivale a que lo sepa el enfermo. En otro lugar estudiaremos la significación de esta diferencia en la técnica del psicoanálisis. Mencionaré todavía otro tipo especial de sueños que, por sus condiciones, sólo pueden surgir en el curso de una cura psicoanalítica y suelen extrañar o inducir en error al médico. Son éstos los llamados sueños «corroborativos», fácilmente interpretables y cuya traducción nos ofrece solamente aquello mismo que la cura había deducido en los últimos días del material de ocurrencias diurnas. Parece así como si el enfermo hubiese tenido la amabilidad de producir, en forma de sueño, precisamente aquello que se le ha «sugerido» inmediatamente antes. Pero el analista experimentado se resiste a creer en tales amabilidades del enfermo; considera estos sueños como una grata confirmación de sus deducciones y comprueba que sólo aparecen bajo determinadas condiciones de la influencia ejercida por el tratamiento. La mayoría de los sueños se anticipan, por el contrario, a la cura y ofrecen así, una vez despojados de lo ya conocido y comprensible, una indicación más o menos precisa de algo que hasta entonces había permanecido oculto.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. La dinámica de la Transferencia (1912).
4 de diciembre/ 1979
Noviembre 20. No hubo clase. Examen Maestría Horacio Foladori.
Noviembre 27. No asistió. Se leyó este fragmento de «La dinámica de la Transferencia» (1912)
El tema de la transferencia, tan difícilmente agotable, ha sido tratado recientemente aquí mismo por W. Stekel en forma descriptiva. Por mi parte quiero añadir algunas observaciones encaminadas a explicar por qué la transferencia surge necesariamente en toda cura psicoanalítica y cómo llega a desempeñar en el tratamiento el papel que todos conocemos. Recordaremos, ante todo, que la acción conjunta de la disposición congénita y las influencias experimentadas durante los años infantiles determina, en cada individuo, la modalidad especial de su vida erótica, fijando los fines de la misma, las condiciones que el sujeto habrá de exigir en ella y los instintos que en ella habrá de satisfacer. Resulta, así, un clisé (o una serie de ellos), repetido, o reproducido luego regularmente, a través de toda la vida, en cuanto lo permiten las circunstancias exteriores y la naturaleza de los objetos eróticos asequibles, pero susceptible también de alguna modificación bajo la acción de las impresiones recientes. Ahora bien: nuestras investigaciones nos han revelado que sólo una parte de estas tendencias que determinan la vida erótica han realizado una evolución psíquica completa. Esta parte, vuelta hacia la realidad, se halla a disposición de la personalidad consciente y constituye uno de sus componentes. En cambio, otra parte de tales tendencias libidinosas ha quedado detenida en su desarrollo por el veto de la personalidad consciente y de la misma realidad y sólo ha podido desplegarse en la fantasía o ha permanecido confinada en lo inconsciente, totalmente ignorada por la conciencia de la personalidad. El individuo cuyas necesidades eróticas no son satisfechas por la realidad, orientará representaciones libidinosas hacia toda nueva persona que surja en su horizonte, siendo muy probable que las dos porciones de su libido, la capaz de conciencia y la inconsciente, participen en este proceso. Es, por tanto, perfectamente normal y comprensible que la carga de libido que el individuo parcialmente insatisfecho mantiene esperanzadamente pronta se oriente también hacia la persona del médico. Conforme a nuestra hipótesis, esta carga se atendrá a ciertos modelos, se enlazará a uno de los clisés dados en el sujeto de que se trate o, dicho de otro modo, incluirá al médico en una de las «series» psíquicas que el paciente ha formado hasta entonces. Conforme a la naturaleza de las relaciones del paciente con el médico, el modelo de esta inclusión habría de ser el correspondiente a la imagen del padre (según la feliz expresión de Jung). Pero la transferencia no tiene que seguir obligadamente este prototipo, y puede establecerse también conforme a la imagen de la madre o del hermano, etc. Aquellas peculiaridades de la transferencia sobre el médico, cuya naturaleza e intensidad no pueden ya justificarse racionalmente, se nos hacen comprensibles al reflexionar que dicha transferencia no ha sido establecida únicamente por las representaciones libidinosas conscientes, sino también por las retenidas o inconscientes.
Nada más habría que decir sobre esta conducta de la transferencia si no permanecieran aún inexplicados dos puntos especialmente interesantes para el psicoanalista. En primer lugar, no comprendemos por qué la transferencia de los sujetos neuróticos sometidos al análisis se muestra mucho más intensa que la de otras personas no analizadas, y en segundo, nos resulta enigmático porque al análisis se nos opone la transferencia como la resistencia más fuerte contra el tratamiento, mientras que fuera del análisis hemos de reconocerla como substrato del efecto terapéutico y condición del éxito. Podemos comprobar, cuantas veces queramos, que cuando cesan las asociaciones libres de un paciente, siempre puede vencerse tal agotamiento asegurándole que se halla bajo el dominio de una ocurrencia referente a la persona del médico. En cuanto damos esta explicación cesa el agotamiento o queda transformada la falta de asociaciones en una silenciación consciente de las mismas.
—En este sentido y en este orden de cosas les decía yo a ustedes que, en la situación terapéutica se podría pensar que se plantea sistemáticamente en dos tiempos: en un primer tiempo, el sujeto en virtud de estar transfiriendo afectos, ideas, situaciones, imágenes, etc. acerca del terapeuta, que no son sino imágenes sobre figuras remotas y tempranas, nos está brindando una enorme cantidad de información. En este sentido podríamos decir que la principal arma de la cura es ésta. Pero llega el momento en que el sujeto ha transferido una enorme cantidad de cosas, pero obviamente y en virtud de que la situación terapéutica, se da en abstinencia. O sea que el terapeuta ni apapacha ni agrede, ni se deja seducir: nada. El sujeto quisiera realizar en la situación terapéutica todas las pulsiones que ha sacado, todas las pulsiones de las cuales se defendía. En este segundo tiempo, el sujeto se opone a colocar en el exterior los impulsos amorosos, agresivos, reivindicativos, etc. y quiere colocarlos a toda costa en la situación terapéutica. Es decir, trata de sustituir la vida por la situación terapéutica. Es entonces cuando decimos que la transferencia es la principal resistencia, porque se está oponiendo a que el sujeto coloque en la vida lo que saca a la luz en la situación terapéutica. Entonces es tan válido decir que la principal arma de la cura es la transferencia, como que la principal resistencia a la cura es la propia transferencia.
Este sujeto en todo el proceso de ir colocando en el exterior impulsos que se dieron en la situación terapéutica, paulatinamente va sustituyendo el análisis por la vida misma. En este sentido, la mejor manera de resolver la transferencia sería interpretarla y referirla a sus orígenes infantiles; referirla a que no es una relación nacida de la propia situación terapéutica sino que fue favorecida por ésta pero que tiene su origen histórico en la vida del paciente.
En estas circunstancias podría decirse que fácilmente se resuelve la transferencia refiriéndola a sus orígenes, pero no es así. Piensen que esto está escrito en 1912, que son análisis muy cortos, muy breves, en los cuales realmente no se estableció un vínculo muy serio, importante, significativo, a diferencia de lo que acontece actualmente: análisis terriblemente prolongados, etc. en donde se va resolviendo muy paulatinamente (lo veremos en artículos de técnica muy ulteriores, como el último artículo que escribió Freud «Análisis Terminable e Interminable»), con fuertes dificultades y fuerte trabajo de elaboración.
A primera vista parece un grave inconveniente del psicoanálisis el hecho de que la transferencia, la palanca más poderosa de éxito, se transforme en ella en el arma más fuerte de la resistencia. Pero a poco que reflexionemos desaparece, por lo menos, el primero de los dos problemas que aquí se nos plantean. No es cierto que la transferencia surja más intensa y desentrenada en el psicoanálisis que fuera de él. En los sanatorios en que los nerviosos no son tratados analíticamente, la transferencia muestra también máxima intensidad y adopta las formas más indignas, llegando, a veces, hasta el sometimiento más absoluto, y no siendo nada difícil comprobar su matiz erótico. Una sutil observadora, Gabriela Reuter, ha descrito esta situación, cuando apenas existía aún el psicoanálisis, en un libro muy notable, en el que revela, además, una penetrante visión de la naturaleza y la génesis de las neurosis. Así, pues, no debemos atribuir al psicoanálisis, sino a la neurosis misma, estos caracteres de la transferencia.
—Si pensamos que el neurótico es un sujeto muy frustrado, un sujeto que ha llevado a la realización un escaso número de sus impulsos: agresivos, amorosos, etc., podríamos decir que está tanto más propicio a hacer una neurosis transferencial con tintes más intensos un psicótico que un neurótico, y una persona «normal». De tal manera que la intensidad de la transferencia, la intensidad de sus características, tanto cualitativas como cuantitativas, va a estar determinada por la historia del sujeto, ¿no?
En cambio, el segundo problema permanece aún en pie. Vamos a aproximarnos a él, o sea a la cuestión de por qué la transferencia se nos opone, como resistencia, en el tratamiento psicoanalítico. Representémonos la situación psicológica del tratamiento. Toda adquisición de una psiconeurosis tiene como premisa regular e indispensable el proceso descrito por Jung con el nombre de introversión de la libido, proceso consistente en la disminución de la parte de libido capaz de conciencia y orientada hacia la realidad, y el aumento correlativo de la parte inconsciente, apartada de la realidad confinada en lo inconsciente y reducida, cuando más, a alimentar las fantasías del sujeto. La libido ha emprendido (total o fragmentariamente) una regresión y no ha reanimado las imágenes infantiles. En este camino es seguida por la cura analítica, que quiere descubrir la libido, hacerla de nuevo asequible a la conciencia y ponerla al servicio de la realidad. Allí donde la investigación analítica tropieza con la libido, encastillada en sus escondites, tiene que surgir un combate. Todas las fuerzas que han motivado la regresión de la libido se alzarán, en calidad de resistencias, contra la labor analítica, para conservar la nueva situación, pues si la introversión o regresión de la libido no hubiese estado justificada por una determinada relación con el mundo exterior (generalmente por la ausencia de satisfacción), no hubiese podido tener efecto. Pero las resistencias que aquí tienen su origen no son las únicas, ni siquiera las más intensas. La libido puesta a disposición de la personalidad se hallaba siempre bajo la atracción de los complejos inconscientes (o mejor aún: de los elementos inconscientes de estos complejos) y emprendió la regresión al debilitarse la atracción de la realidad. Para libertarla tiene que ser vencida esta atracción de lo inconsciente, lo cual equivale a levantar la represión de los instintos inconscientes y de sus productos. De aquí es de donde nace la parte más importante de la resistencia, que mantiene tantas veces la enfermedad, aun cuando el apartamiento de la realidad haya perdido ya su razón de ser. El análisis tiene que luchar con las resistencias emanadas de estas dos fuentes, resistencias que acompañan todos sus pasos. Cada una de las ocurrencias del sujeto y cada uno de sus actos tiene que contar con la resistencia y se presenta como una transacción entre las fuerzas favorables a la curación y las opuestas a ella.
—Pregunta: Todo esto es desde el punto de vista dinámico y económico, ¿no?, desde la «atracción del inconsciente».
—Topográfico también, y no encontrará usted mayor problema si le cambia usted la palabra «atracción del inconsciente». Todo impulso está ligado para su satisfacción a un objeto; ese objeto se internalizó en edad temprana y los impulsos dirigidos a ese objeto se van a dirigir en el mundo exterior a representantes afines a ese objeto e intrapsíquicamente se van a vincular a objetos internalizados, digamos. Le voy a poner un ejemplo: un impulso de carácter sexual vinculado a un objeto muy frustrador, trae como consecuencia que se internalice un objeto represor que está impidiendo que el impulso se satisfaga en la fantasía inconsciente y en la realidad, y digamos que la sujeta hace una agorafobia en la medida que incita la calle, con ese mal paso y a la relación con ese objeto prohibido.
Obviamente la sujeto va a resistirse a ceder a su fobia porque sería renunciar a la vinculación que tiene con ese objeto introyectado. El trabajo terapéutico implica, al ir quitando las resistencias y las cosas que obstaculizaban, a dos cosas: Uno, a que la sujeto se dé cuenta de la inutilidad (tempranamente adquirida) de seguir esta norma, que si fue ciertamente movilizada porque con ello conservaba al objeto, resulta inoperante ahora porque le impide salir a la calle, le impide hacer una serie de cosas. Y si fueron apropiadas tempranamente, ahorita son totalmente impropias.
Las relaciones de su impulso con el objeto interno y ulteriormente con ese objeto colocado en el exterior van a hacer que la sujeto en un momento determinado se resista profundamente. Desde el punto de vista económico, de acuerdo a una economía interna; desde el punto de vista estructural, de acuerdo a una lucha entre intentos de su yo, superyó y ello. Todo esto con una fuerza dinámica en la que esto no solo es el resultado de una prohibición, sino de transacciones de fuerzas que permiten esto, o se oponen a aquello, a simbolizaciones. De tal manera que una situación que no es estática sino una situación dinámica, estructural, económica, objetal y de acuerdo a la economía interna del sujeto y su mundo, es adaptativa.
De tal manera que vamos a encontrar que el sujeto, tanto porque es económica, como porque es estructural, como porque representa relaciones de objeto, va a resistirse a cambiar de pauta. Y va a resistirse con tanta más fuerza cuanto que cambiar de pautas puede significar, para él, alterar el equilibrio, que si bien es cierto que juzgado desde el punto de vista externo neurótico, fue el mecanismo más apropiado en el momento en que se eligió. Entonces estamos constantemente luchando contra fuerzas que hacen que trate de persistir la relación con el impulso y con el objeto, ¿no?
Si perseguimos un complejo patógeno desde su representación en lo consciente (representación visible como síntoma o totalmente inaparente) hasta sus raíces en lo inconsciente, no tardamos en llegar a una región en la cual se impone de tal modo la resistencia, que las ocurrencias inmediatas han de contar con ella y presentarse como una transacción entre sus exigencias y las de la labor investigadora. La experiencia nos ha mostrado ser este el punto en que la transferencia inicia su actuación. Cuando en la materia del complejo (en el contenido del complejo) hay algo que se presta a ser transferido a la persona del médico, se establece en el acto esta transferencia, produciendo la asociación inmediata y anunciándose con los signos de una resistencia; por ejemplo, con una detención de las asociaciones. De este hecho deducimos que si dicha idea ha llegado hasta la conciencia con preferencia a todas las demás posibles, es porque satisface también a la resistencia. Este proceso se repite innumerables veces en el curso de un análisis. Siempre que nos aproximamos a un complejo patógeno, es impulsado, en primer lugar, hacia la conciencia y tenazmente defendido aquel elemento del complejo que resulta adecuado para la transferencia.
Una vez vencido éste, los demás elementos del complejo no crean grandes dificultades. Cuando más se prolonga una cura analítica y más claramente va viendo el enfermo que las deformaciones del material patógeno no constituyen por sí solas una protección contra el descubrimiento del mismo, más consecuentemente se servirá de una clase de deformación que le ofrece, sin disputa, máximas ventajas: de la deformación por medio de la transferencia, Ilegándose así a una situación en la que todos los conflictos han de ser combatidos ya sobre el terreno de la transferencia.
De este modo, la transferencia que surge en la cura analítica se nos muestra siempre, al principio, como el arma más poderosa de la resistencia y podemos deducir la conclusión de que la intensidad y la duración de la transferencia son efecto y manifestación de la resistencia. El mecanismo de la transferencia queda explicado con su referencia a la disposición de la libido, que ha permanecido fijada a imágenes infantiles. Pero la explicación de su actuación en la cura no la conseguimos hasta examinar sus relaciones con la resistencia.
¿De qué proviene que la transferencia resulte tan adecuada para constituirse en un arma de la resistencia? A primera vista no parece difícil la respuesta. Es indudable que la confesión de un impulso optativo ha de resultar más difícil cuando ha de llevarse a cabo ante la persona a la cual se refiere precisamente dicho impulso. Esta imposición provoca situaciones que parecen realmente insolubles, y esto es, precisamente, lo que quiere conseguir el analizado cuando hace coincidir con el médico el objeto de sus impulsos sentimentales. Pero una reflexión más detenida nos muestra que esta ventaja aparente no puede ofrecernos la solución del problema. Una relación de tierna y sumisa adhesión puede también ayudar a superar todas las dificultades de la confesión. Así, en circunstancias reales análogas, solemos decir: «Delante de ti no tengo por qué avergonzarme; a ti puedo decírtelo todo.» La transferencia sobre el médico podría, pues, servir lo mismo para facilitar la confesión, y no podríamos explicaros por qué provoca una dificultad.
La respuesta a esta interrogación, repetidamente planteada ya aquí, no nos es proporcionada por una más prolongada reflexión, sino por una observación que realizamos al investigar las distintas resistencias por transferencia durante la cura. Acabamos por advertir que, admitiendo tan sólo una «transferencia», no llegamos a comprender el aprovechamiento de la misma para la resistencia, y tenemos que decidirnos a distinguir una transferencia «positiva» y una «negativa», una transferencia de sentimientos cariñosos y otra de sentimientos hostiles, y examinar separadamente tales dos clases de la transferencia sobre el médico. La transferencia positiva se descompone luego, a su vez, en la de aquellos sentimientos amistosos o tiernos que son capaces de conciencia y en la de sus prolongaciones en lo inconsciente. Con respecto a estas últimas, demuestra el análisis que proceden de fuentes eróticas, y así hemos de concluir que todos los sentimientos de simpatía, amistad, confianza, etc., que entrañamos en la vida, se hallan genéticamente enlazados con la sexualidad, y por muy puros y asexuales que nos lo representemos en nuestra autopercepción consciente, proceden de deseos puramente sexuales, habiendo surgido de ellos por debilitación del fin sexual. Primitivamente no conocimos más que objetos sexuales, y el psicoanálisis nos muestra que las personas meramente estimadas o respetadas de nuestra realidad pueden continuar siendo, para nuestro psiquismo inconsciente, objetos sexuales.
La solución del enigma está, por tanto, en que la transferencia sobre el médico sólo resulta apropiada para constituirse en resistencia en la cura, en cuanto es transferencia negativa o positiva de impulsos eróticos reprimidos. Cuando suprimimos la transferencia, orientando la conciencia sobre ella, nos desligamos de la persona del médico más que estos dos componentes del sentimiento. El otro componente, capaz de conciencia y aceptable, subsiste y constituye también, en el psicoanálisis como en los demás métodos terapéuticos, uno de los substratos del éxito. En esta medida reconocemos gustosamente que los resultados del psicoanálisis reposan en la sugestión, siempre que se entienda por sugestión aquello que, con Ferenczi, vemos nosotros en él; el influjo ejercido sobre un sujeto por medio de los fenómenos de transferencia en él posibles. Paralelamente cuidamos de la independencia final del enfermo, utilizando la sugestión para hacerle llevar a cabo una labor psíquica que trae necesariamente consigo una mejora permanente de su situación psíquica.
—Pregunta. ¿Esto sería, como se dice, «alianza terapéutica?
—No, a la alianza terapéutica se le dan varios nombres: alianza terapéutica, contrato terapéutico, etc. Sean ustedes lo más cuidadosos posibles, porque muy frecuentemente los errores que cometemos es por empezar mal y lo que mal empieza, mal acaba. Es decir, la alianza terapéutica implica la estructura del contrato terapéutico. Usted me va a ver tantas veces a la semana; usted paga sus vacaciones y yo pago las mías; sus gripas las paga usted y yo pago las mías.
Hay que ser muy firme y muy constante en cuestión de horario y días, que no se cambien. Si son lunes, miércoles y viernes a las 10, serán lunes, miércoles y viernes a las 10 siempre. Los horarios muy disímbolos hacen que se altere la continuidad y la constancia de la comunicación. En cierto sentido programamos casi como si los marcos referenciales dieran una situación de consistencia, continuidad, constancia y se echa a andar el proceso. Ahora, el destino que pueda tener el proceso, pues es variable, ¿no?, pero estos parámetros deben ser estrictos, enmarcados porque, cualquier situación que no se enmarque puede ser encontrada como un camino para que el paciente falte, no adquiera sensación de compromiso, etc. etc.
Ahora, una vez establecido el contrato, se establece una alianza que va a seguir parámetros y caminos diversos según cada caso. Una de las vicisitudes es que se darán fundamentalmente impulsos hostiles: usted es un ladrón; me está tomando el pelo; usted no me ayuda para nada. 0 pueden empezar a surgir aspectos tiernos socialmente aceptados: tanto que me ayuda usted; tan bueno que es, tan comprensivo, nadie me había escuchado en mi vida hasta ahora, etc. etc. Estas ternuras pueden ser encubrimiento de formaciones reactivas por tanta o cuanta hostilidad: son seiscientos pesos tres veces a la semana; agréguenle a estas tres veces por semana que si usted vive en el Pedregal y el sujeto en la Nápoles, son seis o siete horas a la semana las que viene perdiendo.
Por otra parte es una situación que tiene muchos caracteres de sumisión: nosotros sabemos todo del sujeto y nuestra abstinencia no lleva a no informarle de nada. Es decir, una sesión terapéutica adecuada definiéndola no por el couch sino por lo que en sí tiene de esencial, es una relación muy sui generis en los juegos que jugamos en la psicoterapia analítica. Es un diálogo de dos en el cual el tema es únicamente uno de los participantes. Esto ya le da a este tip de juego una connotación muy especial y una serie de resultados muy particulares. Entre otras cosas, es que al sujeto lo dejamos en un estado de aislamiento con respecto a nosotros, lo cual nos lleva, per se, a una situación regresiva. Sabemos todo de él: qué hizo, quién fue su mamá, etc. y él no sabe de nosotros, más o menos, nada. Sabe que damos clase en tal parte, que trabajamos en esta u otra institución, pero eso no le dice nada acerca de cómo es nuestra vida sexual; sabemos qué soñó, con quién se relaciona, etc. Él sabe cosas externas pero no tiene conocimiento intenso ni íntimo de su situación interpersonal, cosa que sí tiene el terapeuta con respecto al paciente.
En un diálogo no analítico, habitualmente hay una equidad en la cual nos tiene ajustados a la realidad, pero el diálogo no analítico no promueve la regresión porque hay una serie de estímulos externos que están motivando que establezcamos una comunicación no regresiva. El diálogo analítico se caracteriza porque es una relación de dos, cuyo tema es uno de los participantes y que ya per sé, mueve a regresión. Esta regresión se puede manifestar transferencialmente, en el campo de la transferencia, o bien con actitudes hostiles, o bien con actitudes tiernas que si no son demasiado intensas, pueden servir a la labor. En un artículo del año 39 dice Freud: «A la postre, los enfermos se curan por lealtad». Tal vez sea exacto, y si el sujeto supone que nosotros queremos que tenga una pauta de vida distinta a la que tiene o venía teniendo — eso ha ido a terapia, ¿no? porque se supone que nosotros somos los curadores de eso que él supone que es su fobia, su impotencia, etc. etc. Se supone que nuestros deseos es ayudar al sujeto a que sea potente; que desaparezcan síntomas conversivos, síntomas obsesivos, o los que sean; y entonces como se supone todo eso, el paciente, después de X años dice: «Bueno, le voy a dar gusto a este viejo que está jode y jode y jode». Y se cura por lealtad, nos regala su curación.
Esto es un poco como niño con juguete nuevo y como cuando estuvo de moda el Pentotal, en la que ponían una inyección y: «Cuéntame tu vida», y el séptimo velo y pensaban que eso curaba. ¡Mangos que cura! Lo que cura es una labor terca, tenaz, Así como es difícil curarse, también es muy difícil enfermarse; no nos enfermaron en un día determinado del año tantos y tantos. Nos enfermaron desde que nacimos hasta que teníamos seis años: jode y jode y jode y jode. Ahora, que si por algún motivo la memoria tiene que valerse de huellas mnemónicas para digamos, sintetizar todo un pasado en un recuerdo que es «pantalla» de todo lo que fue una temporada infantil… —yo no los llamo «recuerdos encubridores» sino «recuerdos pantalla» en tanto que son los que vienen a simbolizar, vienen a ser signos de un significado que se dio durante muchos años. Aunque en un momento determinado representamos a México con el águila y una serpiente, pues eso no es México, eso es lo que lo simboliza, pero no su significado mismo.
Entonces, ver toda la situación temprana que nos llevó tanto tiempo enfermarnos; bastantes años en contacto con objetos negativo; frustrantes, agresivos, etc., pues nos va a llevar todavía más tiempo curarnos, sobre todo porque ya estamos grandes. No se aprende fácilmente el ruso a los 30 años, pero realmente aprender un lenguaje que puede ser el ruso para un neurótico, para un psicótico, que es un lenguaje de salud, pues cuesta mucho trabajo, sobre todo si ya están grandes y viejos y estructurados en una serie de ramificaciones que hacen más complicado el proceso de cambio, ¿no? Imagínense el trabajo que cuesta rectificar nuestra manera de hablar, de comunicarnos, si ha sido negativa. Si no ha sido negativa, ¿para qué cambiarla? En este orden de cosas, el proceso tiene que ser un proceso particularmente lento, particularmente de contrato, de alianza, para devolver al sujeto (y en virtud de todos estos parámetros) la situación de confianza básica. Sin dárnosla de mártires que va a hacerse un tratamiento gratuito; lazos de compasión, de abnegación: no sirven para nada.
—Alumno. En la situación de «alianza terapéutica» –que hay una zona libre del yo que es la que tiene… o sea, que se puede uno pelear, puede uno fantasear, toda una serie de cosas con el terapeuta a nivel de transferencia, pero a nivel de «alianza» como que hay una parte en que dice: «tengo confianza en que esté haciendo lo posible».
—Bueno, sí, pero no me está hablando de una alianza terapéutica, me está hablando de un programa diagnóstico y en ese sentido no se puede hablar de psicóticos ni de psicópatas, porque los neuróticos hacen castillos en el aire; los psicóticos viven en ellos y los psicópatas cobran la renta. Es decir, no podemos estar con un sujeto que confunde la fantasía con la realidad. Yo tolero que un individuo me diga que soy un sinvergüenza, pero no tolero que no me pague; luego es muy claro el parámetro, ¿no? Si no me paga, es un psicópata, ¿no? Después de un X tiempo, cuando hago, el contrato: voy a cobrarle vencido y me tiene que pagar dentro de los primero 5 días del mes. Muy bien. Empieza a pagar puntualmente; es un obsesivo. Pero si no le dieron el cheque a tiempo, pues es obvio que puedo esperarlo hasta el 8 o 10, en fin, pero si el sujeto me lo hace sistemáticamente, pues tengo que marcarle sus parámetros y sus reglas y muy definidas. Si no se define esta situación desde el principio, entramos en que si le debo, si no le debo y hasta se van sin pagar.
Yo no creo que el problema sea que se vaya, no creo que la cosa sea básicamente esa. Yo pienso que a pesar de lo que ustedes crean, cobramos muy barato: que brindamos mucho tiempo-horas-preparación, que nuestro trabajo no puede ponerse en segundas manos, no puedo tener ayudantes como un otorrinolaringólogo. Mi trabajo es estrictamente personal y creo que cobramos poco y creo que nuestro tiempo es muy valioso para perderlo con gentes a las que realmente no sepamos que podemos ayudar, por lealtad o por lo que sea.
Específicamente, en los Centros de Integración, toman ¡cada caso! Realmente, se está perdiendo un tiempo muy valioso del terapeuta en un niño con trastorno orgánico, o en un psicótico, o en un sujeto que no tiene posibilidades de ayuda. Nos estamos saliendo de una realidad que no voy a resolver yo. No es que la ignore, pero no puedo resolverla, no tengo con qué resolver eso. Mejor utilizar ese tiempo en quien sí pueda sentir un determinado tipo de alivio. Si ya de por sí es bastante hipotético el alivio que podemos brindar, pues que sea en aquellos en que la hipótesis sea menos deleznable, ¿no?
Volviendo a nuestro tema, en un caso de Freud, en el que ya se habló —ya se habló hasta el cansancio, con un sujeto fóbico acerca de fobia, de los orígenes de su fobia, las relaciones de su fobia, etc. —pero llega un momento en que el sujeto tiene que salir a la calle. Punto. Y al final él vence una agorafobia al salir al ágora y la única manera de vencer una claustrofobia es quedarse en un cuarto con todos los nexos que ustedes gusten y manden. Ya cuando el sujeto va «tanteando» que realmente el objeto temido es un objeto «inexistente», el sujeto va penetrando a su vida sexual, o a su potencia sexual, por toda una serie de vicisitudes. Ahora, la transferencia se da con matices muy distintos si el paciente que yo tengo es un hombre o una mujer; por más que las cosas sean regresivas: y no importen.
En el seminario anterior les decía que cuando no hay padre, la situación de la casa, el triángulo es muy distinto que cuando hay. Y decía un muchacho: «pero si no hay, lo fantasea». Y decía yo; «pero no es lo mismo acostarse con mi mamá y tener un faje duro en la cama, a nomás fantasearlo y soñarlo. Hay una pequeña diferencia que es muy importante, muy significativa.
Ahora, un terapeuta hombre o mujer, van a tener cosas muy distintas. Yo superviso ahora casos de una chica que tiene pacientes varones. En este caso es mucho más fácil que esa transferencia se destape (está joven, más o menos de la misma edad que el paciente) a una situación que es factible, que es una cosa erótica. Es mucho menos factible que se analizaran conmigo y se destapara una cosa erótica. Sería una evaluación mucho más psicótica el que un chavo me echara los perros a que me los echara una chava. Mucho más psicótico para él y para mí. «¡Como que no…!» Vamos fantaseándolo, ¿no?
Vamos a suponer que tomo yo a una adolescente que es más susceptible, que se van a descargar aspectos tiernos mucho más encubiertos que eróticos, en tanto que hay distancias, hay un juicio de realidad, en verdad. Claro que cuando el sujeto es psicótico es igual que tenga uno pantalones o faldas, pero en sujetos con más o menos un cierto grado de juicio de realidad, van a tener una transferencia que va a asumir las características de su estado, de sus connotaciones, etc. Esto en una multiplicidad de áreas que van a implicar, en fin, la manera de vestir, la manera de platicar, la manera de actuar, etc. etc. y que van a jugar un papel muy importante.
Como por otra parte también los grupos analíticos. Hay muchos grupos analíticos muy cerrados, muy estrechos y muy incestuozoides, porque uno es profesor y terapeuta y una bola de cosas. Entonces hay una serie de cosas que van a contaminar la imagen que tiene el sujeto de nosotros, pero por más que se contamine esa imagen por situaciones exteriores, tenemos una cierta sagacidad y vamos a ver que es lo que está utilizando de la realidad para colocar su experiencia temprana.
Puede preguntarse aún por qué los fenómenos de resistencia de la transferencia surgen tan sólo en el psicoanálisis, y no en los demás tratamientos, por ejemplo, en los sanatorios. En realidad surgen también en estos casos, pero no son reconocidos como tales. La explosión de la transferencia negativa es incluso muy frecuente en los sanatorios, y el enfermo abandona el establecimiento, sin haber conseguido alivio alguno o habiendo empeorado, en cuanto surge en él esta transferencia negativa. La transferencia erótica no llega a presenciar tan grave inconveniente en los sanatorios, pues en lugar de ser descubierta y revelada es silenciada y disminuida, como en la vida social; pero se manifiesta claramente como una resistencia a la curación, no ya impulsando al enfermo a abandonar el establecimiento -por el contrario, lo retiene en él-, sino manteniéndole apartado de la vida real. Para la curación es totalmente indiferente que el enfermo domine en el sanatorio una cualquiera angustia o inhibición; lo que importa es que se liberte también de ella en la realidad de su vida.
La transferencia negativa merecería una atención más detenida de la que podemos concederle dentro de los límites del presente trabajo. En las formas curables de psiconeurosis coexiste con la transferencia cariñosa, apareciendo ambas dirigidas simultáneamente, en muchos casos, sobre la misma persona, situación para la cual ha hallado Bleuler el término de «ambivalencia». Una tal ambivalencia sentimental parece ser normal hasta cierto grado, pero a partir de él constituye una característica especial de las personas neuróticas. En la neurosis obsesiva parece ser característica de la vida instintiva una prematura «disociación de los pares de antítesis» y representar una de sus condiciones constitucionales. La ambivalencia de las directivas sentimentales nos explica mejor que nada la facultad de los neuróticos de poner sus transferencias al servicio de la resistencia. Allí donde la facultad de transferencia se ha hecho esencialmente negativa, como en los paranoides, cesa toda posibilidad de influjo y de curación.
Pero con todas estas explicaciones no hemos examinado aún más que uno de los lados del fenómeno de la transferencia, y es necesario dedicar también alguna atención a otro de los aspectos del mismo. Quienes han apreciado exactamente cómo el analizado es apartado violentamente de sus relaciones reales con el médico en cuanto cae bajo el dominio de una intensa resistencia por transferencia, cómo se permite entonces infringir la regla psicoanalítica fundamental de comunicar, sin crítica alguna, todo lo que acuda a su pensamiento, cómo olvida los propósitos con los que acudió al tratamiento y cómo le resultan ya indiferentes deducciones y conclusiones lógicas que poco antes hubieron de causarle máxima impresión; quienes han podido apreciar justamente todo esto sentirán la necesidad de explicárselo por la acción de otros factores distintos de los ya citados hasta aquí, y en efecto, tales factores existen, y no muy lejos; surgen nuevamente de la situación psíquica en la que la cura ha colocado el analizado.
En la persecución de la libido sustraída a la conciencia hemos penetrado en los dominios de lo inconsciente. Las reacciones que provocamos entonces muestran algunos de los caracteres peculiares a los procesos inconscientes, tal y como nos los ha dado a conocer el estudio de los sueños. Los impulsos inconscientes no quieren ser recordados, como la cura lo desea, sino que tienden a reproducir conforme a las condiciones características de lo inconsciente. El enfermo atribuye, del mismo modo que en el sueño, a los resultados del estímulo de sus impulsos inconscientes, actualidad y realidad; quiere dar alimento a sus pasiones sin tener en cuenta la situación real. El médico quiere obligarle a incluir tales impulsos afectivos en la marcha del tratamiento, subordinados a la observación reflexiva y estimarlos según su valor psíquico. Esta lucha entre el médico y el paciente, entre el intelecto y el instinto, entre el conocimiento y la acción, se desarrolla casi por entero en el terreno de los fenómenos de la transferencia. En este terreno ha de ser conseguida la victoria, cuya manifestación será la curación de la neurosis. Es innegable que el vencimiento de los fenómenos de la transferencia ofrece al psicoanalista máxima dificultad; pero no debe olvidarse que precisamente estos fenómenos nos prestan el inestimable servicio de hacer actuales y manifiestos los impulsos eróticos ocultos y olvidados de los enfermos, pues, en fin de cuentas nadie puede ser vencido in absentia o in effigie.
—Pregunta. ¿Entonces esta predominando la transferencia negativa? (no audible)
—No. El que sea preponderancia de la transferencia negativa: podríamos decir que a mayor enfermedad, mayor intensidad de la transferencia negativa. Podía usted poner un marco en que va desde histeria de conversión, histeria de angustia, neurosis obsesiva, paranoia, esquizofrenia, melancolía. Los montantes de agresión van siendo mayores. Hasta arriba está el acto más agresivo: el acto suicida. También los puede usted valuar como gradientes por el mecanismo de defensa que estén usando, no solo por montante de agresión: aquí abajo va a tener conversión, desplazamiento, obsesiva, transformación en lo contrario, formación reactiva, proyección en la paranoia, introyección en la situación melancólica; y qué mecanismos de defensa prevalecen van a hacer posible el diagnóstico; y estos mecanismos de defensa van a estar en relación con el montante de agresión creciente.
Como les decía hace rato: los síntomas principales constituyen el diagnóstico y los accesorios el pronóstico. Este es un diagnóstico de histeria por los fenómenos sintomáticos, pero tiene como síntomas accesorios síntomas paranoicos, Obviamente el pronóstico no es igual que si fuera una histeria con síntomas obsesivos; o una neurosis obsesiva con sñintomas histéricos accesorios. Tiene mejor pronóstico que una neurosis obsesiva con síntomas accesorios paranoicos.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. Consejos al médico en el Tratamiento Psicoanalítico
11 de diciembre/ 1979
Las reglas técnicas a continuación propuestas son el resultado de una larga experiencia.
Se observará fácilmente que muchas de ellas concluyen en un único precepto.
Espero que su observancia ahorrará a muchos analistas inútiles esfuerzos y los preservará de incurrir en peligrosas negligencias; pero también quiero hacer constar que si la técnica aquí aconsejada ha demostrado ser la única adecuada a mi personalidad individual, no es imposible que otra personalidad médica, distintamente constituida, se vea impulsada a adoptar una actitud diferente ante los enfermos y ante la labor que los mismos plantean.
a) La primera tarea que encuentra ante sí el analista que ha de tratar más de un enfermo al día es quizá la que parecerá más difícil. Consiste en retener en la memoria los innumerables nombres, fechas, detalles del recuerdo, asociaciones y manifestaciones patológicas que el enfermo va produciendo en el curso de un tratamiento prolongado meses enteros y hasta años, sin confundir este material con el suministrado por otros pacientes en el mismo período de tiempo o en otros anteriores.
Cuando se tiene que analizar diariamente a siete u ocho enfermos, el rendimiento mnémico conseguido por el médico ha de despertar la admiración de los profanos, cuando no su incredulidad «y, desde luego, su curiosidad por conocer la técnica que permite dominar un material tan amplio suponiendo que habrá de servirse de algún medio auxiliar especial.
—Como grabadoras, ni apuntes, ni nada. Ustedes no graban lo que les cuentan sus amigos ni toman nota de lo que les cuentan, pero yo creo que el material de cualquier persona que se comunica va saliendo y se va sedimentando y en ningún momento van ustedes a confundir la primera comunión de su amigo Alfredo, con la confirmación de su amigo Víctor. Lo que es más, en términos ya de supervisor, yo no permito que me lleven el material escrito los terapeutas que supervisó. Me comunican mucho más con una exposición de lo que van recordando: la sesión pasada pasó esto o aquello y cómo lo van hilvanando y como lo van expresando. Tiene mucho más sentido que la cosa pueril y mecanicista de ir tomando apuntes.
Yo tuve supervisores que me obligaban a llevar el material escrito y nunca tuve de recurrir a los cientos de libretas de taquigrafía que tenía de un determinado caso. Todo esto sólo sirve para engrosar el número de cosas inservibles que van a tener en sus casas o consultorios.
—Alumno. ¿Y si el supervisado mete algo de su propia cosecha?
—No tiene la menor importancia, porque, digamos, es tan importante lo que meta de su cosecha, como las mentiras que me diga un paciente, porque me las va a decir con su estructura y su personalidad; los dos con una direccionalidad específica y no se puede sustraer a los determinismos inconscientes, lo cual va a hacer que sus mentiras sean iguales que sus verdades y estén colocadas dentro de un mismo contexto histórico, genético, estructural, dinámico, económico, etcétera. Los dos echarían sus mentiras de acuerdo a lo que muestran en el resto de su acontecer terapéutico, de cómo trabaja el supervisado. Me va a mentir con la misma tesitura con la cual interpreta, traba ja, dice, actúa, cobra, omite, etc. etc. Ahora, si quiere engañarme, me va a engañar lo mismo por escrito que hablado.
Otra cosa es cuando ustedes quieren publicar un trabajo. Por ejemplo, mi trabajo presentado con material clínico Los Sueños de un Homosexual, en el curso de seis años de tratamiento. Entonces sí, después de mi sesión tomo los sueños que me contaron y pongo las cosas más sobresalientes a mi manera de ver para elaborar el trabajo. 0 como-Freud en su «Inicio del Tratamiento», en que está muy poco trabajada la primera y la última sesión. Entonces sí, incluso conviene tomarlo hasta con grabadora para tener todos los elementos de la sucesión. Imagínense ustedes: una hora de grabadora, una hora para volver a oírla, otra hora para interpretarlo: y son 3 sesiones a la semana.
Ahora, los pacientes creen que tenemos muy buena memoria, pero no es cierto. Tenemos la misma memoria que cualquier sujeto medio, tal vez con un poco más de entrenamiento, pero lo que pasa es que estamos viendo, guardando y conservando lo que es sustantivo de la comunicación; lo que forma reincidencias, repeticiones, reiteraciones, etc. y que forman imágenes globales, gestalt, una concepción global del sujeto y dentro de esa concepción vamos incorporando determinados detalles que hacen significativa esa imagen global. Y el sujeto cree que tenemos muy buena memoria. Desechamos lo insignificante y guardamos aunque sea un detalle, pero un detalle que le dé significación a una trascendencia.
—Alumna: Al principio ha de ser difícil recordar lo que dice el paciente.
—Sí, pero fíjese: yo como supervisor, lo que pido inicialmente no es el material de tratamiento, sino de apertura pido una buena historia, historia que nunca debería hacer el terapeuta mismo porque el terapeuta está buscando el timing, está buscando el tiempo en que se dan las cosas. Es decir, piensen ustedes en una chica fóbica: cuanto tiempo tardará en exponer espontáneamente una masturbación, o un juego sexual infantil. Ahora, todo esto es adecuado desde el punto de vista del suceder, del tratamiento; pero para hacer la indicación del tratamiento (usted necesita un análisis con tales y tales características, tantas veces por semana, etc.), es importantísimo y sustantivo tener una buena historia.
Si ustedes no hacen historia y hacen un tratamiento de 3 meses de «prueba» que era lo que proponía Freud, el paciente en ese tiempo ya se les «pegó». Entonces sería muy traumático para el sujeto, decirle que «siempre no», cuando podría evitarse eso con una buena historia. Esto se ve frecuentemente en los Centros de Integración, que toman pacientes con males orgánicos (porhistorias mal hechas) y se están tomando como sujetos borderline o una personalidad psicopática y se desperdicia mucho tiempo y esfuerzo en una cosa en que la indicación no está hecha.
Desgraciadamente no están suficientemente organizados los psicoterapeutas (sobre todo en el ejercicio privado de la profesión) para poder tener un cuerpo de profesionales que hagan la historia y que no tengan nada que ver con el tratamiento. Es decir, van a hacer la historia: quiera dar el sujeto los datos o no, dirigida, con un propósito; van a hacer preguntas en todas las áreas: educativa, del desarrollo personal, del desarrollo sexual, del trabajo, etc. En todas las áreas de la historia personal, con el propósito de no asumir ulteriormente una cantidad de tiempo en casos en los cuales no esté indicado una terapia de corte psicoanalítico.
Esto desde el punto de vista de la terapia misma, está totalmente contraindicado para el propio sujeto que está yendo a la terapia, que va a esperar y que va a ser muy importante el tiempo con que nos va presentando el sujeto las cosas; el ritmo con que las va expresando, las características que las va señalando, etc. etc. Como les decía yo a ustedes, como supervisor tiene uno que seguir ciertos trucos. No sólo estamos recibiendo material, sino material de gentes que uno no ve como el terapeuta. Por ejemplo, llega el supervisado. Rápido: —¿a quien me trae? —Ah, me trae usted a «la neurótica del sindicato». Le pongo ese apodo porque es la hija de un jefe, un secretario general de un sindicato, un sindicato fuerte, con mucho prestigio; tiene un Edipo del tamaño de un ferrocarril. Y entonces ya me ubico, hay una área de referencia: «Entró la neurótica sindicalizada». Inclusive no tengo que revisar lo que dije, las notas.
Otro ejemplo. Una chica que supervisa conmigo dos casos. Uno es una niña «popis»; siempre tiene que estar haciendo lo debido, lo adecuado; con una familia que le interesa más la fachada que el contenido de la comunicación familiar. la cual tiene un apellido tan suficientemente significativo de ser una familia importante de México, que a esa no tengo que ponerle ningún apodo, ya que su apellido es de por sí un apodo. La otra paciente entró con una cuadro depresivo porque se le había muerto el marido en un accidente y el cual era bastante dominante, absorbente, etc. etc. Es una viuda de no malos bigotes. Al año del accidente donde murió el marido, se encuentra en el entierro de un conocido a uno de los deudos muy parecido al marido y ahí se ligan. Después de ese ligue tiene otros sucesivos ligues, porque ya dije que era una viuda de no malos bigotes y entonces para mí es «la viuda alegre». Entonces: «Le traigo a «la neurótica sindicalizada» y a «la viuda alegre», y yo ya sé a quién se está refiriendo y es una forma de hacer una gestalt en un momento determinado para ver lo que está pasando, ¿no?
—Pregunta: Si omite el terapeuta supervisado algo importante que afecte inclusive la propia personalidad del paciente, entonces ¿cómo se va a dar usted cuenta?
—Sí se da uno cuenta. Piénsese usted, como maestro, como cuate o como lo que sea, en su relación con otros y otros en su relación con usted, van a tener omisiones, peros esas omisiones van a ser sistemáticas, se van a dar en muchas áreas de la personalidad y al darse en muchas áreas de la personalidad, usted las va a detectar, porque «cae más pronto un mentiroso que un cojo» (usando mentiroso en un sentido muy genérico). Y la gente muestra el cobre. Hablando como supervisor, se da uno cuenta de que el terapeuta se muestra muy cauto con respecto a la interpretación de cierto material y simultáneamente lo percibimos como muy papachoso en su manera de relacionarse con sus pacientes y muy papachoso con sus pacientitos. Y era el hermano mayor que obligaron desde muy chiquito a cuidar a sus hermanitos. Hay una frase que dice que la supervisión, tanto individual como la que se da en seminarios en forma colectiva, es el alma de la enseñanza. Y efectivamente así es. La supervisión es el corazón de la enseñanza y también podríamos decir, en cierto sentido (con todos los peligros y ventajas que esto tiene) es un segundo análisis.
Ahora me he referido a las ventajas, pero hay inconvenientes que son muy significativos. El supervisor debe tener consciencia de que una tendencia del supervisado es hacer una dicotomía entre analista y supervisor y colocar los rasgos buenos o malos en uno u otro para no verlos en la misma persona, como una disociación que le sirve para: —Tan desgraciado que es mi analista y tan cordal que es mi supervisor.
Por ejemplo, si digo que la supervisión es un segundo análisis, es un segundo análisis con técnicas muy distintas a las del primer análisis, o sea el análisis personal. Éstas características son que no nos metemos en el «allá y el entonces» del supervisado. Tenemos que actuar siempre en el estricto marco de la interacción terapéutica. No pertenece ni su vida familiar, ni vida social, ni cómo son susrelaciones (del terapeuta ). La supervisión, a pesar de que es un segundo análisis, no va a ser el marco en que opera el análisis personal, sino va a ser operación en la que de vamos a hacer todo tipo de interpretaciones, pero exclusivamente dentro del marco de esta relación. Nada de qué : —Usted hizo con el paciente, de la misma manera en qué lo hizo en aquella otra ocasión y pareciera que tiene usted una tendencia a hacer esto con sus pacientes de acuerdo con lo que hemos visto en este caso y en aquel caso. O: — Esto es porque su mamá… etc. etc. Este campo no es mi campo y no nos metemos con ningún área distinta de la que está operando aquí, en este campo.
—Alumno. El supervisor de alguna manera conoce al terapeuta, ¿no? de alguna manera lo relaciona con lo guapachoso (por papachoso).
—Sí, pero el que yo conozca X cosas, no quiere decir que lo vaya a decir y a expresar. Es decir, es obvio que si el supervisado llega muy tarde a sus supervisiones, no me importa si llega tarde a otras partes, me importa este marco y si está haciendo una buena formación y un buen planteamiento. Él por sí mismo va a analizar en su análisis personal la relación y la interacción que hay entre sus cosas de ahora y sus cosas de entonces; los propósitos económicos, estructurales, adaptativos, etc. que tiene su manera de proceder, pero son dos situaciones totalmente distintas. Podríamos decir también que la supervisión (como segundo análisis y corazón de la enseñanza) es exclusivamente operacional. La operación es el trabajo de este sujeto.
Ahora, me parece importante definir terrenos. Quise hacer una broma sobre lo que alguien dijo equivocadamente, pero yo no estoy, haciendo de esto un proceso analítico, ni es terapia de grupo, como actualmente están haciendo una enorme cantidad de maestros que están transformando un proceso de enseñanza que tiene un marco y una referencia concreta, en un campo operativo de terapia de grupo.
—Alumno. Y que nos da en la torre.
—Y como les da en la torre, luego se los llevan de pacientes privados, pero el objetivo es obvio: aquí estudiamos a Freud. Otra cosa, es otra cosa.
—Aquí nos vamos a emborrachar. Pues nos emborrachamos, pero que se defina. Ahora, si yo digo: —Voy a cantina con Freud, ustedes me dicen: —No sea usted mamón.
En realidad, esta técnica es muy sencilla. Rechaza todo medio auxiliar incluso, como veremos, la mera anotación, y consiste simplemente en no intentar retener especialmente nada y acogerlo todo con una igual atención flotante.
—Aquí introduce Freud la atención flotante. Yo creo que lo menos «flotante» es la atención que tiene el terapeuta y lo menos libre es la asociación libre. Las asociaciones están tan brutalmente condicionadas por la interioridad del sujeto, que tiene todo menos el que sea libre. En esta comunicación que tengo con ustedes, que no es libre, sino que está condicionada por X factores externos, no se puede ver cual es mi melodía. En tanto que si me acuesto y me pongo a asociar lo que «se me ocurre», no voy a asociar lo que se me ocurra. Podríamos decir en términos de una frase que sí es mía: «No tenemos la neurosis que queremos, tenemos la neurosis que podemos». Y vamos a asociar como podemos. Ahora, el analista tampoco tiene la «atención flotante», es una atención totalmente dirigida a la asociación «no flotante» del paciente. Es decir, estamos «pescando» las cosas que se repiten, que se reiteran.
Nos ahorramos de este modo un esfuerzo de atención imposible de sostener muchas horas al día y evitamos un peligro inseparable de la retención voluntaria, pues en cuanto esforzamos voluntariamente la atención con una cierta intensidad comenzamos también, sin quererlo, a seleccionar el material que se nos ofrece: nos fijamos especialmente en un elemento determinado y eliminamos en cambio otro, siguiendo en esta selección nuestras esperanzas o nuestras tendencias. Y esto es precisamente lo que más debemos evitar.
Si al realizar tal selección nos dejamos guiar por nuestras esperanzas, correremos el peligro de no descubrir jamás sino lo que ya sabemos, y si nos guiamos por nuestras tendencias, falsearemos seguramente la posible percepción. No debemos olvidar que en la mayoría de los análisis oímos del enfermo cosas cuya significación sólo a posteriori descubrimos.
Como puede verse, el principio de acogerlo todo con igual atención equilibrada es la contrapartida necesaria de la regla que imponemos al analizado, exigiéndole que nos comunique, sin crítica ni selección algunas, todo lo que se le vaya ocurriendo.
Si el médico se conduce diferentemente, anulará casi por completo los resultados positivos obtenidos con la observación de la «regla fundamental psicoanalítica» por parte del paciente.
La norma de la conducta del médico podría formularse como sigue: Debe evitar toda influencia consciente sobre su facultad retentiva y abandonarse por completo a su memoria inconsciente. O en términos puramente técnicos: Debe escuchar al sujeto sin preocuparse de si retiene o no sus palabras.
— Fíjense que no es otra cosa lo que acontece en la vida cotidiana. Es decir, ustedes tienen un amigo, un compañero, una novia, y más o menos van a retener, van a establecer un juicio acerca de cómo es, de acuerdo con esa recepción de material que van conservando ustedes inconscientemente. Habrá amigas que hay que saludar en una forma y no darles un beso en el cachete, otras que los saludarán de abrazo, otros que establecerán un «buenos días» con una simple inclinación de cabeza. Es decir, va a adquirir uno un sentido común que va a implicar una capacidad de una interacción personal. Yo no voy a estar en un cine y agarrarle un pecho a la vecina porque me va a dar una bofetada. Yo le acerco una pierna y veo si da jalón… y más o menos voy adecuando a mi conducta la capacidad de respuesta, ¿no?
Pero parece que un hombre común en cuanto entra a Psicología se vuelve un pendejo y entonces quiere usar una serie de reglas que no necesitan ser dichas, que son el resultado del sentido, común de la relación interpersonal, Y luego quieren que de uno reglas fijas: «¿que cómo le hago en el Cine Alameda?» ¡Cómo chingados voy a saber! No hay reglas . Permanentemente quieren una receta: ¿ahora qué le digo a esta muchacha, me le declaro o no?En fin, esto depende de usted y de la muchacha, analice la situación y a ver si es factible o no.
Lo que así conseguimos basta para satisfacer todas las exigencias del tratamiento.
Aquellos elementos del material que han podido ser ya sintetizados en una unidad se hacen también conscientemente disponibles para el médico, y lo restante, incoherente aún y caóticamente desordenado, parece al principio haber sucumbido al olvido, pero emerge prontamente en la memoria en cuanto el analizado produce algo nuevo susceptible de ser incluido en la síntesis lograda y continuarla.
—Es lo que les venía diciendo: una gestalt va a cerrarse en un momento determinado: una vez cerrada esta gestalt, puede incorporar otros elementos, cambiar de tesitura con nuevos elementos que entran y así van ustedes integrando síntesis que les permiten tener una noción que aparentemente es nuestra hipermnesia. No es tener buena memoria, lo que tenemos es que hemos hecho la síntesis: cuando surge material caótico, si no lo podemos, incorporar o si es un material caótico e incongruente que nunca podrá ser integrado, pues lo omitimos.
En este sentido proceden las pruebas proyectivas. ¿Qué va a ser lo importante en las pruebas proyectivas? Lo que va a ser importante no es la lámina X del TAT o la lámina X del Rorscharch; lo que va a ser importante va a ser la repetición de las fórmulas y los modelos con los cuales se repiten las cosas: que hay una manera de ver de lo global al detalle, al detalle del oligofrénico y otra manera ver el detalle , el detalle en lo global. En fin, estamos creando más o menos la gestalt que connota al sujeto; lo otro sería nomás un inventario, y hacer un inventario no implica hacer ciencia.
Piensen en las palabras de Claude Bernard: «Observa, medita y vuelve a observar». Con lo que meditaste de lo observado, vuelve a observar, para ver si volver a observar te permite ratificar o rectificar lo meditado y darle sentido y congruencia y ver si lo que se predica tiene relación con aquello de lo cual se predica. Cuando se sigue este «observa, medita y vuelve a observar» se puede tener además, una posibilidad de predictibilidad, porque vamos a saber con esto que el sujeto que está relatando en su conducta cotidiana, va a proceder en un siguiente episodio de su vida cotidiana-sexual, de trabajo, de juego, etc. etc. Va a seguir procediendo con las mismas pautas, con los mismos troqueles que ya habíamos observado. Si esto es así, este nuevo actuar va a enriquecer lo ya previo.
—Alumno: En este sentido, una conducta muy, muy patológica puede ser entendida de alguna manera…
—Claro. Toda conducta, por bizarra que sea por fuera, puede ser totalmente congruente con la situación anterior.
Hablando de conductas bizarras y hablando de pacientes fóbicos, asocié a una paciente fóbica que tenía un cuadro de urticaria psicosomática brutal a la simple vista o el simple contacto del amarillo con el negro. Rastreando la cosa, era una sujeta que vivía en la colonia Hipódromo; iba al Parque España donde había muchos truenos y había muchos azotadores, que son gusanos negros y amarillos, y un perverso del parque que se dedicaba a jugar con las niñas haciendo que lo masturbaran abajo de esos truenos. La situación se desplazó del episodio real de la observación de este fenómeno; se desplazó, se reprimió en sí y lo que conservó fue el gusano y éste llegó a generalizarse al negro y amarillo . Además, esta sujeta era judía, de familia muy tradicionalista, muy prejuiciosa para todo proceso de asimilación, de ver feo todo lo mexicano o lo cristiano. Esta chica identifica y luego empieza a tener una serie de problemas en su contacto con todo lo que sea de tipo nativo. Ya se están cerrando los círculos. Es decir, existe una identificación entre lo que era perversión y lo que era mexicano y obviamente va a hacer una identificación entre lo que es pene y lo que es prohibido; y obviamente esta chica es frígida; y tiene una serie de fobias a lo que es la desfloración. En fin, se va construyendo toda una Gestalt que abarca cada vez más áreas. Y obviamente tenemos que suponer que en cuanto surjan afectos en la situación terapéutica le va a correr porque va identificar cualquier emergencia de impulsos eróticos desplazándolos. Entonces el que va a ser el gusano amarillo va a ser el pobre terapeuta y el couch va a ser el césped de la Hipódromo y la lámpara va a ser un árbol. Ahora, que si ustedes van a ese Parque un sábado, no va a ser el Parque España, sino el Parque Sinagoga, porque todos los judíos que celebran el sábado con su cápele van a ese parque. La asociación de él, llegó a darle al cápele un significado castrante. Habrá que averiguarlo, pero yo creo que no.
—Alumno: Más bien la circuncisión se asocie con capados.
— Cada quien maneja su gusano como quiere.
Si el médico se conduce diferentemente, anulará casi por completo los resultados positivos obtenidos con la observación de la «regla fundamental psicoanalítica» por parte del paciente.
La norma de la conducta del médico podría formularse como sigue: Debe evitar toda influencia consciente sobre su facultad retentiva y abandonarse por completo a su memoria inconsciente. O en términos puramente técnicos: Debe escuchar al sujeto sin preocuparse de si retiene o no sus palabras. Lo que así conseguimos basta para satisfacer todas las exigencias del tratamiento.
Aquellos elementos del material que han podido ser ya sintetizados en una unidad se hacen también conscientemente disponibles para el médico, y lo restante, incoherente aún y caóticamente desordenado, parece al principio haber sucumbido al olvido, pero emerge prontamente en la memoria en cuanto el analizado produce algo nuevo susceptible de ser incluido en la síntesis lograda y continuarla.
El médico acoge luego sonriendo la inmerecida felicitación del analizado por su excelente memoria cuando al cabo de un año reproduce algún detalle que probablemente hubiera escapado a la intención consciente de fijarlo en la memoria.
En estos recuerdos sólo muy pocas veces se comete algún error, y casi siempre en detalles en los que el médico se ha dejado perturbar por la referencia a su propia persona apartándose con ello considerablemente de la conducta ideal del analista. Tampoco suele ser frecuente la confusión del material de un caso con el suministrado por otros enfermos.
En las discusiones con el analizado sobre si dijo o no alguna cosa y en qué forma la dijo, la razón demuestra casi siempre estar de parte del médico.
—Ahora, cuando un paciente les quiera discutir eso, ustedes cállense. El instrumento más importante que tenemos es el silencio. Entrar en disensión con un paciente siempre es inoperante? Y también acuérdense que nuestra canción es: «Siempre que me preguntas, que cómo, cuándo y dónde, yo siempre te respondo: quizá, quizá, quizá».
b) No podemos recomendar la práctica de tomar apuntes de alguna extensión, formar protocolos, etc., durante las sesiones con él analizado.
—Recuerden que Freud, aparte de 8 o 10 horas de trabajo, escribió con letra gótica, con un excelente estilo que le valió el premio Goethe, 24 volúmenes de sus Obras Completas; tenía correspondencia con Fleiss, correspondencia con Abraham, con Lou Andreas Salomé. Aparte tuvo seis u ocho hijos. ¡Qué barbaridad, a qué horas tenía tiempo para todo esto!
Aparte de la misma impresión que produce en algunos pacientes, se oponen a ello las mismas razones que antes consignamos al tratar de la retención en la memoria.
Al anotar o taquigrafiar las comunicaciones del sujeto realizamos forzosamente una selección perjudicial y consagramos a ello una parte de nuestra actividad mental, que encontraría mejor empleo aplicada a la interpretación del material producido. Podemos infringir sin remordimiento esta regla cuando se trata de fechas, textos de sueños o singulares detalles aislados, que pueden ser desglosados fácilmente del conjunto y resultan apropiados para utilizarlos independientemente como ejemplos.
Por mi parte, tampoco lo hago así, y cuando encuentro algo que pueda servir como ejemplo, lo anoto luego de memoria, una vez terminado el trabajo del día. Cuando se trata de algún sueño que me interesa especialmente, hago que el mismo enfermo ponga por escrito su relato después de habérselo oído de palabra.
—Eso no lo recomiendo yo. Implica que el paciente se da cuenta de una afición, que nos interesan sus sueños y entonces vamos a tener como resistencias que nos traigan unos sueños terriblemente abundantes, copiosos o largos. Sueñas que después de 20 minutos que se tarda en contárnoslo, que:—¿Que querrá decir, qué le parece, doctor? —Pues que es terriblemente largo.
c) La anotación de datos durante las sesiones del tratamiento podía justificarse con el propósito de utilizar el caso para una publicación científica.
En principio no es posible negar al médico tal derecho. Pero tampoco debe olvidarse que en cuanto se refiere a los historiales clínicos psicoanalíticos, los protocolos detallados presentan una utilidad mucho menor de lo que pudiera esperarse. Pertenece, en último término, a aquella exactitud aparente de la cual nos ofrece ejemplos singulares la Psiquiatría moderna.
Por lo general resultan fatigosos para el lector, sin que siquiera puedan darle en cambio la impresión de asistir al análisis. Hemos comprobado ya repetidamente que el lector, cuando quiere creer al analista, le concede también su crédito en cuanto a la elaboración a la cual ha tenido que someter su material, y si no quiere tomar en serio ni el análisis ni al analista, ningún protocolo, por exacto que sea, le hará la menor impresión. No parece ser éste el mejor medio de compensar la falta de evidencia que se reprocha a las descripciones psicoanalíticas.
— Fíjense que cuando nos critican los estadísticos que no tenemos un número significativo de casos…en fin. Freud hizo sus 24 volúmenes con escasos 70 pacientes. Cómo va a se significativa una cosa con ese numero de personas. Pero si se ponen a pensar que cada paciente significa: calculen ustedes el número de horas de proceso analítico que uno trabaja: 50 horas a la semana y a cada paciente se le ha dedicado una hora digamos, por 48 semanas del año; y digamos durante 6 años. Total unas seis mil horas. Los experimentalistas son muy pendejos: piensan que debe tener uno seis mil veintes para saber si sale águila o sol, que no es igual que echar seis mil veces el mismo veinte, que es lo que hacemos, en rigor. Pero ellos quieren que echemos seis mil de montón. Pues no hay modo. ¿Echar seis mil Juanitos? ¿Seis mil casos Dora? Es decir, que nuestra observación de un paciente es muy significativa, mucho más que si juntamos diez mil gentes y las observamos. Ahora, que hay cosas estadísticas muy pendejas: yo no necesito juntar seis mil tipos para decir que todos tiene dos ojos a menos que haya por ahí un Polifemo.
—Alumno: Se puede hacer un buen trabajo con tres personas.
—Claro, pero si usted lo presenta Estudios Superiores, no se lo aceptan. Si usted tiene un hipótesis para una investigación es posible si se hace esta investigación con uno, si se hace exhaustivamente. Yo quiero estudiar los sueños de un homosexual y esto puede ser objeto de un libro, con un paciente que me da 350 sueños en el curso de su tratamiento (6 años) y yo puedo hacer una construcción que puede ser válida y generalizarse a los demás, pero en Estudios Superiores no me la reciben porque es un solo caso. Es decir, el número de casos de ninguna manera va a determinar la profundidad del estudio. Un libro mío, Esterilidad y Fruto, está hecho con dos casos. Yo llevo ya cincuenta mil horas, ya estoy jubilado y ya no quiero demostrar nada.
—Alumno. El doctor Palacios dijo algo que me gusta. Dijo que estando con vida Freud, lo discutían, lo citaban, lo polemizaban, pero no lo consultaban, hasta que Freud dijo: «Si hay alguna duda, ¿por qué no me preguntan qué quise decir realmente? Entonces, ¿qué va a pasar cuando yo muera?
d) La coincidencia de la investigación con el tratamiento es, desde luego, uno de los títulos más preciados de la labor analítica; pero la técnica que sirve a la primera se opone, sin embargo, al segundo a partir de cierto punto.
Antes de terminar el tratamiento no es conveniente elaborar científicamente un caso y reconstruir su estructura e intentar determinar su trayectoria fijando de cuando en cuando su situación, como lo exigiría el interés científico.
El éxito terapéutico padece en estos casos utilizados desde un principio para un fin científico y tratados en consecuencia.
En cambio, obtenemos los mejores resultados terapéuticos en aquellos otros en los que actuamos como si no persiguiéramos fin ninguno determinado, dejándonos sorprender por cada nueva orientación y actuando libremente, sin prejuicio alguno.
La conducta más acertada para el psicoanálisis consistirá en pasar sin esfuerzo de una actitud psíquica a otra, no especular ni cavilar mientras analiza y espera a terminar el análisis para someter el material reunido a una labor mental de síntesis.
La distinción entre ambas actitudes carecería de toda utilidad si poseyéramos ya todos los conocimientos que pueden ser extraídos de la labor analítica sobre la psicología de lo inconsciente y la estructura de las neurosis, o, por lo menos, los más importantes. Pero actualmente nos encontramos aún muy lejos de tal fin y no debemos cerrarnos los caminos que nos permiten comprobar los descubiertos hasta ahora y aumentar nuestros conocimientos.
e) He de recomendar calurosamente a mis colegas que procuren tomar como modelo durante el tratamiento psicoanalítico la conducta del cirujano, que impone silencio a todos sus afectos e incluso a su compasión humana y concentra todas sus energías psíquicas en su único fin: practicar la operación conforme a todas las reglas del arte.
Por las circunstancias en las que hoy se desarrolla nuestra actividad médica se hace máximamente peligrosa para el analista una cierta tendencia afectiva: la ambición terapéutica de obtener con su nuevo método, tan apasionadamente combatido, un éxito que actúe convincentemente sobre los demás.
Entregándose a esta ambición no sólo se coloca en una situación desfavorable para su labor, sino que se expone indefenso a ciertas resistencias del paciente, de cuyo vencimiento depende en primera línea la curación.
La justificación de esta frialdad de sentimientos que ha de exigirse al médico está en que crea para ambas partes interesadas las condiciones más favorables, asegurando al médico la deseable protección de su propia vida afectiva y al enfermo el máximo auxilio que hoy nos es dado prestarle. Un antiguo cirujano había adoptado la siguiente divisa: Je le pensai, Dieu le guérit. Con algo semejante debía darse por contento el analítico.
f) No es difícil adivinar el fin al que todas estas reglas tienden de consuno. Intentan crear en el médico la contrapartida de la «regla psicoanalítica fundamental» impuesta al analizado.
Del mismo modo que el analizado ha de comunicar todo aquello que la introspección le revela, absteniéndose de toda objeción lógica o afectiva que intente moverle a realizar una selección, el médico habrá de colocarse en situación de utilizar, para la interpretación y el descubrimiento de lo inconsciente oculto, todo lo que el paciente le suministra, sin sustituir con su propia censura la selección a la que el enfermo ha renunciado.
O dicho en una fórmula: Debe orientar hacia lo inconsciente emisor del sujeto su propio inconsciente, como órgano receptor, comportándose con respecto al analizado como el receptor del teléfono con respecto al emisor.
Como el receptor transforma de nuevo en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas provocadas por las ondas sonoras emitidas, así también el psiquismo inconsciente del médico está capacitado para reconstruir, con los productos de lo inconsciente que le son comunicados, este inconsciente mismo que ha determinado las ocurrencias del sujeto.
Pero si el médico ha de poder servirse así de su inconsciente como de un instrumento, en el análisis ha de llenar plenamente por sí mismo una condición psicológica. No ha de tolerar en sí resistencia ninguna que aparte de su conciencia lo que su inconsciente ha descubierto, pues de otro modo introduciría en el análisis una nueva forma de selección y deformación mucho más perjudicial que la que podría producir una tensión consciente de su atención.
Para ello no basta que sea un individuo aproximadamente normal, debiendo más bien exigírsele que se haya sometido a una purificación psicoanalítica y haya adquirido conocimiento de aquellos complejos propios que pudieran perturbar su aprehensión del material suministrado por los analizados.
Es indiscutible que la resistencia de estos defectos no vencidos por un análisis previo descalifican para ejercer el psicoanálisis, pues, según la acertada expresión de W. Stekel, a cada una de las represiones no vencidas en el médico corresponde un punto ciego en su percepción analítica.
Hace ya años respondí a la interrogación de cómo podía llegarse a ser analista en los siguientes términos: por el análisis de los propios sueños.
Esta preparación resulta desde luego suficiente para muchas personas, mas no para todas las que quisieran aprender a analizar. Hay también muchas a las cuales se hace imposible analizar sus sueños sin ayuda ajena. Uno de los muchos merecimientos contraídos por la escuela analítica de Zurich consiste en haber establecido que para poder practicar el psicoanálisis era condición indispensable haberse hecho analizar previamente por una persona perita ya en nuestra técnica.
Todo aquel que piense seriamente en ejercer el análisis debe elegir este camino, que le promete más de una ventaja, recompensándole con largueza del sacrificio que supone tener que revelar sus intimidades a un extraño.
Obrando así, no sólo se conseguirá antes y con menor esfuerzo el conocimiento deseado de los elementos ocultos de la propia personalidad, sino que se obtendrán directamente y por propia experiencia aquellas pruebas que no puede aportar el estudio de los libros ni la asistencia a cursos y conferencias.
Por último, la duradera relación espiritual que suele establecerse entre el analizado y su iniciador entraña también un valor nada despreciable.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud.
8 de enero/ 1980
Estos análisis de individuos prácticamente sanos permanecen, como es natural, inacabados.
—Fíjense que aquí hay un gran optimismo de Freud con respecto a la salud de los futuros psicoanalistas, yo creo que los programas que plantean los análisis didácticos son un poquito más complicados que los que plantean los análisis terapéuticos, porque el paciente llega con consciencia de enfermedad; es decir, llega con angustia, porque tiene obsesiones, o porque se siente perseguido, o porque su carácter le crea problemas con los demás, etcétera.
El candidato que llega a análisis para ser analista, dice que llega por eso, que no tiene consciencia de enfermedad, de manera que la labor es más ardua, y tiene uno que llegar desde una situación que ya está comenzada en el enfermo: hacerle sentir que es un enfermo, no un candidato. De ahí que las diferencias en el análisis en cuanto a técnicas, no son ninguna iguales exactamente en el análisis terapéutico y en el análisis didáctico; quizá en cuanto a metas se tengan que cubrir más metas que en el análisis terapéutico. Primero que el sujeto tenga conciencia de que no está todo lo bien que dice estar, sino que deja mucho qué desear. Yo creo que ninguna persona no enferma se sometería a un procedimiento tan terriblemente masoquista: 5 horas por semana, una erogación enorme de dinero; creo que una persona sana, bien adaptada, bien ubicada, con relativos logros, puede sacar una gran utilidad a sus seiscientos pesos, mucho más que sólo acostarse en un couch y pagar seiscientas pesos por cincuenta minutos.
Les decía que eso de que son prácticamente normales es una mentira, pero tienen que pensar en que año se daba esto y eso de analizarse por muchos años, no necesariamente da talento. Ferenzi se analizo durante 3 semanas . Aparte de eso Ferenzi era un genio. Pero un animal jamás llegaría a ser un Ferenzi por más que se analice hasta por seis o siete años. Yo creo que eso de que está curado, ¡pues qué va a estar curado! Es una palabra tan peyorativa, infundada, ¡qué sé yo! Es una valoración muy ambigua, muy abstracta. Yo creo que un análisis debe darse por terminado, cuando uno ya no puede hacer más por el analizado. Cuando de común acuerdo nos percatemos (el paciente y el terapeuta) de que se ha llegado hasta donde se es factible, que ir más allá es perder el tiempo y el dinero. El promedio de duración de los análisis en los Institutos más o menos tradicionales, afiliados o no afiliados a la Internacional, es un promedio de seis años. El análisis didáctico en ocasiones, en ocasiones repito, tiene que ser más largo que el terapéutico. Hay muchos pacientes en el análisis terapéutico que ante el análisis de sus conflictos huyen a la salud —hay huidas a la salud que duran toda la vida.
Esto no se va a permitir en el análisis didáctico, en que el sujeto por lo menos se analiza 6 años, 3 veces por semana. En las Instituciones más o menos serias hay una serie de jerarquías y de torres de marfil, como la siguiente: un sujeto hace sus entrevistas con X número de analistas. Estos analistas se juntan en una Comisión de Enseñanza y discuten los resultados de sus entrevistas y dan el dictamen de si el aspirante es aceptado o no aceptado. Si es aceptado, es el primer eslabón; es aspirante. Para evitar que se racionalice, que se intelectualice (cosa qué no se logra, pero en fin), y para estar percatado de que el sujeto tiene aptitudes para hacer analista se hacen dos años de análisis previo a cualquier tipo de entrenamiento académico. Si el sujeto después de estos dos años y después de la evaluación (no por parte de su analista, que nunca interviene en la evaluación por razones obvias: para mantener y preservar la situación interpersonal de secreto terapéutico) de otro grupo de analistas, cómo ha evolucionado el aspirante y entonces se le da el título de candidato y entra a seminarios teóricos durante un año. Y después, puede tomar su primer caso en tratamiento bajo supervisión (puede tener otros casos porque entonces, de qué va a vivir, de qué se mantiene) . Después de seis meses, si la evaluación es correcta, toma el segundo caso en supervisión. Para entonces ya estamos en el segundo año académico y en el cuarto de haber iniciado [el tratamiento]. Otros dos años de supervisión: seis años en total. Después de estos seis años, si a juicio de la Comisión Dictaminadora el sujeto alcanzó la meta, es nombrado psicoanalista adherente. Los psicoanalistas adherentes tienen voz pero no voto. Después de esto, si el psicoanalista adherente ha llenado los requisitos adecuados, ha presentado los trabajos necesarios, etc. etc., puede ser psicoanalista titular: tiene voz y tiene voto. Después si el psicoanalista quiere dedicarse a la enseñanza y ser psicoanalistas didáctico puede hacer unos cursillos didácticos breves y el primer caso que tiene, debe ser supervisado por un didáctico de más experiencia y ya después que llegó hasta arriba, el sujeto está tan fastidiado que dice-:.¡Váyanse al diablo! Y renuncia.
Aquellos que sepan estimar el gran valor del conocimiento y el dominio de sí mismos en ellos obtenidos, continuarán luego, en un autoanálisis, la investigación de su propia personalidad y verán con satisfacción cómo siempre les es dado hallar, tanto en sí mismos como en los demás, algo nuevo.
—Después veremos, si nos da tiempo, «El análisis terminable e interminable» de 1938. Casi antes de morir, Freud considera que el análisis es interminable y que una manera de obviar las dificultades que surgen en la profesión de analista, es hacer re-análisis cada cinco años, periódicos, breves, acerca de la conflictiva que se desata en la propia situación terapéutica. Los problemas que se le van a suscitar a un sujeto que está en formación analítica son los que tiene con sus propios pacientes, de manera que es un aspecto importarte a analizar. El sujeto va a vivir cuarenta o cincuenta horas de su semana en contacto con problemas interpersonales con pacientes y es muy significativo que estos problemas van a ser tan importantes que es como si dijéramos: —No, hasta que no se casen, estos muchachos no pueden tocarse, ni besarse, ni tomarse la mano. Sería estúpido.
Freud decía que no se tomara ninguna decisión importante en el curso del análisis, dado que serían decisiones circunstanciales y circunscritas. Pero esto cuando los análisis eran de seis meses. Ustedes comprenderán que si no se toma si es una decisión importante en seis años, sobre todo si es una persona joven, en que hay tantas cosas importantes entre los 20 y 26 años o entre los 26 y 32, que si no tiene que tomar decisiones importantes es porque es un bodoque.
Esto suscita una serie de cosas, porque los análisis pueden estar todavía más contaminados, porque como quiera que sea ya conoce uno a todos los analistas del gremio; presentamos trabajos en los mismos grupos científicos, convivimos, somos colegas, tenemos vida social más o menos en común, conocemos nuestras debilidades.
La transferencia es fenómeno casi totalmente endeble en virtud de que yo ya sé de qué pie cojea el que me está haciendo el re-análisis.
En Nueva York en donde hay grupos analíticos muy grandes, donde hay doscientos o trescientos analistas, bien puede ser que yo no conozca a una docena, pero aquí en México, donde hay veinte gatos, uno conoce a todo el mundo, lo cual hace más difícil el problema del re-análisis.
En cambio, quienes intenten dedicarse al análisis despreciando someterse antes a él, no sólo se verán castigados con la incapacidad de penetrar en los pacientes más allá de una cierta profundidad, sino que se expondrán a un grave peligro, que puede serlo también para otros.
—Ustedes se preguntarán: Bueno, ¿Freud no se analizó? En un cierto sentido no, y en un cierto sentido, sí. No se analizó en el sentido clásico; si ustedes hubieran analizado su correspondencia con Fliess (200 o 300 cartas,) que por fortuna Fliess conservó… porque Freud quemó toda la correspondencia que recibía.
Se inclinarán fácilmente a proyectar sobre la ciencia como teoría general lo que una oscura autopercepción les descubre sobre las peculiaridades de su propia persona, y de este modo atraerán el descrédito sobre el método psicoanalítico e inducirán a error a los individuos poco experimentados.
g) Añadiremos aún algunas reglas con las que pasaremos de la actitud recomendable al médico al tratamiento de los analizados. Resulta muy atractivo para el psicoanalítico joven y entusiasta poner en juego mucha parte de su propia individualidad para arrastrar consigo al paciente e infundirle impulso para sobrepasar los límites de su reducida personalidad.
Podía parecer lícito, e incluso muy apropiado para vencer las resistencias dadas en el enfermo, el que el médico le permitiera la visión de sus propios defectos y conflictos anímicos y le hiciera posible equipararse a él, comunicándole las intimidades de su vida. La confianza debe ser recíproca, y si se quiere que alguien nos abra su corazón, debemos comenzar por mostrarle el nuestro.
Pero en la relación psicoanalítica suceden muchas cosas de un modo muy distinto a como sería de esperar según las premisas de la psicología de la conciencia. La experiencia no es nada favorable a semejante técnica afectiva.
—No es solamente nada favorable, sino es del todo desfavorable. Mientras menos se comprometa su vida personal con la situación terapéutica mejor. ¿Usted que cree?, o ¿a usted qué se le ocurre? pero nunca revelar situaciones de intimidad, porque luego las va a cobrar el paciente va tomar alguna de ellas para justificar proyecciones, para justificar negaciones, para darle cabida a cierto tipo de desplazamientos. De aquí que mientras el diseño del proceder terapéutico sea más concreto, consistente y menos revelador, mejor. Mientras sea más constante y sistemática la hora; mientras más estrictamente puntuales seamos en el recibo y despido de la hora analítica, menos tendrá el sujeto la oportunidad de colocar en nosotros… imagínense si le damos una hora analítica de 25 minutos, el sujeto va a justificar que no lo queremos, que no le hacemos caso, en virtud de un episodio banal, intranscendente aparentemente, pero que en un momento determinado puede tener mucha trascendencia. Entonces mientras más consistente, más coherente, más continuo, más sin cambios sea el diseño, mejor.
En México desgraciadamente no se puede diseñar en forma muy consistente las vacaciones porque son muy irregulares, pero en Europa y en Sudamérica, se pone el mes o los meses de vacaciones en una forma terriblemente estricta, académica y con un parámetro cerrado. En Sudamérica las vacaciones de verano son en febrero, todos los demás meses se trabaja de tales a tales horas, de tales a tales días.
En el momento de hacer el contrato se especifica muy bien: horarios, pagar en los primeros cinco días del mes vencido: tanto si asiste como si no asiste; igual que enfermo como, si no está enfermo; sus gripas las paga usted y yo pago las mías. Mientras más estrictos sean en la estructuración inicial del contrato, mejor. Y nada de que: —Oiga, no me podría adelantar el mes porque tengo muchas dificultades económicas— porque ya se fregaron. Ustedes pueden tener sus dificultades económicas, pero tienen que resolverlas solos. De ahí que puedan ser mejores analistas los que tienen resuelto el problema del sustento, porque cuando se es joven, se tienen muchas necesidades: pagar el propio análisis, el sustento, etc. etc. Y el sujeto analizado: —Fíjese doctor que iba por la calle y-me tropecé. —¿Y que se le ocurre- con tropiezo? —Pues que no andaba bien. —Ah, con que no andan bien sus finanzas y usted quiere que tampoco anden bien las mías, ¿no? —eso es que de una manera; muy sofisticada le dicen. —Págueme, ¿no? Y luego que el otro se siente muy perseguido con que hay que pagar.
No es nada difícil advertir que con ella abandonamos el terreno psicoanalítico y nos aproximamos al tratamiento por sugestión.
Alcanzamos así que el paciente comunique antes y con mayor facilidad lo que ya le es conocido y hubiera silenciado aún durante algún tiempo por resistencias convencionales.
Mas por lo que respecta al descubrimiento de lo que permanece inconsciente para el enfermo, esta técnica no nos es de utilidad ninguna; incapacita al sujeto para vencer las resistencias más profundas y fracasa siempre en los casos de alguna gravedad, provocando en el enfermo una curiosidad insaciable que le inclina a invertir los términos de la situación y a encontrar el análisis del médico más interesante que el suyo propio.
—Muy frecuentemente los pacientes se meten con uno, ¿no? Es obvio, por más que uno no quiera dar información, la da. Yo me visto de una manera muy particular y no voy a cambiar mi manera de vestir-y tengo un tipo de reloj, y fumo, y uso un tipo de lentes. Y un tipo que está deglutiendo material, intoxicado con una verborrea analítica va a decir que soy un oral porque fumo mucho. Pues que crea lo que le dé su gana, es asunto de él y yo no le voy a decir: —Pues fíjese que tiene mucha razón, porque aparte de que me gusta mucho fumar, me gusta mucho chupar. —Claro, es usted un borracho, que bla bla ,bla. Pero yo no voy a darle pábulo, ¿no? Yo tengo muchas cosas prehispánicas y: —sí, pinche indigenista—. Y yo callado. No le voy a decir: —Sí, soy un pinche indigenista; usted me siente como un pinche indigenista; a lo mejor usted es un pinche anti-indigenista. y así. Pero no den ustedes, nunca su brazo a torcer.
Esta actitud abierta del médico dificulta asimismo una de las tareas capitales de la cura: la solución de la transferencia, resultando así que las ventajas que al principio pudo proporcionar quedan luego totalmente anuladas.
—Fíjense que una de las cosas que es también distinta en el análisis a el candidato didáctico (distinta del terapéutico) es que la relación con el analista no se interrumpe, al terminar el análisis, porque pasamos a ser del mismo gremio, entonces la situación de separación, de ruptura, es mucho más abrupta en el paciente terapéutico que en el candidato, que a la postre va a seguir viendo al terapeuta en situación de colega, de trabajo, de cosas clínicas.
Muchos pacientes, en base a lo prolongado y lo largo del contacto con el terapeuta del análisis se hacen la ilusión de que terminando el análisis van a ser nuestros amigos, me refiero socialmente. Freud decía que tenemos el privilegio de elegir a nuestros amigos, y vamos a elegir entre los pacientes que queremos que sean nuestros amigos, pero no se nos va a imponer como condición de terminación el ser nuestro amigo a gentes que muy frecuentemente son indeseables. Digo, porque hay análisis que terminan sin que el sujeto se cure y pretenden hacer amistad y no tienen ustedes idea de cómo pueden ser molestos. Tengo una paciente que es muy conocida, que me hablaba a las 3 de la-mañana seis veces a la semana muy angustiada, que qué hacía. —Pues tómese un Alka Seltzer—. Cómo me pregunta una cosa que no pude resolverle en seis años y quiere que se la resuelva por teléfono. ¡Imagínense ustedes, hacer de esta señora mi amiga! Otra persona muy famosa en el mundo psicológico, que está más loca que una chiva; tiene fobia a las chinches; se ha echado seis o siete analistas, creo que tiene 40 años analizándose y sigue igual de chismosa, de metiche y aparte es psicóloga, y: —Quiero ir a visitarte a tu casa. —Sí, pero, yo no quiero.
En consecuencia, no vacilamos en declarar indeseable tal técnica.
El médico debe permanecer impenetrable para el enfermo y no mostrar, como un espejo, más que aquello que le es mostrado.
Desde el punto de vista práctico no puede condenarse que un psicoterapeuta mezcle una parte de análisis con algo de influjo sugestivo para conseguir en poco tiempo resultados visibles, como resulta necesario en los sanatorios; pero debe exigírsele que al obrar así sepa perfectamente lo que hace y reconozca que su método no es el psicoanálisis auténtico.
—Aquí una observación: se vale hacer todo aquello que sea susceptible de ser objeto de análisis, inclusive cambiando las técnicas, dándoles una modalidad distinta. Un paciente puede estar, por ejemplo, cinco o seis sesiones en silencio y yo puedo en un momento determinado, en la sexta hora, por ejemplo, sacar el periódico y ponerme a leer. Obviamente es un acto en que estoy respondiendo con agresión a su agresión. Si yo puedo hacer objeto de análisis mi acto agresivo, por parte del paciente por supuesto, espléndido. Si no puedo hacerlo, no hago nada; nada que no sea susceptible de ser objeto de análisis: en la actuación, en cambio de técnicas, en el ajuste de modalidades técnicas nuevas. No se puede meter ningún ajuste que no pueda ser objeto de análisis. Es decir, en un momento determinado consideramos que puede ser importante para la estrategia y la dinámica de un caso en concreto el decirle al sujeto: —¿Quiere usted un café? Si lo podemos analizar, perfecto. Que significó, qué importancia tuvo para él, qué cambios motivaron, qué se movió en él: perfecto. Pero no hagan nada nunca en psicoterapia que no pueda ser objeto del escrutinio más delicado.
h) De la actuación educadora que sin propósito especial por su parte recae sobre el médico en el tratamiento psicoanalítico se deriva para él otra peligrosa tentación.
En la solución de las inhibiciones de la evolución psíquica se le plantea espontáneamente la labor de señalar nuevos fines a las tendencia libertadas.
—Hay otra cosa importante con respecto al IVA. Muchos terapeutas aumentaron sus honorarios. Eso de: —Es importante que le aumente mis honorarios para que usted valorice más su trabajo—. Son puros cuentos. —A partir del mes entrante, me va a pagar cien pesos más.
—¿Por qué, doctor?
—Porque necesito más dinero. Punto. Todo lo demás es puro cuento. Uno no le aumenta al paciente los honorarios para que valorice más su tratamiento y así le de más significado. Es por el IVA que es el 10%. Ahora que la situación actual está muy difícil, me está usted pagando seiscientos pesos, desde el próximo mes me pagará mil por sesión. ¡Charros!
—Pues que no se los pago.
—Pues no lo trato.
No hay que subirle al pobre infeliz trescientos pesos por el IVA, que sólo son cien. El paciente está tan jodido como ustedes, porque también tiene que pagar el IVA, pero ustedes también son parte del ambiente contemporáneo y el jitomate ha subido.
Me preguntaba una muchacha en supervisión que tiene un chico que cuando entró a terapia ganaba seis mil y ahora gana quince mil; soltero, doscientos pesos la sesión, dos veces a la semana. La terapeuta quería que le pagara cuatrocientos por sesión o sea 3,200 al mes. Y me preguntaba: ¿Y como le digo? —Pues diciéndoselo, así nomás, no dando explicaciones ni rodeos. Me está usted pagando una cantidad que a mi manera de ver es insuficiente. A partir del mes entrante me pagará usted el doble. Ahora que a esa información va a venir todo tipo de reacciones, según la estructura caracterológica de cada quien. Se siente perseguido: —Lo único que le importa a usted es mi dinero, es usted un sinvergüenza, es usted un metalizado; etc. etc. y otro: —Ay, sí doctor, claro que sí, ya lo había pensado; yo quisiera subirle a quinientos, no a cuatrocientos. Estos son los mas raros.
Ahora, que no ha sido tan fuerte la devaluación en México para gentes que tenemos una cierta posición económica como para que nos friegue una cosa como que subió el jitomate, pero para las gentes que están en formación, sí es muy importante. Lo ideal sería que viviéramos en un país en el cual se pudiera mantener el mismo precio desde el principio hasta el final. Y en México nos ha ido bien, en Argentina ha habido devaluaciones hasta de tres mil por ciento.
—Pregunta: ¿Y no se puede plantear desde el principio del encuadre, decir que cada X tiempo aumentarán mis honorarios?
— No, no, no. Fíjese que hasta hace pocos años, tres o cuatro, se cobraba en dólares por estar apegados a una realidad más concreta. El dólar es una moneda relativamente sólida. En Argentina empezaron a hacerlo porque un día el dólar podía costar cien pesos argentinos y al día siguiente doscientos y al mes siguiente trescientos. Además, somos mañosos, le aseguro que si mañana se revalúa el peso, no bajamos la cuota. Subimos cuando se devalúa, pero no bajamos si se revalúa. Tenemos que actuar lo más honestamente posible y lo más concretos posible. Un terapeuta tiene muchos gastos: formación, mantener a su familia, etc. etc. No vamos a decirle: —Mire, no tome una decisión importante. Primero analice usted y luego se casa. Se va a estar 6 años de novio y le va a dar neurosis de angustia, neurosis actuales, fastidiosis aguda, etcétera.
No podremos entonces extrañar que se deje llevar por una comprensible ambición y se esfuerce en hacer algo excelente de aquella persona a la que tanto trabajo le ha costado libertar de la neurosis, marcando a sus deseos los más altos fines.
Pero también en esta cuestión debe saber dominarse el médico y subordinar su actuación a las capacidades del analizado más que a sus propios deseos. No todos los neuróticos poseen una elevada facultad de sublimación. De muchos de ellos hemos de suponer que no hubieran contraído la enfermedad si hubieran poseído el arte de sublimar sus instintos.
Si les imponemos una sublimación excesiva y los privamos de las satisfacciones más fáciles y próximas de sus instintos, les haremos la vida más difícil aún de lo que ya la sienten.
Como médicos debemos ser tolerantes con las flaquezas del enfermo y satisfacernos con haber devuelto a un individuo «aunque no se trate de una personalidad sobresaliente «una parte de su capacidad funcional y de goce. La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica.
— Frecuentemente recibimos este tipo de observaciones: —Yo me analicé con fulano de tal. —¡Qué barbaridad!, pero si sigues igual de mal. Y no, estaba mucho peor antes y no se pudo llegar al grado en que la visualiza X años después. Ya vimos en el Hombre de los lobos, que después de haberse analizado con Freud siguió con Ruth Brunswick, que por muchos datos del historial hecho por Freud descubre X años después que es el Hombre de los lobos y que tenía una neurosis no de lobo sino de chiva .
Los analistas que atacan muy frecuentemente por esto: El psicoanálisis lo más que puede ofrecer, a mi manera de ver es cambios en una conducta determinada, pero nunca cambios en la estructura. Yo puedo hacer que un sujeto neurótico obsesivo que va a analizarse a los 15 años, logre ser un buen contador público titulado con su neurosis obsesiva y su estructura; le di un cambio direccional a su problemática. Probablemente a un sujeto con instintos sádicos muy intensos y fuertes, encuentre una adecuada canalización en la cirugía, pero la estructura no la he cambiado. Si pudiera yo cambiar las estructuras, podría hacer análogos a todos mis pacientes y obviamente, aún terminando en las condiciones más ideales su análisis, cada quien va a conservar su estructura y va a desarrollarse, dentro de esa estructura, con líneas más funcionales —pero dentro de esa estructura.
Ningún tipo de terapia cambia la estructura, por más que se les de ataráxicos o apendéjicos que apuntan a eso: algunos van a ser menos obsesivos y otros menos perseguido, la visión popular de la vida humana es mucho más profunda en el saber popular: el que gordo aunque lo fajen; el que es perico… , y el que es maceta… Puede ser que la maceta en vez de estar toda chorreada se transforme en una maceta más o menos limpiecita, pero va a estar en el corredor o puede ser que le pongan violetas porque es más funcional el tamaño, o que le pongan espárragos, pero va a seguir siendo maceta. Podríamos poner en su epitafio: Esta fue maceta y seguirá siendo maceta por toda la eternidad. Los analistas se enojan porque digo esto, pero tengo treinta años trabajando en estas brujerías y realmente no he cambiado ninguna estructura y en esto estoy de acuerdo con Freud, y no con otros autores que confunden un episodio transitorios con una situación estructural. En el libro sobre la homosexualidad de Bibring se da un porcentaje tan alto de curaciones en la homosexualidad, lo cual implica un cambio de estructura o sea hacer de un homosexual un heterosexual, pero nada más que está tomando en su estadística la casuística de situaciones transitorios y circunstanciales en la adolescencia y entonces obtiene un porcentaje brutal. Yo nunca, he curado a un homosexual, nunca y he tenido muchos casos en tratamiento. Freud decía: «Es tan difícil hacer de un homosexual un heterosexual, como hacer de un heterosexual un homosexual».
¿Qué es lo que logramos? Logramos hacer homosexuales menos enfermos, menos agresivos, menos virulentos, más creativos; que manejen una serie de pulsiones que antes manejaban destructivamente, con igual corriente homosexual, pero más constructivamente. Lo mismo que hacemos con un heterosexual. Es tan falaz la concepción de: —Vengo a tratarme porque soy homosexual, es como decir: —Vengo a tratarme por que soy heterosexual, o porque soy rana, o sapo.
Pero, además, debe tenerse en cuenta que muchas personas han enfermado precisamente al intentar sublimar sus instinto más de lo que su organización podía permitírselo, mientras que aquellas otras capacitadas para la sublimación la llevan a cabo espontáneamente en cuanto el análisis deshace sus inhibiciones. Creemos, pues, que la tendencia a utilizar regularmente el tratamiento analítico para la sublimación de instintos podrá ser siempre meritoria, pero nunca recomendable en todos los casos.
i) ¿En qué medida debemos requerir la colaboración intelectual del analizado en el tratamiento? Es difícil fijar aquí normas generales. Habremos de atenernos ante todo a la personalidad del paciente, pero sin dejar de observar jamás la mayor prudencia. Resulta equivocado plantear al analizado una labor mental determinada, tal como reunir sus recuerdos, reflexionar sobre un período determinado de su vida, etc.
—Imagínense si le damos ese margen a un obsesivo, ¡híjole!, nos atosiga con sus sueños. —Por favor, tengan en cuenta sus sueños, apúntenlos. Al rato tenemos ochocientos sueños como una defensa total contra la situación de comunicarse, de expresarse. 0 el sujeto nos va-a hacer una descripción muy minuciosa, muy detallada de su día, tendríamos una historia minuciosa, muy detallada de puras imbecilidades, ninguna significada ni significativa. Si lo que cobra significado es aquello justamente que se hace sin propósito y que va a estructurándose como material que se comunica, en base a analogías, a diferencias, a repeticiones, a reiteraciones, a anulaciones, etc. etc.
Por el contrario, tiene que aceptar algo que ha de parecerle muy extraño en un principio. Que para llegar a la solución de los enigmas de la neurosis no sirve de nada la reflexión ni el esfuerzo de la atención o la voluntad, y sí únicamente la paciente observancia de las reglas psicoanalíticas que le prohíben ejercer crítica alguna sobre lo inconsciente y sus productos.
La obediencia a esta regla debe exigirse más inflexiblemente a aquellos enfermos que toman la costumbre de escapar a las regiones intelectuales durante el tratamiento y reflexionan luego mucho, y a veces muy sabiamente, sobre su estado, ahorrándose así todo esfuerzo por dominarlo.
Por esta razón prefiero también que los pacientes no lean durante el tratamiento ninguna obra psicoanalítica; les pido que aprendan en su propia persona y les aseguro que aprenderán así mucho más de lo que pudiera enseñarles toda la bibliografía psicoanalítica.
Pero reconozco que en las condiciones en que se desarrolla la cura en sanatorio puede ser conveniente servirse de la lectura para la preparación del analizado y la creación de una atmósfera propicia.
—Mangos, ahí menos todavía. Ahí ni siquiera que lean a los divulgadores del psicoanálisis, ya no digamos el psicoanálisis. Imagínense ustedes la atmósfera del tratamiento psicoanalítico en instituciones cerradas; debe hacerse con la máxima actitud de lucidez prístina, no contaminada con cosas de tipo intelectual. Ahora, sí habría un cambio, no derivado de lo que estamos leyendo, sino derivado otra cosa, de lo que dice Rapaport: el yo sano es un yo que tiene una cierta autonomía e independencia con respecto al mundo interno y con respecto al mundo externo. O sea, si estuviera totalmente esclavizado al mundo externo, sería un robot: no tendría fantasías, no tendría sueños, no tendría nada de lo que es el mundo interior. Si por el contrario, lo privamos de todos los estímulos; lo metemos en un cuarto cerrado, oscuro, sin luz, sin ritmo circadiano, etc. etc. el sujeto se va a poner a alucinar y todo su interior va a salir al exterior. Esto es lo que hace que la técnica en psicóticos se modifique. Un psicótico no solamente está asociando libremente, sino re-libremente. Ahora, gran parte de sus delirios tienen un cierto enganche en la realidad, o sea que en un momento determinado el sujeto está en el sanatorio y piensa que en el terreno de enfrente que está viendo desde la ventana, están unos ovnis que lo van a atacar. Lo que está enfrente en realidad, es un depósito de llantas viejas que él ha visto como ovnis. El enganche aquí a la realidad son las llantas en tanto que las llantas tienen cierto parecido con los ovnis, y bla bla bla.
Aquí, como lo que está reprimido es la realidad, no el mundo interior que ha salido a borbotones, lo que hay que fortalecer son los enganches a la realidad. Entonces en estos cuadros lo menos apropiado es: —Acuéstese, señor. No, —siéntese, ¿aquí que pasó?
—Que ya vienen las musarañas.
—A ver, ¿cuáles, señor?, enséñeme las musarañas, ¿no? Pues parece que es una telaraña.
—Ah, sí.
Finco la realidad, porque lo que está reprimido es la realidad. En el neurótico lo que está reprimido es la fantasía. Entonces acuéstenlo, pónganlo en un cuarto oscuro, que hable lo que quiera, no comuniquen ustedes nada. A un autista cuando se quiere comunicar con ustedes decirle: —Quizá, quizá, quizá. O ¿usted qué cree?, es una técnica totalmente imbécil.
Si el sujeto después de X meses nos pregunta que hora es, y yo: —¿Ud. que cree? Pues no: —son las ocho y cinco. Las estrategias psicoterapéuticas tienen que diseñarse a la carta, no puede haber comidas corridas: completamente a la carta.
En cambio, no deberá intentarse jamás conquistar la aprobación y el apoyo de los padres o familiares del enfermo dándoles a leer una obra más o menos profunda de nuestra bibliografía.
Por lo general, basta con ello para hacer surgir prematuramente la hostilidad de los parientes contra el tratamiento psicoanalítico de los suyos, hostilidad natural e inevitable más pronto o más tarde, resultando así que la cura no llega siquiera a ser iniciada.
—Aquí enuncia una cosa que es muy importante. Yo no he tratado nunca niños ni adolescentes y no lo he hecho, básicamente porque en esos casos uno depende de los padres que pagan la terapia y como ellos van a juzgar qué está bueno o no está bueno de acuerdo a su convivencia; que el niño era limpísimo, empieza a jugar con tierra y a ser cochino: se esté poniendo muy mal y lo sacan de la terapia. Y como ellos manejan los centavos… Yo no recomendaría nunca la terapia de un niño sin la terapia del padre más importante. Sistemático.
Terminaremos manifestando nuestra esperanza de que la progresiva experiencia de los psicoanalíticos conduzca pronto a un acuerdo unánime sobre la técnica más adecuada para el tratamiento de los neuróticos. Por lo que respecta al tratamiento de los familiares, confieso que no se me ocurre solución alguna y que me inspira pocas esperanzas su tratamiento individual.
—Alumno. No entendí ese párrafo.
—Lo que está indicando es que tratar de explicarnos nuestras hostilidades, nuestros afectos, etc. en términos intelectuales, no conduce a nada; o sacar un libro y decir: —Pues sí, fíjese que estas prohibiciones corresponden al superyó, no sirve de nada. Lo que sirve es que el sujeto se entregue a la regla fundamental, que es decir lo que se le ocurra, sin poner objeciones de que esto si lo debo decir y esto no lo debo decir; que deje expresarse su inconsciente, es cuando está trabajando en la situación terapéutica.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. La Iniciación del tratamiento. 1913
15 de enero/ 1980
Si intentamos aprender en los libros el noble juego del ajedrez, no tardaremos en advertir que sólo las aperturas y los finales pueden ser objeto de una exposición sistemática exhaustiva, a la que se sustrae, en cambio, totalmente la infinita variedad de las jugadas siguientes a la apertura. Sólo el estudio de partidas celebradas entre maestros del ajedrez puede cegar esta laguna. Pues bien: las reglas que podemos señalar para la práctica del tratamiento psicoanalítico están sujetas a idéntica limitación.
—Aquí es totalmente al revés de lo que pasa en el ajedrez. Sabemos cómo se inicia, pero hay tantas variaciones sobre el final… Por ahí hay un articulito mío que se llama «Terminación de Análisis» y por él verán ustedes que los criterios de terminación son tan variados como casi todos los autores. Según Melanie Klein, cuando se hayan manejado las situaciones clásicas defensivas, fóbicas y esquizoides; según otros, cuando la transferencia esté resuelta y según otros bla bla bla. Hay mil variedades sobre la terminación del análisis.
Hubo un Congreso Psicoanalítico Panamericano, en el que presentamos la ponencia de «Terminación de Análisis,» un trabajo conjunto hecho por mí y por Parres creo, de tal manera que la terminación es muy difícil. Ahora, las partidas celebrada entre maestros del ajedrez son relativamente escasas. Los problemas de terminación son terriblemente variados, muy poco definidos y terriblemente inciertos.
Es muy importante que las reglas que va a dar aquí Freud las tengan muy en mente, porque lo que empieza bien, acaba bien. Van a ver ustedes que los fracasos, las desavenencias que tienen ustedes con los pacientes se deben a que el contrato no se hizo en forma adecuada, no fue lo suficientemente categórico en los términos del planteamiento. Si el contrato se plantea bien en cuanto a honorarios, iniciación, horas, tiempo, etcétera van a evitarse una enorme cantidad de dificultades subsecuentes.
Los analistas, excepto los estudiantes, tienen una gran dificultad en exponer su manera de trabajar. En cierto sentido es corresponder: debe haber tanto de interpersonal, tanto pudor en la interacción que tiene el terapeuta con un paciente, que muy escasamente se registran en la literatura analítica casos de exhausión. Se relatan casos pero sin que veamos la interacción palabra por palabra entre el terapeuta y el paciente. Hay un librito donde ustedes pueden ver paso a paso cómo son las jugadas y es el Caso Dominique, de Francoise Dolto, en siglo XXI. También hay el caso del niño de la Nezahualcóyotl, que sus padres se fueron a comer unos tacos y mientras un perro hambriento entró a la casa y emasculó al niño. Tiene 30 sesiones seguidas paso a paso y me parece que es de Celia Díaz de Mathman, pero no estoy seguro. Los casos que se han enfrentado son casos de niños, porque como quiera que sea, nos vemos menos involucrados emocionalmente al expresar toda la situación interna, íntima, transferencial en nuestro carácter de padres con un niño, que en nuestro carácter de hombres con una mujer o de una mujer con un hombre. Es más tolerable toda la relación contratransferencial paternal que la relación contratransferencial amatoria. Probablemente es por eso.
Yo tengo un trabajo que no he publicado, pero que constituyó el tema de un workshop de tres días de trabajo que se llama la última sesión y que es una revisión de la ultima sesión de cuatro o cinco pacientes ya sobre aviso de que va a ser la última sesión. Tengo mucho material, pero no he sabido cómo organizarlo en una forma coherente y adecuada. Lo interesante que encontramos es que en la última sesión se encuentra la estructura de toda la vida del paciente y de la primera sesión; que la estructura tomó direcciones muy variables, pero que en la última sesión la estructura es la misma. De ahí que digamos que la incambiabilidad de la estructura va a hacer que todos nuestros pacientes que han terminado con su análisis sean distintos los unos de los otros, porque va a terminar con su estructura que es la propia, genuina, históricamente desarrollada. Van a darle cambios a su dirección, pero la estructura es la misma en la primera, en el curso y en la última sesión.
En el presente trabajo me propongo reunir algunas de estas reglas para uso del analítico práctico en la iniciación del tratamiento. Entre ellas hay algunas que pueden parecer insignificantes, y quizá lo sean. En su disculpa he de alegar que se trata de reglas de juegos que han de extraer su signiicación de la totalidad del plan. Pero además, las presento tan sólo como simples «consejos», sin exigir estrictamente su observancia. La extraordinaria diversidad de las constelaciones psíquicas dadas, la plasticidad de todos los procesos psíquicos y la riqueza de los factores que hemos de determinar se oponen también a una mecanización de la técnica y permiten que un procedimiento generalmente justificado no produzca en ocasiones resultado positivo alguno, o inversamente, que un método defectuoso logre el indeseado. De todo modos, estas circunstancias no impiden señalar al médico normas generales de conducta.
Ya en otro lugar hemos consignado toda una serie de indicaciones relativas a la selección de los enfermos para el tratamiento analítico.
—Aquí puedo darles dos consejos: 1. Ustedes establezcan en su diagnóstico en base a los síntomas principales y el pronóstico en base a los síntomas secundarios. No tiene igual evolución un histórico con síntomas principales histéricos y síntomas accesorios obsesivos que un histérico con síntomas accesorios paranoicos. El pronóstico es bastante peor en el segundo de los casos. 0 un sujeto obsesivo con síntomas accesorios histéricos y un obsesivo con síntomas accesorios esquizofrénicos, tienen pronóstico totalmente diverso en virtud de los datos, signos de los síntomas secundarios. 2. Otra cosa que me parece muy importante en la selección de enfermos. A mí, más que el diagnóstico (no importa que esté más loco que una chiva o que tenga muy poca patología) lo que me interesa saber es qué ha hecho el sujeto: ha tenido hijos, esposa, los ha criado, ha tenido un empleo, ha destacado en la primaria, etc. etc. Cualquier signo que sea positivo como resultado de la situación terapéutica. Es decir, más que diagnóstico, yo evalúo los logros yoicos para tomar un paciente o no tomarlo. Hay sujetos con muy poca patología peros sin ningún logro yoico, o con muy pobres logros yoicos, y hay sujetos con mucha patología, pero con logros yoicos muy significativos
No habré, pues, de repetirlas aquí, y sólo haré constar que en el intervalo han sido plenamente aceptadas por otros psicoanalíticos. Pero sí añadiré que ulteriormente he tomado la costumbre de advertir a aquellos enfermos sobre los cuales poseo pocos datos que, en principio, sólo provisionalmente, y por una o dos semanas, puedo encargarme de ellos,
—Ahora, fíjense ustedes que eso de encargarse provisionalmente de ellos tiene sus bemoles. Si nos cuesta trabajo rechazar a un paciente que no hemos visto más que una hora, imagínense en la época de Freud, en que veía a sus pacientes doce veces en dos semanas. Con todo lo que implica la iniciación misma del tratamiento. Lo ideal sería trabajar en equipo, que el que haga el diagnostico sea uno y el que haga la labor terapeuta sea otro, porque el terapeuta después está tratando de extraer a destiempo la mayor cantidad de datos para hacer un buen diagnóstico y está preguntando cosas que no van a aflorar espontáneamente en el sujeto sino que afloran por la presión de un interrogatorio dirigido. Así estarán preguntando a un sujeto que a lo mejor iba a tardarse seis, siete u ocho meses en relatar experiencias homosexuales o en relatar actos sádicos, o relatar X o Y situación y ustedes están promoviendo que se los cuente de entrada sin darse ustedes, como terapeutas, la oportunidad de ver cómo va aflorando el material, que es tan importante como el propio material. Esto si trabajan en una organización clínica donde hay varios terapeutas, porque en la práctica privada, los peores pacientes son los que toman los candidatos, los estudiantes y los primerizos. Tenemos más experiencia los viejos, pero tienen más entusiasmo los jóvenes. Por eso los viejos tenemos más éxito que los jóvenes, porque tenemos sujetos menos enfermos.
—Pregunta. Doctor, trabajando en una institución el que hace el diagnóstico saca el material, ¿pero se entera del diagnóstico el terapeuta?
—No, no debe saberlo. Lo ideal es que no se entere, porque hay que dejarse uno sorprender como terapeuta por la emergencia.
—Alumno. Bueno, ¿entonces para que serviría el diagnóstico?
—Para la indicación. Van a necesitar una terapia de apoyo, una terapia de profundidad, etc.; para hacer la indicación precisa: este Sr. Fulano de tal, visto por el terapeuta Zutano, tiene un diagnóstico muy general, un diagnóstico muy vago y requiere una terapia analítica. Punto. El otro terapeuta no se entera. También hay una cosa muy curiosa. En términos generales, cuando tiene uno mucha clientela, habitualmente recibe uno a los pacientes ya sabiendo cuánto pueden pagar, cuál es el precio del analista adecuado, dado el precio y a la situación económica y esto lo hace el que entrevista en todas las áreas. Entonces ya sabe uno que terapeuta tiene hora disponible, lo envía con él y el terapeuta no sabe ni madre de lo que se habló con la paciente y empieza su procedimiento técnico de acuerdo a lo que él considera más adecuado.
y de este modo, cuando me veo obligado a interrumpir el análisis, por estar contraindicado, ahorro al enfermo la penosa impresión de una tentativa de curación fracasada, pues considera el hecho como un mero sondeo realizado para llegar a conocer el caso…
—Ustedes saben que la relación interpersonal de dos semanas crea necesaria e inevitablemente una liga muy importante y eso de que sea un sondeo son frases solamente.
…y decidir si le es o no aplicable el psicoanálisis. Es este el único medio de prueba de que disponemos, y no conseguiríamos nada intentado sustituirlo por una serie de interrogatorios que, además, nos llevarían el mismo tiempo o quizá más. Pero a la par que un ensayo previo, constituye la iniciación del análisis y ha de seguir por tanto, sus mismas normas. Sólo podremos diferenciarlo algo del análisis propiamente dicho dejando hablar preferentemente al enfermo y no suministrándole más explicaciones que las estrictamente indispensables para la continuación de su relato.
Esta iniciación del tratamiento con un período de prueba de algunas semanas tiene, además, una motivación diagnóstica. Muchas veces, al encontranos ante una neurosis con síntomas histéricos u obsesivos, no muy acentuada y relativamente reciente, esto es, ante una de aquellas formas de neurosis que consideramos más apropiadas para el tratamiento analítico, tenemos que preguntarnos, sin embargo, si no se tratará de un caso inicial de una demencia precoz (esquizofrenia, según Bleuler, o parafrenia, según mi propuesta), que al cabo de más o menos tiempo mostrará francamente todo el cuadro sintomático de esta afección. A mi juicio, la decisión no es en estos casos nada fácil. Sé que hay psiquiatras que rara vez vacilan en este diagnóstico diferencial, pero también estoy convencido de que se equivocan tan a menudo como los demás.
—Hay un cuadro clínico que se llama la pseudoneurosis esquizofrénica, que de fachada parece neurosis y en el fondo es esquizofrenia, y realmente un procedimiento diseñado para que emerja lo inconsciente va a esquizofrenizar más a un esquizofrénico ya de por sí autista, retraído, etc. Y todo el diseño del parámetro analítico es un diseño en el cual hay poca comunicación, hay poco relato. Se le priva al sujeto de anclaje con la realidad.
Pero los errores de este género son mucho más fatales para el psicoanalítico que para el psiquíatra clínico, pues en ninguno de los dos casos posibles emprende éste nada decisivo; se expone solamente al peligro de cometer un error teórico, y su diagnóstico no tiene más que un interés académico. En cambio, si el psicoanalítico yerra en su diagnóstico, incurrirá en una falta de carácter práctico, impondrá al enfermo un esfuerzo inútil y desacreditará su terapia. Si el enfermo no padece una histeria ni una neurosis obsesiva, sino una parafrenia, no podrá mantener el médico su promesa de curación y, por tanto, deberá poner de su parte todo lo posible para evitar un error de diagnóstico. En un tratamiento de ensayo, prolongado algunas semanas, puede ya tener ocasión de observar manifestaciones sospechosas que le determinen a no llevar más adelante la tentativa. Desgraciadamente, no puede tampoco afirmarse que tal ensayo nos facilite siempre un diagnóstico seguro; es tan sólo una precaución más.
Las conferencias prolongadas con el enfermo antes de dar principio al tratamiento analítico, la sumisión anterior de aquél a otro método terapéutico y la existencia de una relación de amistad entre el médico y el enfermo determinan ciertas consecuencias desfavorables, a las que debemos estar preparados. Motivan, en efecto, que el enfermo se presente ante el médico en una actitud de transferencia ya definida, que el médico habrá de ir descubriendo poco a poco en lugar de encontrar ocasión de observar el crecimiento y la constitución de la transferencia desde su principio. El paciente nos lleva así durante cierto tiempo una ventaja que sólo a disgusto le concedemos en la cura.
Debe desconfiarse siempre de aquellos enfermos que nos piden un plazo antes de comenzar la cura.
—Piensen que un sujeto que pide un plazo; un sujeto que pide una entrevista, habla por teléfono y falta, es mejor que ya no la reciban a la siguiente llamada. Así es la evaluación pronóstica. Imagínense la emoción que implica la remoción de afectos que se suscita con el simple hecho de que: mañana tengo mi primera cita. Que ante esa situación el sujeto falte, la cancele, pida posponerla, etc. implica que se están moviendo muy pocos afectos con respecto al significado del procedimiento que va a emprender como para que nos aventemos a esa aventura tan larga.
La experiencia nos ha demostrado que es inútil esperar su retorno al expirar la tregua acordada, incluso en aquellos casos en los que la motivación del aplazamiento, o sea la racionalización de su propósito de eludir el tratamiento, parecería plenamente justificada para un profano.
El hecho de que entre el médico y el paciente que va a ser sometido al análisis, o entre sus familias respectivas, existan relaciones de amistad o conocimiento, suscita también especiales diicultades. El psicoanalista del que se solicita que se encargue del tratamiento de la mujer o el hijo de un amigo, puede prepararse a perder aquella amistad, cualquiera que sea el resultado del análisis.
—De aquí que sean tan difíciles los tratamientos con niños, porque como el niño o el adolescente no trabaja, cualquier cambio, cualquier modificación del sujeto con nuestro tratamiento está a merced de la decisión del padre con respecto a lo que es bueno o malo para el niño; no lo lleva, no paga., etc. De ahí que no se haga análisis con el niño,si no es análisis combinado, simultáneo de la pareja o de la parte más importante de la pareja: el padre o la madre; y así se llama la técnica: Análisis madre vía hijo.
No obstante, deberá sacrificarse si no encuentra un sustituto en el que pueda confiar.
Tanto los profanos como aquellos médicos que todavía confunden el psicoanálisis con un tratamiento de sugestión suelen atribuir gran importancia a las esperanzas que el paciente funde en el nuevo tratamiento. Juzgan que tal o cual enfermo no habrá de dar mucho trabajo por entrañar una gran confianza en el psicoanálisis y estar convencido de su verdad y su eficacia. En cambio, tal otro suscitará graves dificultades, pues se trata de un escéptico que niega todo crédito a nuestros métodos y sólo se convencerá cuando experimente en sí propio su eficacia. Pero, en realidad, la actitud del paciente significa muy poco; su conffianza o desconfianza provisional no supone apenas nada, comparada con las resistencias internas que mantienen las neurosis. La confianza del paciente hace muy agradable nuestro primer contacto con él, y le damos, por ella, las más más rendidas gracias, pero al mismo tiempo le advertimos también que tan favorable disposición se estrellará seguramente contra las primeras dificultades emergentes en el tratamiento.
—Aquí, Freud es un gran hipócrita.
Al escéptico le decimos que el análisis no precisa de la confianza del analizado y que, por tanto, puede mostrarse todo lo desconfiado que le plazca, sin que por nuestra parte hayamos de atribuir su actitud a un defecto de su capacidad de juicio, pues nos consta que no está en situación de poderse formar un juicio seguro sobre estas cuestiones; su desconianza no es sino un síntoma como los demás suyos y no habrá de perturbar, de modo alguno, la marcha del tratamiento, siempre que, por su parte, se preste él a observar concienzudamente las normas del análisis.
—Más bien son los actos de confianza los que hacen más difícil el análisis didáctico. El futuro analista que va a análisis, tiene toda su confianza en el análisis. ¡Mangos! Eso dice, pero nos va a costar mucho trabajo que se atreva a decirnos que nunca ha creído en eso, que son brujerías, que son cuentos chinos; porque el candidato que se atreva a decir eso, pues, piensa que es ir contra la Santísima Trinidad,
Para las personas conocedoras de la esencia de la neurosis no constituirá sorpresa ninguna saber que también los individuos plenamente capacitados para someter a otros al análisis se conducen como cualquier mortal y pueden producir resistencias intensísimas en cuanto pasan a ser, a su vez, objeto de análisis. Estos casos nos procuran de nuevo una sensación de la tercera dimensión psíquica, y no encontramos nada sorprendente hallar arraigada la neurosis en estratos psíquicos a los que no ha descendido la ilustración psicoanalítica.
Otra de las cuestiones importantes que surgen al iniciar un análisis es la de concertar con el paciente las condiciones de tiempo y de dinero.
Por lo que se refiere al tiempo, sigo estrictamente y sin excepción alguna el principio de adscribir a cada paciente una hora determinada. Esta hora le pertenece por completo, es de su exclusiva propiedad y responde económicamente de ella, aunque no la utilice.
—En tiempos de Freud era de 50 minutos, porque Freud necesitaba un paciente más, no porque fuera a descansar; así que no era porque iba a orinar, porque para orinar es mucho tiempo. Más o menos nos las ingeniamos con las llegadas tarde para ir al baño. Ahora son de 45 minutos y también es por la misma razón: meter más pacientes.
Yo recomiendo que si no tienen un horario muy complicado, siempre den las mismas horas porque se crea una constante bastante más condicionada si es lunes, miércoles y viernes a las 10 de la mañana. que si es lunes a las 10, miércoles a las 8 de la noche, viernes a las 3 de la tarde. Hay mucho más marco de consistencia y continuidad con los días y horas fijos.
Estaba yo leyendo una entrevista que le hicieron a la Mahler y ella llama al proceso educativo, el principio de constancia que es lo más importante; lo más neurotizante en el desarrollo infantil es la falta de principio de constancia; aunque la constancia sea dar de golpes al niño, es menos negativo porque hay una constancia a la cual responde el niño, que tener actitudes de varios mensajes que alternan y alteran la relación del niño con su progenitor. Repito lo que he dicho ya: sus gripas las paga usted. Y la cuestión vacacional respecto al párrafo siguiente de Freud.
Semejante condición, generalmente admitida en nuestra buena sociedad cuando se trata de un profesor de música o de idiomas, parecerá acaso muy dura en cuanto al médico y hasta incorrecta desde el punto de vista profesional. Se alegarán quizá las muchas casualidades que pueden impedir al paciente acudir a una misma hora todos los días a casa del médico y se pedirá que tengamos en cuenta las numerosas enfermedades intercurrentes que pueden inmovilizar al sujeto en el curso de un tratamiento analítico algo prolongado.
—Pareciera, y es una constancia y una observación muy referida por muchos terapeutas, que los pacientes en análisis casi no se enferman o si se enferman es con gripas tan leves que no dejan de ir. Así es la condición humana.
Pero a todo ello habré de explicar que no hay la menor posibilidad de obrar de otro modo. En cuanto intentásemos seguir una conducta más benigna, las faltas de asistencia puramente «casuales» se multiplicarían de tal modo, que perderíamos sin fruto alguno la mayor parte de nuestro tiempo. Por el contrario, manteniendo estrictamente el severo criterio indicado, desaparecen por completo los obstáculos «casuales» que pudieran impedir al enfermo acudir algún día a la consulta y se hacen muy raras las enfermedades intercurrentes, resultando así que sólo muy pocas veces llegamos a gozar de un asueto retribuido que pudiera avergonzanos.
—Fíjense que llega a condiciones tan extremas el condicionamiento psíquico de los analistas que: —¿Por qué llegó usted tarde? etc., etc. (relato nuevamente de Anna Freud con los bombardeos.)
En cambio, podemos continuar seguidamente nuestro trabajo y eludimos la contrariedad de ver interrumpido el análisis en el momento en que prometía llegar a ser más interesante y provechoso. Unos cuantos años de practicar el psicoanálisis siguiendo estrictamente este principio de exigir a cada enfermo la retribución correspondiente a la hora que se le ha señalado, la utilice o no, nos convencen decisivamente de la importancia de la psicogenia en la vida cotidiana de los hombres, de la frecuencia de las «enfermedades falsas» y de la inexistencia del azar. En los casos de enfermedad orgánica indubitable, que el interés psíquico no puede, naturalmente, excluir, interrumpo el tratamiento y adjudico a otro paciente la hora que así me queda libre, a reserva de continuar el tratamiento del primero cuando cesa su enfermedad orgánica y puedo, por mi parte, señalarle otra hora.
Por lo general, trabajo diariamente con mis enfermos, excepción hecha de los domingos y las fiestas muy señaladas, viéndolos, por tanto, seis veces por semana.
—Todo esto ha tenido que variar, porque calculen a seiscientos pesos la hora, son 3,600.00 a la semana; 14,400 en los meses de 4 semanas; en los meses de 5, serían 18,000. Se han tenido que reducir las sesiones semanales, de 6 a 5 porque ya son precios inaccesibles.
En los casos leves, o cuando se trata de la continuación de un tratamiento ya muy avanzado, pueden bastar tres horas semanales. Fuera de este caso, la disminución de las sesiones de tratamiento resulta tan poco ventajosa para el médico como para el enfermo, debiendo rechazarse desde luego al principio del análisis.
—Ustedes me dirán: —¿qué diferencia hay entre un análisis de tres veces por semana a uno de seis. El proceso de la continuidad, de la continuación, de seguir más inmediatamente la sucesión del acontecer psíquico del paciente por una parte y por la otra, la intensidad de la relación transferencial. Además, fíjense: vive uno. no en la neurosis, sino en la psicosis total de la transferencia. Sabe uno que tiene que ir al día siguiente y decir todo lo que: hizo uno el día anterior y «eso no lo quisiera contar». ¡Pero que barbaridad! Entonces la transferencia es tantísimo más intensa y adquiere caracteres mucho más vivaces en seis veces por semana, que en tres.
Hay ocasiones en las que es conveniente que no se cree una transferencia de esas: en los psicóticos, digamos, con determinados tipo de características; o en las técnicas de Alexander, en la cuales tienen ustedes un obsesivo con una psicosis obsesiva; un obsesivo serio que le cae como anillo al dedo una sesión diaria, incluso iría los domingos a las 6.52 de la mañana, ¿no? Pero a ese sujeto justamente se señala una estrategia diseñada para el paciente especial y se le aplica una técnica de análisis eventual: que nunca sepa cuándo va a ir a terapia. Que llega la terapia: —Nos vemos dentro de 15 días. Llega a los 15 días, se le da una sesión y: —Nos vemos mañana o nos vemos la tarde (dos veces en el día inclusive). Es decir, hacer el diseño totalmente distinto, porque para un muy buen obsesivo la mejor manera de transformar su neurosis obsesiva en neurosis analítica es eso. Si no, van a pasar 18 años de análisis y él contentísimo ¿no? Y pongo una barrera contra transferencial, porque es un paciente muy seguro y representa un ingreso muy seguro, pues está bueno, ¿no?
Una labor más espaciada nos impediría seguir paso a paso la vida actual del paciente, y la cura correría el peligro de perder su contacto con la realidad y desviarse por caminos laterales. De cuando en cuando tropezamos también con algún paciente al que hemos de dedicar más de una hora diaria, pues necesita ya casi este tiempo para desentumecerse y comenzar a mostrarse comunicativo. Aún cortas interrupciones oscurecen la labor (fines de semana).
—Aquí está anunciando Freud una cosa que se puso de moda hace poco: las, sesiones sin límite de tiempo. El paciente está en psicoanálisis común y corriente: tres veces por semana y de cuando en cuando se le da una sesión sin límite de tiempo. El paciente está acostado en el couch una hora, 2, 3, 4, 5 horas y entra a desorganizarse, por supuesto. Es una intensidad de comunicación que el sujeto se desorganiza. Quien tiene experiencia, en esto de las sesiones sin límite de tiempo es Remus. No estoy en contra de esto, pero me parece que un proceso muy importante es el de elaboración. La palabra en inglés de elaboración suena mejor: working through, un trabajar a través de… No nomás es recordar, no nomás es repetir, hay que elaborar y el elaborar lleva tiempo. «¿Cuánto va a durar mi tratamiento? ¿Qué tiempo necesita usted para curarme de mi enfermedad?» Mi respuesta siempre es: —No sé— así de concreto. Y no le ofrezco nada. Y ustedes creen que se va a ir, pero no, van a tener más clientela, porque la condición humana así es. Si ustedes ofrecen el oro y el moro, probablemente no vuelvan a la siguiente sesión. Yo ahora, como no me afecta la inflación en mis ingresos, cobro lo mismo; pero cuando estaba más joven, la inflación no me lo permitía. Ahora, cuando aumenten, aumenten.
—Pregunta: ¿Hay algún tiempo conveniente, al principio, al final de la sesión para decírselo?
— No, pero lo oportuno es a la entrada: Voy a tomar vacaciones tal día. Las cosas importantes qué decir son al principio, para que el sujeto elabore; si no, el sujeto se va, vuelve hasta él miércoles y hace sus elaboraciones allá, consulta con otros pacientes, en vez de decirnos «ratero» directamente. Con mucha frecuencia los pacientes nos dicen lo más importante de los 45 minutos en el último segundo.
Al principio del tratamiento suelen también dirigir los enfermos al médico una pregunta poco grata: ¿Cuánto habrá de durar el tratamiento? ¿Qué tiempo necesita usted para curarme de mi enfermedad? Cuando previamente le hemos propuesto comenzar con un período de ensayo, podemos eludir una respuesta directa a estas interrogaciones, prometiendo al sujeto que, una vez cumplido tal período, nos ha de ser más fácil indicarle la duración aproximada de la cura. Contestamos, pues, al enfermo como Esopo al caminante que le preguntaba cuánto tardaría en llegar al final de su viaje; esto es, invitándole a echar a andar, y le explicamos tal respuesta alegando que antes de poder determinar el tiempo que habrá de emplear en llegar a la meta necesitamos conocer su paso. Con esto, salvamos las primeras dificultades, pero la comparación utilizada no es exacta, pues el neurótico puede cambiar frecuentemente de paso y no avanzar sino muy lentamente a veces. En realidad, resulta imposible fijar de antemano la duración del tratamiento.
—Es lo que les decía a ustedes: que desgraciadamente la psicología nació al lado de la medicina; si hubiera nacido al lado de la teoría del aprendizaje… nadie pregunta en cuanto tiempo va a aprender a tocar guitarra. Pues depende de cómo la quiera tocar y depende de lo que pueda enseñar yo, a ver hasta dónde llega. Unos nomás llegan a cancioneros y otros llegan a ser guitarristas de primera.
La ignorancia de los enfermos y la insinceridad de los médicos se confabulan para exigir del psicoanálisis los más desmedidos rendimientos en un mínimo de tiempo. Véase, si no, el siguiente extracto de una carta que me ha dirigido hace pocos días una señora rusa. Tiene cincuenta y tres años; viene enferma hace veintitrés, y desde hace diez se halla incapacitada para toda labor algo continuada. Los «tratamientos seguidos en diversos sanatorios» no han conseguido devolverla a la «vida activa». Espera obtener la curación por medio del psicoanálisis, sobre el cual le han llamado la atención sus lecturas. Pero su enfermedad ha costado ya tanto dinero a su familia, que no podría prolongar su estancia en Viena más allá de dos meses. Además, tendrá que hacer sus comunicaciones por escrito, pues está segura de que el solo hecho de rozar sus complejos provocará en ella una explosión o la «hará enmudecer por algún tiempo». En general, no puede esperarse de nadie que levante con los dedos una pesada mesa como podría levantar un ligero escabel. ni que construya una casa de siete pisos en el mismo tiempo que una choza; pero cuando se trata de las neurosis, hasta las personas más inteligentes olvidan la proporcionalidad necesaria entre el tiempo, el trabajo y el resultado. Todo ello no es sino una consecuencia perectamente comprensible de la profunda ignorancia general en cuanto a la etiología de las neurosis. Como no se sabe de dónde han venido, se supone que un buen día desaparecerán como vinieron.
Los médicos apoyan este feliz optimismo, e incluso los más eminentes estiman a veces muy por bajo la gravedad de las enfermedades neuróticas. Un colega que me honra con su amistad y que después de elaborar muchos a1os bajo distintas premisas científicas ha aceptado las del psicoanálisis, me escribía en una ocasión: «Lo que necesitamos es un tratamiento cómodo, breve y ambulatorio de las neurosis obsesivas.»
—Es tan idiota esta concepción… Lo que necesitamos es una terapia cómoda, cuya relación sea breve, no intensa; que nos permita resolver las cosas fácilmente, etc. etc. Si pensamos que la neurosis es historia, pues tardamos años en aprender español, empezamos con mamá, papá. Ahora, aprendimos una conducta que tiene todas las características de ser una conducta que es un idioma patológico: transformar a un sujeto a que hable otro idioma, pues cuesta mucho trabajo. Hay la idea de que nos enfermamos por un trauma. Costó muchos años enfermarnos, pero nos enfermamos: 5 o 6 años, pero nos enfermamos. Y cuesta más trabajo curarnos que enfermarnos, porque hay que rehacer toda una relación artificial a una edad tardía en la cual las capacidades de aprendizaje son menores que en la primera infancia; y si nos enfermamos de veras en seis años, pues va a costar mucho trabajo curarnos de veras en 6 años y lo más probable es que no nos curemos ni en diez, sólo nos medio curamos.
Como no podía satisfacerle, me disculpé, todo avergonzado, con la observación de que también los internistas se alegrarían mucho de poder hallar, para el cáncer o la tuberculosis, una terapia que reuniera tales ventajas.
Contestando ya directamente a la interrogación, declararemos que el psico.análisis precisa siempre períodos prolongados, desde un semestre hasta un año cuando menos, y desde luego mucho más prolongados de lo que por lo general espera el enfermo. Estamos, pues, obligados a hacérselo saber así, antes que se decida deinitivamente a someterse al tratamiento. Por mi parte, me parece lo más digno y también los más conveniente advertir desde un principio al enfermo las dificultades de la terapia analítica.
—Ustedes se enfrentarán con esto frecuentemente. Esta es la condición humana. Es tan snob nuestra sociedad de consumo, que la gente alardea: —¿Cuántos años llevas de tratamiento? —Pues como 7. — Uh, no es nada, yo llevo 10. —Y cuanto pagas? —400 pesos. —Uh, yo pago 800. Y es de niño bien portarse muy bien; llegar a la hora; pagar más, en fin…
Freud decía en 1913 cómo conservar pacientes, y en «Análisis terminable e interminable» decía: «Mi problema ya no es cómo conservarlos, sino cómo echarlos, no se van». El problema, es cómo se van los pacientes, y eso que la situación es muy distinta de 1913 a la actual, que hasta hay listas de espera. Se piensa que si hay muchos analistas habría menos trabajo, pero no. Mientras más analistas hay más trabajo hay, porque hacen su ronchita: que dan clases en esta Facultad, que en Ciencias Políticas, que en Filosofía. Hay trabajo para todos los grupos y eso que hay como 70 estudiantes por año, en promedio, y son 3 años = 210 muchachitos que necesitan tener pacientes y del mismo cuero salen las correas. Les cobran, muy caro por enseñarlos y ellos, trabajan como enanos tres o cuatro años, pero todo se lo lleva el terapeuta y la Asociación, pero ellos a su vez también cobran. Y ahí va la cosa. .
—Alumno: Eso de presumir de los años de tratamiento, del pago etc. competir entre niños bien, ¿es enfermedad o estupidez?
—Las dos cosas, porque si usted. se pone a pensar en qué tipo de clase social ubicaría este diálogo, lo ubicaría así: muchachas jóvenes (25 a 35 años), casadas, judías, con maridos ricos, que viven en Tecamachalco y que compítela por todo: quien tiene más criadas, quién tiene más jardín, quién viaja más al extranjero, quién tiene mejor analista: el mío es mejor que el tuyo. Pues yo pago más… en fin, compiten por todo. Es una sociedad de clientela de estos muchachitos salidos de las asociaciones, son judíos.
Y esto pasa igual en Nueva York, con esa sociedad tan competitiva de inmigrantes; con una cultura consumista y competitiva. Este es un rasgo más, de igual manera competir sobre el salón dé belleza, quién perdió más en las cartas, en la canasta, etc. etc. pues obviamente su enfermedad personal, es un reflejo de su enfermedad social. A la postre, estas mujeres se enferman porque son unos fracasos, no han hecho nada en su refregada vida más que ir al Israelita en la primaria y al Tarbut en la secundaria y fuera de eso, nada. Son muy poco creativas.
—Pregunta: ¿Entonces la enfermedad es una mala higiene de los ideales?
—Sí, sí. Ahora, ya no diga entre pacientes sino en grupos analíticos, se mide en un cierto sentido la salud mental por los ingresos. Se confunde salud mental con los ingresos; entonces, para muchos aspirantes a analistas, es estar mejor. Ahí la competencia está diciendo: —Yo estoy muy bien en mi análisis; he progresado; gano tanto; ya no soy tan masoquista como era antes y bla bla bla, y ahí se va la escalada.
… y los sacriicios que exige, evitando así que el día de mañana pueda reprocharnos haberle inducido a aceptar un tratamiento cuya amplitud e importancia ignoraba. Aquellos enfermos que ante estas noticias renuncian al tratamiento, habrían de mostrarse seguramente más tarde poco adecuados para el mismo, y de este modo realizamos ya desde un principio una selección muy conveniente. Con el progreso de la ilustración psicoanalítica de los enfermos va aumentando el número de los que pasan esta prueba.
—Es lo que les digo: se necesita un cierto grado de masoquismo para entrar a una terapia analítica, y para continuar en ella también, y para aumentar los pagos, también.
Por otra parte, rehusamos comprometer a los pacientes a seguir el tratamiento durante un período determinado y les permitimos abandonarlo cuando quieren, aunque sin ocultarles que la interrupción de la cura iniciada excluye todo posible resultado positivo y puede provocar un estado insatisfactorio, como una operación no llevada a término. En los primeros años de mi actividad psicoanalítica me era dificilísimo mover a los enfermos a proseguir el tratamiento.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. La Iniciación del Tratamiento, 1913.
22 de enero/ 1980
La abreviación de la cura analítica continúa siendo una aspiración perfectamente justificada, a cuyo cumplimiento se tiende, según veremos, por diversos caminos.
—En la actualidad, por ningún concepto se tiende a hacer la cura más corta; más bien la tendencia es a ver cómo se hace más larga .
Desgraciadamente, se opone a ella un factor muy importante: la lentitud con que se cumplan las modificaciones anímicas algo profundas. Cuando situamos a los enfermos ante la dificultad que supone el largo tiempo necesario para el análisis, suele encontrar y proponernos una determinada solución. Dividen sus padecimientos en dos grupos, principal y secundario, incluyendo en el primero aquellos que les parecen más intolerables, y nos dicen: «Si logra usted librarme de tal o cual síntoma (por ejemplo, del dolor de cabeza o de una angustia determinada), ya veré yo de arreglármelas con los demás.»
—Ahora, hay procesos patológicos que sí implican la necesidad de utilizar procedimientos distintos en la psicoterapia analítica, porque ponen en peligro la vida de un paciente. Por ejemplo en una anorexia nerviosa, que como saben son dos los síntomas principales: la anorexia y la frigidez. Ahora, la anorexia es de tal magnitud y de tal volumen y de tal irreductibilidad, que las pacientes se pueden morir de hambre (generalmente se da en mujeres); entonces como ustedes comprenderán, no le puede decir uno: —A ver, cuénteme su sueño, ¿no? O, a ver, cuénteme lo que pasó en su infancia. O hacer un procedimiento largo. Se supone que es una emergencia en que la transfusión, la sugestión, la hipnosis se valen. Se vale todo. 0 tienen ustedes un caso de melancolía con cuadro agudo en el que ustedes ven combinaciones en que el paciente se va a suicidar. Entonces no va uno a andar con: —Cuéntame tu vida. Lo que hay que hacer es protegerlo, internarlo, darle custodia; porque un verdadero deseo de muerte, con todos los custodios del mundo, en los mejores sanatorios, encuentran la manera de colgarse de la llave de la puerta, o del picaporte, o de lo que sea.
Entonces, en términos generales, al paciente psiconeurótico no le vamos a decir cuánto dura la cura, o cuánto no dura; o qué vamos a hacer o qué no vamos a hacer. En términos generales no estamos en las condiciones del que escribió este artículo. En la actualidad tenemos suficiente,seguridad en el procedimiento como para hacernos más parcos en cuanto a lo que señala durante el contrato en la iniciación del tratamiento. Por eso les decía la última vez que es muy importante que el contrato sea muy concreto, muy específico y riguroso; y que no deje duda en cuanto a tiempo, a honorarios, vacaciones.
Pero al pensar así estiman muy por alto el poder electivo del análisis. El médico analista puede, desde luego, alcanzar resultados positivos muy importantes, pero lo que no puede es determinar precisamente cuáles.
—Hay otro cuadro que se da con cierta frecuencia que se llama la huida a la salud. En este cuadro de huida a la salud, muy frecuentemente algunos enfermos que tienen este tipo de proceder huyen a la salud porque ya no quieren seguir indagando. Mejor me curo y ahí lo dejamos. Si estas huidas a la salud fueran permanentes, pues qué bueno, ¿no? Pero habitualmente son transitorias y se dan sobre todo en la iniciación de la fase del tratamiento.
Inicia un proceso, la resolución de las represiones existentes, y puede vigilarlo, propulsarlo, desembarazar de obstáculos su trayectoria, o también, en el peor caso, perturbarlo. Pero en general el proceso sigue, una vez iniciado, su propio camino, sin dejarse marcar una dirección, ni mucho menos la sucesión de los puntos que ha de ir atacando.
—En cierto tipo de cuadros psiconeuróticos, podemos variar la estrategia de nuestra técnica y diseñar, en términos generales, un menú a la carta y no una comida corrida. Me estoy refiriendo sólo a unos cuadros. Por ejemplo: un neurótico obsesivo que en términos generales, su técnica fundamental y su proceder sustantivo es el aislamiento; que por otra parte es un sujeto que lo que evita son los afectos. Para laneurosis del paciente ideal se usa el couch, porque el couch es un procedimiento que tiende a aislar. Muy frecuentemente con este tipo de personas, lo más indicado para la estrategia y su menú a la carta, sería sentarlo a cara a cara, para que no se refugie en el proceder del aislamiento.
En un psicótico o un esquizoide, dado que tiene mucha pérdida de contacto con la realidad, es intensificar los contactos con esa realidad, independientemente que signos el curso de asociaciones, interpretación, importancia del pasado. Muy frecuentemente yo les haría a ustedes esta indicación: en términos generales, en sujetos que tienen una gran tendencia a la actuación (psicópatas) me parece una indicación muy importante meterlos a un grupo, porque así estarían ustedes protegidos por otros siete sujetos, porque su tendencia a la actuación va a estar controlada por los otros siete pacientes, ¿no? Por eso los diseños van a hacerse de acuerdo al caso individual, y mientras sea más diseñado a la carta el procedimiento con un paciente en concreto, más éxito tendrán tanto en la selección como en el manejo de la técnica que van a seguir. Por eso también les decía que sería ideal que un terapeuta hiciera la entrevista y otro la entrevista diagnóstica, porque esas entrevistas diagnósticas no solamente iban a señalar el diagnóstico para seleccionar el caso y evaluar pronóstico para tener cierto tipo de perspectivas, sino que también servirían como diagnóstico para el diseño de la estrategia, que sería siempre determinada en función de las necesidades, de lo más operativo para la interacción con un paciente.
—Pregunta: Tratándose de neuróticos como del obsesivo… como que estamos metiendo variables, que en realidad se supone que no deben meter, entonces no se puede interpretar…
—Claro, claro que sí. Yo con un obsesivo común y corriente no lo haría, lo acostaría; pero eso que llamamos las psicosis obsesivas, en las cuales el sujeto se dedica a llenar de paja, a refutarnos minuciosamente toda la sesión cosas intrascendentes: A las 7:15 me levanté y fíjese que encontré que la colcha estaba un poco sucia, etc. y así los 50 minutos… Quien va más allá de estas cosas es Lacan, pero él si que se sale de toda norma ortodoxa, porque en un momento determinado está muy aburrido el paciente y él saca su periódico; o en 5 minutos que el paciente no habla, le dice: —Nos vemos dentro de 8 días, o el jueves, cuando tenga usted algo que contarme que yo pueda utilizar.
—Alumno. Entonces la técnica de Lacan va en contra de todas las técnicas clásicas….
—Claro, claro, para hacer cualquier variable necesitamos saber cual es la técnica clásica y, conociéndola, saber en qué medida se salen en una situación o en otra. En 1952 estaba de moda la técnica de Rosen, que implica identificarse con el delirio del paciente (psicóticos). Se obtiene una buena información de la historia del paciente (hacerse socio = socia) y delira uno junto con él: nos persiguen, esto, aquello, se mete uno debajo de la cama junto con él, etcétera. Esta es una técnica sin límite de tiempo, son sesiones exhaustivas. Esto se hace en sanatorio por supuesto y hasta las enfermeras pensaban que yo me había vuelto loco también, porque me encontraban debajo de la cama con el paciente, pero la situación es esta: como el paciente psicótico siempre tiene situaciones de anclaje, por escasas que sean, entonces uno desde el delirio empieza a darles ciertos indicios, interpretaciones de realidad, para anclarlo más en la realidad. Esta técnica estuvo muy en boga por el año 52 y era terriblemente costosa para el pacientes (sesiones de 7 a 8 horas) y terriblemente fatigante para el terapeuta.
Esto dejó de estar de moda y, en fin, no sirve para mayor cosa. Funcionan más las técnicas de juicio de realidad de Frieda Fromm Ritman, en términos de constancia, consistencia de horario, de programa y demás. Son menos aparatosas, pero a la postre el sujeto, el psicótico, se empieza a vincular con el terapeuta en virtud de la constancia; lo que llamaría La Malle del principio de constancia de la situación terapéutica. Todas las técnicas que veamos, por bizarras que sean, por heterodoxas que sean, a la postre tienen que conocer ustedes el modelo clásico para de ese modelo hacer las variaciones adecuadas para el caso concreto. Es muy importante conocer el modelo clásico que implica la constancia, la regularidad.
De este modo, con el poder del analista sobre los fenómenos patológicos sucede aproximadamente lo mismo que con la potencia viril. El hombre más potente puede, desde luego, engendrar un ser completo, pero no hace surgir solamente en el organismo femenino una cabeza, un brazo o una pierna, ni siquiera determinar el sexo de la criatura. No hace tampoco más que iniciar un proceso extraordinariamente complicado y determinado por sucesos antiquísimos, proceso que termina con el parto.
—Subrayé aquí «el proceso que termina con el parto», porque es la primera vez que Freud introduce una esquiparación de ciertos procesos psicológicos con ciertos procesos biológicos. La palabra proceso de duelo, referida como frase al tiempo que transcurre en que uno realmente decide, totalmente, que ha perdido al objeto, no se hace en el momento preciso de la muerte del objeto sino que se hace paulatinamente, cada vez que apercibimos que ya no estamos con el sujeto ausente. Vamos a un cine: —Ay, aquí vine con fulano en tal y en tal ocasión. Se está haciendo ahí un fragmento de todo el proceso de la pérdida del objeto total. En otra ocasión: —Ay, que no está aquí ya fulano, que estuve en esta comida con él. Y asi. Pareciera que, como el parto, el duelo no es un acto que sucede y punto, sino un acto que se tiene que ser elaborando: en inglés es working through. Hay que hacer una elaboración de la pérdida del objeto.
Subrayé eso porque desde aquí Freud hace equiparaciones de los procesos biológicos y procesos psicológicos que se caracterizan por ser un fenómeno de lentitud, de cronicidad, de paulatino trabajo: trabajo de parto, trabajo de duelo. El parto comienza con dolores mosca y termina con la expulsión del producto y el duelo se inicia con la pérdida del objeto y luego con la paulatina y sucesiva toma de consciencia de la pérdida de ese objeto en todas sus funciones y en todas sus interacciones con nosotros.
También la neurosis de un individuo posee los caracteres de un organismo, y sus fenómenos parciales no son independientes entre sí, sino que se condicionan y se apoyan unos a otros. No se padece nunca más que una sola neurosis y no varias que hayan venido a coincidir casualmente en el mismo individuo.
—No es exacto. Muy frecuentemente nos encontramos con síndromes mixtos, con neurosis que puedan encubrir psicosis; las psiconeurosis que encubren esquizofrenias, etcétera.
Un enfermo al que, siguiendo sus deseos, hubiéramos libertado de un síntoma intolerable, podría experimentar a poco la dolorosa sorpresa de ver intensificarse, a su vez, hasta lo intolerable, otro síntoma distinto, benigno hasta entonces. Todo aquel que quiera hacer lo más independiente posible de sus condiciones sugestivas (esto es, de sus condiciones de transferencia) el éxito terapéutico, obrará cuerdamente renunciando también a los indicios de influencia electiva de que el médico dispone. Para el psicoanalista, los pacientes más gratos habrán de ser aquellos que acuden a él en busca de la más completa salud posible y ponen a su disposición todo el tiempo que le sea preciso para conseguir su restablecimiento. Naturalmente, sólo pocos casos nos ofrecen condiciones tan favorables.
—No pasa en la actualidad así. Ya los decía que los terapeutas nuevos tienen los casos más pobres y los casos más enfermos, por ende menores éxitos; y no se debe a su bondad terapéutica, sino que como están muy pobretones reciben a cualquier loco. Los analistas que tenemos muchos años de ejercerse tenemos mejores resultados terapéuticos no por nuestra antigüedad, sino porque los pacientes están menos enfermos, ¿no? Si bien es cierto que los analistas que tenemos muchos años de ejercer seleccionamos a pacientes con más dinero y menos enfermedad y obviamente tenemos mejores resultados terapéuticos no por nuestra antigüedad, sino porque los pacientes están menos enfermos. Si bien es cierto que los viejos pueden tener más experiencia, nunca tienen el entusiasmo que tienen los jóvenes, y creo que experiencia versus entusiasmo, es muy preferible el entusiasmo.
Otra de las cuestiones que deben ser resueltas al iniciar un tratamiento es la referente al dinero; esto es, al montante de los honorarios del médico.
—Fíjense que esto es interesante. Estos pudores siguen existiendo. Por ejemplo, en el consultorio: —¿Quiere que le pague ahora, doctor? —Si, quiero que me pague. —¿Ahorita? —Sí, ahorita. —¿Ahoritita? —Sí, ahoritita. Eso de que —Como usted quiera, cuando pueda, no es nada, etc. son farsas e hipocresías que inclusive padecemos los médicos. Con eso del juramento de Hipócrates, Júpiter, Zeus y todos los Dioses del Olimpo, cuando un médico tiene un hijo enfermo y llama al médico pediatra, que por su juramento Hipocrático no le va a cobrar al colega. Habitualmente hace todas sus consultas y deja al último al hijo del colega que no le va a pagar la consulta. Y es natural, otro es negar la situación; pero en el médico van a ser 2 o 3 consultas que no va a cobrar, pero aquí son 6 años y 3 veces a la semana: si tengo cuatro médicos, pues ya me morí de hambre, ¿no?
—Pregunta no audible: ….inclusive cobrar menos cuando el paciente no tiene posibilidades económicas…
—A la postre siempre se sabe cuales son los precios del mercado. Fíjese que los lugares donde hay mas chismes en el mundo son tres: las casas de putas, los conventos y las asociaciones psicoanalíticas. Se sabe todo: cuánto cobran, cuánto gana Fulano, cuánto gana Perengano, quién subió los honorarios. Además es un conventillo confesional que tiene mucho de convento y prostitución. Como le dije a Fernández, cuando él decía que el psicoanálisis no curaba; que curaba yo porque dos de mis pacientes en Tecamachalco decían: —Fíjate, ya le hablo de tú al doctor Ramírez y me cobra seiscientos pesos. Entonces, en la Mesa Redonda donde participamos los dos, le decía yo al doctor Fernández que lo que me quería decir era que yo era un padrote fino, cobro caro; y que lo que le daba a él coraje era que los padrotes del psicoanálisis cobran más que los padrotes de ratas. Fernández es experimentalista y por mucho que le deje una rata no le va a dejar seiscientos pesos por sesión.
Ahora, en la Universidad de Columbia, que tiene muchos recursos, la formación psicoanalítica está dentro de la Universidad; entonces los pacientes no le pagan a los terapeutas estudiantes, sino directamente a la Universidad y ahí si, hay placientes desde a diez o cincuenta centavos de dólar la sesión y se ha podido evaluar el significado que tiene el monto del pago. Parece ser que es bastante más importante el significado que le damos al dinero para el terapeuta, y no para el paciente; es decir, eso de que el paciente le de importancia al valor del trabajo… ¡Mangos! Es importante para nosotros, pero parece que no tiene un efecto particularmente maléfico que el paciente pague poco si realmente quiere trabajar. Más bien pareciera que son otro tipo de resistencias las que le movilizan y que nosotros le atribuimos al dinero una serie de conductas determinadas.
El analista no niega que el dinero debe ser considerado en primera línea como medio para la conservación individual y la adquisición de poderío, pero afirma, además, que en su valoración participan poderosos factores sexuales. En apoyo de esta airmación puede alegar que el hombre civilizado actual observa en las cuestiones de dinero la misma conducta que en las cuestiones sexuales, procediendo con la misma doblez, el mismo falso pudor y la misma hipocresía. Por su parte, el analista no está dispuesto a incurrir en iguales vicios, sino a tratar ante el paciente las cuestiones de dinero con la misma sinceridad natural que quiere inculcarle en cuanto a los hechos de la vida sexual, y de este modo le demostrará ya desde un principio haber renunciado él mismo a un falso pudor, comunicándole espontáneamente en cuánto estima su tiempo y su trabajo. Una elemental prudencia le aconsejará luego no dejar que se acumulen grandes sumas, sino pasar su minuta a intervalos regulares (por ejemplo, mensualmente).
—Aquí no se usa lo de las minutas, entonces por eso en el contrato se señala: me pagará usted vencido en los primeros 5 días del mes. Y si no paga el día 5, nosotros lo abordamos el día 6, a menos que (volvemos al programa de estrategia) un señor que tiene de pagarme tres años el día 28, obsesivo, que me lleva los billetes planeados, si ese sujeto me paga hasta el día 8 yo digo: —Qué avance terapéutico tan increíble, ¿no? No voy a decir lo mismo en un psicópata que a paga hasta el día 20 después que lo estoy fregando como un enano. Tampoco se paga cada sesión porque sería una monserga interrumpir la sesiones y perder el tiempo por cobrar.
Por otro lado, es bien sabido que la baratura de un tratamiento no contribuye en modo alguno a hacerlo más estimable a los enfermos. Esta conducta no es, desde luego, la habitual entre los neurólogos o los internistas de nuestra sociedad europea. Pero el psicoanalista puede equipararse al cirujano que también es sincero y exigente en estas cuestiones. porque posee. realmente, medios eficaces de curación. A mi juicio. es indudablemente más digno y más moral declarar con toda franqueza nuestras necesidades y nuestras aspiraciones a fingir un filantrópico desinterés, incompatible con nuestra situación económica,como aún e’shabitual entre los médicos, e indignanos en secreto de la desconsidcracion, la tacañería de los enfermos o incluso criticarla en público. El analista podrá apoyar además sus pretensiones de orden económico en el hecho de que trabajando intensamentc. jamuás puede llegar a ganar tanto como otros especialistas.
—Aquí podría decirles algo que pasa en México: cuando menos un psicoanalista mediocre gana bastante más que un internista mediocre. Un psicoanalista de mucho prestigio y de mucha calidad gana bastante menos que cualquier especialista de mucho prestigio. ¿Me entendieron lo que quise decir? Hablando en situación promedio: Un psicoanalista trababa 40 horas a la semana a seiscientos pesos: 24 mil a la semana, cien mil al mes. ¿Cuánto gana un ginecólogo o un cardiólogo de prestigio? ¿Cuánto gana un cirujano en un mes?
—Alumno. Bueno, pero por ejemplo, en una operación cara o para ver a un especialista, el paciente se va al ISSSTE o al Seguro.
—Sí, claro, hay muchas maneras de compensar esas cosas.
Por estas mismas razones podruá negarse también a todo tratamiento gratuito sin hacer excepción alguna en favor de parientes o colegas. Esta última determinaciónparece infringir los preceptos del compañerismo médico, pero ha de tenerse en cuenta que un tratamiento gratuito significa mucho más para el psioanalítico que para cualquier otro médico, pues supone sustraerle por muchos meses una parte muy considerable de su tiempo retribuido (una séptima u octava parte). Un segundo tratamiento gratuito simultáneo le robaría ya una cuarta o una tercera parte de sus posibilidadcs de ganancia, lo cual podría ya equipararse a los efectos de un grave accidente traumático.
Habremos de preguntarnos. además, si la ventaja que procura al enfermo el tratamiento gratuito puede compensar en cierto modo el sacrificio del médico. Personalmente me creo autorizado a formular un juicio sobre esta cuestión, pues durante diez años he dedicado una hora diaria. y en alguna época dos, a tratamientos gratuitos, guiado por la idea de eludir todas las fuentes de resistencias posibles y facilitarme así la tarea de penetrar en la esencia de la neurosis. Pero esta conducta no me proporcionó en ningún caso las ventajas buscadas. El tratamiento gratuito intensifica enormemente algunas de las resistencias del neurótico: por ejemplo, en las mujeres jóvenes. la tentación integrada en la relación de transferencia y en los hombrcs jóvenes. la rebeldía contra el deber de gratitud, rebeldía procedente del complejo del padre y que constituye uno de los más graves obstáculos a la influencia terapéutica. La ausencia de la compensación que supone el pago de honorarios al médico se hace sentir penosamente al enfermo.
—Fíjense que este mantenimiento de distancias es muy importante. Lo asocié con la cosa paternalista. También es muy importante dentro de nuestra cultura, que en ningún momento adopten una situación paternalista de tutear a un enfermo. En nuestra cultura el cambio del usted al tú es un paso muy importante. En una sesión terapéutica qué va a implicar: todo lo que tiene de implicación el tuteo que es cercanía, cordialidad, etc. etc., excepto ahora, que cualquier pinche alumna me habla de tú. Eso no creo que tenga ninguna ventaja, porque es una manera maniaca de negar que hay distancia. ¿Qué porque me hablan de tú ya van a ser yo? ¡Pues eso quisieran! A lo mejor yo también ya lo quisiera, porque soy viejo. Ellos estén anhelando lo que yo estoy anhelando en ellos. Pero ni me iba a hacer más joven el tutearlos ni a ellos les va a dar prestigio el tutearme. No tiene ninguna significación, pero toda actitud paternalista debe ser totalmente excluida y debe ser totalmente un manejo abstinente en la relación terapéutica: puntualidad, continuidad, consistencia.
…la relación entre ambos pierde todo caracter real y el paciente queda privado de uno de los motivos principales para atender a la terminación de la cura.
—Cosa que tampoco es exacta. Ahora, la cosa inevitable es hacerlo por la inflación, cambio. Lo ideal sería que los honorarios fueran siempre los mismos. Los argentinos no cobran en pesos argentinos, sino en dólares, porque la moneda se podía devaluar 200 o 300 por ciento en un mes y no podría mantenerse la misma cuota. Yo no tengo pacientes ya, pero las supervisiones que tengo de dos o tres años las mantengo con los mismos honorarios que cuando empezaron. Me puedo permitir esto, si no pudiera se los tendría que aumentar.
Piensen ustedes si uno empieza a analizar los problemas del sujeto en relación con el dinero, con todas las implicaciones que esto tiene: si el sujeto recibe un cambio en el precio de los honorarios, inmediatamente surge una situación: una depresiva: lo que quiere es mi dinero, yo no sirvo para un demonio. Y otra persecutoria: éste me esté buscando material porque quiere ver cómo me saca más dinero. Entonces la abstinencia en el cambio de honorarios nos permite tener una posición enfrente de los pacientes en la cual no se sienten ni perseguidos ni devaluados, porque hagamos determinado tipo de incursiones en su vida personal.
Se puede no compartir la repugnancia ascética al dinero y deplorar. sin embargo. que la terapia analítica resulte casi inasequible a los pobres, y tanto por motivos externos como internos. Pero es cosa que no tiene gran remedio.
—Además, hay otra cosa que es importante. En las clases marginadas importantemente, podríamos decir que la neurosis es un lujo que se da en determinadas clases sociales, cuando hay posibilidad de coyunturas diversas. Cuando lo que prevalece es el hambre, el hambre es más importante (relato del caso del niño emasculado de la Nezahualcóyotl). En estos casos, la neurosis es un lujo.
Yo soy supervisor del Centro de integración de Cuernavaca y no conozco un solo caso de drogadicción que se haya curado. Los Centros de Integración son espléndidos centros de entrenamiento para psicoterapeutas, sociólogos, psicólogos y demás. Obviamente, un tubo de cemento quita el hambre y una buena dosis de tíner quita el hambre también y cuesta menos que una torta. La solución del problema de la desigualdad social no está en nosotros. ¿Resolvemos la injusticia humana? Pues obviamente, no podría decir yo: —Me siento con mucha culpa. Voy a dar seiscientos pesos a los muchachos del CIVAC que estén marginados. Seiscientos pesos son 1,200 bolillos. 1,200 bolillos van a resolver el problema de mil de los que están marginados. Realmente es ponerme de altruista idiota. Los Centros de Integración han funcionado mucho más como Centros de Psicología Comunitaria, resolviendo problemas como que dónde comprar una medicina ; que dónde llevamos al niño que mordió el perro, etc. etc.
Por otro lado. quizá acierte la afirmación corriente de que los hombres a quienes las duras necesidades de la vida imponen un rudo y constante trabajo, sucumben menos fácilmente a la neurosis. Ahora bien: la experiencia demuestra, en cambio, que cuando uno de tales individuos contrae una neurosis, no se deja ya sino difícilmente arrancar a ella. pues le presta grandes servicios en su lucha por la existencia y le procura una ventaja patológica secundaria demasiado importante. La neurosis le ayuda a lograr de los demás la compasión que antes antes no logró de ellos su miseria material y le permite eximirse a sí mismo de la necesidad de combatir su pobreza por medio del trabajo.
—Habitualmente esto no es cierto. El neurótico a la postre se hace odiar. Puede ser que transitoriamente, con su vómito, la vieja histérica, la señora que está embarazada y quiere vomitar desde que le dio el primer beso el novio, al principio uno diga: —Ay, que mona, ¿no? pero a la postre es una monserga: ¡que vieja tan odiosa y tan latosa!
Al atacar con medios puramente psicoterápicos la neurosis de un sujeto necesitado, advertimos en seguida que lo que él demanda en este caso es una terapia actual de muy distinto género, una terapia como la que nuestra leyenda nacional atribuye al emperador José II. Naturalemente, también entre estas personas encontramos a veces individuos muy estimables a quienes la desgracia ha vencido sin culpa alguna por parte de ellos y en los cuales no tropieza el tratamiento gratuito con los obstáculos antes indicados, obteniendo, por el contrario, resultados perfectos:
Para la clase media, el gasto que supone el tratamiento psicoanalítico sólo aparentemente puede resultar excesivo.
—Podríamos decir que el tratamiento analítico es caro, pero no es costoso dado el tiempo que insumimos.
Aparte de que un gasto relativamente moderado nunca puede signiicar nada frente a la salud y a la capacidad funcionai, si comparamos las continuas expensas exigidas por el tratamiento no analítico de los neuróticos en sanatorios y consultas con el incremento de capacidad funcional y adquisitiva que los mismos experimentan al cabo de una cura psicoanalítica llevada a feliz término, podremos decir que el enfermo ha hecho todavía un buen negocio. Lo más costoso en esta vida es la enfermedad… y la tontería.
—Aparentemente e inicialmente, el paciente podría pensar que su tratamiento es muy caro, pero a la postre esto pasa con todos los sujetos aunque no sean analistas: el rendimiento de su trabajo, en parte por mejoría y en parte por lealtad, y en parte porque se sienten compulsados a ganar más para mantener la relación; habitualmente no se sienten afectadas sus condiciones económicas, sus condiciones de vida; no tienen hacer un sacrificio y renunciar a algo durante su análisis y a la postre su capacidad de rendimiento de trabajo se ven notoriamente aumentada por lealtad, por una serie de cosas.
Antes de cerrar estas observaciones relativas a la iniciación de la cura analítica, diré aún algunas palabras sobre un cierto ceremonial que observamos en las sesiones del tratamiento. A este respecto, mantengo mi consejo de hacer echarse al paciente en un diván, colocándose el médico detrás de él y fuera del alcance de su vista. Esta disposición tiene un sentido histórico, partiendo del cual se desarrolló el psicoanálisis. Pero merece conservarse por varias razones. En primer lugar, por un motivo personal que seguramente compartirá conmigo mucha gente. No resisto pasarme ocho o más horas horas al día teniendo constantemente clavada en mí la mirada de alguien.
—Este era problema de Freud. Yo no encuentro ninguna diferencia en trabajar con un paciente acostado o sentado. Como profesional tengo la posibilidad de sostener la mirada y tener, cara de Buster Keaton que no implica nada, ni significa nada, ni informa nada, hablando cuando yo quiero y no cuando él quiera que hable; me voy a reír cuando considere que sea adecuado que me ría, para mí no hay ninguna diferencia.
Pero, además, como en tanto que escucho al sujeto me abandono también por mi parte al curso de mis ideas inconscientes, no quiero que mi gesto procure al paciente materia de interpretaciones o influya sobre sus manifestaciones. Por lo general, el sujeto no se acomoda gustoso a esta disposición y se rebela contra ella, sobre todo cuando el instinto visual (voyeurs) desempeña un papel importante en su neurosis.
—Es muy curioso e interesante cómo en la historia del psicoanálisis por un lado y por otro lado en lea historia del psicoanálisis en México, el psicoanálisis estaba reservado para los médicos, cuando los psicólogos recibieron entrenamiento en Asociaciones que no era la Psicoanalítica, por motu propio trabajaron con su sillón, no en diván, y además con un simplismo y un concretismo… como si lo que fuera a definir un procedimiento terapéutico fuera la misma la marca del sillón, si es de Frey o de otra mueblería. Después, ya en broma, algunas asociaciones de psicoterapia analítica pero en las que había psicólogos se clasificaron como las Asociaciones sin diván, como una de las cosas que la definían. Yo superviso a una persona que no tiene diván. Le digo: —Cómprate un diván. Y ella: —No, me da miedo. Como si se hubiera hecho del diván un tabú. ¿Qué pasaría si se acuesta el paciente? No pasa nada. La locura trasciende mucho más que la postura corporal en relación con nosotros.
Por mi parte, mantengo inflexiblemente la situación descrita, con la que me propongo y consigo evitar la inmixtión de la transferencia en las ocurrencias del enfermo, aislar la transferencia y hacerla surgir a su tiempo, como resistencia claramente delimitada. Sé que muchos analíticos obran en este punto de otro modo, pero no puedo decir si es porque realmente encuentran con ello alguna ventaja o sólo por el deseo de no hacer lo que otros.
Una vez reguladas en esta forma las condiciones de la cura, habremos de preguntarnos en qué punto y con qué materiales se ha de comenzar el tratamiento.
En general, no importa cuál sea la materia con la que iniciemos el análisis: la historia del paciente, sus recuerdos infantiles o el historial de su enfermedad. Lo único de que debemos cuidarnos es de empezar dejando hablar al enfermo sobre sí mismo, sin entrar a determinar su elección del punto de partida. Así, pues, nos limitaremos a decirle: «Antes que yo pueda indicarle nada, tengo que saber mucho sobre usted. Le ruego, por tanto, que me cuente lo que usted sepa de sí mismo.»
—Contaminación: inmixtión quiere decir contaminación. Hay un símil de Freud que dice: —Haga de cuenta que usted y yo vamos en un ferrocarril y usted va del lado de la ventanilla y yo no tengo posibilidad de ver por la ventanilla. Dígame usted todo lo que pasa por su cabeza como me diría todo lo que pasa con el paisaje que mira, Esto de Freud me parece muy bueno, ¿no? Eso de que hábleme de esto o de aquello, o prefiere hablarme de esto otro, eso ya está implicando actitud de sí es o no es, actitudes ubicativas; nos está revelando cosas obsesivas: Éste por qué quiere que me acueste, etc. etc. Eso va a implicar que va surgiendo un material y que hay que trabajarlo.
De esta conducta pasiva inicial sólo hacemos una excepción en cuanto a la regla psicoanalítica fundamental a la que el paciente ha de atenerse y que comunicamos desde un principio: «Una advertencia aún, antes de empezar: su relato ha de diferenciarse de una conversación corriente en una cierta condición. Normalmente procura usted, como es natural, no perder el hilo de su relato y rechazar todas las ocurrencias e ideas secundarias que pudieran hacerle incurrir en divagaciones impertinentes. En cambio, ahora tiene usted que proceder de otro modo. Advertirá usted que durante su relato acudirán a su pensamiento diversas ideas, que usted se inclinará a rechazar con ciertas objeciones críticas. Sentirá usted la tentación de decirse: «Esto o lo otro no tiene nada que ver con lo que estoy contando, o carece de toda importancia, o es un desatino, y, por tanto, no tengo para qué decirlo.» Pues bien: debe usted guardarse de ceder a tales críticas y decirlo a pesar de sentirse inclinado a silenciarlo. o precisamente por ello. Más adelante conocerá usted, y reconocerá, la razón de esta regla, que es, en realidad, la única que habrá usted de observar. Diga usted, pues, todo lo que acude a su pensamiento. Condúzcase como un viajero que va junto a la ventanilla del vagón y describe a sus compañeros cómo el paisaje va cambiando ante sus ojos. Por último, no olvide usted nunca que ha prometido ser absolutamente sincero y no calle nunca algo porque le resulte desagradable comunicarlo».
Aquellos pacientes que creen conocer el punto de partida de su enfermedad, comienzan, por lo general, su relato con la exposición de los hechos en los que ven el motivo de sus dolencias; otros, que se dan cuenta de la relación de sus neurosis con sus experiencias infantiles, suelen empezar con una descripción de su vida, desde sus primeros recuerdos. En ningún caso debe, sin embargo, esperarse un relato sistemático, ni tampoco hacer nada por conseguirlo. Cada uno de los detalles de la historia habrá luego de ser relatado nuevamente, y sólo en estas repeticiones surgirán ya los elementos que permiten al paciente establecer relaciones importantes, cuya existencia ígnora, sin embargo.
Hay pacientes que a partir de las primeras sesiones preparan previamente, con el mayor cuidado, lo que durante ellas han de decir, bajo pretexto de garantizar así un mejor aprovechamiento del tiempo. Pero en esta conducta se oculta una resistencia, disfrazada de celoso interés por el análisis. Aconsejaremos, pues, a los enfermos que prescindan de semejante preparación, cuyo solo fin es impedir la emergencia de ocurrencias indeseadas.
Aunque el enfermo crea sinceramente en la bondad de su propósito, la resistencia impondrá su intervención en la preparación intencional y logrará que el material más valioso
Sobre la observación de esta regla fundamental habría mucho que decir. A veces encontramos personas que se conducen como si ellas mismas la hubieran dic tado. Otras pecan contra ella desde un principio. Su comunicación al sujeto, antes de iniciar el análisis, es tan indispensable como útil. Más tarde, bajo el dominio de las resistencias, deja de ser observada, y para todo sujeto llega alguna vez el momento de infringirla.
—Todos infringimos la regla desde el principio, pues así es la neurosis misma.
Por nuestro autoanálisis sabemos cuán irresistiblemente surge la tentación de ceder a los pretextos críticos que nos inducen a rechazar las ocurrencias.
—En rigor no les decimos que prescindan, sino que nos metemos a analizar la conducta misma y por qué me ha traído usted todos esos escritos y en el análisis de esos va a desglosarse que es una manera de defenderse de A, de B, o de C.
De la escasa eficacia del pacto que convinimos con el paciente al exponerle la regla fundamental del análisis tenemos ocasión de convencernos en cuanto se trata por primera vez de la comunicación de algo referente a una tercera persona. El paciente sabe que debe decirlo todo; pero aprovecha los preceptos de la discreción para crearse un obstáculo: «¿Debo realmente decirlo todo? Creía que la regla sólo se refería a mis cosas propias y no a las que tuvieran relación con otras personas»
Naturalmente no hay medio de llevar a cabo un tratamiento analítico excluyendo de la comunicación las relaciones del paciente con otras personas y sus pensamientos sobre ellas. Pour faire une omelette il faut casser des oeufs. Un hombre correcto olvida fácilmente las intimidades de los demás cuando las mismas no entrañan algo de interés personal para él. Tampoco podemos renunciar a la comunicación de nombres propios, pues, de hacerlo así, el relato del enfermo adolecerá de una vaguedad como las escenas de la obra de Goethe ‘Die natürliche Tochter’, que lo hará inaprehensible para la memoria del médico, y, además, los nombres retenidos obstruyen el acceso a toda una serie de relaciones interesantes. Lo más que puede hacerse es permitir al sujeto que reserve los nombres hasta encontrarse más familiarizado con el médico y con el procedimiento. Es harto singular cómo se hace insoluble la labor entera en cuanto consentimos la reserva en un único punto. Señálese un lugar con derecçho de asilo en una ciudad, y veremos lo que tarda en reunirse en él toda la gente maleante
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud.
28 de enero de 1980.
No hay grabación, porque el alumno no asistió, pero inferimos, por el principio de la lectura de otro texto, que se terminó de leer el artículo «iniciación del tratamiento».
A aquellos enfermos que quieren mantener secreto el tratamiento, porque también han mantenido secreta su neurosis, no les opongo dificultad alguna, aunque tal condición impida que algunos delos más acabados éxitos terapéuticos lleguen a actuar convincentenente sobre la opinión general. Naturalmente, la decisión del enfermo en cuanto al secreto del tratamiento hace ya surgir a la luz un carácter de su historia íntima.
Aconsejando al enfermo en los comienzos de la cura que procure no confiar sino a limitadísimas personas o a ninguna, si es posible, la marcha y los detalles del tratamiento, lo protegemos también, en cierto modo, de las muchas influencias hostiles que intentarán apartarle del análisis. Mís tarde, tales influencias resultan ya inofensivas y hasta útiles, rara hacer emerger resistencias que tendían a permanecer ocultas.
Cuando el enfermo requiere temporalmente, durante el tratamiento analítico, la aplicación de otra terapia, interna o especial, es más conveniente confiarla a un colega no analítico que tomarla también a nuestro cargo. La práctica de tratamientos combinados, en los casos de neurosis, con intensas concomitancias orgánicas, resulta casi siempre irrealizable. Los pacientes pierden su interés por el análísis en cuanto se les muestra más de un camino para llegar a la curación. Lo mejor es aplazar el tratamiento orgánico hasta terminar el psíquico. pues si se practica antes, es casi seguro que no se obtendrá con él resultado alguno.
Volvamos ahora a la iniciación del tratamiento. Algunas veces encontraemos pacientes que comenzarán la cura objetando que no se les ocurre nada que contar, aunque tienen intacto ante sí todo el vasto dominio de la historia de su vida y de su enfermedad. Pero ni entonces, ni nunca luego, debemos ceder a su demanda de que les marquemos el tema sobre el que han de hablar. Hemos de tener siempre presente qué es lo que en estos casos se nos opone. Se trata de una intensa resistencia que ha avallado hasta la primera línea, y lo mejor será aceptar el acto de desafio y atacarla animosamente. Nuestra afirmación, enérgicamente repetida, de que al principio de la cura no puede existir semejante falta de toda ocurrencia. tratándose, realmente, de una resistencia contra el análisis, obliga al paciente a iniciar sus confesiones con algo que ya sospechábamos o revela una parte de sus complejos. Habremos de considerar muy mal signo el que haya de confesarnos que ya al oírnos comunicarle la regla fundamental psicoanalítiea se propuso reservar, a pesar de todo, determinadas cosas. Menos malo será que sólo tenga que confesarnos su desconfianza ante el análisis o las cosas que contra el mismo ha oído. Si niega estas posibilidades al exponérselas nosotros, le arrancaremos, en cambio, la confesión de haber silenciado en el análisis determinados pensamientos. Hubo de pensar en la cura misma, en el aspecto de la habitación, en los objetos que en ella había o en la situación de su propia persona, tendida allí sobre un diván; pero en vez de comunicar estos pensamientos, declaró que no se le ocurría nada. No es difícil interpretar esta clase de asociaciones; todo lo que se enlaza a la situación del tratamiento corresponde a una transferencia sobre la persona del médico, transferencia muy adecuada para constituirse una resistencia. En estos casos nos vemos obligados a comenzar con el descubrimiento de esta transferencia, y partiendo de ella, encontramos pronto el camino de acceso al material patógeno del enfermo.
Aquellas mujeres que, según toda la historia de su vida, se hallan preparadas a una agresión sexual y aquellos hombres que encierran intensos complejos homosexuales reprimidos son los que generalmente inician el análisis, alegando tal falta de ocurrencias.
Como la primera resistencia, también los primeros síntomas y actos casuales de los pacientes presentan singular interés y delatan uno de los complejos que dominan su neurosis. Un joven filósofo, muy inteligente y de extraordinaria sensibilidad estética, se aseguró cuidadosamente la hebilla del pantalón antes de echarse en el diván al dar comienzo a la primera sesión del tratamiento, y corroboró luego la significación de este acto casual, revelando haber entrañado, en su pasado, refinadas tendencias coprófilas, como su ulterior estetiscismo hacía esperar.
En igual situación, una muchacha se apresuró a estirarse afanosa la falda, tapándose los tobillos, que habían quedado visibles, y con ello reveló ya lo más importante que luego había de descubrir el análisis: el orgullo narcisista que su belleza le inspiraba y sus tendencias exhibicionistas.
Muchos pacientes se rebelan contra la indicación de acomodarse en el diván de espaldas a nosotros, y solicitan nuestro permiso para adoptar otra posición durante el tratamiento, en su mayor parte porque les desagrada no ver al médico. Desde luego, no accedemos jamás a ello; pero, en cambio, no podemos evitar que antes de comenzar «oficialmente» la sesión o después de declararla terminada, y cuando ya se han levantado del diván, nos dirijan algunas frases, arreglándoselas así para dividir el tratamiento en dos partes; una «oficial», durante la cual se muestran, por lo general, muy cohibidos, y otra «amistosa», en la que aparecen más desenvueltos y comunican toda clase de cosas que, para ellos, no corresponden ya al tratamiento. El médico no se acomoda por mucho tiempo a esta división; retiene también todo lo que el paciente le cuenta antes o después de la sesión, y utilizándolo analíticamente en la primera ocasión propicia, da al traste con la separación que el sujeto intentaba establecer, y que se basa también en una resistencia de transferencia.
En tanto que las comunicaciones y las ocurrencias del paciente se suceden sin interrupción, no debemos tocar para nada el tema de la transferencia, dejando esta labor, la más espinosa de todas las que se nos plantean en el análisis, para el momento en que la transferencia se haya convertido ya en resistencia.
Se nos preguntará ahora cuándo hemos de iniciar nuestras explicaciones al analizado, revelándole el oculto sentido de sus asociaciones e iniciándole en las hipótesis y los métodos técnicos del análisis. Nuestra respuesta será la siguiente: Nunca antes de haberse establecido en el paciente una transferencia aprovechable, un rapport en toda regla con nosotros. El primer fin del tratamiento es siempre ligar al paciente a la cura y a la persona del médico. Para ello no hay más que dejarle tiempo. Si le demostramos un serio interés, apartamos cuidadosamente las primeras resistencias y evitamos ciertas torpezas posibles, el paciente establece en seguida, espontáneamente, tal enlace y agrega al médico a una de las imágenes de aquellas personas de las que estaba habituado a ser bienvisto. En cambio, si adoptamos desde un principio una actitud que no sea esta de cariñoso interés y simpatía, y nos mostramos rígidamente moralizantes o aparecemos ante los ojos del paciente como representantes o mandatarios de otras personas (de su cónyuge o sus padres, por ejemplo), destruiremos toda posibilidad de semejante resultado positivo.
Estas indicaciones entrañan, naturalmente, la condenación de todo procedimiento que tienda a comunicar al paciente la traducción de sus síntomas en el acto de conseguir su interpretación o considere como un triunfo especial enfrentarle violentamente con tales «soluciones» en las primeras sesiones del tratamiento. Para un analítico experimentado no será dificil deducir ya los deseos retenidos del enfermo de la primera relación de sus dolencias y del historial de su enfermedad, pero se necesitará estar cegado por una indisculpable irrelexión y una ridícula vanidad para revelar a una persona a la que acabamos de conocer e ignorante aún de todas las hipótesis analíticas, que se halla dominada por una adherencia incestuosa a su madre, que abriga deseos de muerte contra su mujer, a la que supone amar, o que lleva en sí la intención de engañar a sus superiores, etcétera. He oído decir que existen analíticos que se vanaglorian de semejantes diagnósticos instantáneos y tratamientos rápidos, y debo precaver a todos contra tales ejemplos. Siguiéndolos, sólo conseguirá el médico desacreditarse y desacreditar nuestra causa, pues provocarán en los pacientes resistencias intensísimas, independientemente de que sus deducciones sean o no acertadas. O, mejor dicho, las resistencias provocadas serán tanto más intensas cuanto mayor haya sido el acierto deductivo. Por otra parte, el efecto terapéutico será, por lo general, nulo, y sólo se conseguirá alejar a los enfermos de todo tratamiento analítico. Todavía en estadios más avanzados del tratamiento hemos de procurar no comunicar al paciente la solución de un síntoma o la traducción de un deseo hasta que comprendamos que está ya muy próximo a encontrarla por sí mismo. En épocas pasadas he tenido frecuente ocasión de comprobar que la comunicación prematura de una solución ponía un término, también prematuro, a la cura, tanto a consecuencia de las resistencias que de pronto despertaba como por el alivio concomitante a la solución.
Se nos objetará aquí que nuestra labor no es prolongar el tratamiento, sino llevarlo a término lo más rápidamente posible. El enfermo sufre a consecuencia de un desconocimiento y una incomprensión de sus procesos inconscientes, y nuestro deber sería desvanecer cuanto antes su ignorancia comunicándole en el acto nuestros descubrimientos. Para responder a esta objeción nos es preciso aclarar previamente algunas cuestiones referentes a la signiicación del conocimiento y al mecanismo de la curación en el psicoanálisis.
En los primeros tiempos de la técnica analítica, y guiados por una actitud mental intelectualista, hubimos de considerar muy importante que el enfermo llegara al conocimiento de lo que antes olvidó por represión, y apenas establecimos una diferencia de valor entre su ilustración a este respecto y la nuestra propia. Así, teníamos por singular fortuna conseguir noticias sobre el trauma infantil por conducto distinto del paciente; esto es, por sus padres, sus guardadores o por la misma persona causante del trauma, cosa que se nos hizo posible alguna vez y nos apresurábamos a comunicar al paciente la noticia y las pruebas de su exactitud, con la seguridad de llevar así a un rápido desenlace la neurosis y el tratamiento. La ausencia de tal resultado positivo nos defraudaba intensamente. ¿Cómo era posible que el enfermo, conociendo ya su experiencia traumática, se condujese, no obstante, como si continuase sin saber nada de ella? El descubrimiento y la descripción del trauma reprimido no lograban siquiera provocar la emergencia de su recuerdo.
En un caso determinado, la madre de una muchacha histérica hubo de revelarme el suceso homosexual al que correspondía máxima influencia sobre la fijación de los ataques de la sujeto. La madre misma había sorprendido la escena, pero la muchacha la había olvidado por completo, no obstante haberse desarrollado en los años inmediatos ya a la pubertad. Este caso me procura una importante experiencia. Cada vez que repetía el relato de la madre a la muchacha, sufría ésta un ataque histérico, y después del mismo demostraba haber olvidado de nuevo el suceso. No cabía duda de que la enferma manifestaba la más intensa resistencia al conocimiento que tratábamos de imponerle. Por último, simuló un idiotismo y una pérdida total de la memoria para protegerse contra mis revelaciones. De este modo tuvimos que resolvernos a dejar de conceder al conocimiento de la paciente la extrema importancia que veníamos atribuyéndole y a desplazar el acento sobre las resistencias que habían determinado en su día la ignorancia y se hallaban aún dispuestas a defenderla; resistencias contra las cuales resultaba impotente el conocimiento consciente, aun en aquellos casos en los que no era expulsado de nuevo.
La singular conducta de los enfermos que saben conciliar un conocimiento consciente con un desconocimiento del mismo elemento, permanece inexplicacable para la psicología llamada normal. Para el psicoanálisis, que reconoce la existencia de un psiquismo inconsciente, no supone diicultad ninguna. Pero, por otra parte, el fenómeno descrito constituye uno de los mejores apoyos de una teoría que nos aproxima a los procesos anímicos tópicamente diferenciados. Los enfermos conocen los sucesos reprimidos en su pensamiento, pero éste carece de un enlace con el lugar en el cual se halla contenido de algún modo el recuerdo reprimido. Para que pueda iniciarse alguna modificación es necesario que el proceso mental consciente haya penetrado hasta aquel lugar y haya vencido las resistencias de la represión. Es como si un Gobierno decreta la aplicación de un criterio de benignidad al enjuiciamiento de delitos juveniles. En tanto el Ministerio de Justicia no haya comunicado a los tribunales la resolución del Gobierno y mientras los jueces y magistrados no se resuelvan a acatarla, las sentencias no acusarán modificación alguna. Haremos constar, sin embargo, como rectificación, que la revelación consciente de lo reprimido al enfermo no permanece totalmente sin efecto. Si no conseguimos con ella el indeseado de poner un término a los síntomas, trae consigo, en cambio, otras consecuencias. En un principio provocará resistencias; pero, una vez vencidas éstas, estimulará un proceso mental en cuyo curso surgirá por in la acción esperada sobre el recuerdo inconsciente.
Es tiempo ya de revisar el juego de fuerzas que ponemos en actividad por medio del tratamiento. El primer motor de la terapia está en las dolencias del enfermo y en el deseo de curación por ellas engendrado. De la magnitud de esta fuerza motivacional hemos de sustraer algo que sólo en el curso del análisis descubrimos: ante todo, la ventaja secundaria de la enfermedad, pero la energía instintiva misma ha de ser conservada hasta el final del tratamiento. Todo alivio provoca una disminución de la misma. Mas por sí sola es incapaz de suprimir la enfermedad. Para ello faltan dos cosas: no conoce los caminos que han de seguirse para llegar a dicho fin ni genera tampoco las magnitudes de energía necesarias para luchar contra las resistencias.
Ambos defectos son compensados por el tratamiento analítico, el cual procura las magnitudes de energía necesarias para el vencimiento de las resistencias, movilizando las energías preparadas para la transferencia, informándole le señala los caminos por los que debe dirigir tales energías. La transferencia logra suprimir muchas veces por sí misma los síntomas patológicos, pero sólo provisionalmente, esto es, mientras ella misma existe. Pero esto constituirá un tratamiento sugestivo, nunca un psicoanálisis. El tratamiento merece tan sólo este último nombre cuando la transferencia ha empleado su intensidad para vencer las resistencias. Sólo entonces queda hecha imposible la enfermedad, aun cuando la transferencia sea suprimida como debe serlo.
En el curso del tratamiento despierta aún otro factor cooperador: el interés intelectual y la comprensión del enfermo. Pero este factor presenta escasa importancia comparado con las demás fuerzas en lucha, y su valor aparece constantemente amenazado por la obnubilación del juicio emanada de las resistencias. Así, pues, las nuevas fuentes de energía que el analista procura al enfermo nacen de la transferencia y de la instrucción de sus procesos psíquicos. Mas para iniciar esta última deberá esperar la aparición de la transferencia; esta es la razón por la que debemos retener nuestra primera comunicación hasta establecer una fuerte transferencia. Y así, pudiéramos agregar, procedamos con todas las subsiguientes comunicaciones. En cada caso debemos esperar hasta remover los trastornos de la transferencia debidos a las sucesivas emergencias de resistencias por transferencia por ella dispersa. En una ocasión tuve en tratamiento a un alto funcionario, obligado por su juramento a no comunicar determinadas cosas, consideradas como secretos de Estado, y esta limitación bastó para hacer fracasar el análisis. El tratamiento psicoanalítico tiene que sobreponerse a toda clase de consideraciones, pues la neurosis y sus resistencias no respetan tampoco ninguna.
Sólo permitiremos una excepción cuando se trate de precisar datos relativos a antecedentes familiares, cambios de residencia, operaciones, etc. eluda la comunicación. No tardaremos luego en observar que el paciente encuentra aún otro, método para sustraer al tratamiento el material pedido. Por ejemplo hablará todos los días con algún amigo íntimo sobre la marcha de la cura y dará salida en esta conversación a todas los ideales que luego habrían de asaltarle en presencia del médico. La cura adolece entonces de una grieta por la que se escapa precisamente lo mejor. No habremos, pues, de dilatarnos mucho en aconsejar al paciente que considerara su cura analítica como un asunto reservado entre él y el médico. sin que deba poner al corriente de los detalles de la misma a ninguna otra persona, por familiar y curiosa que sea. En estadios ulteriores del tratamiento el paciente deja de experimentar, por lo general, semejantes tentaciones. En cambio, hoy me es mucho más difícil obligarles a darlo por terminado.
Psicología y Filosofía contemporánea. Freud VII
Teorías de Freud. Recuerdo, Repetición y Elaboración, 1914
12 de febrero/ 1980
5 de febrero, no hubo clase.
No me parece inútil recordar una y otra vez a los estudiosos las profundas modificaciones experimentadas por la técnica psicoanalítica desde sus primeros comienzos. Al principio, en la fase de la catarsis de Breuer, atendíamos directamente a la génesis de los síntomas y orientábamos toda nuestra labor hacia la reproducción de los procesos psíquicos de aquella situación inicial, para conseguir su derivación por medio de la actividad consciente. El recuerdo y la derivación por reacción eran los fines a los que entonces tendíamos con ayuda del estado hipnótico. Más tarde, cuando renunciamos a la hipnosis, se nos planteó la labor de deducir de las ocurrencias espontáneas del analizado aquello que no conseguía recordar. La resistencia había de ser burlada por la interpretación y la comunicación de sus resultados al enfermo. Conservamos, pues, la orientación primitiva de nuestra labor hacia las situaciones en las que surgieron los síntomas por vez primera y hacia aquellas otras que íbamos descubriendo detrás del momento en que emergía la enfermedad, —Fíjense que esto dependía en gran medida de que Freud, en esta época, no se había desembarazado de la idea de trauma único de las neurosis. Lo que se ve en películas: un
episodio concreto, determina un síntoma concreto, sin importar el resto de la personalidad ni las características de la personalidad. En la actualidad podríamos decir que este recuerdo traumático completo no es más que un símbolo de significadomúltiple , que adquiere carácter simbólico en tanto que puede conjurar y condensar gran parte de los episodios más significativos, pero de la misma manera que en un momento determinado podemos tener un signo de patria, en la enseña nacional, pero que de ninguna manera es la patria.
No obstante, como la hipnosis llevaba a colocar la definición de la situación en un lenguaje hecho a base de imágenes (un lenguaje icónico) el sujeto tenía la tendencia a reproducirlo como es, como un lenguaje icónico en el cual no hay preposiciones, ni conjunciones, ni complejidades. Ahora, de este concepto de trauma único le costó mucho trabajo desprenderse. De la misma manera que ahora nos importa muy poco el síntoma; ya el síntoma va a mostrar su contenido, su propósito, su ser económico, su ser histórico sin que nos aboquemos a ver específicamente el síntoma. Este síntoma va a detectarse dentro de la personalidad total, conforme vayan fluyendo las asociaciones del sujeto y conforme vaya expresando su suceder, su ser. Porque el síntoma no puede deslindarse del suceder total del sujeto, ni el suceder total del sujeto puede hacer a un lado el síntoma. Forman parte de una totalidad que es preciso comprender. En base a eso que Freud (y aún sigue denominándose así) llamó asociación libre —y que es lo menos libre de todas las asociaciones en tanto que van a surgir los determinismos internos del sujeto, que lo van a hacer repetido, reiterado, en fin, con una serie de características.
—Pregunta: Este concepto de trauma único es fundamental en este sentido, pero como se podría trasladar a una visión más moderna.
— Bueno, piense usted, que un sujeto en un momento determinado nos puede decir que sus padres son muy buenos, muy comprensivos, que jamás se sintió perseguido por ellos, etc. etc. Pero en contra de todo esto nos está mostrando una actitud incrédula ante el terapeuta: recelosa, desconfiada, paranoica y entonces usted tiene que dudar de su recuerdo y darle más validez a su repetición. En otras ocasiones puede decir que sus padres fueron muy malos, bla bla,. pero él ha tenido muchos logros, ha tenido muchas posibilidades de triunfo, de acceso a la vida; entonces usted tiene que pensar que ha habido algo en su historia que ha hecho posible que sea lo que es y justamente eso.
—Pregunta: Aquí nos abre otra puerta: aparte de los sueños, los actos fallidos del inconsciente estaría la repetición…
—La conducta misma. Y si usted entiende que la conducta es unitaria, ya a estas alturas del psicoanálisis moderno no piense usted que la vida real del inconsciente es el sueño. Todas las vidas del inconsciente son reales, el sueño es una más de ellas: el acto fallido, la comunicación, la manera de manejar afectos, objetos, personas, territorio, expresiones, gestos, mímica, bla bla bla. Pero en los momentos iniciales donde había digamos, una taumaturgia en relación a lo que era una enfermedad mental —no se olvide que Freud viene de Charcot y no se olvide que Freud viene de la hipnosis y que todas estas características y todas estas técnicas, por el encuadre en el cual se da su expresión, tienden a lo aparatoso y, como les decía yo a ustedes, lo menos aparatoso del mundo es el psicoanálisis. Es particularmente monótona una psicoterapia en tanto que el sujeto se repite y se repite y va a ser un sueño que va a hacer una translación a una pantalla distinta de lo que es su conducta, en otra pantalla. En una va a ser la pantalla del sueño y la otra va a ser la pantalla de su actitud, de su conducta, de sus relaciones eróticas. En términos casi absolutos, la conducta es unitaria, el sujeto se va a repetir y lo que yo les decía: si el sujeto es maceta no va a salir del corredor. Y va a estar en el corredor a veces pintada, a veces va a ser de barro, o de metal, pero es una maceta que va a revelarse en todas sus actitudes.
—Alumno. Entonces todas sus referencias van a ser alrededor del corredor.
—Exacto.
…en observancia de la regla psicoanalítica fundamental que le era impuesta. Por último, quedó estructurada la consecuencia técnica actual en la cual prescindimos de una orientación fija hacia un factor o un problema determinado, nos contentamos con estudiar la superficie psíquica del paciente y utilizamos la interpretación para descubrir las resistencias que en ella emergen y comunicárselas al analizado. Se establece entonces una nueva división del trabajo. El médico revela al enfermo resistencias que él mismo desconoce, y una vez vencidas éstas, el sujeto relata sin esfuerzo alguno las situaciones y relaciones olvidadas. Naturalmente, el fin de estas técnicas ha permanecido siendo el mismo: descriptivamente, la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente, el vencimiento de las resistencias de la represión.
Debemos conservar agradecimiento a la antigua técnica hipnótica por habernos presentado aislados y esquematizados los distintos procedimientos psíquicos del análisis. Sólo así hemos podido arriesgarnos luego a crear situaciones complicadas en el análisis, sin que el mismo perdiera para nosotros su transparencia.
—Yo creo que no es que el análisis haya perdido su transparencia y que hayan servido las experiencias hipnóticas para darle más transparencia a lo ulteriormente colectado. Lo que pasa es que la experiencia hipnótica es una experiencia demostrativa en un nivel totalmente concretista. Inclusive muchas técnicas ulteriores se han desarrollado a partir de querer hacer terapias cortas basándose en una concreción (como ha hecho Rosen) en que uno simulaba estar al lado de loco y con el loco buscar los elementos que pudieran haber condicionado su enfermedad y transcribir en una forma indiscriminada y genérica los símbolos a sus significados, sin darnos cuenta de que esos símbolos van a tener características, si bien universales, terriblemente concretas en cada sujeto determinando, de acuerdo a sus propias experiencias vitales. En este sentido el análisis debe ser totalmente individualista en cuanto a la relación con el material producido y en relación con la relación médico-paciente
La evocación de los recuerdos no suscitaba grandes dificultades en el tratamiento hipnótico primitivo. El paciente se transfería a una situación anterior que no parecía confundir nunca con la actual, comunicaba los procesos psíquicos a ella correspondientes en cuanto los mismos habían permanecido anormales y añadía todo lo que podía resultar de la traducción a lo consciente de los procesos inconscientes entonces.
Enlazaré aquí algunas observaciones que todo analista habrá podido comprobar prácticamente. EI olvido de impresiones, escenas y sucesos se reduce casi siempre a una «retención» de los mismos. Cuando el paciente habla de este material «olvidado», rara vez deja de añadir: «En realidad, siempre he sabido perfectamente todas estas cosas; lo que pasa es que nunca me he detenido a pensar en ellas», y muchas veces se manifiesta defraudado porque no se le ocurren suficientes cosas que pueda reconocer como «olvidadas» y en las que no ha vuelto a pensar desde que sucedieron.
—Lo que les puedo decir es que en mi práctica analítica, nunca he tenido un paciente que haya recordado algo que haya realmente olvidado. Había sido suprimido o evitado por evasión de sintaxis, o por evasión de enlaces, por colocación al lado de elementos principales. Pero a mi manera de ver interpretar es introducir sintaxis en el lenguaje de un paciente; e introducir sintaxis quiere decir que ve la comunicación y que le da sentido, pero esto no quiere decir que no están todos los elementos: verbos, sustantivos, objetos, etc. correspondientes a una frase que va a adquirir sentido en cuanto se le de sintaxis.
—Alumno. De ahí que se diga que el paciente siempre sabe.
—Siempre sabe, por eso les digo que en el tiempo que tengo yo de experiencia no recuerdo a ningún paciente que haya olvidado realmente algo y que el análisis haya sido, como se dice o como se piensa que es, el descubrimiento mágico de algo olvidado. No es la experiencia mágica, de misterio, del gran desmayo histérico de la época de Charcot, sino es un trabajo cotidiano o un no-trabajar (porque muchos no trabajan, lo que implica también mucho mensaje). Lo que importa es de qué manera no-trabajan o de que manera sí-trabajan; y todos van a trabajar o no-trabajar de acuerdo con los elementos específicos y el modo de trabajar o no-trabajar pueden ser tan importantes como el propio trabajo o el propio no-trabajo.
De manera que hablar de resistencias, lo primero que hace al estar acostado en el couch va a ser omitir. No se va a decir todo lo que pasa por la cabeza, lo cual es una generalización que es válida para un histérico, un epiléptico o cualquier sujeto. Lo que es importante es cómo no se dicen las cosas; tan importante que todos van a tener una manera peculiar de responder a su comunicación a esas interrogantes. Es terriblemente individual. Es muy distinto cómo maneja su complejo de Edipo Hamlet a cómo lo maneja Edipo, o a cómo lo maneja Orestes. Es obvio que cada quien lo va a manejar de acuerdo a su propia historicidad y con sus propias formas especificas de repuesta.
Este deseo queda a veces cumplido, sobre todo en las histerias de conversión. El «olvido» queda nuevamente restringido por la existencia de recuerdos encubridores. En algunos casos he experimentado la impresión de que la amnesia infantil, tan importante para nuestra teoría, es totalmente compensada por los recuerdos encubridores. En éstos no se conserva únicamente una parte de nuestra vida infantil, sino todo lo que en ella tuvo importancia esencial.
—Yo con mucha frecuencia he sustituido la palabra recuerdos encubridores por recuerdos pantalla. Es decir, estos recuerdos que aparentemente encubren lo que hacen es delatar, porque se recuerda algo aparentemente banal: recuerdo que en tal día, en tal parte, con tal persona… y si ustedes se ponen a rascar, a buscar, a fisgonear qué hay detrás de este recuerdo aparentemente banal de una cosa carente de importancia, van a encontrar que este recuerdo más que encubrir, es pantalla de una multiplicidad de cosas a través de la cual se está expresando caleidoscópicamente una multiplicidad de mensajes y que más que encubrir , delata.
Trátase tan sólo de saberlo extraer de ellos por medio del análisis. En realidad, constituyen una representación tan suficiente de los años infantiles olvidados, como el contenido manifiesto del sueño lo es de las ideas oníricas latentes.
El otro grupo de procesos psíquicos susceptibles de ser opuestos como actos puramente internos a las impresiones y los sucesos vividos, o sea el constituido por las fantasías, las asociaciones, los sentimientos, etc., ha de ser estudiado separadamente en cuanto a su relación con el olvido y el recuerdo. Sucede aquí muy frecuentemente que se «recuerda» algo que no pudo nunca ser «olvidado», pues nunca fue retenido ni llegó a ser consciente, y además, para el curso psíquico, parece totalmente indiferente que tal elemento fuera consciente y quedase luego olvidado o que no penetrase jamás hasta la consciencia. La convicción que el analizado adquiere en el curso del análisis es independiente de tal recuerdo.
Sobre todo en las diversas formas de las neurosis obsesivas, el olvido se limita a destruir conexiones, suprimir relaciones causales y aislar recuerdos enlazados entre sí.
—Piensen ustedes en los mecanismos de defensa de la histeria de conversión y en los mecanismos de defensa de la histeria de angustia; en la histeria de conversión, el desplazamiento hacia el cuerpo (autoplástico) y en la histeria de angustia el desplazamiento a factores del mundo externo (aloplástico) que pueden representar a determinado tipo de connotaciones simbólicas. Piensen ustedes que el desplazamiento y la represión son los mecanismos fundamentales prevalentes en la histeria y que el obsesivo desplaza a lo insignificante, aísla, transforma en lo contrario, niega, o sea que hace una serie de mecanismos en los cuales la elaboración es mucho más una elaboración de tipo intelectual que de tipo corporal. La manera de ocultar del histérico es distinta a la manera de ocultar del obsesivo.
—Alumno. Entonces la sintaxis que se introduce es a base de preposiciones: esto o esto, esto o aquella… huella mnémica.
—Sustituye la o por una y: no es esto o esto, sino esto y esto: o esto con esto: es decir, en un momento determinado se coloca la hostilidad, digamos, y para superarla, reprime la hostilidad, saltarse cualquiera de los elementos ceremoniales de ese desplazamiento de salvación puede equipararse al delito: hay que saltarse esta raya, hay que contar tal número de pasos; hay que tener tales o cuales actitudes; hay que usar tantas veces este instrumento de salvación.
Se está desplazando, se está reprimiendo, se está anulando, se está negando, se está quitando sintaxis, pero cada quien lo va a hacer a su manera. El histérico lo está haciendo a su manera, que corresponde a los mecanismos que el ambiente le permitió, que fueran prevalentes dado el momento de su desarrollo en que el conflicto surgió.
Ahora, ustedes comprenderán que para hacer una histeria de angustia, se necesita que un niño haya sabido cuál es el significado del paso del movimiento, no se puede dar ese mecanismo en un niño que no anda porque su proceso de desarrollo no le permite utilizar conceptualizaciones como, en fin, equiparar al caballo con el papá, que implica un desarrollo de determinada índole. Esta equiparación no la va a hacer un sujeto en edad muy temprana en que los problemas andan girando sobre otra situación que es la individuación, la simbiosis, y todos los procesos de ello derivados.
Por lo general, resulta imposible despertar el recuerdo de una clase especial de sucesos muy importantes correspondientes a épocas muy tempranas de la infancia y vividos entonces sin comprenderlos, pero perfectamente interpretados y comprendidos luego por el sujeto. Su conocimiento nos es procurado por los sueños, y la estructura de la neurosis nos fuerza a admitirlos, pudiendo, además, comprobar que una vez vencidas sus resistencias, el analizado no emplea contra su aceptación la ausencia de la sensación de recordar (de la sensación de que algo nos era ya conocido). De todos modos, requiere este tema tanta prudencia crítica y aporta tantas cosas nuevas y desconcertantes, que preferimos reservarlo para un trabajo aislado, en el que lo estudiaremos en material adecuado.
Con la nueva técnica, el curso del análisis se hace mucho más complicado y trabajoso; algunos casos ofrecen al principio la serena facilidad habitual en el tratamiento hipnótico, aunque no tarden en tomar otro rumbo, pero lo general es que las dificultades surjan desde un principio. Ateniéndonos a este último tipo, para caracterizar la diferencia, podemos decir que el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin saber, naturalmente, que lo repite.
—Aquí estaría la frase aquella que dice: «Hay pacientes que recuerdan para no repetir y pacientes que repiten para no recordar». En el obsesivo uno de los propósitos de su conducta obsesiva es la no repetición y mucho recordar minuciosa, detallada, prolijamente; y eso lo mantiene en un inmovilidad total. En cambio en un psicópata que está repitiendo y repitiendo y actuando y actuando sin que ese repetir lo llevé a ningún insight porque no está vinculado al recuerdo desde el punto de vista técnico. Fenichel señalaba que toda terapia debe hacerse a una equidistancia del recordar y el repetir en que no haya exceso de repetición que traiga como consecuencia un acting out inoperante desde el punto de vista terapéutico y que no haya un exceso de recuerdos que inutilice la acción. Es decir, el psicoanálisis se debe dar entre el Escila del recordar y el Caribdis del repetir. La situación intermedia en que el sujeto repita, y el sujeto recuerde.
Por ejemplo: el analizado no cuenta que recuerda haberse mostrado rebelde a la autoridad de sus padres, sino que se conduce en esta forma con respecto al médico. No recuerda que su investigación sexual infantil fracasó, dejándole perplejo, sino que produce una serie de sueños complicados y ocurrencias confusas y se lamenta de que nada le sale bien y de que su destino es no conseguir jamás llevar a buen término una empresa. No recuerda haberse avergonzado intensamente de ciertas actividades sexuales y haber temido que los demás las descubriesen, sino que se avergüenza del tratamiento a que ahora se encuentra sometido y procura mantenerlo secreto, etc.
—Ahora, podríamos decir que es el revés: no recuerda haberse solazado con exhibir sus genitales enfrente de sus hermanitas, pero se solaza en enseñar a todos los miembros de su comunidad cuanto está en análisis, cuánto paga y que paga más que otros, etc. etc.
Sobre todo, no dejará de iniciar la cura con tal repetición. Con frecuencia, cuando hemos comunicado a un paciente de vida muy rica en acontecimientos y largo historial patológico la regla psicoanalítica fundamental y esperamos oír un torrente de confesiones, nos encontramos con que asegura no saber qué decir. Calla y afirma que no se le ocurre nada. Todo esto no es, naturalmente, más que la repetición de una actitud homosexual que se ofrece como resistencia a todo recuerdo. Mientras el sujeto permanece sometido al tratamiento no se libera de esta compulsión de repetir, y acabamos por comprender que este fenómeno constituye su manera especial de recordar.
—Que es la compulsión a la repetición, y esa cosa de repetir y repetir y repetir está revelando un permanente confesarnos cosas que repetimos y no recordamos.
—Pregunta: No entiendo eso de la actitud homosexual.
—Alumno. Será por la pasividad, ¿no? que diga: ante el material está pasivamente actuando.
—SRR: Yo no sé por qué lo diría Freud. Usted le dio una fantasía y yo le daría otra: sepa Dios.
Como es natural, nos interesará, en primer término, la relación de esta repetición obsesiva con la transferencia y la resistencia. No tardamos en advertir que la transferencia no es por sí misma más que una repetición y la repetición, la transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo sobre el médico, sino sobre todos los demás sectores de la situación presente. Tendremos, pues, que estar preparados a que el analizado se abandone a la obsesión repetidora que sustituye en él el impulso a recordar no sólo en lo que afecta a su relación con el médico, sino también en todas las demás actividades y relaciones simultáneas de su vida; por ejemplo: cuando durante el transcurso de la cura elige un objeto erótico, se encarga de una labor o acomete una empresa. Tampoco resulta difícil reconocer la participación en la resistencia. Cuanto más intensa es ésta, más ampliamente quedará sustituido el recuerdo por la acción (repetición). La facilidad con la cual emergía en la hipnosis el recuerdo de lo olvidado, se debía precisamente a que el estado hipnótico anula de momento la acción de la resistencia.
—Ahora, para el caso del Hombre de los lobos, o para casos de la época, lo que podría significar meter al sujeto en un tratamiento hídrico, que Freud le pusiera las manos en los hombros; que le dijera: «cierre los ojos»; que recibiera masaje, etc. sí desataría mucha fantasía más o menos homosexual; como que la cosa estaba muy cargada, ¿no? Ahora, imagínense qué transferencias cuando la paciente fuera del sexo opuesto, ¿no? Decían lo que Freud quería que dijera para complacer a Freud. Si el acto de amor se va a expresar aquí, vía tina, vía cierre los ojos y cuéntame tu vida, yo le cuento lo que usted quiera.
Cuando la cura comienza bajo el patrocinio de una transferencia positiva no muy acentuada nos permite penetrar al principio, profundamente, en los recuerdos, como antes la hipnosis y hasta los mismos síntomas patológicos permanecen acallados mientras tanto. Pero cuando en el curso ulterior del análisis se hace hostil o muy intensa esta transferencia, el recuerdo queda sustituido en el acto por la repetición, y a partir de este momento, las resistencias van marcando la sucesión de las repeticiones. El enfermo extrae del arsenal del pasado las armas con las cuales se defiende contra la continuación de la cura y de las cuales hemos de ir despojándole poco a poco.
Hemos visto ya que el analizado repite en lugar de recordar, y que lo hace bajo las condiciones de la resistencia. Vamos a ver ahora qué es realmente lo que repite. Pues bien: repite todo lo que se ha incorporado ya a su ser partiendo de las fuentes de lo reprimido: sus inhibiciones, sus tendencias inutilizables y sus rasgos de carácter patológico. Y ahora observamos que al hacer resaltar la obsesión repetidora no hemos descubierto nada nuevo, sino que hemos completado y unificado nuestra teoría. Vemos claramente que la enfermedad del analizado no puede cesar con el comienzo del análisis y que no debemos tratarla como un hecho histórico, sino como una potencia actual. Poco a poco vamos atrayendo a nosotros cada uno de los elementos de esta enfermedad y haciéndolos entrar en el campo de acción de la cura, y mientras el enfermo los va viviendo como algo real, vamos nosotros practicando en ellos nuestra labor terapéutica, consistente, sobre todo, en la referencia del pasado.
La evocación de recuerdos durante la hipnosis tenía que producir la impresión de un experimento de laboratorio. La repetición en el tratamiento analítico, según la nueva técnica, supone evocar un trozo de vida real, y, por tanto, no puede ser innocua en todos los casos. A este punto viene a enlazarse todo el problema de la «agravación durante la cura», inevitable a veces.
La iniciación del tratamiento trae ya consigo una modificación de la actitud consciente del enfermo ante su enfermedad. Generalmente, se ha limitado a dolerse de ella y a despreciarla, sin estimar debidamente su importancia; pero, por lo demás, ha continuado observando, con respecto a sus manifestaciones, la misma política de represión que antes en cuanto a sus orígenes. De este modo, puede muy bien no haber llegado aún a conocer precisamente las condiciones de su fobia, no haber advertido el contenido justo de sus ideas obsesivas o no haber aprehendido la verdadera intención de su impulso obsesivo. La cura no puede pasar por esto. El sujeto ha de tener el valor de ocupar su atención con los fenómenos de su enfermedad, a la cual no debe ya despreciar, sino considerar como un adversario digno, como una parte de su propio ser, fundada en motivos importantes y de la cual podrá extraer valiosas enseñanzas para su vida ulterior.
De esta forma preparamos desde un principio la reconciliación del sujeto con lo reprimido que se manifiesta en sus síntomas, pero, por otro lado, concedemos también a la enfermedad un cierto margen de tolerancia. Si esta nueva relación con la enfermedad agudiza algunos conflictos y hace pasar a primera línea síntomas hasta entonces poco precisos, podemos consolar fácilmente al enfermo observándole que se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras, y que, en definitiva, no es posible vencer a un enemigo que se mantiene ausente o no está suficientemente próximo. Pero la resistencia puede aprovechar la situación para sus fines e intentar abusar de la tolerancia concedida a la enfermedad, y entonces parece decirnos: «Mira lo que sucede cuando me veo forzada a ocuparme de estas cosas. ¿Ves cómo estaba en lo cierto abandonándolas a la represión?»
Otro peligro es el de que en el curso de la cura lleguen también a ser reproducidos impulsos instintivos nuevos situados en estratos más profundos, que no habían emergido aún.
—Frecuentemente atrás de una fobia lo que se encuentra es una manía erótica (ejemplo de la fobia a salir a la calle de una mujer, relacionada con el mal paso).
Por último, aquellos actos que el paciente ejecuta fuera del campo de acción de la transferencia pueden acarrearle daños pasajeros e incluso ser elegidos de manera que anulen por completo el valor de la salud que el tratamiento tiende a restablecer.
No es difícil justificar la táctica que en esta situación ha de seguir el médico. Su fin continúa siendo, como en un principio, la evocación del recuerdo, la reproducción en el terreno psíquico, aunque sabe muy bien que no ha de serle posible conseguirlo por medio de la nueva técnica. Se dispondrá, pues, a iniciar con el paciente una continua lucha por mantener en el terreno psíquico todos los impulsos que aquél quisiera derivar hacia la motilidad, y considera como un gran triunfo de la cura conseguir derivar por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a derivar por medio de un acto. Cuando la adhesión producto de la transferencia integra ya algún valor, el tratamiento consigue impedir al paciente todos los actos de repetición algo importantes y utilizar in statua nascendi el propósito de ejecutarlos como material para la labor terapéutica. La mejor manera de proteger al enfermo de los daños que puede acarrearle la ejecución de sus impulsos es comprometerle a no adoptar durante el curso del tratamiento ninguna resolución importante (elegir carrera o mujer, por ejemplo) y a esperar para ello el momento de la curación.
—Esto, cuando el análisis era de seis meses, porque si ahora se esperan para cuando termine el análisis, ya no van a tener potencia sexual.
—Alumno. Pero en la otra clase usted dijo que el paciente se curaba por el acting out…
—Sí, pero en este orden de cosas: les decía que probablemente en el tratamiento, el acting out es la principal resistencia a la curación porque el sujeto en vez de comunicar cosas, en vez de que las cosas se den en el terreno de la relación interpersonal medico-paciente, las va a actuar afuera y eso impide, que se establezca la relación transferencial. Primer momento en que hablamos del acting como resistencia. Pero llega un momento en que el sujeto en virtud de haber trabajado con este acting como resistencia, en un segundo momento ya este actuar y actuar y estar haciendo las cosas dentro de la situación terapéutica, fantasearlas dentro de la situación terapéutica, soñarlas dentro de la situación terapéutica. Justamente en virtud de la abstinencia del terapeuta, tienden a realizarse en virtud de que los impulsos se han visto facilitados a su expulsión, pero no a su realización; y entonces el sujeto tiene a fuerza que estar colocando impulsos que salieron en la situación terapéutica y colocarlos en el exterior para darles descarga. Y entonces, en este sentido, podríamos decir que el paciente se está curando por el acting out en un momento determinado de la situación terapéutica.
Ahora, en esta situación terapéutica del libro, en que eran análisis muy cortos la frase de no adoptar ninguna resolución en el curso del tratamiento ya en sí implica una actitud de poca abstinencia. Actualmente son tan prolongados los análisis que esto no es factible.
Al mismo tiempo, respetamos la libertad personal del paciente en cuanto sea compatible con estas precauciones; no le impedimos la ejecución de propósitos poco trascendentales, aunque se trate de evidentes simplezas y no olvidemos que sólo la propia y personal experiencia hace al hombre sabio. Hay también casos en los que nos es imposible disuadir al sujeto de acometer una empresa totalmente inadecuada a sus circunstancias y que sólo mucho después van madurando y haciéndose asequibles a la elaboración analítica. En ocasiones, sucede también que no nos da tiempo de imponer a los instintos impetuosos el freno de la transferencia o que el paciente rompe, en un acto de repetición, los lazos que le ligaban al tratamiento. Como caso extremo citaremos el de una señora ya madura que había sufrido repetidamente estados de obnubilación, en los que abandonaba su casa y a su marido, sin que jamás hubiera podido alegar la existencia de un motivo consciente para tales fugas. Al iniciar el tratamiento analítico, mostraba una transferencia positiva bien desarrollada, pero esta transferencia creció de un modo inquietantemente rápido en los primeros días, y aI cabo de una semana la paciente me «abaldonó» también a mí, antes que yo hubiera tenido tiempo de hacerle alguna indicación que hubiese podido impedirle tal repetición.
Pero la mejor manera de refrenar la compulsión repetidora del enfermo y convertirla en un motivo de recordar la tenemos en el manejo de la transferencia. Reconociendo en cierto modo sus derechos y dejándola actuar libremente en un sector determinado, conseguimos hacerla inofensiva y hasta útil. Le abandonamos, pues, la transferencia como un campo en el que puede desarrollarse con libertad casi completa y en el que cumplirá la función de hacer surgir ante nuestros ojos todos los instintos patógenos ocultos en la vida anímica del analizado. Cuando el paciente nos presta la mínima cooperación, consistente en respetar las condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos siempre dar a todos los síntomas de la enfermedad una nueva significación basada en la transferencia y sustituir su neurosis vulgar por una neurosis de transferencia, de la cual puede ser curado por la labor terapéutica. La transferencia crea así una zona intermedia entre la enfermedad y la vida, y a través de esta zona va teniendo efecto la transición desde la primera a la segunda. El nuevo estado ha acogido todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial, asequible por todos lados a nuestra intervención. Al mismo tiempo, es también un trozo de vida real, pero provisorio y hecho posible por circunstancias especialmente favorables. De las reacciones de la repetición que surgen en la transferencia parten luego los caminos ya conocidos para la evocación de los recuerdos, los cuales surgen sin esfuerzo aparente una vez vencidas las resistencias.
Podía dar ya por terminada mi exposición si el título del presente ensayo no me obligase a describir aún otra parte de la técnica analítica. Como ya sabemos, el vencimiento de las resistencias se inicia revelando el médico al analizado la existencia y condición de las mismas, ignorada siempre por el sujeto. Ahora bien: parece ser que algunos analistas principiantes se inclinan a creer que esta labor inicial es toda la que han de llevar a cabo. En muchas ocasiones he sido llamado en consulta por médicos que se lamentaban de haber revelado al paciente su resistencia sin haber obtenido resultado positivo alguno, sino más bien una intensificación de la resistencia descubierta y una mayor complicación de la situación general. La cura parecía haber quedado estancada. Pero semejante temor resultaba siempre infundado. En realidad, la cura seguía su camino. Lo único que sucedía es que el médico había olvidado que la revelación de la resistencia no puede tener por consecuencia inmediata su desaparición. Ha de dejarse tiempo al enfermo para ahondar en la resistencia, hasta entonces desconocida para él, elaborarla y dominarla, continuando, a su pesar, el tratamiento conforme a la regla analítica fundamental. Sólo al culminar esta labor llegamos a descubrir, en colaboración con el analizado, los impulsos instintivos reprimidos que alimentaban la resistencia. En todo esto, el médico no tiene que hacer más que esperar y dejar desarrollarse un proceso que no puede ser eludido ni tampoco siempre apresurado. No olvidándose de esto se ahorrará muchas veces el error de suponer fracasado el tratamiento, cuando el mismo sigue, en realidad, directamente su camino.
En la práctica esta elaboración de las resistencias puede constituir una penosa labor para el analizado y una dura prueba para la paciencia del médico. Pero también constituye parte de la labor que ejerce sobre el paciente mayor acción modificadora y la que diferencia al tratamiento analítico de todo influjo por sugestión. Teóricamente, podemos equipararla a la derivación por reacción de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión, proceso sin el cual no lograba, eficacia alguna el tratamiento hipnótico.
